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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

2 de agosto 

Nuestro último día de excursión bretona. Mañana toca descanso y preparación del viaje a París y, cuatro días después, a Jaca. Todo pasa.

En función de la pleamar más alta, habíamos dejado para hoy esta excursión – ya normanda – a Mont St. Michel y le habíamos añadido por proximidad St. Malo. Esta ciudad ha resultado ser la patria chica de Jacqueline, la vecina de Lannion que nos invitó el otro día al aperitivo, la mujer de Gerard. Y Malo es el nombre que figura en la puerta de mi habitación, el del niño de la casa. (Según estoy escribiendo, tengo un cartel a la altura de mi vista que reza: ” Je suis Malo. Ni ‘oar brezhonec” (que, diccionario en mano, deduzco que debe querer decir ‘Nosotros hablamos bretón’)

Hoy, haciendo violencia a mi costumbre y a mis inclinaciones innatas y largo tiempo cultivadas, nos hemos levantado pronto; bueno, no demasiado, la verdad: antes de las ocho. Aunque he de decir que a mí, en vacaciones, me parece una hora casi obscena de levantarse. Y durante el resto del año, pues, hombre, no me lo parece porque hay que ir a trabajar. Pero prometo desde estas líneas firmemente que, en cuanto me quite de la dependencia del trabajo, - o sea, en dos años – no volveré a cometer jamás este pecado si previamente mi cuerpo no me lo convierte en necesidad. O a no ser que deje de ser pecado porque haya, como hoy una buena razón para ello, o dos: St. Malo y Mont St. Michel. (El otro día comentábamos con Jacqueline que el pueblo bretón ha tenido que ser muy religioso: son innumerables los nombres de lugar que comienzan por ‘Saint’ o por los equivalentes bretones ‘Loc’ y ‘Lan’)

Hemos desayunado con la ya habitual dedicación y solvencia. La nota realmente sorprendente ha sido que no hemos asistido a ninguna ‘variación’ sobre el famoso tema de ‘La batalla de las chicas’. Habrá que observar si mañana se interpreta alguna o no. Igual es que...; no sé: observaremos.

Nos hemos hecho a la carretera tras repostar en un hiper: es saludable esta costumbre de vender el gasóleo entre diez y quince céntimos más barato en estos establecimientos. Si puedes planear el repostaje, merece mucho la pena: hay que pensar que, como hemos observado al salir de casa, llevábamos hechos 3.660 km desde que salimos de Jaca.

41 El viaje a Saint Malo es cómodo: el único inconveniente han sido las dos pequeñas tormentas que nos han caído encima. ¿Se podrá creer que estas han sido casi las únicas lluvias que hemos tenido? Al entrar en St. Malo, otro inconveniente: el puente para cruzar la ría hasta la zona de la Grand Porte estaba cerrado para dar paso a la entrada y salida de barcos. Se ha armado un atasco fenomenal pero nadie ha protestado: son muy pacíficos o están acostumbrados.  Una vez estacionado el coche en los aparcamientos que existen entre la Gran Puerta y el Hotel de Ville, nos hemos lanzado a callejear. Es bonito este St. Malo y muy característico: realmente tiene un sello, un carácter definido, quizás demasiado definido y uniforme. Pero nos ha gustado, especialmente, el paseo por los adarves de las murallas: da una idea bastante clara de la ciudad y te describen perfectamente su entorno marítimo. Esos tres fuertes, en islas y península frente a la ciudad, me parecen, hoy día, caros e inútiles juguetes de guerra. Uno de ellos, situado en medio de la desembocadura del Rance, entre Dinard y St. Malo, fue construido de manera que, en pleamar, las olas rompen contra sus muros para negar así a los ingleses – parece ser – la posibilidad de desembarcar en el islote que ocupa. Hoy parece una estrategia de batallita de Exin Castillos.

Nos ha llovido algo durante el paseo, pero poco: como para no llegar a sacar el chubasquero. En vista de que aquí el tiempo no estaba muy seguro, hemos decidido ir a buscar lugar donde comer en el camino entre St Malo y Mont St. Michel.

La carretera que lleva de un lugar a otro no nos ofrecía ningún área de servicio. En un momento, nuestro conductor, Antonio, ha decidido que en aquella salida hacia un pueblo que se llamaba Sains encontraríamos algo de nuestra conveniencia. St. Malo y St. Michel nos ha protegido: inmediatamente nos hemos tropezado con un cartel que decía ‘Bois de ...’ no sé qué y debajo la señal de lugar de pic-nic. Y allá que nos hemos ido. Nos hemos encontrado con un ‘estanque’ – decía un cartel que en España hubiera dicho ‘lago’ – rodeado de mesas y bancos de madera perfectos para nuestra comida campestre. Antonio y yo, como ‘tour operators’ del grupo, hemos empezado a presumir: ‘¿Bueno, este lugar ya lo teníamos previsto y elegido desde hace días para la excursión a Mont St.Michel. No os lo habíamos querido comentar para daros una sorpresa ¿os gusta?’   Sí, les gustaba, pero no ese han tragado el ‘pegote’.

Tras la comida, Antonio ha echado una cabezadita en el coche y, entretanto, las chicas y yo nos hemos dado la vuelta entera al estanque. Tenía, todo alrededor, una franja no regular pero siempre bastante ancha de hierba segada, un camino de grava y, de vez en cuando, una mesa y bancos de pic-nic. Cuando llegábamos a la carretera de regreso, Antonio estaba ya esperándonos con el coche en marcha.

Llegar a St. Michel nos ha costado poco. Hemos bajado – o nos han bajado – al aparcamiento 48 grande, situado en nivel inferior al dique, y, cuando ya habíamos pagado, hemos visto un cartel que avisaba que ese aparcamiento quedaría anegado a partir de las 7.30 h. Hemos aclarado que nosotros pensábamos quedarnos hasta la marea alta (o sea hasta después de las 9.30); entonces nos han señalado que debíamos aparcar en el dique. Así lo hemos hecho. La visita ha comenzado con la vista de la estampa de Mont St. Michel, espectacular a pesar de que, en ese momento, estaba rodeado de una enorme extensión... de arena. La subida hasta la abadía ha sido un poco agobiante: había mucha gente – que afortunadamente parecía marcharse – y hacía un calor pegajoso. Ello, combinado con la continua y dura pendiente, ha tenido como efecto la siguiente estampa: los cuatro acalorados y sudorosos, acaparando un banco de piedra que, según decía Antonio, había que disfrutar porque no nos hacíamos idea de cómo se cotizaba un banco de piedra fresca a las seis de la tarde en un día cálido de agosto en Mont St. Michel. Ya descansados e informados de que, a partir de esa hora, se podían escuchar distintas músicas en diversas dependencias de la abadía, hemos subido los escalones que nos separaban todavía de ella. Parada un las primeras barbacanas de la abadía para disfrutar de la vista que desde allí se nos ofrece y para ‘hacer una visita al Sr. Roca’.

Ya dentro de la abadía, en la iglesia, sonaba - por megafonía - música de un compositor catalán actual (no recuerdo el nombre). Nos hemos sentado a escuchar y a ver, de paso, la iglesia. Es curioso que en esta tierra es muy frecuente la mezcla de estilos pero no en sentido vertical, como en España, - iglesias románicas con cubierta gótica, por ejemplo – sino en sentido horizontal: el pórtico y la primera mitad de la iglesia de estilo cercano al románico y la segunda mitad, gótico flamígero. Un conjunto fastuoso.

50 De ahí hemos pasado al claustro, muy peculiar también: las columnas dispuestas en doble fila y al tresbolillo y con un lateral literalmente colgado sobre el mar y con vistas a él. En el elegante refectorio de la abadía también sonaba música pero, como aquí no había dónde sentarse nos hemos demorado sólo el tiempo necesario para la contemplación. Allí comenzaba el laberinto de la abadía: pasadizos extraños, escaleras, corredores y salas sorprendentes. Como la ‘sala de huéspedes’ adornada de enormes ventanales, de dos hermosas chimeneas y, en ese momento, con la música en directo de un violonchelista. Como queríamos hacer hora para contemplar la subida de la marea, hemos reposado en esa sala escuchando con delectación y tranquilidad la música de aquel instrumentista. Por los ventanales observábamos el progreso de la marea. Cuando ya se la veía claramente progresar por las cercanías del Mont St. Michel, hemos continuado la visita.

En aquel dédalo de pasillos, escaleras y capillas estaba expuesta, en un espléndido montaje, la obra de un artista plástico bretón. Y en el momento en que ya creíamos que, al salir al exterior, terminaba la visita nos hemos encontrado con el último espacio musical: en un sobrio jardín asomado a poniente y a la subida de la marea, sonaba una música electrónica y de percusión inesperadamente adecuada al lugar y momento de la audición: una música que yo calificaría de ‘líquida’.

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Con este acompañamiento musical, hemos asistido a otro regalo de la naturaleza: la rápida subida de la marea por esta playa enorme y extremadamente plana que rodea el Monte – se dice que en marea baja el mar queda a 15 km de aquí – y la conversión de Mont St. Michel en una península unida a tierra sólo por un estrecho dique. Un magnífico espectáculo en medio de una soberbia puesta de sol que justifica todo un viaje. Habíamos elegido el día de hoy para venir a Mont St. Michel porque estaba previsto que la marea alcanzara el 99 % de su altura máxima anual. Pues bien, tanto ha sido así que al llegar a la puerta baja de la muralla, por la que habíamos entrado, estaba inundada y el acceso a la pasarela de madera que conectaba por el exterior con el dique sólo era posible descalzándose. Así lo hemos hecho. Nos hemos puesto un poco nerviosos.... Después del remojete, nervios y enfado, hemos descubierto que....¡había otra puerta! para salir a pie enjuto de la muralla. Alguna cosa menos agradable nos tenía que pasar en un día que, por lo demás, ha resultado maravilloso. Y lo siguió siendo. Mientras cenábamos un bocadillo, fruta y pastel de St. Michel, hemos vuelto a asistir, esta vez desde abajo, a la pleamar completa y a la visión total de Mont St. Michel como casi, casi una isla en medio de la puesta del sol que dejaba el Monte a contraluz.

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Cuando ya se hacía de noche y comenzaban a iluminar artificialmente todo Mont St. Michel, hemos subido al coche y, tras un episodio de ‘batalla de los chicos’, lo he conducido yo hasta Lannion. En la primera mitad del viaje, hemos atravesado dos o tres tormentas espectaculares y sucesivas. Pero, al llegar aquí, nos hemos percatado de que en Lannion no había caído ni una gota de lluvia.

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Tengo un sueño derrumbador. Mañana será otro día. Bueno, EL OTRO. No creo que continúe estas notas en París: por eso se titulan ’15 días en Bretaña’

 

3 de agosto, último día

¿Cómo nos irá por Bretaña? ¿Qué tal será la casa? ¿Y la gente? ¿Tendremos buen tiempo? Todo está ya contestado, todo visto y experimentado, todo disfrutado. Está bien que me haya quedado el último el verbo ‘disfrutar’: resulta definidor, conclusivo porque sí, hemos disfrutado MUCHO. De esta hermosa tierra de Bretaña, de sus ciudades, pueblos y aldeas, de su naturaleza a trozos dulce, casi tierna, a trozos inescrutable y selvática, a trozos ruda y de una hermosura impar.

Sus gentes me han parecido discretas y alegres, sobrias y gentiles, amables en el sentido literal de la palabra: capaces y dignas de ser amadas. Me ha llamado la atención la capacidad de esta gente bretona de amar lo suyo sin excluir lo ajeno: sus costumbres, sus bailes, su lengua,... El otro día nos decía Gerard que aquí son pocos los que estudian bretón entre los chicos jóvenes. Ante nuestros comentarios sobre el caso opuesto de Cataluña o Euskadi en España, él sentenciaba como añorando: “Es difícil el equilibrio”. Me pareció una opinión sensata, llena de......equilibrio. Jacqueline, la bretona del grupo, compartía la idea.

Hace unos días Mariví me preguntaba qué ciudad de Bretaña me había gustado más. De ciudades quizás la que más me ha gustado haya sido Dinan: a pesar del gentío de su fiesta ‘des remparts’, me pareció un núcleo urbano lleno hasta el lujo de hermosa arquitectura tradicional y culta, una joya. Son también muy atractivas Vannes, Quimper, Morlaix, St. Malo. No, en cambio, Brest, ni Dinard. De poblaciones menores, recuerdo con mucho gusto Carantec, St. Pol de Leon, Tréguier, Perros-Guirec. No Roscoff. Guardo celosamente en el recuerdo monumentos ciomo Carnac, los ‘enclos paroissiaux’ (Lampaul-Guimiliau, Guimiliau, St. Thegonnec), la iglesia y entorno de Folgoët, las catedrales de Tréguier y Quimper,.... De enclaves naturales, sin dudarlo un instante, me quedo con la Costa de Granito Rosa y, sobre todo, Ploumanac’h; también con la isla de Rouzic, con Cabo Frehel, Pointe Pen-Hir,, St. Mathieu,....Y seguro que, si no se tratara de sitios sino de personas queridas y admiradas, iba a tener serios problemas de olvidos no deseados: los que arriba he mencionado no son todos los sitios preferidos, sistemáticamente seleccionados y enumerados; se trata de una apelación al recuerdo espontáneo de cosas admiradas – así, sin artículo -, no de las cosas admiradas. Ahora mismo añadiría los bosques de los ‘Monts Arrêt’ que atravesamos viniendo de la península de Crozon ... Y seguro que otros muchos lugares hubieran merecido la mención que no he hecho.

Otra cosa de la que hemos disfrutado ha sido la amistad, la nuestra, la de nosotros cuatro. Yo, sobre todo, la de Antonio con el que he compartido confidencias, comentarios en serio y muchas risas sobre cualquier cosa, incluidos nosotros mismos. Este ejercicio de la ‘autoburla’, de reírse de uno mismo, que no alcanza la categoría de autocrítica, constituye, sin embargo, una magnífica higiene mental. Con Antonio es fácil embarcarse en ella y yo se lo agradezco. A Mariví le debemos esa labor suya de agujón espoleador que nos ha empujado, como siempre, a verlo todo, a no dejarnos nada. Ello nos ha conducido, a veces, a deliciosos hallazgos. De haberle hecho las fotos sin avisar, seguro que nos hubiera salido movida: no nos ha dejado parar con su curiosidad universal.

Una historia testigo de esta actitud amiga de ambos fue, efectivamente, la del reparto de habitaciones. Antonio y Mariví ocuparon, como era lógico, la de matrimonio pero, ya comenté, avisaron de que ‘ya nos arreglaríamos’. Como suponía yo el primer día, pasada una semana, ambos nos propusieron, muy serios, que pasáramos nosotros a ocupar la habitación de matrimonio. Mariví, sobre todo, se puso muy ‘pesada’. Sólo no se produjo el cambio porque Merche y yo nos negamos en redondo. Eran muy capaces los dos de haberlo hecho: son unos compañeros increíbles.

El día de hoy ha sido de cierre (comprar sólo lo justo, llevar sábanas y toallas a la lavandería,...), de preparación del desplazamiento de mañana (decisión del itinerario, del sistema de búsqueda de hotel, estudio del programa de los tres días parisinos,...) y de aprovechamiento, sobre todo por parte de nuestras chicas, de una especie de jornada de ‘comercio en la calle’ que se celebraba hoy en Lannion. Unos ‘trapillos’ de nada han sido el resultado de unos buenos ratos de hurgar y merodear por un montón de tiendas y puestos callejeros.

Por la tarde hemos recogido las ropas de la lavandería y hemos dado nuestro último paseo por Lannion. Al llegar a casa ha pegado la hebra con nosotros una vecina que no conocíamos de nada. Nos ha contado sus vacaciones en España (en Salou) desde jovencita y muchas cosas más. En ese momento han llegado Jacqueline y Gerard, los vecinos. Nosotros llevábamos idea (y así se lo habíamos anunciado días atrás) de pasar a despedirnos de ellos. Pues bueno: venían de comprar una selección de seis tipos diferentes de cerveza de fabricación bretona para invitarnos en la despedida. Hemos pasado, un rato después, a su jardín y hemos celebrado con ellos nuestra amigable convivencia. A su hora de cenar nos hemos despedido y retirado. Constituyen una pareja excelente y amistosa que, aparte de su trato atento y exquisito, nos ha aportado la tranquilidad de sentir que podíamos acudir a ellos en caso de cualquier problema. Estando tan lejos de lo tuyo y los tuyos esto serena y tranquiliza.

Ya tenemos hechas las maletas. Ya se ha terminado nuestro viaje, nuestros 15 días en Bretaña. Yo, desde luego, no descarto volver por estas tierras. Me han dejado en el paladar del alma un regusto íntimo, dulce y hermoso.

A bientôt, Bretagne.      

 

 

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