Viaje a La Bretaña (IV)

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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

27 de julio

El día de hoy lo habíamos declarado de descanso y relajo. Y así ha sido por la mañana. Nos hemos levantado cuando nos hemos caído de la cama. No, no es cierto: más bien lo hemos hecho cuando la inquieta y sigilosa Mariví se ha duchado y, claro, no ha podido, aun con su diligencia, evitar que el agua de la ducha hiciera un cierto ruido y nos bajara de los últimos peldaños del sueño. Así que poco después hemos ido apareciendo por el salón deseándonos los buenos días entre bostezos. Y entre vistazos más o menos furtivos al jardín y al cielo. Caía una mansa lluvia, una especie de ‘sirimiri’ bretón. En los arbustos del jardín se nos ha revelado la existencia de unas cuantas telarañas. Una de ellas tenía una forma preciosa manifestada por miles de minúsculas gotas de lluvia suspendidas en sus, hasta ahora, invisibles hilos. En medio de su perfecta estructura espiral, estaba la artista: una araña de considerable tamaño en proporción a su tela.

Hemos desayunado opíparamente: frutas variadas, queso, mermeladas, ‘barra bretona’, magdalenas y, lo mejor de todo, un café con leche que resucitaba a los muertos como yo a esas horas de la mañana. Nuestros amigos, previsores por ellos y por nosotros, tuvieron la impagable idea (creo haberlo comentado) de cargar con una cafetera para hacer café de verdad. Nuestros amigos bretones nos habían dejado para este menester uno de esos artilugios especialmente diseñados para la preparación de..... agua de castañas.

Una vez cargadas las pilas, nos hemos ido a la compra, al mercado. Hoy habíamos decidido comer un menú de verdad. Hemos traído unos guisantes para hacerlos con jamón y unas doradas que debían pasar por el horno y acabar en nuestros estómagos. Cuando empezaban los preparativos de la comida, ha pasado el vecino (que ya conocimos hace dos días y se llama Gerard) a invitarnos a dos cosas: a un concierto de música bretona interpretado por un grupo (especie de ‘big band’ con instrumentos autóctonos) en que toca una de sus hijas, y, además, al ‘aperitif’ en su casa el sábado a las siete y media de la tarde. Ha estado muy simpático y amable. Mariví, que no se corta un pelo, se lo ha dicho en su cara: “Vous êtes très simpa”. El bueno de Gerard se ha puesto un poco colorado. Hemos quedado con él en acudir a ambos eventos. Como el concierto tendrá lugar en un pueblo que se llama Trebeurden, aprovecharemos para conocerlo y acercarnos a sus pintorescos alrededores: la guía dice que, frente a Trebeurden hay una isla a la que, en marea baja, se puede pasar a pie enjuto y las horas anteriores al31 concierto son de marea baja: así que... Después de la visita del vecino, hemos comido como señores: las doradas al horno estaban excelentes. La verdad es que nos han sabido doblemente buenas porque al hacerlas hemos temido lo peor: el horno apenas calentaba y ya nos veíamos todos comiendo pescado crudo como si fuéramos japoneses. Al final, tras una feliz ‘probatina’, el aparato ha funcionado. Y las doradas han quedado de chuparse los dedos hasta el codo. Casi sin descansar después de la comida, nos hemos puesto en camino para una excursión corta pero que Antonio y Mariví prometían muy interesante y Gerard, el vecino también. Este nos dijo ayer que la costa de Granito Rosa era lo más bonito de Bretaña. Reconoceré que yo desconté algo de la fuerza de esa afirmación a cuenta del chauvinismo francés. Nos hemos dirigido a Perros-Guirec, un pueblo – grande – de la costa. La intención era visitar este pueblo, Ploumanac’h y Trégastel que forman el corazón de la Costa de Granito Rosa. Perros nos ah sorprendido muy agradablemente con un bonito puerto de recreo y, sobre todo, con un minipuerto. Separado del otro por una calle, se encuentra un gran estanque, sin duda de agua salada, rodeado de jardines y de increíbles macizos de hortensias de todos los colores. Por él bogaban miniaturas de barcos de distintos tipos tripulados por 2-4 pasajeros de toda edad. Los niños iban equipados con chalecos salvavidas. El timón solía ir empuñado por los más pequeños que exhibían gestos de todas las calañas: de lobo de mar, de avezado patrón, de novato manifiesto y, en algún caso, de contenido terror. No se lo montan mal estos franceses.

Al ver en el plano la lejanía de la ‘pointe du Chateau’ a donde queríamos ir, Antonio ha decidido volver – él, claro, como siempre – a buscar el coche para llevarnos a todos a la Punta. Me he negado y he exigido ser yo el que se desplazara. De regreso al coche me he documentado otra vez sobre el minipuerto.

Una vez al volante y recogido el resto de la expedición, pronto nos hemos visto en la otra parte de la bahía de Perros-Guirec. Hemos ascendido a la Punta por un escarpado sendero y arriba... - ¡qué maravilla! – TODA la bahía desplegaba ante nuestros ojos atónitos su hermosura. Por el lado de tierra firme, el caserío de Perros: casitas unifamiliares, palacetes y pequeños ‘chateaux’ salpicaban toda la ladera rodeados de jardines y hortensias. Por el lado del mar, la bahía, las Siete Islas – a donde iremos mañana de excursión – adornando un mar tranquilísimo y que – con la manifiesta mejora del día – iba adquiriendo un color azul intenso y profundo. Pequeños veleros surcando sus aguas,.... una estampa maravillosa ¡¡ y Antonio y yo nos habíamos olvidado LAS DOS cámaras de fotos!!! ¡Las dos! Hemos hecho propósito firme de volver.

36 De ahí, de nuevo en coche, nos hemos desplazado a otra ensenada con su playa. Otra preciosidad desde la que se veían ya los primeros farallones de rocas de granito rosa. Por cierto, hablando del granito: hemos observado que TODO está hecho de este material: las papeleras, los bordillos de las aceras, las líneas separadoras de las plazas de aparcamiento,... TODO. Luego nos hemos desplazado a otro mirador sobre el mar. Después a Ploumanac’h. Nunca olvidaré este maravilloso lugar. MUY POCAS VECES recuerdo haber experimentado una emoción estética semejante a la de hoy ante una naturaleza en estado bruto. En muchas ocasiones me he sentido sobrecogido ante la magnificencia de obras humanas como las Pirámides de Ghizé, o Abú Simbel. Pero HERMOSURA como la de la Costa de Granito Rosa, naturaleza en estado puro, en contadas ocasiones me había emocionado tanto. Parecerá una tontería pero se me arrasaban los ojos de lágrimas de la emoción estética ante tanta belleza: el color, la grandiosidad y ¡LAS FORMAS! Las formas increíblemente hermosas de esa obra escultórica de la naturaleza en la piedra. Ha habido un momento en que le he dicho a Antonio: “ Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera firmar como escultor aquella roca”. Antonio estaba muy contento de que me gustara tanto. He pensado que le tengo que decir a José Miguel Fuertes que se venga a ver esto y que, si después sigue teniendo valor para esculpir, trasfundirá a sus obras – seguro - miles de estas formas de maravillosa estética natural brotada de la piedra, de ese maravilloso granito rosa. Me gustaría saber decir más pero queda en este rincón del planeta algo..... inefable, que no tiene explicación. Me queda la impresión de que, si intento describirlo, lo degrado. Al menos con mi pluma, así sería. Lo dejo pues.

32 35            Más tarde hemos hecho tiempo en Ploumanac’h pueblo: habíamos decidido esperar a ver la puesta de sol en aquel paraje porque el día estaba completamente claro y el cielo raso. De nueve y media a diez, hemos visto otro espectáculo que merecería mejor historiador: al principio un sol y un ancho reguero de luz en el mar cuyo fulgor impedía mirarlos de frente, casi blancos ambos en su brillo deslumbrante; después, poco a poco, una casi imperceptible variación a amarillos, naranjas, ocres, rosados, rojos pálidos; vuelos de gaviotas y cormoranes que ‘atravesaban’ el sol; pequeños barcos que cortaban su estela en ese mar; por fin, un sol rojo anaranjado que poco a poco se iba ocultando tras una breve franja de nubes que fundía el horizonte. Y después un anochecer..... de imposibles matices rosados 33 en el cielo. Le he dicho a Merche: “Si uno de tus alumnos de Dibujo sabe pintar eso, ponle un 20”. Nadie sabrá jamás hacerlo. Nosotros lo hemos visto hoy. Ha sido un regalo de la naturaleza al que nunca podremos ni sabremos corresponder.

28 de julio 

Lo habíamos decidido ayer y lo hemos cumplido: visitar las Siete Islas. Estas Siete Islas hacen la corte desde el mar a la Costa de Granito Rosa. Salen barcos turísticos que las visitan desde Perros-Guirec, Ploumanac’h y Trégastel: nosotros habíamos elegido Perros por ser la salida más próxima.

Cuando nos hemos levantado esta mañana, nadie lo comentaba pero todos estábamos pensando en la porquería de día nublado que había salido. ¡Después del atardecer de ayer! He paseado un poco por el jardín y he entrado proclamando que iba a aclararse el día en el mismo momento en que Antonio traducía, de la radio que estaba escuchando, que el tiempo iba a mejorar. A mí me ha dicho al oído: “Pero por la tarde”. Lo hemos guardado como un secreto entre nosotros para no aguarles el día a las chicas.

Hemos salido, tras desayunar, hacia Peros-Guirec. Nos hemos acercado hacia el embarcadero que hay al fondo de la playa de Trestraon. Mirando al mar se te quitaban las ganas de embarcar hacia unas islas que apenas se distinguían entre la neblina que cerraba el horizonte a pocos kilómetros. Pero nos hemos decidido y a las 11.15 h. zarpábamos. La primera parte del recorrido ha consistido en costear los farallones maravillosos de granito rosa que vimos ayer, desde tierra, en Ploumanac’h: un comienzo de buen agüero. La vista desde el mar de aquellos parajes ha vuelto a impresionarme. Todos me tomaban un poco el pelo por mis emociones de ayer. Se lo he aceptado y corroborado, aunque hoy, desde el mar, no me han impresionado tanto. Quizás el conocerlo ya o..., seguro, ha sido la luz: la de esta mañana era una luz fría y mortecina, no como la del luminoso atardecer de ayer. Pero el paisaje seguía siendo maravilloso, sobre todo el de al zona del faro.

El barco, a continuación, ha puesto proa a la Isla de los Monjes. Las distancias son cortas y a las 11.45 h. Hemos desembarcado en ella y nos han emplazado a las 12.40 para volver a embarcar. Hemos subido hasta el faro. Durante todo el camino, el paisaje se mostraba sencillamente precioso, un poco celado por la neblina pero precioso: el mar estaba salpicado de cientos de islotes y arrecifes además de las islas mayores (Ile Bono, Ile Plate y Le Cerf) que están muy próximas y el cielo, surcado por cientos de aves diferentes (gaviotas, cormoranes, urracas ostreras y otras muchas para mí desconocidas).

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El agua estaba limpísima: desde el faro y sus caminos de acceso se distinguían perfectamente allá abajo los fondos marinos. Hemos observado que se oía el ruido lejano del mar y el canto de los pájaros porque la gente no gritaba. Lo hemos comentado asomados al lado norte del faro: si la excursión fuera de españoles o italianos estarían todos chillándose; los alejados por ello y los agrupados por vicio.

Hemos acudido puntuales al barco para poder sentarnos en proa. Antonio y Mariví sabían que después venía el plato fuerte: la isla de Rouzic. Bien instalados en proa, hemos podido observar muy de cerca, a pocos metros, un grupo de cormoranes que hacían guardia sobre un islote rocoso muy poseídos de su papel de atractivo turístico; con la negrura del peñasco y de los pájaros contrastaba la blancura artificial de la cresta de la roca y de sus salientes provocada por la acumulación de excrementos de los pájaros.

Según nos íbamos acercando a Rouzic la frecuencia de pájaros en el aire ¡y en el agua! se iba multiplicando. A primera vista esta isla sólo llama la atención por estar sobrevolada por cientos, quizás miles, de pájaros y por una mancha clara que se distingue en su parte más alejada. Cuando el barco rodea la isla, de pronto, el aire se llena de miles de cantos, de graznidos estridentes de pájaros, el agua aparece38 tachonada de puntos blancos y negros y la isla de Rouzic completamente tapizada del blanco de los pájaros y de sus excrementos. Es una visión como de otro mundo. El graznido de las gaviotas es ensordecedor: he pensado en Hitchcock y en su película ‘Los pájaros’. Pero allí, en Rouzic, la acumulación de aves y el estruendo de su canto no daba miedo; sólo.... sobrecogía semejante amontonamiento. El guía iba explicando que en esa parte de a isla se calculaba que habría unas 20.000 parejas más sus pollos que eran perfectamente visibles en sus nidos desde el barco. No sé cuánto tiempo hemos permanecido al pie de los acantilados que conforman esa parte de la isla de Rouzic, pero ha debido ser mucho, aunque yo no me he enterado hasta que el barco ha comenzado a distanciarse al principio despacio como si la fuerza de las miradas de todos no le dejaran avanzar con rapidez; después ha ido acelerando poco a poco. Por cierto que en ese momento        me he dado cuenta de que nuestro atrevido vaticinio de buen tiempo hacía ya rato – seguramente – que se venía cumpliendo. Seguía flotando una levísima neblina sobre el mar, pero, a través de ella, el sol apretaba de lo lindo. Más tarde en casa me he dado cuenta de que el sol me había puesto rojo quizás más que ningún otro día del verano: como estaba nublado no me había aplicado ninguna crema protectora.

Poco antes de las dos, hemos llegado y hemos regresado a casa a comer . Total por 10 km.... Hemos ido haciendo bromas con nuestros horarios y los de los franceses.

37 Tras la comida, hemos hecho un poco de reposo y...¡en marcha otra vez! Hoy no había prisa: nuestro único compromiso era el concierto en que actuaba la hija de Gerard, el vecino, y no comenzaba hasta las 9 h. Así que nos hemos dirigido a Trégastel para ir completando de esta forma la Costa de Granito Rosa, Es un bonito lugar también, pero a mucha distancia del increíble Ploumanac’h. Hemos paseado por las cercanías de su playa y luego nos hemos subido al coche para acercarnos a Trebeurden, donde tendría lugar el concierto. Queríamos aprovechar la marea baja para atravesar a la isla que hay frente a uno de los lados de su playa. Bueno, la marea, cuando hemos llegado, estaba baja pero no tanto como para permitirnos ese paseo. Hemos dado otro más pequeño, hemos localizado el escenario al aire libre del concierto y nos hemos comido unos pasteles para distraer el hambre hasta el final dela actuación.  El concierto ha comenzado a las 9 hora española, es decir, a las 9.15 y ha terminado a las 11 h. La verdad es que ha sido divertido. Era una banda de unos 15 jóvenes que interpretaban lo que debían ser canciones bretonas pero con un tratamiento moderno. Lo más llamativo ha resultado que, a mitad del concierto, al principio un pequeño grupo pero después cientos de personas se han lanzado a bailar acompañando la música con sus pasos tradicionales de danza. Era encantador ver a tanta gente de toda edad enlazada en un baile que unos practicaban muy serios, otros alegres y otros con los ojos llenos de emoción. Algo muy vivo y auténtico. Algo de eso que nuestro mundo actual nos ha robado y que muy rara vez nos es dado contemplar.

 

 

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