Críticas y comentarios a "Nudos que cortar"

      

         Abrimos la novela y asistimos a una descripción tan arrolladora que nos empuja, como al abrir una ventana o una puerta a los elementos desatados. El oído se apercibe de la fuerza onomatopéyica del paisaje,  la vista quiere adivinar qué trae el fenómeno, qué tragedia o qué castigo se cierne. Tras este verbal impulso bíblico de factura barroca,  un detalle impresionista nos pone delante de dos personas “sobre el rostro, el ala del sombrero y el pico de la boina”. 

         El último párrafo de la novela tiene el efecto contrario: Un sencillo cortejo de seis personas se aleja de nuestra mirada, por la que ya han pasado tantas vidas. La vista las va perdiendo, en un grupo compacto, un punto de fuga en el horizonte,  el sonido, hecho de palabras blandas, lentas, se extingue. Nos hemos quedado solos. Cerramos, con la certeza de haber experimentado la catarsis y presenciado un juicio justo; con la convicción de haber habitado una historia cabal tejida en un relato magnificente. 

          Esta es la sensación de una experiencia lectora. 

         El análisis del objeto que nos ha procurado la convulsión y el remanso podrá, tal vez, enseñarnos con qué resortes se dispara el gusto de leer y cuál es la maquinaria que convierte tantas piezas sueltas e independientes en un todo en perfecto funcionamiento. 

         “Nudos que cortar” tiene, como título, la bondad de anticiparnos una intención y un tono, la intención es apelativa, de necesidad (¿para los lectores? ¿para los personajes?). El tono es exhortativo y borra, desde el comienzo, el resabio determinista o maniqueo de muchos relatos antiguos y modernos, ya que invita a la acción, a mover el mundo. 

         Y el mundo en el que nos envuelve este relato es un mundo conocido para los lectores de Javier Gracia, el que tiene como epicentro la guerra civil española, con su viciado ambiente previo y sus consecuencias en la posguerra, dos décadas de la misma. Y en él, el prepirineo de Huesca, aunque no en absoluto protagonismo, pues Madrid también ocupa parte de la novela. 

         Molinos, Molinos de los Infantes,  nos aproxima tal vez a algún lugar de la comarca de Sobrarbe o del Serrablo, sus bancales, la proximidad de los bosques de boj, el arriscamiento que permite emboscarse a los maquis, la cercanía de Francia… El lector puede soñar otros paisajes, quizás más mesetarios, pero, si se ha leído La niebla del olvido o Rincón escondido, más explícitos en las localizaciones geográficas, no le cabrá duda del territorio que pisan nuestros personajes; el territorio real del norte de la provincia de Huesca, entonces vividero, aunque hostil, y ahora casi despoblado. Un territorio  ya literario,  ya histórico y, como podrá comprobar el lector, lírico en ocasiones y casi mítico en otras. Por él han pasado generaciones y generaciones de seres como los que pueblan la novela, que se repitieron especularmente y no rompieron los nudos que sí hay que cortar. Nudos de dominación, de personas que deciden por otras que se someten. Nudos de amos que atan criados y padres que subyugan hijos; nudos de violencias. La novela también podría titularse “lazos que estrechar”, no menos importante motor de la acción narrativa es el sentimiento de amor, de amistad, que une, sobre todo, a los que han deshecho el nudo de la dominación.

         Tan meditado y tan coherente es el título, que queda patente en la estructura del relato y en su contenido.  Estructuralmente, el libro se divide en dos partes desiguales; la primera se titula “Nudos” y abarca casi dos tercios de la obra completa, el otro tercio corresponde a la segunda parte, que concluye el título “…que cortar”.  La aparente desproporción no es tal; la parte primera admite y pide una división en dos, la que tradicionalmente correspondería a la presentación y el nudo de un relato, en la presentación cabrían los siete primeros capítulos y parte del octavo, que sirve de puente, en la segunda hay tres capítulos, de los cuales el intermedio presenta otras tres divisiones, en estos el desarrollo de los hechos narrados amplía los horizontes del relato y muestra una evolución elocuente de los personajes que se encuentran, antes de empezar la segunda parte del libro, en una “encrucijada”. La primera parte ata de muchas y repetidas maneras a los protagonistas, los agobia y los impele a la acción, y no solo eso, el nudo se complica con acontecimientos externos, de gravedad, decisivos, así la guerra civil. La segunda parte puede y debe resolverse en menor espacio, los nudos han de desatarse con cierta brusquedad, ya muy anunciada. De ahí que el segundo bloque de la obra sea un tercio de la misma, corresponde con el desenlace, que como en las tragedias, se hace expeditivo. Puesto que la obra no termina en el desastre, ha de extenderse algo más en recomponer un mundo que había sido injustamente castigado.

        Los subtítulos de cada parte han pasado por el fiel de la balanza y casi van en parejas equilibradas: El último capítulo de la primera parte, “Encrucijada” tiene su correspondiente en el primero de la segunda “Bifurcación”; el epitético “Rebeldía necesaria” tiene su opuesto adjunto ,”Aceptaciones resignadas”. El cálculo minucioso de Javier en lo estructural, las correspondencias entre las partes, tiene igual intención en el contenido: Primera y segunda parte comienzan en otoño, ambas en el campo, no en el pueblo, ambas con una pareja desigual (amo y criado), solo que la relación de uno para otro no va a repetirse, “no” por voluntad del criado.

         El título general de la novela de Javier Nudos que cortar es el menos temático de todos, en las subdivisiones de capítulos encontramos a la cabeza un título que nos guía, nos sitúa. La intención algo metafórica de “nudos” queda claramente desvelada en la boca del personaje protagonista: 

“Mira, Carlos, cuando algo nos ahoga, nos aprieta como un nudo, por ejemplo, hay que procurar deshacerlo pronto, si no, luego se pone duro como una piedra y no hay quien pueda con él. ¿Sabes lo que nos pasó ayer a mi padre y a mí? Pues sacamos del almacén una de las maromas mejores de las que hay en la casa y la encontramos estropeada por un nudo viejo, igual de años. Teníamos que usarla pasándola por una garrucha y con el nudo… imposible. Intentamos deshacerlo, pero era un verdadero pedrusco. Usamos pinchos, tenazas, de todo. Al final, ¿sabes qué tuvimos que hacer? Pues cortarla con un hacha por delante y por detrás del nudo. Total, que ahora aquella estupenda maroma se ha echado a perder y solo tenemos dos maromillas que sirven menos, pero sirven. Los nudos hay que romperlos en su momento, recuérdalo.” (pág. 198)

Ya estamos con los personajes. Antes de definirlos, cabe precisar  mejor el tiempo de sus vidas. Hemos apuntado el tiempo histórico; desde comienzos de los años veinte del siglo pasado hasta los años cincuenta. Tiempo vivido y relatado de forma lineal en la novela, con referencias al pasado en algunos casos (como los recuerdos de Isaías de la infancia compartida con el amo, don Ignacio). El tiempo avanza siempre hacia un desenlace esperado por repetidos avisos, aunque es bien cierto que, a veces, parece que se repitan los hechos de forma cíclica, por las costumbres inveteradas o por el ciclo de las estaciones. 

Selecciona Javier unos personajes que nos traen recuerdo de sus otras obras: amos-señoritos, en el papel de caciques: aquí sabemos de don Bernardo, don Ignacio y don Carlos de Sandoval, y criados fieles y a veces serviles, Isaías, Pedro… Maestros, como don Máximo, fascistas y maquis. Mundo masculino en comunicación sentimental con el femenino; en este, doña Marián ejerce el dominio de la señora, la ama, que cuestiona, dentro de los convencionalismos de clase, la figura del amo, y rompe las barreras con los criados, sobre todo con Pedro. Petra, Remedios, Rosa, Consuelo, Fani… entre las criadas, cada una con su psicología bien definida y su papel destacado en el desarrollo de la historia.  Los niños (Nunci, Nines, Chón, Juanita, el propio Carlos), a los que veremos crecer, cambiar, actuar de acuerdo a sus caracteres diferenciados. Consuelo  atraviesa la novela, le da sentido y forma parte de su solución. Ella, junto con Pedro, sale del dominio vergonzante de los amos, alcanza su dignidad. 

Pedro del Olmo es, con todo, el protagonista por antonomasia.  Carlos, el único hijo varón del cacique, podría habérsele asimilado como imagen, discípulo,… pero, como toca presenciar al lector, solo podrá liberarse de su nudo autosacrificándose, no alcanza, como Pedro, la altura del héroe. 

Ante un amo tan desaforadamente abusivo y sin entraña, que nos recuerda a los personajes valleinclanescos, desatados en su desenfreno, su lujuria, sus miserables sentimientos ( cierto que un amo con atisbos de empatía y declaradamente loco); el criado burlado, rebajado y anulado, que es Pedro, tendrá que actuar con cruel desproporción; nos hace pensar en la cólera de Aquiles, falta de mesura ante la desgracia de quien más quiere (Consuelo, Juanita), ávida de venganza por amor e injusticia. 

Aquí está la tragedia, el crimen que libera a Pedro y a los otros, el que lo obliga a la separación, al exilio, con los maquis. Junta Javier en este punto de la creación del personaje de Pedro (además del de Carlos) dos relatos de Rincón escondido; Largo y Paxarona.  En el primero, germen de la novela, en lo que se refiere al regreso de los Sandoval a Molinos, queda Carlos definido en su homosexualidad frente a Julio “Pajalarga”, en Paxarona, nos encontramos con Amadeo, el afilador gallego que se quedó muerto en la cuneta y que sustituirá a Pedro en su fingida muerte.

Pedro es un personaje convincente, en su mutismo inicial, en su amor, que lucha contra su orgullo de hombre honrado, que se revuelve contra sí mismo mientras se somete al amo, que finalmente estalla. 

“-Nadie tiene derecho a maltratarnos, ni a vosotros ni a mí. Y sin ningún motivo, solo porque le da el gusto y la gana. Pedro, después de aquella rebeldía pública y expresa, sintió que se asentaba en su ánimo una fuerza y consistencia hasta ahora desconocidas: ya nunca se sentiría condenado, de por vida y porque sí, a someterse sin reacción a las arbitrariedades del amo. Comprendió un poco las pequeñas rebeldías de Isaías, su padre. Pero él no se quedaría en eso, no pararía hasta minar del todo la autoridad y el poder del amo, hasta acabar con él de alguna manera. Y sintió crecer por dentro la serena determinación de asumir su vida y la de los suyos y defenderlas, por todos los medios, de quien quisiera abusar de ellas. Él ya era un hombre y un hombre no debe dejarse pisar. 

En pocos días había crecido varios años. “ (pág. 128) 

“-Juro que lo mataré. Tú, - pausa - Tú eres mi testigo – y, con el índice vibrando hacia el cielo, recalcaba la identidad del tomado por tal.

         Tan irregular juramento, que recordaba haber hecho ya otra vez, acabó de tranquilizar al buen mozo. Se acercó a los pesebres y se puso a repasarlos mientras, con una irónica sonrisa en los labios, comentaba con las caballerías: 

-Habrá que obedecer al amo y hacer como que os echo pienso ¿o qué? No sea que ahora le dé por controlar las cuadras y acabe por enterarse de que coméis pienso y no pan con chocolate.

         Y acarició el cuello de dos mulas que movieron la cabeza resoplando  alegremente como si hubieran entendido la broma y gozaran además de las cálidas caricias de Pedro. Animado por la complicidad de sus animales, que no eran suyos, comenzó a cantar a voz en cuello, por si pudiera ser que lo oyera… alguien, su propia versión de Los cuatro muleros:                   

 “De los cuatro muleros

que van al río

el de la mula torda,

mamita mía,

el más bravío.”

Y palmeaba las ancas de su mula preferida: la torda.” (pág. 121)

 

         Javier Gracia escribe de lo que más ama y de lo que más odia. En el primer puesto están el amor y la amistad, sentimientos y pasiones puros, inviolables. El amor de Pedro a sus padres, de Pedro a Consuelo, a su mujer Fani, a Juanita… ; la amistad de Pedro a Carlos, a Manolo, … En el segundo puesto, inevitablemente, está el rechazo de la violencia y la injusticia. El mundo, en esta historia de Nudos que Cortar, es un mundo de causas y consecuencias, un mundo de orden moral (como lo es el del teatro de Antonio Buero Vallejo). Este mundo así planteado necesita un relato extenso, en el que se vea la vida de los personajes en evolución, como en una novela de aprendizaje. Y quiere también Javier que sea un reflejo de la historia reciente, que la ponga en pie ficcionalmente hablando, que nos la muestre inteligible para que sea irrepetible, como hace Fernando Aramburu en su última Patria.

         Podemos hablar de un universo narrativo en Javier Gracia, que se aprecia en todas sus obras, narrativas y teatrales. Están sus temas, sus personajes, sus espacios… ya señalados, y también está su estilo y tono. La brillantez de sus descripciones, casi pictóricas, con una adjetivación precisa y abundante. La voz del narrador, omnisciente en lo necesario, duro o suave con la actitud de los personajes, contagiado, a veces de su voz y su entusiasmo. El monólogo en segunda persona del tormentoso sentir de los protagonistas, que se desborda. El diálogo, especialmente diestro, ágil, creíble, teatral. Los personajes despliegan una perfecta diafasía, si son niños, si están enfadados o amorosos, si son viejos, malintencionados, locos…cada uno y en cada ocasión hablan con un código ajustado. Matiza Javier Gracia la expresión en múltiples registros, y hace restallar exabruptos como borda diminutivos o hipocorísticos, cuida y pule las palabras y juega con sus significados, como le gusta jugar con los nombres de sus personajes, que siempre son más que nombres. Y no escatima en el tono humorístico, irónico e inteligente, que relaja la conversación y entretiene la lectura.

         A eso invitamos a todos ustedes, al disfrute de una lectura que nos regala Javier Gracia y que esperamos no haber dirigido en exceso. Gracias.

 

Reyes Omeñaca Hernández