NUNCA MÁS

La resistida anulación de Clara Bondía

  

PERSONAJES en escena: 

            CLARA BONDÍA ALTOLAGUIRRE
            EL GUARDIA
            INSPECTOR DOS
            BEGOÑA

 

PERSONAJES en imagen y voz en off

             INSPECTOR UNO
            MADRE de Clara
            ALBERTO, marido maltratador de Clara

  

 

Sala desnuda, gris y fría de una comisaría desprovista de carteles (de individuos en busca y captura, por ejemplo) y detalles que la identifiquen como tal. Al fondo izquierda, un mostrador de atención al público y tras él un policía malencarado que, desde el parapeto de su uniforme, juzga y reglamenta la situación. A la izquierda, una ventana oculta tras una cortina blanca que servirá más tarde para la proyección de imágenes. En el centro, dos filas de sillas dispuestas para uso del púbico. En el lateral derecho, entrada no utilizada hasta el final.

Al abrirse el telón, Clara Bondía, muy nerviosa, espera junto al mostrador a que el guardia termine de preparar y entregarle unos papeles.

 

EL GUARDIA.: Si está conforme con lo que dice la denuncia que ya le han leído, firme aquí debajo. 

(Clara Bondía arrebata los papeles al guardia, los firma con rabia y se sienta en la silla más alejada mirando de soslayo al policía. Permanece allí arrebujada mientras pierde intensidad la luz sobre el guardia.)

 

CLARA (La sacuden unos escalofríos).: Hace frío aquí, mucho frío. Estoy temblando. (Vuelve a mirar al guardia) El guardia ese me mira y pone cara de “Algo habrás hecho” o de “Todas igual”. Le escupiría. Y ahora sé que puedo hacerlo. Otro día, ayer mismo, no me hubiera atrevido. Pero hoy sé que puedo, que no lo hago porque no me conviene, solo por eso. Pienso esto y me remiten las tembladeras, me encuentro mejor.  De todas formas sigue haciendo frío en… la cara del guardia… y en la del inspector ese que me ha atendido al llegar. “¿Qué le ha pasado, mujer? Dios mío ¡qué cosas!” Decía y me veía sin mirarme. Yo pensaba “No existo; por eso no me mira. Le han dicho que estoy aquí, pero no le importo”. Otro caso más.

(Se proyecta en ‘la ventana’ la imagen de un inspector que la mira. Se oye voz en off)

INSPECTOR UNO.: “Esta no había venido nunca. Ahora a abrir un expediente nuevo, joder. Si no le dieran tantas vueltas al asunto en la tele, en los periódicos, no se les ocurriría hacer esto, ni a ellas venir a denunciar. Que a veces, vete a saber. Aunque a esta… esta la verdad es que...”

CLARA.: Y me miraba, frío(le da un escalofrío), pero me miraba. Como mi padre, como mi hermana. Al principio, “Alberto es un buen chico.” – Se miraban entre ellos, como para darse la razón -   “Menuda suerte has tenido. ¡Tan guapo y tan bien situado! ¡Qué te va a pegar! Anda no digas tonterías”. Luego, con los moretones... “Y esto ¿me lo he hecho yo o qué?”. Silencio, frío silencio de aceptación degollada. Y mi madre

(Proyección de la imagen de una señora de pinta muy ‘respetable’ y voz en off)

MADRE.: “Ay, hija, tienes que tener paciencia. Los hombres pasan malas rachas, tienen muchos problemas en el trabajo y lo pagamos nosotras. Hay que tener paciencia. Y muchísima mano izquierda”

CLARA.: Y yo no tenía manos, ni izquierda ni derecha. Amputada por dentro, disminuida, vacía, inútil,... nada. Solo un cuerpo que no responde, que únicamente siente dolor; ese dolor total que no arranca de él - de los moretones, de las magulladuras... - que sale de dentro y lo llena todo y te duelen hasta las palabras. Por eso me callo. Mi cuerpo se queda quieto y oye el escupitajo de él: (Voz en off)

ALBERTO.: “No vales para nada. Ni para follar vales. Cualquier puta pajillera lo deja a uno más a gusto.”

CLARA.: Y es verdad, tiene razón, no puedo, no sirvo, no sé qué me pasa, pero… ya no sirvo. Me siento exigida, invadida, sometida, sojuzgada, abusada y... No me quedan ganas más que... de vomitar.

(Calla presa de un escalofrío)

Hace frío en mis huesos. Y en mi alma. Desde que he llegado, en esta comisaría hace más frío. Soy yo la que lo contagia. (Se calma)

Y el caso es que él me gusta; que lo... no, no, no, NO,  ya no lo quiero, eso sí que no puedo, no es posible. ¿Cómo voy a quererlo después de todo esto? Pero me gusta y... mi obligación es hacerlo feliz.

(Proyección y voz en off de la madre)

MADRE.: “Las mujeres tenemos que hacer como que somos felices y lo pasamos bien siempre. Te acuerdas de aquella vez que gozaste y ya está.”

CLARA.: Sí, mamá, pero... ¿Y cuando ya la memoria no alcanza? ¿y cuando lo único que me trae el recuerdo son frases como “Muévete, zorra” o “A  ti lo único que te gusta son besuqueos y mariconadas” o “Tú solo me has follado a cuenta de pescarme, puta”? Y todo esto sin parar de penetrarme, y con los ojos inyectados de odio, de desprecio, de asco, pero sin dejar de hurgar con su polla asquerosa en mis entrañas. (Tiembla de nuevo. Silencio)

Hace frío aquí, mucho frío. Sigue haciendo frío. Estoy temblando y nadie me arropa, ni me acoge... Tal vez ya nunca lo haga nadie. El guardia pone cara de  “Todas igual”. Se le han helado los ojos y su mirada… me inyecta frío.                                                  .                       (Silencio)

 Y a mí me gustaría que él me hiciera feliz, tengo la obligación de que me haga feliz, lo sé, pero es imposible: esto no puede ser cosa de obligaciones. Tiene que ser como fue: espontáneo, necesario, inevitable, como respirar porque estás vivo. Pero de aquello no queda nada, absolutamente nada, casi ni el recuerdo o un recuerdo como de algo que… le ha pasado a otra. Y es culpa mía, seguro. En algún momento tuve la culpa de que Alberto dejara de ser un hombre tan atento, tan cariñoso...

En algún momento, sí. Pero ¿en qué momento, en qué detalle? ¡No lo sé! Y creo que no lo sabré nunca. ¿Soy tan  tonta, tan tonta... o tan egoísta que no me entero?

(Proyección y voz en off de la madre)

MADRE.: “Hay que ceder, Clara, y, si un día no te apetece, por otro que te apetecerá. Te lo dice tu madre que sabe de qué habla”.

CLARA.: Yo no lo hice, no, fui muy egoísta. ¿Qué más me hubiera dado abrirme de piernas y dejarle hacer y fingir que disfrutaba, que me volvía loca de placer? Quizá fue por eso: no lo hice y pretendí que entendiera que en ese momento... La verdad es que fueron demasiados momentos. ¿Seré una mujer frígida? Nunca lo fui. Él tiene razón: ahora no, pero siempre me dio una ternura tremenda la cicatriz de su barbilla, la que le hizo el animal de su padre, y que lo hacía aún más guapo. Tiene razón en que, de novios, yo no me quedaba atrás, en que, si él me desabrochaba la falda, era porque yo le estaba quitando la camiseta., en que, si mi madre decía, “Bajo un momento a comprar unas cervezas”, yo lo miraba con cara de “Ahora mismo cae un correo urgente” y, apenas cerrada la puerta, nos revolcábamos ferozmente en el pasillo, sobre la mesa del comedor,.. en cualquier sitio. Y ahora... me da asco, un asco visceral, de revolver las tripas; no sé qué me pasa, pero me da asco, asco como nada más  puede dar en este mundo. (Silencio) No soy normal, Es culpa mía.

Pero hay otra verdad. Y es que Alberto cada vez ha sido más desconsiderado, más brusco y más exigente: más animal. Ha pasado de tratarme con cariño, casi con adoración, a despreciarme en público, a mirarme con odio, a tratarme como a un guiñapo.

(Proyección de imagen de un Alberto guapo y bien vestido. Voz en off)

ALBERTO.: “Como el perejil, que no sirve más que de adorno: metida en todas las salsas, pero eso: de adorno”.

CLARA.: Recuerdo la primera vez que te lo oí, cuando dije a mis amigos que me iba a meter en un grupo de teatro.

ALBERTO(en off).: ”Y ¡de qué vas a hacer? ¿de florero?” 

CLARA.:Y la cara de sorpresa que puso Julio: él que siempre se reía de los supercariños de Alberto conmigo. O aquella otra vez que en el corro de amigos a la salida del Ateneo

ALBERTO (en off)“No niegues tanto con la cabeza que te van a sonar las dos neuronas que aportaste al matrimonio”.

CLARA.: Que Julio y Patricia se largaron sin despedirse.  Yo no, yo me quedé...sola entre la gente...,helada,... tratando de convencerme de que no había oído bien, de que había sido otro, Alberto no. Mi Alberto no.

  1. (Silencio) 

Pero sí, habías sido tú. ¿Cómo era posible? Tú, el amable, el cortés, el justiciero. “Alberto el justiciero” te llamaba Manolo ¿te acuerdas? Y es que tuve que provocarlo yo, seguro. Algo hice mal, sí, fue culpa mía. Soy una inútil. Lo he destruido todo.

(Se yergue ligeramente)

            Pues, no, no solo fue culpa mía. Como mucho de los dos. No, mamá, no: yo no “había hecho algo” para que Alberto me maltratase así, me faltase al respeto, me insultase, me golpease... Nadie tiene derecho a hacer eso. Si ya no le gusto, que se largue, que se vaya de putas, que se eche una querida. A ver quién le aguanta lo que yo. Claro que yo he hecho cosas mal, mamá. Sí, es cierto que muchas veces llegaba él a casa y yo... (Silabea en voz más baja) había bebido. No hacía más que abrir la puerta y, casi desde el pasillo, gritaba: “Esto huele como una tasca, borracha, puta borracha”. Y entonces me pegaba con razón: una mujer no debe beber teniendo un hijo en casa, no debe darle el espectáculo de sus borracheras. Cuando él llegaba con unos tragos, no es que estuviera bien, pero, por lo menos, no se había cocido delante de su hijo. Tenía razón. Sí, yo era una borracha.

Tenía razón, pero ¡YO YA NO PODÍA MÁS! (Llora en silencio) Un día estaba bien y entonces oía a mi hijo que me decía: “Yo nunca te pegaré y, cuando sea mayor, no le dejaré a papá que te pegue”. Y no aguantaba más. Frío y desesperación helándome la médula, estrujándome las entrañas. Me iba a la despensa y me echaba un trago de pacharán, a gollete, solo uno. Me sentaba bien, me fundía el hielo que llevaba por dentro. Y me entraban muchas ganas de jugar con Berto. Y, cuando me acercaba a besarle, Berto arrugaba la nariz  y ponía la carita de “Has bebido otra vez”.  Y yo me iba  de nuevo a la despensa. Y volvía a ir. Hasta que la cara del niño ya no me decía nada.  Y él se encerraba en su cuarto “a jugar con la PlayStation”, decía, y  ¡¡a no tenerme delante ni oler mi aliento de borracha...!!  (Largo silencio)

Lo he echado todo a perder, tienes razón, mamá. Pero tú eras mi madre ¿sabes? Y tendrías que haberte puesto de mi parte para que yo hubiera tenido alguien en quien cobijarme, un reducto donde encontrar el calor, la serenidad que necesitaba. Pero no estuviste a mi lado, no.  Preferiste empecinarte en tu fantástica opinión sobre Alberto, que siempre te pareció un mirlo blanco. “No como el de tu hermana... ese Pedro, un vulgar oficinista...” - con  tu peor cara de desprecio -. Tú no podías haberte equivocado tanto: Alberto tenía que ser todo un señor. “Ingeniero, no te digo más, Asunción”. Y era yo, tu hija, la que se estaba equivocando. Por supuesto. Pero, si seguía tus consejos, la cosa se iba a arreglar, seguro. (Silencio) Claro que tu hija no supo comportarse como debe hacerlo ‘una mujer de bien’.

Después vino la fase de “Piénsalo, hija: algo habrás hecho tú”. Y me quedé SOLA. Casi nadie se atrevía a peguntarme cómo me iba con Alberto. Patricia lo hizo alguna vez. Y Manolo. Me dio mucha vergüenza contarles mis miserias. Y les contesté que bien, que estupendamente, que por qué me lo preguntaban. A Manolo, me acuerdo, se le arrasaron los ojos de lágrimas, pareció que iba a explotar, pero se aguantó, se le puso la cara gris de tristeza, me dio un abrazo y se marchó. ¡Qué bien me sentó aquel abrazo, Manolo! Pero te dejé ir, no te conté nada y me quedé… SOLA, abandonada a mi debilidad, escondiéndome en la despensa, en el amargo dulzor del pacharán. Perdí el trabajo por culpa del alcohol, el trabajo que tanto quería, mi trabajo, el que nos había dado de comer cuando Alberto, “todo un señor ingeniero”, no era más que un puto becario mal pagado. Cieneurista, decía él entonces.

Pues lo perdí. “No puedo hacer otra cosa”, me dijo el gerente con pena en los ojos. ”Cuando resuelvas tu problema (que seguro que lo resuelves), vuelve: aquí siempre se te ha querido”. (Silencio)

Guardarme su mirada y sus palabras como un paradójico regalo de cariño. Mejor que en mi familia; y eso en el momento agrio de firmarme el finiquito y de echarme del trabajo “por motivos de salud”, decía el papel. En cambio en casa mi padre tronando: “¿Cómo se te ha ocurrido dar lugar a que te echaran, a una Bondía Altolaguirre?” Sí, papá, la vergüenza de la familia, de tu ilustre familia burguesa; eso soy yo. Además de tu hija, claro; pero no estábamos hablando de eso ¿verdad?

            Y cada vez beber más y sin ningún control; ni siquiera el pequeño control del niño, que ya iba a la guardería y me dejaba sola. Y un día mi compañera Marta en casa: “Escapa, denuncia y rehaz tu vida hasta que sea solo tuya y de tu hijo. Te lo digo yo, que ya he pasado por ello”. Escapar, sí, y denunciar. Pero ¿quién iba a hacer caso de una borracha?, pensaba yo. “¿Qué dice esta, con el colocón que lleva?”, pensarían. “Y, si la han currado, merecido se lo tiene. Madre y emborrachándose delante de su hijo”.

Tenía miedo y me engañaba a mí misma: “Claro, esto se va a arreglar. Es verdad, no es problema; algún día yo también escaparé”. Y lo dejaba.

No hacía nada más que seguir bebiendo y… recibiendo palizas. Y viendo la tragedia incomprendida agazapada en los ojos de mi hijo que... ¡ya no me besaba!

Una desgraciada. Y Alberto, otro. Alberto. Él no es, no... era así. Lo hemos hecho así todos. El primero, su padre, que odiaba a su madre porque era pobre y “no sabía hacer nada”. Como si a él y a sus hijos los cuidara el ángel de la guarda. “Y encima, todavía de vez en cuando se pone chulita. Ahora que, contra los malos modos, no hay nada como el jarabe de palo”. Un macaco violento y odioso que aleccionaba así a su hijo delante de mí: “Las mujeres como el perejil: solo para adorno”.

Y a él se le posaron dentro estas enseñanzas y aprendió a insultar y a maltratar. Pero yo ya no soporto más. Nunca he sabido si me dolían más las palizas o los insultos y las afrentas públicas.

Proyección de imagen de un Alberto guapo y bien vestido. Voz en off)

ALBERTO.: “Tú calla, gilipollas”, “¿Te puedes meter la lengua en el culo?”, “Deja en reposo tu neurona, que todo se agota”. “La ventaja de tu supuesto cerebro es que está completamente virgen”

CLARA.: Todo esto cualquier día iba a provocar que también mi corazón dejara de mantener vivo el pelele en que yo me había convertido. Un muñeco de feria para su diversión. (Escalofríos)

Pero tengo que echar este frío fuera, no puedo temblar más. Lo de esta noche ¡no se puede repetir! Cuando lo he visto llegar tarde y con dos películas porno, he acelerado la cena y me he ido pronto a la cama. Casi dormida me ha sacado al salón a los gritos de “Así se folla, puta frígida, no como tú”. Luego bofetadas, pellizcos, puñetazos, todos en mi cara. “Ni para adorno vas a servir después de esta, zorra”. Yo de rodillas, sorbiéndome los mocos y la sangre, con los ojos borrados de dolor y lágrimas. Y él que se masturba delante de mí y me ensucia la cara con su semen asqueroso. Huir corriendo a lavarme. Se ríe a carcajadas apoyado en la mesa y juega a no me dejarme escapar. Salgo corriendo y veo en el espejo del baño una cara asquerosa, un amasijo de ojos morados, chorreones de sangre y manchas viscosas de semen. Salgo corriendo. Huyo. Ya no me persigue, solo se ríe a carcajadas secas, frías, inhumanas. De perro rabioso. En la cocina cojo un trapo, me limpio la cara y salgo corriendo. Huyo. Escapar a la comisaría. Denunciar.

 Y aquí estoy, todavía con el frío del miedo metido en las entrañas. Pero… NUNCA MÁS.

 

(Aparece un inspector de facciones duras pero de ademanes y trato correctos)

 

INSPECTOR DOS.: “¿Doña Clara Bondía Altolaguirre? Vamos al hospital, señora: usted no puede seguir así. Allí podrá ducharse y le harán una cura. Y un parte de lesiones que acompañe a su denuncia”…

(Le ofrece el brazo para que se apoye. Ella acepta. Cuando ya está en pie, alguien la coge por los hombros).

 

BEGOÑA.: “¿Clara Bondía? Hola, Clara. Soy Begoña, abogada del Instituto de la Mujer. He venido para ayudarte porque ahora comienza para ti la otra parte dura del asunto.

(Laabraza. Clara se funde con ella y se siente revivir).

Pero esta es ya la parte digna de tu problema ¿sabes?; muy dura y difícil, te lo advierto, pero digna. Ánimo, Clara, que este va a ser tu verdadero buen día, más que el de tu apellido Bondía. No estás sola. Me tienes a mí y a mucha otra gente más que sabe lo que es esto y te va a acompañar. Has de saber que, desde que estoy aquí, ya han llamado cinco grupos de amigos tuyos. Todos te quieren mucho y te apoyan en esta decisión tuya que hace días que esperaban. Y tu madre también ha llamado. Sí, no me mires así. Todos: también tu madre, que, cuando le he contado todo con pelos y señales, que no le he ahorrado un detalle,…, se ha quedado… Y parece muy arrepentida de… Ya sé que llega tarde, que cuando la necesitaste no estuvo a tu lado. Me lo ha confesado ella. Pero creo que ahora sí lo va a estar ”.

 

(Clara se acaricia brazos, piernas y vientre como si un calorcillo tierno le hormiguera por todo el cuerpo y le inundara las entrañas. Parece henchir sus pulmones con un aire nuevo,  desconocido. En sus ojos brilla una esperanza todavía perpleja y asustada)

 

CLARA.: Igual… existo… otra vez. ¡¡Sí, yo!!  Begoña ¿crees de verdad que puedo volver a ser Clara Bondía?

 

(Y se funden en un abrazo)

 

 

 

TELÓN