Viaje a La Bretaña (V)

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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

29 de julio 

Anoche me dormí tarde, bastante después de terminar esta notas. Y esta mañana el edredón pesaba y la almohada era tan suave...que casi no despego. Me he ido directo a la ducha, me he metido debajo del agua y he cantado para despertarme, despacito para no escandalizar, como para mí, aquello de ‘There’s a place for us, somewhere a place for us...’. Y me he despertado de verdad.

Tras el desayuno que, contra mi costumbre, estoy cuidando con esmero en este viaje, nos hemos puesto en marcha. Para hoy nos habíamos reservado parte de la Côte d’Émeraud, concretamente desde Dinard (no confundir con Dinan aunque estén cercanas y su nombre se parezca) hacia el oeste, o sea, hacia aquí, recorriendo la costa.

40                 Dinard es una bonita ciudad de vacaciones; quizás nada más que eso, pero bonita ciudad. Al llegar, junto a la primera de sus playas, hemos encontrado un hermoso parque llamado ‘La Vicomté’. Por el nombre y la pinta parecía tratarse de una antigua mansión y su fastoso jardín. En lo alto de la ladera que ocupa completamente este parque cerrado, se encuentra una magnífica mansión. Hemos subido hasta ella, Estaba completamente cerrada. Delante de los ventanales del piso calle, se extendía unja amplia terraza bordeada de parterres cuajados de flores en combinaciones que parecen dominar los jardineros de esta tierra. Las baldosas del suelo, en colores, formaban dos flores de lis y dos signos solares circulares dispuestos con perfecta simetría. Desde esa terraza el panorama del parque era espléndido: enormes prados jalonados de árboles centenarios, un estanque del que salían y al que llegaban los sinuosos canales que acababan por dar forma al parque. Al fondo no se veía la playa – que sí estaba allí – pero se distinguía, al otro lado de la amplísima ría del Rance, la ciudad de St. Malo con su caserío tan uniforme coronado por la catedral. Mi cámara ha recogido esta bella imagen, aunque sospecho que no sabrá reproducirla en su hermosura. Hemos apuntado el sitio por si luego nos apetece venirnos a comer aquí. Y nos hemos metido en el pueblo (un pueblo relativo: 10.000 habitantes). Camino de la playa central y más importante, hemos parado en un mirador sobre la ría que ofrece una vista estupenda de toda ella con St Malo al fondo. Hemos aparcado después cerca de la playa e iniciado un paseo. Se toma nota de la queja de Mariví por la manía que nos tiene la marea que sistemáticamente nos deja estuarios, rías y, a veces, puertos totalmente vacíos de agua. Tiene razón: resulta patética la imagen de un puerto sin agua – el otro día vimos uno -, con los barcos varados en la arena del fondo. Produce una impresión de fracaso radical. Por esa razón, muchos de estos puertecillos, sobretodo los de localización fluvial, están dotados de una pequeña esclusa que impide que se queden vacíos en horas de bajamar.

Hemos hecho un delicioso paseo por la ‘Promenade Pablo Picasso’ que recorre, colgada o tallada en las rocas, el suroeste de la playa. Hemos observado, en la realidad y en el plano de Dinard, que este paseo recorre toda la cornisa de la ciudad hacia el mar y hacia la ría: una bonita obra turística. Aparte de esto, el pueblo no ofrecía mucho más. Así que hemos decidido comer en ruta allá donde encontráramos un paraje agradable. Pocos kilómetros más al oeste, hemos hallado un lugar adecuado, con unas mesas colocadas a la sombra de unos tamarindos. Y allí hemos cumplido satisfactoriamente con alguno de los mandamientos de la ley del cuerpo. Antonio y yo, entre risas, nos hemos tomado para terminar la comida un café solo..... en forma de caramelo de café que confiesa contener un ¡¡4% de café!! ¡A ver si esta noche no pegamos ojo! Porque poco después, en nuestra inconsciencia, nos hemos tomado ¡un segundo caramelo! No sé, no sé.

Y hemos seguido ruta ¡Qué dura es la vida del turista! Llevábamos idea de ver St. Lunaire, St. Briac, St. Jacut de la Mer – obsérvese el piadoso recorrido; no se nos pedirá más para ser jueves – y Pointe Chevet. Y hemos cumplido.

42 Quizás el gran atractivo de la jornada lo proponía el cabo Frehel y, en la misma ruta, el Fort de la Latte. Por este hemos comenzado. Primera sorpresa: el coche se deja en un aparcamiento y se llega al castillo andando.... un buen trecho con una pronunciada cuesta abajo al llegar que luego, claro, se tornará cuesta arriba. El castillo ocupa un paraje extraordinario: está construido en el peñasco saliente de un acantilado. El puente levadizo salva una tremenda grieta que separa el castillo ... del resto del mundo. Como la guía – utilísima – que manejamos no comentaba nada positivo del interior del castillo, nos hemos abstenido de entrar (¡nos cobraban 4.20 euros por persona! Encima con recochineo de céntimos) y hemos apreciado su épico emplazamiento desde los aledaños. Vueltos – con trabajo – al coche, hemos puesto rumbo a cabo Frehel. Ocupa este cabo la punta de una península de notables proporciones que constituye toda ella, cara al mar, un abrupto acantilado. Hemos subido a todo lo alto del faro moderno a golpe de calcetín. No sé cuántos cientos de escaleras ¡un disparate! Pero la vista desde arriba merecía la pena: por un lado otras penínsulas y cabos; por el otro, la misma costa abrupta y allá, no demasiado lejos el ‘Fort de la Latte’ arriscado sobre su acantilado y despreciando al mar tendido a su pie. Ya abajo, hemos hecho un recorrido por la punta y por el lado este del a península. Y allí – es curioso – al este – como ayer en la isla de Rouzic – un enorme farallón de roca, como desgajado de la tierra firme, se había convertido en colonia de cientos de gaviotas, cormoranes, etc...Aquí había muchos menos que en Rouzic, pero formaban en aquel paisaje un entorno interesante.

Completado el recorrido, hemos retomado el coche y puesto rumbo a casa. Pero todavía – fijación o vicio adquirido – hemos ido parando en puntas, playas, puertos,... Por fin, alas 9,15 h. estábamos en Lannion depositando en el correo unas postales que se estaban retrasando.

Estoy cansado de conducir: he hecho yo el camino de regreso y las carreteras eran bastante malas. Menos mal que las paradas han sido abundantes. Seguramente estoy pagando ahora con cansancio lo poco que he dormido esta noche pasada. Así que espero dormir bien hoy. A ver si sueño con algo agradable y no con accidentes de circulación como la otra noche.

  

30 de julio                    

¡Décimo día en Bretaña y puede decirse que no ha llovido nada! Los bretones deben pensar que su ecosistema se ha vuelto loco. Y quizás sea así. Por nosotros, si aguanta cuatro días más no habrá reclamaciones.

De momento el día de hoy ha resultado agradabilísimo: durante nuestra excursión hemos tenido una temperatura entre 23 y 25 grados. Estando en Bretaña, perfecto. Y sin estarlo.

Mapa en mano, vimos ayer que nos quedaba por ver una zona de la Bretaña del sur: la de Quimper y la península de Crozon. Y ¡hacia allá hemos puesto proa! Antonio conduciendo y yo de copiloto. Cuando el compañero increíble se resiste a que yo me canse conduciendo, suele aducir que él va muy a gusto conmigo al lado, indicándole las direcciones. Si le haces caso, sería capaz de conducir prácticamente durante todo el viaje. Últimamente ya no le sugiero, le impongo: A partir de ahora conduzco yo. Y se aviene, claro: tiene ganas de descansar un poco; no es de madera.

Hemos tomado camino hacia el sur por unas carreteras secundarias que para mí las quisiera en 43 España, para ir a Molina, ‘por ejemplo. Hemos seguido la ruta Lannion – Callac – Carhair – Quimper. Esta ciudad era el punto más al sur del itinerario de hoy y hemos decidido quemar la primera etapa hasta allí y subir después de regreso. Quimper me ha sorprendido. Tiene un casco viejo precioso. Su catedral, de muy notables proporciones tiene una peculiaridad curiosa: su estructura toda, a la altura del coro, tuerce ligeramente hacia la izquierda. Nuestro libro-guía recoge las dos explicaciones que se suelen dar a tan curioso fenómeno: 1) que esta inclinación reproduce la de la cabeza de Jesús en la cruz (¡¡¡....!!!); y 2) que – aunque resulte más prosaico – los constructores, de esta forma, evitaron el peligro de inestabilidad que suponía la proximidad del río Odet. La vista exterior de la catedral queda entorpecida por los andamios que cubren una de las torres gemelas que la adornan. Tiene un magnífico conjunto de vidrieras que dan a su interior un aire muy esbelto – como al exterior – y muy luminoso. Frente a la catedral arranca una calle, la rue Keréon, llena de típicas casas bretonas de fachada de entramado de madera vista o de escamas de pizarra. Pero lo que más me ha gustado de ella ha sido lo bien realzada que quedaba su hermosura con la presencia de una serie de excelentes músicos. Nada más entrar en ella un instrumentista solista tañía con notable habilidad un psalterio y más tarde interpretaba una hermosa canción acompañándose con un extraño instrumento tradicional – según más tarde nos ha explicado. Pocos metros más adelante, la sorpresa ha sido mayor: hemos oído una música que hemos supuesto interpretada por algún grupo quizás de cuatro o cinco músicos. No los distinguíamos: estaban rodeados de gente. Cuando nos hemos acercado, hemos comprobado que eran únicamente DOS. Tañían, eso sí, dos instrumentos extrañísimos: una especie de arpa que tenía algún parecido a una zanfoña y de 44 la que el instrumentista arrancaba una variadísima gama de sonidos; y el otro instrumento no se quedaba atrás: era una especie de guitarra doble - dos cajas , dos juegos de cuerdas, dos clavijeros...Pero lo más agradable, sin duda, era la música que conseguían producir. Les he comprado un CD que tenían a la venta. Como nada hay perfecto en este valle de lágrimas, las chicas nos han hecho pagar el ‘impuesto revolucionario’ metiéndose en unas tiendas de ropa que ¡oh maravilla! estaban de rebajas. En fin, corramos sobre este episodio un ‘estúpido’ velo. Cuando nos hemos dado por satisfechos – perdón, satisfechas – hemos subido al coche y nos hemos puesto a buscar dos cosas: un paraje montañoso llamado Menez-Home que, según los mapas, no queda lejos de aquí y un lugar donde comer. Pero el hambre es muy mala consejera y el ‘rugido’ de nuestras tripas apenas permitía al conductor oír sugerencias del tipo de “allí, en ese ensanchamiento” (donde caía un sol de justicia) o “pues en esa entrada de camino” (rodadas y porquería a montón) o... Menos mal que Antonio ha hecho caso omiso y no ha parado hasta un aldea que, al menos, disponía de un prado sombreado junto a las tapias del recinto parroquial. Y allí, bajo un copudo roble, hemos apaciguado nuestras tripas.

Tras la comida, amenizada con una divertida ‘discusión’ sobre el origen de unas manchas traidoras que han aparecido en la pernera del pantalón de Antonio, hemos emprendido camino y nos hemos tropezado con un indicador de carretera que rezaba: Menez-Home. Ya no esperábamos encontrarlo y... nos hemos acercado a disfrutar de unos de los puntos más elevados sobre el nivel del mar de toda Bretaña: unos 350 m. De todas formas la vista que se nos ofrecía desde la cumbre era estupenda: se distinguía perfectamente la península hacia la que nos íbamos a dirigir a continuación: la de Crozon.

Ya en ella, hemos visitado dos ‘pointes’: una de ellas, llamada de los Españoles, con una fenomenal vista sobre Brest y su bahía; y 45 otra la de Pen-Hir, estrecho promontorio que se mete en el mar y termina en tres islotes-peñascos. Pareciera que los tres se han desgajado de la ‘pointe’ en la inercia de su lanzamiento hacia el mar. Estas costas de Bretaña me siguen pareciendo formadas por los zarpazos que esta brava tierra le lanza al mar. Creo que nunca había visto una costa tan quebrada, tan salpicada de islotes, puntas, islas, promontorios y arrecifes. El otro día leí que, si la costa de Bretaña fuera recta, tendría unos 600 km; así tiene 1.600. Y me parece poco. Después de visitar las puntas de ‘los Españoles’ y de Pen-Hir, hemos decidido iniciar el regreso a Lannion. Antonio, que ejercía de copiloto, nos ha elegido una carretera secundaria más corta. Como suele suceder esto sólo ha sido cierto en cuanto al espacio, no en cuanto al tiempo. Pero ha resultado ser una carretera preciosa. A ratos era flanqueada por inacabables hileras de una especie de abetos gigantescos y de copa compactísima. En otros tramos, la carretera avanzaba por verdaderos túneles vegetales. Bosques apretados, cerradísimos: verdaderos bosques mixtos, naturales. O a nosotros nos lo han parecido. No sólo a nosotros, de todas formas, porque en un paraje de aquellos había un cartel que, al comienzo de un camino, decía: “Sendero educativo de Job, el leñador”. Por fin, un poco cansados, hemos alcanzado la autovía que sí, ha resultado más cómoda para traernos hasta casa, pero increíblemente más fea.

 

  

 

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