Viaje a La Bretaña (II)

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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

23 de julio 

Esta ha sido nuestra primera gran jornada de turisteo bretón. Morlaix, Carentec, St. Pol de Leon, Roscoff, Lampaul-Guimiliau, Guimiliau, St. Thegonec han completado una ruta variada y magnífica: ciudad y pueblos, costa e interior, profano y religioso se han reunido espléndidamente. Si esto sigue así....

Puestos en viaje, hemos tomado la carretera 786 por Plestin y Lanmeur a Morlaix. La primera vista de esta ciudad está presidida por el impresionante viaducto del ferrocarril (292 m de largo y 58 m de alto). Poco antes de llegar a él aparcamos el coche y, en la oficina de turismo, recibimos información de Morlaix y su comarca gracias a las gestiones de Mariví, nuestra gran especialista en recogida de información turística. Planos y guías en mano - componemos una perfecta imagen de ‘guiris’ – nos metemos por sus calles. Visitamos en primer lugar la iglesia de Sainte Melanie. Sus recias proporciones de base hablan a las claras de sus orígenes románicos. Su construcción final es gótica.

9 A la izquierda del pórtico de salida, tomamos por una callejuela muy típica conformada por un caserío pintoresco. Justamente en la confluencia con la plaza, una de esas típicas casas de entramado de madera alberga en sus bajos una tienda de vinos bastante bien surtida. En la puerta anuncia que esta casa tiene ‘lanterne et pondalez’. Antonio, nuestro intérprete, nos aclara que ‘lanterne’ significa tragaluz o claraboya, pero que ‘pondalez’ no sabe lo que significa. Rebuscando en las guías llegamos a la conclusión de que ‘pondalez’ es una versión o adaptación bretona del francés ‘pont-d’allée’. (Más tarde contemplaremos un ejemplo real). Nos metemos, a golpe de guía, por la Grande Rue. Nada más entrar nos encontramos con otra de las ‘maisons de pondalez’ que parece estar exquisitamente restaurada. En esos momentos están procediendo a abrir las contraventanas de la planta calle. Una curiosidad: estas contraventanas abren, en dos mitades, hacia arriba y hacia abajo. Las inferiores se convierten en una especie de zócalo casi hasta la calzada, y las superiores, sujetas con barras metálicas al marco de la ventana, forman una suerte de tejadillo. La madera del entramado de los tres pisos está ricamente decorada con imágenes religiosas o grotescas, sobre todo en sus columnas. Según reza a la puerta de esta casa del nº 9 de la Grande Rue alberga el ‘Centre d’Interpretation du Patrimoine’. Decidimos dejar la visita del interior para más tarde (lo cual suele equivaler a decir para nunca).La Grande Rue es una calle muy comercial: parece ser que en tiempos acogía el mercado de 8 telas, una de las industrias típicas de Morlaix junto con la elaboración de tabaco; y todavía se le nota. Pronto desembocamos en la Place Allende. Aledaña a esta plaza y en un plano superior, discurre la Rue du Mur, antiguamente Rue aux Nobles. En ella llama ya de lejos la atención la Casa de la Reina Ana o de la Duquesa Ana. Hacemos bromas sobre el ‘chauvinismo’ del ascenso de la duquesa Ana a reina Ana. Más tarde descubrimos lo injusto de nuestras bromas al leer un panel en el que se explicaba que la casa era de la duquesa Ana que llegó a ser reina de Inglaterra. Está abierta al público y decidimos visitarla. Nos atiende una señora con aires de institutriz inglesa del siglo XIX: un traje de corte casi varonil encaja perfectamente con su seca cortesía. Tras cobrarnos la entrada, nos dice que, si entendemos francés, podremos seguir su explicación de las características de la casa. Vamos a enterarnos así de cómo es de verdad una de estas ‘maisons de pondalez’ de Morlaix. Tienen tres alturas más la cubierta. Están construidas sus dependencias en dos bloques: el que da a la calle y el que da al jardín posterior. Entre los dos, un enorme hueco – de tres alturas – que dispone, en lo alto, de una cristalera o linterna cenital que lo ilumina; en el bajo, de una enorme chimenea; y, en el lateral izquierdo, del sistema de comunicación entre bloques por plantas. Está constituido por una escalera de caracol que da acceso inmediato a las habitaciones del bloque de la calle y que comunica estas con las del bloque posterior a través de un pasadizo-puente que ha terminado por dar nombre a este tipo de casas: el ‘pont d’allée’ o en versión bretona ‘pondalez’.

Salimos de la ‘maison’ y nos dirigimos a la iglesia y barrio de St. Mathieu. La iglesia – un típico ejemplo de comienzo románico, terminación gótica y reconstrucción moderna (s. XIX) – guarda algo extremadamente curioso: una ‘Virgen que se abre’: la imagen cerrada representa a la Virgen con el Niño y abierta, a la Santísima Trinidad.    

Salimos y buscamos otros lugares interesantes. Una empinada cuesta amenaza con la propuesta del ‘chateau’. Menos mal - ¡oh innegable valor de las guías turísticas! – que estamos advertidos por una de ellas de que ‘unos pocos árboles señalan hoy su antiguo emplazamiento’. ¡A otra cosa, pues!

Buscamos la iglesia de los Jacobinos. Y la encontramos.... cerrada. Parece ser que fue fundada por los dominicos tras el paso de Domingo de Guzmán por Morlaix. Pues bien: ni siendo españoles pudimos franquear la puerta. Tras callejear un ratito más, decidimos continuar viaje hacia la costa: Carantec, St. Pol, Roscoff,....

11 Carantec parece ser una de las más importantes estaciones balnearias del Finistère. Tiene 13 km de costa con numerosas playas y un magnífico panorama marino delante de ellas: numerosas islas (Lonët, Stevec,...), un islote fortificado ( Chateau du Taureau) y un si fin de playitas y embarcaciones a vela componen una preciosa escena marinera. Para contemplarla a gusto nos hemos acercado a un lugar privilegiado, como se podía sospechar a partir de su nombre: ‘la Chaise du Curé’. El tal cura debía ser un buen catador, al menos, de paisajes: el lugar así lo avala. Pasamos allí un buen rato disfrutando de la vista, pero.... queda mucha jornada y debemos partir. Nuestro siguiente destino merecía el disgusto de arrancarse de Carantec: St. Pol de Leon – así escrito – nos engancha inmediatamente con sus señoriales calles como la Gral. Lclerc con su ‘maison du Pilori’ (casa de la Picota) que nos lleva directos a la Catedral. Es otra magnífica pieza arquitectónica que recorremos ya un poco cansados y, por qué no decirlo, hambrientos. Sabemos apreciar, a pesar de ello, la hermosa sillería del coro, el estupendo órgano,...; en cambio, el altar mayor de opulento mármol negro y rematado con una palmera cuya flor alberga un copón, me parece ostentoso y un poco ‘hortera’, la verdad.

Recorremos después los aledaños de la Catedral y Antonio (siempre tan dispuesto, mi amigo increíble) se va, él solo, a buscar el coche para que los demás no caminemos. Mientras él va y vuelve, me dedico a averiguar adónde podríamos dirigirnos para comer. Pronto descubro (en el plano y en un cartel indicador a la derecha de la Catedral) la dirección en que se encuentra el ‘Parc du Champ de la Rive’ que la guía-plano promete muy hermoso. Cuando llega Antonio, montamos al coche y nos dirigimos a él. No nos defrauda. El parque se extiende a lo largo de una ladera larga y suave que aparentemente termina, en lo alto, con una cruz monumento. Cuando llegamos allí, St. Pol de Leon nos recompensa con una maravillosa vista sobre toda su bahía. Hay una mesa panorámica con información detallada de todos los puntos importantes del panorama; pero las tripas no nos cantan, nos rugen; y nos disponemos – más bien 12 ‘lanzamos’ a dar cuenta de nuestra comida. Cumplimos con ello con la dedicación y buen ánimo que nos caracterizan. ‘Restaurante de cuatro tenedores – de plástico, eso sí – con magníficas vistas al mar’, anuncia Antonio con su peculiar retranca. Terminada la comida, busco un lugar al sol y al socaire de la brisa del mar y me tumbo a reposar. Pronto Merche comienza a afearme la conducta aduciendo una increíble lista de los peligros a que me expongo con tan zafia actitud: el frío de la brisa, los bichos (¿¡....!?), el corte de digestión,.... (Tengo que repasar los papeles de mi chica: es imposible que verdaderamente proceda del medio rural). Pasamos a informarnos en la mesa panorámica, recogemos los desechos de nuestra comida y ....¡carretera y manta!. Roscoff, nuestro siguiente destino, quizás debido a las interferencias del proceso digestivo con la inteligencia y el gusto estético, me parece bastante menos hermoso que Carantec o St. Pol de Leon. Aprecio una cierta tosquedad y grandiosidad de nuevo rico en este pueblo de corsarios y pequeños navieros. Lo comento con el resto de la expedición y observo que no es una apreciación compartida. Definitivamente debe de tratarse de las turbulencias de mi digestión. De todas formas me empecina un tanto en dicha impresión la boda que vemos salir de la iglesia de Nôtre Dame de Kroaz-Braz. No quisiera ser cruel, pero el puntazo ‘hortera’ es muy acusado. Me confirmo en ello sobre todo cuando nos es dado contemplar cómo una de las invitadas – con ‘discretos’ traje y sombrero rojo cereza – aprovechando que todos se han marchado de la iglesia ‘arrambla’ con lo más granado de las flores que han adornado la ceremonia. Otro ‘detallito’: los navieros de Roscoff dejaron su marca en los muros de su iglesia en forma de carabelas esculpidas en sus piedras.... Roscoff frustra además mi asociación mental de su nombre con los relojes de bolsillo: las habrá, pero yo no veo ni una relojería y mucho menos una fábrica de relojes. Y eso no se hace, hombre. De todas formas debe gozar este pueblo de un magnífico clima (debido a la proximidad de la corriente del Golfo, dicen) y tiene, en consecuencia, dos cosas que lo caracterizan: la Estación de Biología Marina y una rica pesca, por un lado, y por el otro un gran tirón turístico. Aún así he de decir que yo (no sé si hace falta que lo recalque), si viniera a veranear en esta zona, no pasaría de Carantec o de St. Pol.

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Sin ningún dolor por mi parte, salimos, con cierta prisa, hacia los ‘enclos paroissiaux’ que las guías y nuestros amigos prometen como lugares muy atractivos. Siguiendo carretera en dirección a Landivisiau, llegamos enseguida a la zona y comenzamos la visita por Lampaul-Guimiliau.

Forman estas parroquias unos conjuntos curiosos: suelen tener un pórtico de entrada al recinto, un calvario esculpido en piedra con escenas de la vida y Pasión de Cristo, la iglesia y uno o dos osarios (Cuando en los cementerios ya no cabían más muertos, se desenterraban restos primitivos y se depositaban respetuosamente en los osarios .Bueno, más o menos respetuosamente: en uno de los osarios de la iglesia de Roscoff – cómo no – consta que los huesos los arrojaban a través de las ventanas de que está dotado). Volvamos a Lampaul. El conjunto de este ‘enclos’ parece bonito pero discreto con su puerta o arco de acceso, su calvario no demasiado espectacular y su osario. Lo realmente sorprendente se halla dentro de la iglesia, sin olvidarnos de la airosa torre de unos 70 m que la adorna por fuera. 14 Destacan en el interior un precioso ‘Enterramiento’ barroco, un baptisterio con baldaquino y dos auténticas joyas: el retablo de la Pasión y la Viga de la Gloria. El retablo (del s. XVI, parece) está compuesto por ocho paneles repletos de personajes policromados de un encanto subyugador. El discreto tamaño del retablo hace que las figuras sean realmente diminutas. Una preciosidad. Pero la pieza más inesperable es la Viga de la Gloria: sobre ella figura una llamativa ‘Crucifixión’ (Cristo, la Virgen y San Juan) y la viga en sí recoge escenas de la Pasión con una fresca y llamativa policromía. Nunca había visto yo nada semejante. Con una cierta pena dejamos Lampaul para dirigirnos a Guimiliau, situado apenas a 3.5 km de aquí. La belleza de Guimiliau se centra en dos puntos: el pórtico sur de su iglesia y su fastuoso ‘Calvario’. El pórtico recoge un bello conjunto de estatuas de los doce apóstoles y unos bajorrelieves con escenas del Viejo y Nuevo Testamento que nos retienen un rato antes de entrar al templo. En su interior destacan el baptisterio, un baldaquino barroco, los bajorrelieves de los laterales y frontal del órgano que recogen temas históricos y mitológicos y un púlpito espléndido. Nos ha ocurrido en ese momento una feliz casualidad. Coincidíamos en la visita con un grupo de turistas que debía tener programado en esta iglesia un concierto de órgano (los hay chulos). Al oír que lo anunciaban, hemos preguntado a una guía si sabía a qué hora cerraban St. Thegonec. Nos ha dicho que a las siete, Y, como eran las seis menos veinte y St. Thegonec está a sólo 7 km, nos hemos quedado a escuchar la primera pieza del concierto. Se ha interpretado una obra en cuatro movimientos de F, Couperin.15

A posta y artificialmente, he dejado para el final el plato fuerte de Guimiliau: su ‘Calvario’. Se trata de un conjunto escultórico espectacular. Reúne 25 escenas de la vida de Cristo representadas por alrededor de 200 personajes. Nos pasamos un buen rato saboreando su belleza primitiva, la sabia resolución de los espacios, la expresividad un tanto ‘naïf’ de sus tallas,... Una preciosidad que difícilmente olvidaré.

Salimos ligeros hacia St. Thegonec. Creo que esta parroquia tiene, en nuestro programa de visitas, la desgracia de ir después de Lampaul y de Guimiliau. Si algo destaca en este ‘enclos paroissial’ es el lujo un tanto desmesurado de su conjunto arquitectónico. Las guías hablan de que los campesinos enriquecidos de aquí quisieron tener los edificios religiosos MÁS SUNTUOSOS de toda la comarca. El resultado goza de la grandiosidad de una obra deliberadamente MAYOR y recargada, pero carece del encanto sencillo de Lampaul y del lujo estético contenido de Guimiliau. Puede tratarse también de cansancio por nuestra parte, pero la unanimidad de la apreciación me inclina a pensar que no.

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Ha sido este un día gozoso, cargado de visitas a lugares y monumentos hermosísimos y variados. Nuestro primer gran día bretón.

 

24 de julio 

Dinan y su ‘Fête des Remparts’ nos van a ocupar prácticamente todo el día. Antonio y Mariví nos habían comentado, ya en Zaragoza, la celebración de la Fiesta de las Murallas que tenía lugar en Dinan cada dos años. Y tocaba este. Así que, ya antes de iniciar el viaje, habíamos decidido hacer coincidir la visita a Dinan, que por sí sola la merece, con esa fiesta que este año tenía lugar los días 24 y 25 de Julio. A mí, en el fondo, estas fiestas que se basan en la recreación artificial y multitudinaria de épocas y ambientes no me atraen demasiado. Pero me pliego a la mayoría y espero que la cosa, de todas formas, resulte bien y acompañe la belleza del lugar que, según documentan las guías, parece de primera categoría.

20 Ha salido un día espléndido que promete no sólo luz y claridad sino calor. No nos podemos quejar del tiempo con que nos ha recibido la Bretaña: hasta ahora no nos ha llovido y eso parece que va siendo noticia. Alguna mañana ha aparecido nuboso y luego ha despejado. Hoy ni eso: sol espléndido desde el desayuno, durante el viaje y parece que para todo el día. Llegados a Dinan, primer inconveniente – previsible – derivado de la fiesta multitudinaria: nos obligan a aparcar en lo que parece un campo de fútbol a cosa de un kilómetro de la ciudad. Venimos informados de que Dinan este año ha organizado tres cosas: un Mercado Medieval, unos Torneos y cuatro Lugares de Animación (El Mundo Oriental, El Mundo Occidental –artes militares, saltimbanquis,...- , El Mundo Occidental – placeres y refinamientos – y Los Países de la Seda). Las entradas para los Torneos sabemos por Internet que hace días que están agotadas. Para visitar los Lugares de Animación, sacamos nuestra entrada y nos marcan con una pulserita amarilla (Si vas disfrazado de medieval, es gratis). Debidamente pertrechados llegamos a la plaza Duclos-Pinot y decidimos tomar por la calle Thiers para llegar a la Square des Dinantais y comenzar allí la visita a los Lugares de Animación. Pensamos hacer esto por la mañana y visitar la ciudad por la tarde. Los Lugares de Animación recogen – sobre todo el primero y el último – muchas referencias al mundo oriental seguramente porque en la historia de la ciudad se citan personajes como Idrisi, historiador y geógrafo árabe que habla de Dinan, o Etienne el Turco que trazó los planos para construir las murallas y torreones de la ciudad. (¡ Cómo controlo las guías!). El paseo por Square des Dinantais y por los Grandes Fosos nos lleva toda la mañana. Acaparan nuestra atención los espectáculos musicales y de malabares y saltimbanquis que salpican el recorrido. A poco de comenzar y bajo un árbol enorme, escuchamos a un grupo de músicos que interpretan melodías primitivas. Lo componen media docena de intérpretes – ataviados con trajes de supuesta época medieval y ámbito europeo - que tañen instrumentos como la gaita, la flauta de pico, la guitarra, elementos de percusión y cantan a varias voces. Acompaña la música, a modo de florero danzante, una bailarina vestida al estilo moruno. Tiene unos bellos ojos oscuros y un cuerpo sinuoso que cimbrea al rimo marcado por sus compañeros. La verdad es que ejecutan su música con notable solvencia y calidad. Nos retienen la atención un buen rato. Cuando pasamos adelante, Mariví pondera la calidad musical del grupo. Yo, con aire de ir a enunciar un comentario técnico, pondero con supuesta seriedad: “La que mejor ‘cantaba’ era la del traje moruno”. Antonio ríe con gana y Mariví mira de soslayo a Merche, sin querer reír del todo, temiendo, quizás, una reacción celosa que no llega.

Fabricación de aperos y ropas, elaboración de comidas, realización de escritura en tablillas de 19 cera, lanzamiento con arco, lucha a espada, exhibiciones de cetrería, más arqueros y guerreros, trovadores, tiendas de campaña árabes, demostraciones de jinetes, preparación de té moruno, malabaristas, músicos tañedores de zanfoña, cuentacuentos, cantantes,... componen una variopinta muestra de actividades más o menos anacrónicamente relacionadas con las murallas y la Edad Media. Todo esto queda adobado con la presencia entre el público de supuestos medievales – algunos muy bien ataviados y otros menos – cuya presencia ha sido potenciada porque, como ya he comentado, para entrar en el recinto, hacía falta sacar entrada o ir vestido de medieval. Cuando terminamos de recorrer el tercer espacio, nos encontramos en la Puerta de St. Malo una instalación de retretes públicos que es acogida con entusiasmo por todos nosotros, sobre todo por las chicas. Cumplimos generosamente con nuestras necesidades y nos planteamos, ya que estamos en ello, continuar satisfaciendo otras como la de comer. Subiendo hacia la basílica y el Jardín Inglés, encontramos un ‘Resto’ con terracita y todo que ofrece lo que nosotros llamaríamos unas tostadas que tienen muy buena pinta. La terraza está llena y pasamos al interior. Nos acomodamos y pedimos nuestras ‘tostas’.

Poco después se sienta cerca de nosotros (en los restaurantes franceses todo ocurre cerca) un cura inequívocamente ataviado. No tardan mucho en sentarse al otro lado de nuestra mesa tres chicas que traen una juerga notable. Van vestidas de monjas dos de ellas y de fraile la tercera. Llevan un estandarte - al estilo de los ‘pardons’ o cofradías y romerías de esta tierra – de color morado con una leyenda que dice: “Disfruta mientras seas joven”. Las risas de la concurrencia estallan cuando colocan solemnemente sobre la mesa una suerte de porrón o botijo con forma de pene ‘morcillón’ con dos testículos que forman el grueso del recipiente. No se cortan un pelo y van a la barra a que se lo rellenen de agua. Toda la clientela ríe con ganas el desparpajo de las tres muchachas... salvo el cura de la mesa de la izquierda que, serio y circunspecto, tiene la mirada perdida en algún punto de quién sabe dónde. Terminamos nuestra comida con una tartita de postre y reanudamos la jornada con la visita al Jardín Inglés y a la Basílica de St. Sauveur

El tal Jardín Inglés no es otra cosa que el antiguo cementerio parroquial, sito tras el ábside de la basílica, convertido en jardín a la inglesa en el siglo XIX. Allí se encuentra instalado el último de los Lugares de Animación de la fiesta: el llamado ‘Los Países de la Seda’. Todo gira en torno a la Mongolia: extraños bóvidos de enormes cuernos, cuentacuentos, pequeños caballos mongoles, dromedarios y unas cuantas casas de campaña mongolas de extrañas forma y estructura. Pronto atrae nuestra atención el soberbio ábside de la parroquia de St. Sauveur declarada basílica – ya en el s. XX – con toda la razón del mundo. Dejamos constancia fotográfica de ello y la rodeamos para acceder al interior. Sorpresa: va a comenzar una boda – en serio – y uno de los oficiantes de la ceremonia es...... nuestro vecino cura del restaurante. Las otras compañeras, las supuestas monjas-fraile, asisten también al evento – ellas en la calle – pertrechadas con su estandarte y su botijo fálico. La iglesia tiene una peculiaridad que luego observaremos en muchos otros lugares: el primer tr18 amo – cinco espacios intercolumnares – es de estilo románico tardío y de una sola nave en principio (luego se le adosó otra a la izquierda); a partir de ahí la iglesia es de estilo gótico tardío con un deambulatorio dotado de numerosas capillas radiales que son las que forman el espectacular ábside que tanto nos ha gustado desde el exterior. Dejamos la iglesia y nos adentramos por las pintorescas y preciosas calles de Larderie, des Merciers, de la Poissonerie, du Petit Fort, de l’Horloge... Esta recibe el nombre de la hermosa torre que la adorna y que luce un notable reloj. A la puerta de ella un cartel invita a subir ‘a golpe de calcetín’: lo alto de la tal torre debe ofrecer una estupenda panorámica de la ciudad, pero nuestras piernas están ya para pocos entusiasmos y seguimos callejeando. Dinan lo merece: es un conjunto arquitectónico soberbio. Casas tradicionales de entramado de madera presentan aquí una modalidad de las que forman en la planta baja porches con soportales, de madera también en muchos casos. Hay numerosos y espléndidos ejemplos de estas casas acompañados de palacios, hoteles, conventos,... La zona de la iglesia de St. Malo y del convento de ‘les Cordeliers’ constituyen un conjunto ejemplar: la iglesia y el convento acogen salas de reuniones y SEIS exposiciones de arte simultáneas; y aún queda espacio para un colegio privado de los más famosos de Francia, al parecer.

Decidimos después recorrer lo que nos queda por ver de otro de los grandes espacios de Dinan: sus murallas. Paseamos por la zona de los Petits Fosses con sus torres hasta llegar al castillo y la torre Coëtguen. No podemos acercarnos porque allí precisamente está montado el escenario de los Torneos Medievales que se están celebrando en ese preciso momento. Por megafonía anuncian un desfile17 de campesinos típicos por el casco antiguo y... ¡allá que vamos! Se trata de una especie de demostración en desfile de las actividades agropecuarias tradicionales de la zona. No está mal y tiene la virtud de la brevedad, cosa que, a esa hora y con ese calor, se agradecía. Pasado el desfile decidimos dar otro paseo por los Lugares de Animación que hemos visitado esta mañana. Los encontramos bastante poco animados y apenas nos detenemos en ninguna de sus puntos de atracción. Desandando la ‘Promenade des Grandes Fosses’ llegamos a la Rue Thiers y a Place Duclos, nuestro punto de partida de esta mañana.Aprovechando que Merche y yo hemos entrado en un Tabac a comprar sellos para unas postales, nuestro amigo increíble, Antonio, se ha marchado a buscar el coche para que los demás no tuviéramos que hacer lo que, a estas horas y cansancios, se presentaba como una incómoda caminata. Llega enseguida, nos recoge y salimos en dirección Lannion. De camino hacemos una programación de conjunto del día de mañana como jornada de descanso.

 

  

 

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