Viaje a La Bretaña (III)

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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

25 de julio 

Ayer se decidió que hoy no madrugaríamos. Recuerdo que – no sé por qué – todos me miraban a mí a la hora de tomar tal decisión. No creo que esperaran que me fuera a oponer a tan sabia decisión. El caso es que he dormido como un tronco y me he despertado con la alarma del móvil, no antes. El día estaba nublado. En el desayuno hemos decidido dar una vuelta por el Lannion viejo que el otro día estaba lleno de tenderetes ... e invisible.

La vueltecita ha resultado agradable. Nos hemos dirigido a la plaza Gral. Leclerc: el jueves vimos unas hermosas casas típicas y había que volver a visitarlas. Ya en la calle que asciende hacia dicha plaza, hemos ido viendo preciosas casas..... de granito, cómo no. Aquí hasta el adoquinado de las calles es de granito. Una vez en la plaza, la hemos repasado con detenimiento y nos hemos puesto en cola para comprar pan en una ‘boulangerie’ situada enfrente de las susodichas casas. Yo me he acercado a un Tabac a cotillear unas postales que, de lejos, me han parecido muy bonitas. Lo eran; sobre todo una de una playa con dos rocas (de granito rosa, claro) emergiendo de la arena, con un faro sobre unas rocas de la derecha y con un mar teñido por una magnífica puesta de sol.

Cuando me han avisado, ya Antonio, el compañero increíble, se iba corriendo a llevar el pan al coche para que no nos supusiera una molestia llevarlo durante el paseo. Ha regresado y nos hemos hecho unas fotos con las casas más bonitas de la plaza, una vez liberadas de la tara visual de dos coches: la señal de tráfico no era móvil y allí se ha quedado. Son preciosas estas casas bretonas con sus estructuras de madera vista, sus decoraciones escultóricas o con sus fachadas de escamas de pizarra. Hoy, sin mercado ‘había’ muchas más.

Hemos intentado, después de verla por fuera, entrar en la iglesia. La hemos rodeado en vano y, al llegar a la escalinata por la que se accede a ella desde la calle inferior, hemos visto subir a un matrimonio. Él iba diciendo: “¡Coño, qué subidita!” Al llegar a nuestra altura nos han preguntado en francés si estaba abierta la iglesia. Yo les he contestado: “Pues ni por ser españoles os puedo decir que sí: no, está cerrada”. Luego hemos ido acercándonos al coche empujados por la constatación de que, de nuevo y de repente, las calles se están quedando vacías: es la una.

21 De vuelta a casa, hemos comido muy agradablemente. Antonio y yo nos hemos puesto a estudiar el posible recorrido para esta tarde (es nuestro curro de taxistas) y hemos propuesto ir a Folgoët, Brest, Le Conquet, St. Mathieu y Plougastel. A las chicas les ha parecido bien y hemos partido sin demora. El compañero increíble se ha empeñado en conducir él y en que yo fuera su copiloto: dice sentirse muy a gusto con este reparto de papeles. Creo que ‘abusa’ de esta explicación siempre para cargar con la parte más molesta. Hemos llegado a Folgoët, lugar que, según las informaciones consultadas, ofrecía el atractivo de una iglesia muy especial. Realmente las guías no mentían: era una iglesia simplemente única. Gótica y con una magnífica torre; pero no era esto lo que la singularizaba. Lo peculiar y único lo aporta su estructura en escuadra. Entras por el pórtico del fondo y ya observas que la nave no termina en un ábside sino en una soberbia vidriera. A la derecha, lo que podría haber sido una simple capilla lateral se convertía en una auténtica nave, perpendicular a la primera, dotada a su vez de un espléndido pórtico adornado con esculturas de los doce apóstoles. En el exterior, en el espacio en escuadra generado por la iglesia, figura otro de los famosos ‘Calvarios’ tan abundantes en las iglesias de Bretaña. Completan el conjunto un ‘chateau museo parroquial y una antigua hospedería de peregrinos cuyo jardín está adornado de figuras de ‘Calvario’ de quién sabe qué iglesia. El pueblo no debe tener otro mérito, pero este conjunto merecía – y mucho – la pena.              

Ya en Brest hemos dado un paseo por la orilla de su grandiosa bahía. Hemos dejado atrás la 23 ‘Oceanopolis’ y hemos disfrutado de la deliciosa vista del mar procurando no estropearla con la del puerto comercial. Cierran la bahía por el otro lado la península de Plougastel y la Punta de los Españoles completando un paisaje encantador.  Ya en el coche, nos hemos lanzado a buscar inútilmente un arsenal militar de submarinos que Antonio creía recordar que había en Brest (luego resultó que el tal arsenal estaba en St. Nazaire). Presa mi amigo de la sospecha de haberse equivocado, hemos puesto rumbo a Le Conquet y Punta St. Mathieu. Ya de camino, hemos decidido llegarnos en primer lugar a St Mathieu. Un acierto, sin duda. Es el punto más occidental de la Bretañña continental (excluida, claro, Ile d’Ouessant). El lugar lo componen arquitectónicamente elementos tan dispares como las ruinas muy bien ‘conservadas’ como tales de una antigua abadía, la portada de una antigua iglesia del s. XIV (ella sola, sin iglesia), otras dos capillas, un faro moderno, otro en desuso y una torre vigía y de comunicación. Lo más curioso es que, en este conjunto tan heterogéneo, el faro moderno está construido a apenas diez metros de las ruinas de la abadía. En otro promontorio cercano se alza un monumento a los muertos por la patria en el mar (feo como casi todos los de su género) acompañado de un pequeño fortín y ‘adornado’ con dos cañones (nunca entenderé la estética militar). Este promontorio da vista a Le Conquet y comienzo a un camino de costa, seguramente una ‘senda de aduaneros’ de esas tan típicas de aquí. La hemos seguido un buen trecho: el paisaje era subyugador. Un mar increíblemente calmo empujaba con suavidad de lago sus olas hasta la línea de la costa salpicada de arrecifes afilados como cuchillas , de potentes rocas casi negras punteadas de blanco por las gaviotas....

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En tierra el contrapunto casi desagradable de una línea de ‘bunkers’ algunos de ellos felizmente ‘tragados’ por la naturaleza. Nos hemos sentado frente a ese paisaje diseñado para el placer; no éramos los únicos. En esta placentera contemplación se nos ha hecho tan tarde que hemos desistido de ir hoy a Plougastel.

De regreso a Lannion, nos hemos detenido en la playa de St. Michel en Grève para disfrutar tranquilamente de la puesta de sol. Pequeño gran placer el que nos ha proporcionado este sol que se fundía en la fragua roja de un mar ardiente.

 
26 de julio 

Día megalítico hemos tenido hoy: visita a Carnac, Locmariaquer,...

La carretera para llegar a Carnac, entre Ledouac, Pontivi y Carnac, era a tramos una auténtica sinfonía de verdes que cubría casi la carretera. Sólo el camino que hemos seguido por la tarde (¡...!) la ha superado.

Llegados a Carnac, nos hemos quedado absortos ante el megaconjunto de emplazamientos megalíticos: los alineamientos de Menec, Kermario, Kerlescan (este casi pasado por alto), el ‘cromlech’ de Menec (interrumpido por el caserío), el Tumulus de Kercado, el Cuadrilátero y el Gigante de Manio,....Magnífico todo. Y un poco monstruoso.

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Esfuerzo tan sobrehumano ¿con qué fin? ¿para conjurar qué miedos atávicos? Da un poco de respeto tanto terror de aquellos hombres prehistóricos ante lo inexplicado, ante lo misterioso convertido en este ‘disparate’ más allá de la lógica del esfuerzo humano. ¡Qué fuerza la de la religiosidad, la del miedo a lo inexplicable! Uno piensa que estos sentimientos son una muestra más de la debilidad humana; pero una debilidad que avasalla tanto, que da tanta fuerza..... como para empujar a unos hombres primitivos a crear tan descomunal manifestación de arte como son estos conjuntos megalíticos. Estos restos megalíticos y las tremendas catedrales y las magníficas iglesias que abruman con su mole a villorrios mínimos. A mí me da respeto, casi miedo esta fuerza que, por otra parte produce tanta creación hermosa. Esta fuerza del miedo a lo desconocido, de creer en lo que.... simplemente crees sin explicaciones, del hecho religioso me da un poco de miedo : es mal enemigo la religión, cualquier religión. (Corta el rollo, Javier)

Por lo demás todo aquí, en Carnac, rebosa un espléndida pobreza de medios, una grandeza de lo mínimo y máximo a la vez, de lo tosco, de lo natural sometido al artificio otra vez mínimo.... pero inexplicable y misterioso.

Tanto recorrer estos emplazamientos megalíticos nos ha agotado la mañana..... y las fuerzas. Buscamos un lugar tranquilo y sombreado. Comemos tranquilamente y después los conductores nos retiramos a descansar a nuestras habitaciones – léase al coche – y descabezamos un sueñecito mientras las chicas dan un paseíto por el bosque.

Cuando regresan, nos ponemos en marcha hacia Locmariaquer. Allí todo es menos natural en el 28 entorno de los monumentos, en el montaje: suelo ajardinado, caminos de grava, a la entrada proyección de vídeos,.... Pero los monumentos... sensacionales: el gran Menhir Brisé (20 m y 48 toneladas) hecho cuatro espectaculares pedazos, la ‘Table des Marchands’ con las espectaculares piedras grabadas de su cámara funeraria y el Túmulo Er-Grah cuya piedra de cubierta se debió romper pronto y un fragmento forma parte de la Table des Marchands y el otro se encuentra e la isla de Gavrinis ¡a 4 km en linea recta de Locmariaquer!!! Y desde el propio emplazamiento se disfruta de ¡una vista de la entrada del golfo de Morbihan....! La magia de este golfo nos ha llevado después a continuar viaje costeándolo hasta Vannes: Auray, Bono, Baden, Larmor-Baden (en cuya punta de Berlich hemos cogido y comido ostras), Port-Blanc, punta de Arradon,... Cada vista más hermosa con un mar absolutamente calmo y con un sol espléndido. Casi demasiado plácido para ser el Atlántico, pero ¡tan hermoso! Por fin hemos llegado a Vannes, la capital de la comarca. Sus casas y sus murallas nos han hecho disfrutar. La catedral, no: tenía un aire de falsa, de ‘pastiche’ del s. XIX (y algo de eso hay). El órgano, en cambio, sonaba gloriosamente cuando hemos entrado en ella (ha durado poco). Las casas del entorno de la catedral, con la magnífica sencillez de estas casas bretonas, con su estructura de madera en fachada, sus soportales ( a veces), sus conjuntos de ventanas gemelas,... formaban un conjunto precioso con el templo. Las murallas (no muy respetadas en tiempos pasados) están ahora cuidadas con mimo y adornadas con unos espectaculares jardines en lo que fueran sus glacis. Ha sido delicioso este paseo por Vannes.

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Caía el sol y faltaban 200 km hasta nuestra casa. Así que ¡al coche! Antonio y yo, como siempre, nos hemos turnado. Pero mi compañero increíble – como siempre – ha decidido pronto que yo había conducido demasiado y ha insistido en tomar el volante. Se lo he cedido y ¡en mala hora, pobrecico! De Pontivi a Guingamp hemos cogido carretera preciosa, con unos paisajes, unos bosques y unas umbrías increíbles pero todo ello alrededor de ¡una completísima colección de curvas de todos los modelos! Por la mañana más holgazanamente habíamos tomado otro camino que sustituía esos 50 km horribles por quizás 100 pero de autovía o buena carretera. El cansancio provocado por la conducción de los 50 de marras ha tenido que ser sin duda mucho mayor.Así que antes de llegar a Guingamp he conseguido que Antonio me dejara conducir para terminar el viaje. Cosa que, por fin, ha tenido lugar a las 22.30 h. Otro día estupendo, aunque un poco agotador.

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