REALIDAD Y FICCIÓN

EN “LA NIEBLA DEL OLVIDO”

 

Las proporciones varían, pero en toda obra literaria, incluso en las de pura ficción, la realidad desempeña su papel. En unas ocasiones, esa intromisión es muy básica (referencias paisajísticas, comportamientos humanos creíbles, reacciones físicas o fisiológicas necesarias…) y, en otras, supone un ámbito argumental de partida o, incluso, un marco de actuación y una galería de personajes tomados más o menos directamente de la Historia.

A cuantos hemos compartido con Javier Gracia reflexiones sobre su novela (en privado, en tertulias o en entrevistas), él siempre nos ha comentado que la semilla argumental de la que arranca su novela “La Niebla…” fue la figura de un estupendo maestro que tuvo la suerte de disfrutar en la escuelita rural de su infancia. Aquel don Mariano Escartín desplegó para sus alumnos un interesantísimo programa de actividades escolares y extraescolares adobado en bondad, rectitud y calidad humana.

Sospecha nuestro autor que, tal vez, su admiración por este maestro terminó, con los años, por decantarlo a él hacia el ejercicio de la docencia.

Ya profesor de Instituto, un compañero le hizo notar lo infrecuente que era que un alumno le hiciera saber a su “profe” lo mucho que agradecía su docencia. Un día, este amigo le preguntó: “Tú, por ejemplo, habrás tenido unos cuantos estupendos profesores ¿no? Y ¿a cuántos se lo has dicho?”.  Javier hubo de reconocer que a ninguno. Y tomó la decisión de poner remedio a tal especie de ingratitud inscribiendo en una novela los relatos de anécdotas escolares que ya tenía escritos. Y así nació “La Niebla…”, asegura él.

El motivo de ponerme yo hoy a comentar el binomio creativo realidad-ficción en esta novela ha sido la curiosa anécdota que, hace unos días, oí comentar a nuestro autor en una reunión de amigos. Es la siguiente: 

Años después de publicada “La Niebla…”, un club de lectura lo invitó a dar una charla sobre su obra. En el turno de preguntas, una lectora le preguntó qué pueblo era, en la realidad, Pueyo de Arbués. Él contestó que ninguno, que se había cerciorado de que no existiera tal topónimo. “Pero estaría usted pensando en algún pueblo cuando lo describe”. Hubo de reconocer que sí. Y, ante la insistencia de la demandante, le confesó el nombre del lugar (que yo ahora no recuerdo). “Anda, pues ese es mi pueblo”, proclamó sorprendida la lectora. A sugerencia del autor, ella releyó e identificó la plaza de su pueblo en la descripción de la novela.

Semanas más tarde, Javier Gracia recibió una invitación para ir a hablar de “La Niebla…”, en las jornadas culturales del pueblo arriba aludido que, por cierto, guardaba también un estupendo recuerdo de aquel maestro. Quien lo invitaba le aclaró que, al enterarse de la muerte de don Mariano, en el pueblo le habían hecho un homenaje consistente en la exposición trabajos de escuela que todavía conservaban en casa sus alumnos después de muchos años. Y que, a tal acto, habían acudido la viuda y dos hijas del maestro. Y ningún representante de la Administración, pese a ser sabedores de ello.

Y, sin dudarlo un instante, aceptó la invitación.

Javier comentó, entre dolido y emocionado, que desconocía toda esa parte de la historia de su maestro porque él y su familia habían abandonado el pueblo un par de años antes de que lo hiciera también don Mariano y la suya. Así que toda la segunda parte de su novela es pura ficción, sin más base en la realidad que la sospecha del autor de que su maestro no había sido muy “afecto” al régimen ni muy querido en la Inspección.

El día de agosto en que iba a dar la charla en su antiguo pueblo, su anfitriona le anunció que tenía tres sorpresas para él (las tres acabarían por ser verdaderas pruebas de la intromisión de la realidad en la ficción de “La Niebla…”). Se reservó dos de ellas y le reveló la primera: daría la charla en su escuela y en su aula. 

Para satisfacción de Javier, su escuela permanecía casi igual que él la recordaba y la había descrito en su novela: advirtió las modificaciones, identificó el lugar de su pupitre, y, sobre una mesita, vio… ¡el negativo en escayola del mapa en relieve de su escuela, sí, el de la novela! Ahí estaba la segunda sorpresa dando testimonio de la realidad.

Tras recuperarse de la impresión, vio al fondo del aula una imagen proyectada de don Mariano con los alumnos de un curso en que Javier ya no vivía en el pueblo. Lo cotejó perfectamente con su recuerdo y ayudó a identificar a alguno de los alumnos. “¿Esta era la tercera sorpresa?”, preguntó y le dijeron que no.

La tal sorpresa quedó aclarada cuando, antes de comenzar la charla, le presentaron a la viuda y tres hijas de su maestro que habían decidido venir desde la provincia de Lérida a conocer al que había novelado la figura de su padre y marido. Inevitablemente en la conversación se coló el tema de la relación entre ficción y realidad en el relato novelesco. El autor pidió perdón a aquella familia por haber inventado un final tan triste para su personaje, rebautizado en la novela como don Luciano porque, como Javier suele declarar, para él “don Mariano fue luz”.

La familia de aquel maestro y el creador de la ficción novelesca sobre su figura, titulada “La Niebla del Olvido”, mantienen en la realidad de hoy día una relación amistosa pese a la distancia que los separa.

 

Francisco Duque