Viaje a La Bretaña (VI)

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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

31 de julio          

Relax, descanso y tranquilidad. Y relaciones sociales. Así se resume el día de hoy. Nos hemos levantado sin hora. Pero, como Mariví no para en la cama en cuanto despierta, pronto estamos todos en pie. Y ha merecido la pena: Ha sido el primer día que ha aparecido con sol. Sí, he dicho sol. Y no velado por nubes: sol de verdad.

Hemos desayunado con tranquilidad y hemos preparado una lista de la compra de lo necesario para los pocos días que nos quedan.

En este momento querría contar la famosa y conocida por Antonio y por mí como ‘batalla de las chicas’. Se produce - todos los días y en cuantas ocasiones comemos en casa – a partir del momento justo en que estamos llevándonos a la boca los últimos bocados del postre. En ese momento una de las chicas – casi siempre Mariví – arranca velozmente de su silla, se embute en el delantal y ocupa plaza, con gesto de suficiencia, junto al fregadero. Esta jugada se ha visto acompañada por el arranque, casi simultáneo, de la otra que, viendo su situación de inferioridad, protesta ‘Oye, déjame fregar a mí que tú lo hiciste anoche, o a mediodía, o en el desayuno’ ; o bien ‘Me toca a mí que tú has hecho la comida’. La batalla dialéctica continúa, siempre inútilmente, porque la detentadora del dominio ’fregaderil’ nunca se aviene a razones y da fin a su función pese a las protestas de la candidata ‘Pues yo prefiero fregar a recoger’. El público asistente al enfrentamiento – siempre pacífico – agradece la interpretación de otra de las ‘variaciones sobre un tema de Fregadieri’ y colabora en lo que puede sin participar en la refriega (obsérvese la oportunidad del término). Pues bien, hoy, y sin querer pecar de excesivo rigor de cómputo, creo que, a la hora del desayuno, hemos asistido a la interpretación de la ‘variación nº 25’ del dicho tema. Terminada la interpretación y acompañamiento en santa hermandad, nos hemos ido al pueblo a proveernos de las necesarias y antedichas vituallas.

2 De camino hacia el mercado iba yo pensando que está bien esta competencia entre nosotros por hacer las cosas necesarias (cocinar, conducir,...) que alivia y suaviza la convivencia continua de unas vacaciones de quince días como estas. Hemos vuelto a comprar en el mercado en que el otro día compramos pescado y ostras de excelente calidad y ‘ a bon marché’ (Es que ya se me escapa el francés: es lo que pasa cuando se domina una lengua con tal fluidez (¡¡¡....!!!!). Yo es que el francés lo domino, cuando me dejan). Pertrechados de lo que el cuerpo nos habrá de reclamar estos días restantes, hemos pasado a la compra de ‘un petit cadeau’ – lo dicho – para los vecinos que nos esperan ‘ce soir’ - ¿eh? – a tomar el aperitivo a las 7 de la tarde. Hemos convenido que era regalo oportuno una maceta muy mona de flores de color lila y amarillo: ha sido la que ha ganado la votación. Y nos hemos ido a comer antes de que ‘sonara el toque de queda’. Hemos cumplido, con el fervor y dedicación que nos caracteriza, con la noble ocupación de alimentarnos. La comida lo merecía. No de menos mérito ha sido el colofón, especialmente brillante hoy, constituido por la interpretación de la ‘Variación nº 26’ de la célebre y nunca bien ponderada - ¡tachán! – ‘batalla de las chicas’ – ta-ta-tachán. Todos lo manuales de la buena no sé si educación o vida prescriben que en este momento del día se proceda al ejercicio del arte de la siesta, famosa aportación del genio español a la cultura mundial. Cierto es que hay pueblos como los de la Berbería, que pretenden adueñarse de la paternidad de la siesta aduciendo que ellos la practican todo el santo día. A ello replican los entendidos en este intrincado tema que tal costumbre berberisca no es sino fruto de la deturpación del hábito español primigenio y, por tanto, posterior. Lo cierto es que, sin quedarnos en estas disquisiciones teóricas, una vez terminada la comida, nosotros pasamos a aplicarnos a la práctica de dicho preclaro ejercicio. En esta ocasión, nuestras chicas han sustituido – casi al completo – la siesta por otro ejercicio noble donde los haya: una disertación sobre ‘trapología’ acompañada de exhibición, análisis y comentario de distintos ‘trapitos’ del propio fondo de..... maleta.

Abandonados a nuestra siesta, pero con resignación, hemos descabezado un tenue sueñecito de apenas... una hora. Dicho sea esto en el caso de Antonio para cuyo despertar han sido precisos varios pases de modelos y comentarios entusiásticos sobre ‘trapología’. Si alguno – tal vez Antonio – arguye que no es cierta tal cosa, le replicaré que en estos papeles mando yo y escribo en ellos lo que es cierto o... lo que pudiera haberlo sido de no haberse despertado él antes que yo.

El compañero increíble – una vez recuperado de su sopor (¡toma castaña!) – nos ha propuesto47 hacer tertulia en casa y acercarnos después a hacer fotos a la Costa de Granito Rosa hasta la hora del ‘aperitif’. Sabía que yo quería reparar el olvido lamentable de las cámaras de fotos del otro día. Se ha aceptado la moción por unanimidad. Y allá que te va el flamante Ford Mondeo de nuestros amigos llevándonos hacia Ploumanac’h. Yo iba pensando si lo del otro día no habría sido una impresión momentánea de encontrarme ante una maravilla impar. Tenía miedo a que me defraudara hoy. Pues bien, no; no me ha defraudado: era como yo lo recordaba aunque la luz más cálida del otro día le sentaba mejor a este paisaje. Hemos hecho un magnífico recorrido fotográfico y a las siete, con puntualidad.... francesa, pulsábamos el timbre de la casa de los señores Coupier, los vecinos. La tertulia con ellos ha sido extremadamente agradable pese a la barrera del idioma que Antonio supera con soltura y los demás... con tortura. Han resultado tres personas – los padres y una de las hijas – muy afines a nosotros: gente progresista, de izquierdas, amantes de la cultura, viajeros infatigables (han conocido casi toda Europa en bicicleta) y con inquietudes musicales (la chica era la intérprete de acordeón). Total que hemos pasado un rato muy, muy agradable interrumpido por nosotros por la proximidad de su hora de cenar.

Ya en casa, Antonio ha vuelto a proponer si queríamos cenar o ir a contemplar otra puesta de sol en el mar aprovechando un día espléndido como el que gozábamos. Era casi una pregunta retórica y nos hemos puesto en marcha inmediatamente.

A las 9.15 estábamos en Ploumanac’h y, poco después, sentados en una de aquellas increíbles rocas rosas cercanas al faro. La puesta de sol ha sido fabulosa: la sinfonía de colores de siempre ha quedado adornada por unos juegos de nubes como diseñadas por algún artista genial y anónimo. Merche estaba preciosa con aquella luz cálida y suave sobre el rostro. Cuando el cielo ya sólo lucía un pequeño rastro de sol licuado en variadísimas proporciones, nos hemos encaminado hacia el coche. Muchas veces hemos vuelto la vista para llenar, recargar los ojos de aquella belleza.

Después Ploumanac’h, Trestraon, Perros-Guirec y Lannion.

Bon soir.  

 

1 de agosto 

Jornada de tranquilidad y relajo. Así quedó planificada ayer y así se ha cumplido. Nos hemos levantado más tarde que ningún día: eran las 9.20 h. cuando yo he asomado la nariz al salón. Los demás tampoco hacía mucho que habían despegado de las sábanas. Lo reconoceré con humildad: soy el más remolón del grupo. También es verdad que anoche me dormí muy tarde: escribiendo estas notas se me hizo más de la una y después aún tarde bastante en dormirme. Me he despertado a eso de las seis y me he vuelto a dormir. Durante el primer tramo de noche he soñado mucho: recuerdo que paseaba por unas murallas, por la parte exterior de unas murallas y disfrutaba del paisaje y de la compañía, pero me asaltaba un hombre armado, medio guerrero medieval medio extraterrestre, y me arrojaba desde lo alto al foso que era el de la ciudad de Dinan. Claro, me he despertado sobresaltado. El caso es que casi me vuelvo a desvelar; pero, cuando me he dormido de nuevo, ha sido... estilo piedra.

Desayunando hemos decidido, a la vista del magnífico día, ir a la playa. ¡Quién nos iba a decir a nosotros que en Bretaña nos iba a hacer tan buen tiempo que íbamos a poder ir a la playa! Los dueños de la casa en una hojita de ‘instrucciones’ que nos dejaron (cómo y cuándo sacar la basura, cómo desplegar la sombrilla o tender la ropa,...) nos recomendaban una playa preferida de ellos por tranquila, agradable y próxima. (No olvidemos que Lannion está a cinco o seis kilómetros del mar). Hemos decidido hacerles caso: ‘A donde fueres....’

Y pronto nos hemos visto en la playa de Beg Leguer. Françoise y Claude nos avisaban en sus notas de dos cosas:1) que desde el parking a la playa hay unos 300 m de camino; 2) que al final había dos caminos y que, siguiendo el de la derecha, se llegaba a la playa nudista. Estos avisos escondían sendas sorpresas: 1) que los 300 m eran de una pendiente del.... no sé cuántos por cien, eso sí, bien asfaltados y tan nada usados por coches que el asfalto estaba ya adornado de líquenes amarillos; y 2) que la playa nudista estaba separada de la que nosotros hemos elegido apenas por la línea imaginaria que marcaban unas pocas rocas someras que casi no sobresalían de la arena. Hemos dejado la ropa en unas rocas y nos hemos puesto a pasear.

En nuestra parte de la playa, la marea, que estaba bajando, iba dejando a la vista rocas completamente cubiertas de mejillones. Viendo que era práctica común, hemos sacado de nuestro bolso de playa una bolsita de zapatos y la hemos llenado de mejillones de roca con la intención de prepararnos un aperitivo a la hora de la comida.

Yo había hecho el propósito de bañarme en aquellas aguas que se prometían muy frías. Me he puesto a ello pero muy poco a poco porque, efectivamente, el agua estaba fría de..... narices. Antonio hacía bromas a mi costa con una de esas frases que aparecía en el método de Francés que ambos habíamos padecido de jóvenes: “Avec de la patience on arrive a tout” Y efectivamente: poco a poco me he ido acostumbrando al agua fría, muy fría, y al final me he dado un baño estupendo porque el mar, otra vez, estaba completamente en calma. Menos oleaje que hace unos días en el Mediterráneo, en Torredembarra. Poco después, ya acostumbrado, me he dado otro chapuzón. Es muy estimulante bañarse en las aguas frías. ¡Y abre un apetito...!

Como el tiempo estaba delicioso, hemos dado los cuatro repetidos paseos por la playa: era pequeñita y a su escasa longitud había que restar el tercio aproximado que ocupaban los nudistas. La arena, en las zonas en que todavía la humedecía el mar, producía con el sol unos reflejos y brillos muy especiales, dorados, casi metálicos, debidos, sin duda, a las partículas cristalinas de las rocas graníticas erosionadas de que proceden estas arenas.

Mariví se admiraba de que nos estábamos poniendo morenos. Ya le he dicho yo: ‘Pero bueno ¿a qué hemos venido a Bretaña sino a ponernos morenos? Por eso elegimos este destino turístico ¿no? Pues en ello estamos’

Total que, como el sol todavía apretaba – aunque amenazando con ocultarse – y debía ser ya tarde - no llevábamos más reloj que el estómago – y los franceses iban acudiendo a la playa.... después de comer, claro, nos hemos puesto en marcha venteando la casa y la comida. El cielo ha rubricado nuestra decisión con unas leves gotas de lluvia.

Cuando hemos llegado a casa ya no llovía y, como el sol seguía ligeramente cubierto, hemos desplegado la sombrilla y puesto la mesa en el jardín: típica estampa bretona. Apenas dispuesto en la mesa el aperitivo de mejillones al vapor – que, por cierto estaban excelentes aun recordando las miserias que he pasado para limpiarlos – el sol ha desplegado toda su potencia agosteña y, durante la comida, hemos llegado a pasar calor y a estar incómodos. Antonio estaba un poco serio y, al final, hemos conseguido arrancarle la confesión de que le dolía la cabeza: mi compañero increíble se debía haber estado aguantando su dolor mientras paseábamos una y otra vez aquella playa – menos un tercio – bajo los rayos del sol. No quería decir que le dolía la cabeza por no molestar, seguro. Lo dicho: increíble.

Esta tarde, después de cumplida la siesta, - mantengamos las jerarquías de valores, por favor – nos hemos acercado a ver una estación de telecomunicaciones muy importante que ha convertido este pueblo en un centro nacional de comunicación vía satélite y que ha contribuido notablemente a su crecimiento. Tras una valla de notables proporciones, se distinguía un buen número de enormes esferas y pantallas blancas y alguna edificación muy moderna salpicando el bosque. Se deben organizar en época escolar multitud de excursiones de estudiantes a este centro de Telecomunicación porque , en los alrededores han montado una ‘aldea de Asterix y Obelix’ para uso y disfrute de la población infantil y juvenil y para redondeo del negocio de cierta población adulta.

Para después de esta visitilla, ya teníamos planeada una cena en una crepería que nos habían recomendado los dueños de la casa. Hemos cumplido con el programa y hemos cenado muy bien: recordaré por mucho tiempo una crepe de nectarinas caramelizadas con azúcar moreno y licor de melocotón. ¡Soberbia!

De vuelta a Lannion, hemos dado un paseíto por el pueblo supongo que para volver a comprobar la NULA marcha nocturna: la misma de todos los días y, siendo domingo por la noche, un poco menos, si cabe. Llegados a casa, hemos salido al jardín a hacer un poco de tertulia doméstica a la luz de.... unas copas de oporto y, eso sí, en voz baja porque el jardín comunitario estaba completamente oscuro y desierto.

Mañana hay que madrugar: nos vamos a St. Malo y a Mont St. Michel. Esperaremos allí a que suba la marea cuya pleamar está anunciada para las 21,45 h. con un ¡99 % de su cota máxima anual! Después de ese espectáculo natural, tendremos que regresar aquí y hay unos pocos kilómetros. Así que ¡a dormir!

 

 

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