Abejaruco

 

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ABEJARUCO

Desde el día en que lo vio por primera vez posado en la rama seca del álamo viejo del jardín, Ana quedó prendada de la hermosura de aquel pájaro. Tuvo que cerrar y abrir los ojos varias veces para asegurarse de que no estaba soñando: ¿Cómo eran posibles tantos colores y tan bonitos en un ave tan pequeña?: El azul intenso de la parte inferior del cuerpo separado del amarillo del cuello por una línea de plumas negras; el negro del pico que se prolongaba hasta la parte posterior de la cabeza enmarcando los ojos rojos; los marrones amarillentos, ocres y dorados del lomo y las alas… ¡Y lo bien que cantaba! Cuando alzó el vuelo, la pena que le causó verlo alejarse quedó en parte compensada por la posibilidad de contemplar la hermosura de la parte inferior de sus alas desplegadas en un vuelo planeador que después se quebraba en ágiles y violentos giros.

-Papá, yo quiero tener un pájaro como ese en la pajarera de casa – gritaba Ana entusiasmada.

-¿De qué pájaro hablas?

-De ese…que se ha escapado. Uno que tiene unos colores chulísimos… y que planea…

-Ya, ya. “Colorines” los llamo yo, pero se llaman abejarucos.

-Pues yo los llamo ¡ladrones! – era la señora Juana, la melera, que había aparecido en el jardín para ofrecer a los padres de Ana sus botes de ricas y variadas mieles que tanto le gustaban a la niña.

-Y ¿por qué los llama ladrones – protestó Ana – si son tan..?

-Ladrones, que te lo digo yo ¿Sabes por qué se llaman abejarucos? Pues porque se comen las abejas, mis abejas. Si te dejan tus padres, te vienes un día conmigo a visitar mis colmenas y allí los verás revoloteando para llenarse la tripa con las abejas que hacen esa miel que tanto te gusta a ti y que a mí me da de comer. ¡Una plaga de ladrones es lo que son!

-Mujer, Juana, - replicaba el padre de Ana - que también comen moscas, avispas y mariposas y libélulas y..

- Lo que más les gusta, mis abejas. Mira que tienen cerca del río sus nidos del terraplén. Pues se tienen que venir a las colmenas a zampar. Abejarucos se llaman. No hay más que explicar.

 

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                Al hemano mayor de Ana ni le gustaban ni le interesaban para nada los pájaros ni las colmenas, le gustaba sobre todo pescar, bueno, y nadar. Pero ella insistió una y otra vez hasta consiguió que la acompañara primero a las colmenas de Juana y después al terraplén de los nidos de abejaruco. A su padre fue al primero que se lo pidió, pero él solo se ofreció a acompañarla al terraplén de la orilla del río: lo de las colmenas le pareció peligroso.

            -Papá, para eso no me haces falta: yo ya sé ir sola a ese terraplén lleno de agujeros que ahora me he enterado de que son nidos de abejaruco.

            -Bueno, pues en compensación te voy a enseñar el trozo final de un poema que habla del abejaruco. Es de García Lorca, el poeta granaíno:

Pespunte de seda virgen
tu canción.
Abejaruco.
Uco uco uco uco.
Abejaruco.

            -¡Qué gracioso! Uco uco uco uco. – palmoteaba Ana -Y eso de la seda virgen está muy bien porque los abejarucos parecen de seda ¿a que sí?.

           

 

            Un día que sus padres tenían visita, Ana les comunicó que se iba con su hermano a ver los nidos de abejaruco.

            -¡Cuidado con esa orilla del río: es muy fangosa! – recomendó la madre.

            En realidad pasaron primero por las colmenas de Juana y quedaron convencidos de que la melera o mentía o exageraba mucho: solo vieron revolotear a un abejaruco cuando ya se marchaban. Seguramente iría a comerse alguna abeja pero… de eso a ser ladrones todos los abejarucos...

            Lo que sí les entusiasmó fueron los nidos de aquellos pájaros maravillosos. Allí sí había un montón de “colorines”, como los llamaba su padre, entrando y saliendo de aquellos agujeritos que horadaban todo el terraplén: Ana contó 37 nidos, redondos, igualitos. Al llegar, los pájaros casi siempre llevaban algo en el pico y salían sin nada.

 

 colonia abejarucos  abejaruco en nido

 

 

            -Eso es que dan de comer a sus pollos – explicaba su hermano – Y mira, mira aquel nido del que, cada poco, sale despedido algo de tierra: seguro que allí hay algún pájaro haciéndose un nido nuevo.

            Ana no pestañeaba. ¡Qué maravilla! Y qué listo era su hermano. Poco después salió un abejaruco de ese nido nuevo. A pesar de que no parecía que se hubiera ensuciado, sacudió las alas y volvió a meterse a cavar. ¿Se podía ser más limpio? Así estaban siempre que parecían de seda.

            Observó Ana que, al salir de sus nidos, los “colorines” bajaban a la orilla del río o se metían en el soto y volvían en seguida trayendo en el pico un abejorrro, una libélula o una mariposa y se metían en su nido, a cebar a los polluelos, seguro. Juana no tenía razón: no se atracaban de abejas.

            Cuando advirtieron que el sol casi rozaba las copas de los chopos, volvieron a casa para que sus padres no se impacientaran. Se prometieron volver otros días: los abejarucos eran maravillosos.

            Y así lo hicieron durante semanas. Unos días se fijaban en su canto. Otros en su forma de volar. Discutían acaloradamente sobre cuál era el más bonito de los colores de su plumaje. A Ana se le ocurrió un día poner, al pie del terraplén, un platito con miel para que acudieran avispas y moscas y sus abejarucos pudieran cazar mejor. Solo lo hizo un día porque aquello le pareció que era… hacer trampas.

Un día en que Ana volvía sola a visitar a sus amigos, vio algo que superaba todo lo que h ubiera podido imaginar: en una ramita sin hojas, nueve polluelos de abejaruco, pegaditos uno a otro, parecían estar calentándose al tibio sol de la mañana mientras componían la más hermosa estampa posible de formas y colores. Ana, que se había sentado en el suelo sin darse cuenta, pasó allí rato y rato contemplando entusiasmada aquel cuadro único que la naturaleza le regalaba.

abejarucos

            De pronto, al canto estridente de uno de los abejarucos adultos, los nueve polluelos volaron rápidos y se ocultaron en dos nidos cercanos entre sí.

            Con los ojos llenos de lo que había contemplado, Ana se puso en pie y caminaba ensimismada hacia su casa cuando casi tropezó con su padre que venía a buscarla:

            -¿Qué te pasa, Ana?

            -Nada, nada, papá. – Muy seria y mirándolo a los ojos, añadió - Que quería decirte una cosa: Ya nunca querré meter un abejaruco en una jaula. Aquí es donde tienen que estar.