Crítica de Enrique Serrano Asenjo sobre 'Rincón escondido'

Enrique Serrano Asenjo sobre 'Rincón escondido'

PRESENTACIÓN DE RINCÓN ESCONDIDO

Día 1 de junio de 2010 en el I.E.S. 'Jerónimo Zurita'

 Por Enrique Serrano Asenjo

Que un exalumno del instituto presente a Javier Gracia en el Zurita es lo que en retórica se llama un oxímoron, o si uds. prefieren: el mundo al revés; pero hay decisiones que no las toma la razón, si acaso interviene una razón de amistad y esa es una regla de vida que uno ha aprendido al tener la suerte impagable y el privilegio de tratar al autor. Los cuentos de Rincón escondido son perfectamente extraños, entiéndase también “originales”, en el panorama actual de las letras. La primera impresión de lectura descubre un conjunto de historias sencillas, contadas en un lenguaje directo, que expresan sentimientos y emociones ajenos a las modas o tendencias porque son permanentes: ya se ha mencionado la amistad, también llenan las páginas del libro el amor, la dignidad, el respeto, la compasión, la solidaridad, la gratitud, sin duda la bondad y la ternura, y más. Como ven, todo ello resulta extravagante en los relatos en forma de libro o filme de nuestros días; y quizá se podría explicar la raíz de esta propuesta ética con el título de aquella canción que decía: “Demasiado corazón”. El problema, el nuestro, radica en que nunca el corazón es “demasiado”.

En Rincón escondido, se puede distinguir, con cierta simplificación pedagógica, una norma y algunas excepciones hasta cierto punto. La norma es que los temas nombrados se sitúan en un tiempo y un espacio precisos: la España de la dictadura, sobre todo los años cuarenta y cincuenta en la España rural, es decir, un universo que a los lectores de Javier Gracia ya nos es familiar. Estamos ante un pasado que gravita sobre el presente, es decir, el lector no viaja en la historia cotidiana del país por un afán arqueológico de la narración, sino porque aquel pasado explica lo que hemos llegado a ser; al respecto conviene aclarar que los sentimientos en estas páginas son inseparables de una tarea de conocimiento de la realidad, de desvelamiento de determinadas apariencias para acudir a lo esencial.

La acción de forma mayoritaria se ubica en pueblos del interior, que pueden pasar por aragoneses, pero que no lo son forzosamente (si bien “Punto de encuentro”, como caso singular, transcurre en torno a la estación de Canfranc); en medio de una naturaleza de belleza desgarrada, pero a la vez de gran dureza y hasta hostilidad hacia sus habitantes. Por eso las casas, con lo que significan de amparo e intimidad, cuentan de forma especial, ellas definen a sus moradores a lo largo del tiempo y el límite del umbral marca ciertos ritos como el que formula la expresión “entrar en casa” para un pretendiente o alguien de especial consideración.

De ahí que resulte tan expresiva la portada de José Luis Cano en diálogo con pasajes como: “¡Qué tristeza la de estas casas ahora vacías, mudas, devoradas por el tiempo, mordidas por el abandono! Cuanto más pobres eran, antes y con más intensidad han sufrido sus dentelladas: fueron las primeras en perder sus pobladores, las que peor resistieron la violencia de las tormentas estivales, la garra helada del invierno, los embates sin tregua del cierzo, las primeras en doblar la cerviz de sus vigas y columnas hasta quedar sus ventanas, como ojos extraviados, mirando a la tierra estéril o al cielo inclemente y sus puertas reventadas vomitando ruina.” El relato “Los buenos”, al que pertenece este lugar atravesado por el estrago del Padre Tiempo, a mi ver, encarna lo mejor del territorio literario de Javier Gracia hasta la fecha, el ámbito de su propia infancia, sin especular más sobre cuánto de autobiográfico palpita en estas páginas. Asimismo encarna lo mejor de su arte de contador de historias y de vidas, porque si sabíamos de su destreza como novelador, ahora nos muestra que es también un cuentista excepcional. El puñado de páginas de “Los buenos” alcanzan su significado pleno, clímax estremecedor, en la frase final de un niño que se coloca ante sus padres para explicarles una realidad que ellos no son capaces de ver: “¿Sabéis lo que os digo? Que el señor Tomás es bueno.” Estas palabras en su contexto funcionan como el golpe iluminador del discurso que gentes como Poe y compañía teorizan o practican.

Si hablamos de personajes, me parece que los grandes héroes de Rincón escondido acaban de presentarse, porque evidentemente son los niños. Esto supone una defensa explícita de la inocencia y un interés alto en mostrar cómo se descubre el mundo, desvelamiento en conflicto o dependiendo de las pautas educativas de los adultos. Papeles destacados tienen las inmediatas etapas de la existencia: la adolescencia y el despertar sexual, pues hay mucho deseo (Luis Cernuda incluido) en el libro; y la juventud con sus noviazgos y bodas, algunas más allá de la muerte. Los otros protagonistas de la obra serán la gente mayor, en su caso por la mera razón de que tienen perspectiva para recordar, reflexionar y, en fin, valorar con justeza y sin complacencia lo que han sido sus biografías.

Dos palabras sobre las excepciones (hasta cierto punto) en una serie, por lo demás muy coherente y hasta orgánica en su disposición. El octavo de los dieciséis relatos, su centro geográfico, lleva por título “Salvación. La resistida anulación de Clara Bondía”. En una sugerida ciudad, única en el conjunto, Javier Gracia aborda el ápice del horror al tratar una situación de malos tratos contra la mujer. Nada hay comparable a este descenso al infierno doméstico en Rincón escondido, si acaso el intento de violación que desencadena el trauma en “Saberes”, aunque el desarrollo narrativo de esta otra bestialidad es mucho más breve. Pero en ambos casos se deja espacio a la esperanza, y la ternura, la dignidad y la delicadeza cumplen con su función de rectificar al odio y dotar de sentido a lo que sin ellas no valdría la pena.

Los tres relatos finales, de gran brevedad (apenas dos páginas cada uno), aportan otro tipo de excepción. “El pescador de estrellas” significa la conexión magrebí y “El pintor de almas”, la subsahariana, con referencia al fenómeno de la inmigración al cabo. Ambos retoman las cuestiones centrales del volumen con un enfoque poético más intenso de lo que el autor se ha permitido previamente. “El hombre que quiso ser dios” también se sale de la norma, pero de otro modo: su planteamiento entre alegórico y mítico expone quizá la conclusión del libro, su intención escondida... a lo mejor. El texto habla de un personaje llamado Homo que en Villavieja de Mundo pretende la quimera de re-formar al género humano y dedica toda su vida a la tarea, sin llegar a notar ninguna mejora salvo pequeños detalles entre las gentes de alrededor, y todo con un preámbulo burocrático funcionarial de verdad muy divertido. Pues bien, la lápida de su tumba y final del cuento, de nuevo iluminador, reza: “Aquí yace el hombre que quizá nunca llegó a saber lo único que pudimos y debimos enseñarle: que nos mejoró por dentro y puso en regla nuestra vida.”

Sobre el estilo quiero destacar únicamente unos pocos rasgos fundamentales: la factura de los diálogos, el humor y el subrayado de la individualidad de las palabras. Como un buen conocedor del mundo del teatro que ha dirigido representaciones y lecturas dramáticas (de Luces de bohemia, p. e.), Javier Gracia es un artífice magnífico de conversaciones entre sus criaturas, con su lenguaje coloquial, sus silencios con forma de puntos suspensivos (que tanto son capaces de expresar), sus tacos, sus diminutivos. En cuanto a la risa, las oposiciones o pruebas de acceso que Homo realiza para llegar a ser “arreglador de ciclo largo” de los hombres son una buena muestra de lo que da de sí en el libro, si bien el relato más decantado al respecto es “El que, por amor, mató hasta el cerdo”, donde alternan verso y prosa en una especie de comedia bárbara muy valleinclaniana. El autor se toma tan en serio su trabajo, que se ríe con los humanos, pues en realidad sólo así surge la com-pasión; o en otras palabras, comparte la risa por idénticos motivos por los que comparte las lágrimas de Paxarona, Asunción, Julia, Andrés o Tomás (todos personajes del libro).

Y este cúmulo de pequeños (por tamaño) prodigios ocurridos a gente normal, nunca vulgar, nos llega con una gran conciencia del vehículo empleado: las palabras, conciencia esperable, claro, en un profesor de lengua y literatura. Todo un cuento gira alrededor del nombre de un recién nacido: “Velio”, y concluye con una frase inequívoca de Javier: “... y tuvo un nombre absolutamente propio.” En “Buena educación”, Eduardo tiene su iniciación sexual en un burdel y a la pregunta de la madama de si le ha gustado el asunto, responde: “Sí, señora. Mucho”. La exclamación de los amigos resulta comprensible: “¡No jodas que le dijiste ‘señora’!” En fin, con el mismo eco de la vida del pasado, otro ejemplo que tomo del relato con título más extraño, “Km. 43”: “Y tan hermosa. Esta palabra empezó a gustarme un día que vi en la tele una obra de teatro: un personaje explicaba que ‘hermosa’ es mucho más que guapa, o que buena. A mí me pareció que tenía razón.” La fidelidad a su difunta esposa del viudo que repinta un mojón de carretera en los aniversarios de boda serviría también para ilustrar la habilidad musical del autor en el arte del contrapunto, pero he de terminar.

Sólo un poco de bibliografía como rúbrica. Javier Gracia escribe de un modo extraño para la época, pero tiene algunos compañeros de ideal. Pienso p. e. en Fernando Aramburu y sus cuentos de Los peces de la amargura. Y más atrás otros nombres, el Miguel Delibes de Las ratas (edición de marzo de 1978), o el duro sentimental Pío Baroja, o su maestro don Benito el Garbancero, alias Pérez Galdós. Ahora bien, si tuviera que recomendar una obra como complemento imprescindible de la que hoy presentamos, el título en cuestión sería la espléndida novela La niebla del olvido. Muchas gracias.

Enrique Serrano Asenjo
Prof. Titular de Literatura
Universidad de Zaragoza