Crítica. Mariluz Herranz

            La lectura de la novel te va envolviendo de tal modo en una cálida red de sentimientos que a las pocas páginas ya no puedes escapar y quieres saber más.

            Los escritores con ese don de la memoria y las palabras vivas que rezuma por todos los poros de tu novela os proponéis sacudirnos, hacernos la vida menos plana.

           Y lo conseguís. Lo consigues, Javier, especialmente cuando parece que la novela

atraviesa un momento en que se diría que es menos seductora y en el que , sin embargo, empiezan a hacérsenos patentes sus claves. Cuando ya hemos olvidado (casi) al maestro, hemos superado (casi) lo que sufrió en la posguerra y le hemos perdido (sin casi) la pista…   Es entonces, me da a mí la impresión, cuando pones ante los ojos del lector cómo salen adelante los pueblos que no quieren dejarse morir; es entonces cuando nos sorprendes ayudándonos a entender que no hacen falta etiquetas para lo que tiene calidad, como el queso del pastoré que nos haces saborear en el mercado medieval.

            Pero, por si teníamos alguna duda, vuelves a reabrir la herida y, atravesando todas las nieblas y todas las noches de la memoria, nos dejas ver que no hay otra salida que tomar nuestra propia vida en nuestras manos y ponernos de acuerdo y trabajar, si se puede juntos, y, si no se puede, como lobos esteparios, con la cabeza bien alta y con el recuerdo quitándonos de la mirada todas las vendas del olvido.