Viaje a la Argentina (10)

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 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

Día 7.-     REPASO FINAL

Este último día entero en el Fin del Mundo, como les gusta llamar Ushuaia a los habitantes del lugar – me gustaría poder contar cuántos establecimientos, calles, instituciones y productos lo llevan por nombre – lo vamos a emplear en dos destinos que nos quedan pendientes: la Prisión por la mañana y una navegación hasta el faro por la tarde.

La importancia de la Prisión radica en que fue el origen de esta población en esa política tan típicamente argentina de establecer parques naturales y población en lugares fronterizos con Chile. La historia de la humanidad cuenta con más ejemplos de esta costumbre de colonizar territorios estableciendo en ellos población penal. El de Ushuaia fue uno de esos casos. El tren del Fin del Mundo en que paseamos el otro día se creó para talar madera con la que construir, entre otras cosas, este Penal.

Esta construcción se fue realizando entre 1902 y 1920, año en que adquirió la estructura que hoy tiene. La planta del edificio está formada por cinco pabellones dispuestos en abanico dentro de un imaginario semicírculo cuyo centro lo ocupa el Hall Central. Cada uno de esos pabellones contaba con 76 celdas, en principio, individuales. Lo cierto es que esta cárcel llegó a albergar 600 penados en sus 380 celdas.

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Hoy día estos pabellones tienen diferentes usos. Las dos plantas del 1 forman el Pabellón Histórico que conserva las celdas en su estado ¿primitivo? El pabellón 2 en su planta calle es una Galería de Arte y la primera alberga el Museo Marítimo y una muestra histórica de Ushuaia Antes. El pabellón 3 contiene salas para Exposiciones Temporales en la planta calle y Museo de Arte en la primera. El pabellón 4 dispone del Museo del Presidio y Museo Antártico. Y el 5 es de acceso restringido.

Paseamos un rato por los pabellones no restringidos y esperamos la visita guiada por el Pabellón Histórico. Esta resulta bastante agobiante por el número de visitantes y por lo estrecho de los pasillos. A ello viene a añadirse que la explicación no nos resulta muy interesante cuando nos habla de la historia y peculiaridades del Penal y pasa a ser insustancial y un punto morbosa cuando nos cuenta la historia de algunos ilustres penados. Así que, al llegar a la “vida y milagros” del Petiso Orejudo – cuya efigie de petiso y de orejudo encontramos en ¿su? celda – que había sido un asesino múltiple de niños que comenzó su “carrera” a los 11 años, decidimos abandonar tan instructiva charleta y hacer mutis por el foro. Charleta que, según nos había comentado Chema, evitaba cuidadosamente la mención de uno de los más famosos huéspedes del lugar, Carlos Gardel.

Ya en la calle, dimos un paseo y despedimos a Enrique al que en seguida pasaría a recoger por el hotel el consabido microbús de Rumbo Sur para llevarlo al aeropuerto. Y nos quedamos sin nuestro fotógrafo titular, sin su compañía siempre agradable y su sincera conversación. Hasta siempre, amigo.

El resto ponemos rumbo a la oficina de Turismo y luego a la de Rumbo Sur. Recabamos información sobre pequeños cruceros en que podamos visitar, navegando hacia el este por el canal Beagle, islas en que habitan colonias de cormoranes y de lobos marinos y llegar hasta el faro Les Eclaireurs construido en una de las islas del archipiélago del mismo nombre.

En Turismo nos dan un listado de compañías que realizan ese servicio con sus precios, que son todos muy semejantes. De modo que decidimos afinar precios con los de Rumbo Sur por ver si, siendo ya clientes suyos, se ponían más a tiro. Nos llama la atención lo poco que se resisten a bajarnos el precio un 20 y hasta un 30 %. Por si acaso, aplazamos la confirmación de la reserva y seguimos las pesquisas. No tenemos que buscar otra oferta: se nos viene encima en forma de vendedor que nos introduce en su caseta – casi no cabemos en ella – y nos asegura que va a mejorar la oferta que nos han hecho. Y lo hace ofreciéndonos 4 de los 8 pasajes GRATIS. Ante tan increíble oferta, le planteamos nuestras reticencias sobre la calidad del barco y el servicio. Nos muestra unas fotos: el Barracuda, que tal es su agresivo nombre, tiene una pinta no muy moderna precisamente tanto por dentro como por fuera, pero… algo había de tener. Y aceptamos la oferta.

El vendedor nos comenta que él es nada menos que egipcio, que está casado con una argentina – se explica así su buen español con acento argentino – y, cuando sabe que somos de Zaragoza, que es un fan fervoroso de Amaral. “Acá en el móvil llevo muchas de sus canciones” Y, sin mediar mayor provocación, nos hace oír una. Después de esto, todavía nos pondera las excelencias del Barracuda. “Ustedes verán cómo los acerca más que ningún otro barco a las islas de los lobos marinos. Y una cosa les digo: Si a la vuelta no han quedado conformes, les devuelvo su dinero”. A uno le queda la duda de que tal vez el barco sea un desastre si necesita tantas ponderaciones. Desde luego el diseño del tal Barracuda, en la foto publicitaria, en que seguramente ha salido guapo, parece más de carguero que de moderno crucero.

Este azar, al que voluntaria y conscientemente nos hemos expuesto, nos excita y nos hace reír. Damos otro paseíto por los alrededores, hacemos alguna pequeña compra y nos informamos de la carta y precios de otro restaurante del que nos han hablado bien, el Tía Elvira, y que se encuentra allí cerca. Se trata de elegir más tarde dónde vamos a tomar nuestra cena de despedida de estos pagos del Fin del Mundo, porque mañana al mediodía volamos hacia Buenos Aires.

Después de comer nuestro discreto pic-nic, nos dirigimos a las oficinas del puerto donde tenemos que pagar una especie de permiso de embarque para luego subir al Barracuda de nuestros temores e impaciencias. Sentimientos estos que aumentan al percatarnos de tres cosas:

1- sobre la foto que anuncia nuestro barco en la misma caseta en que lo contratamos, figura una fecha que ha de ser la de su construcción (1950) compensada, eso sí, por un eslogan que dice al pie “El mejor barco de Ushuaia”.

2- nos avisan de que el Barracuda no está anclado, como los lindos catamaranes de Rumbo Sur y otras compañías, justo frente a la puerta por la que vamos a salir sino… al fondo del muelle

3- y el empleado que revisa nuestros billetes de embarque comenta regocijado: “¿Todos ustedes van juntos? ¡Qué bárbaro el Barracuda! ¡Cómo va hoy!”

126 Cuando llegamos hasta él y subimos a bordo, la impresión que nos llevamos es… una mezcla de encontrarnos ante un barco de otra época, bastante viejo y ajado – la tapicería del los bancos que amueblan el primer salón es de skay y está reventada por algunos lados – y la de que tiene un cierto encanto pasado de moda en su comedor con veladores de bronce cubiertos de manteles verdes adornados de una lamparita de enagüillas y sus bancos tapizados en skay también verde. Nos resulta simpático sobre todo cuando se nos presenta la guía-grumete-camarera de este barco que es una muchacha extremadamente simpática y servicial. Cuando Isabel le pide que se preste a hacerse una foto con ella, le falta tiempo para ofrecerle un gorro de marinero del Barracuda. Creo que todas las chicas posan en su compañía como marineras de tan ilustre embarcación. Luego nos hemos enterado por Internet – que todo lo sabe – de que desde 1950 a 1975 perteneció a la Flota Fluvial Argentina y navegó después por el delta del Paraná. Quien lo adquirió en 1975 lo radicó en Ushuaia y lo dedicó desde un comienzo al transporte de turistas por el canal de Beagle. Y en ello sigue, ostentando la condición de la más veterana embarcación turística de Ushuaia. Salimos de puerto con el retraso ¿endémico de estas latitudes? El Barracuda fue el primero en zarpar de todos los barcos que, más o menos a esa hora, se hacían a la mar con el mismo destino. Tenemos pronto una magnífica vista de la capital de Tierra de Fuego y las montañas que la rodean. Desde el barco se ve perfectamente también un peculiar embolsamiento urbanístico que alguien nos definió días pasados como un barrio okupa: parece ser que un ciudadano, de su mano mayor, decidió hace unos años talar bosque por encima de los barrios más altos de la ciudad y vender la posibilidad de construir allí al margen de toda planificación urbanística. La cosa prosperó y hoy ya nadie se atreve a desalojar a esos okupas de suelo.

Pese a haber salido los primeros, pronto nos vemos rebasados por los veloces catamaranes de otras compañías. No nos importa demasiado porque para entonces ya nos hemos instalado en dos mesas del comedor a tomar un chocolate o café con un trocito de tarta. Tenemos además toda la tarde para completar el recorrido por el canal Beagle.

Pronto divisamos un archipiélago y el Barracuda se acerca a la isla Alicia, habitada por una importante colonia de cormoranes imperiales y de lobos marinos. A los rápidos catamaranes que nos habían adelantado,al parecer, ya les había dado tiempo de avistar la isla y sus animales residentes y habían dejado no el campo sino el mar libre. Comprobamos que, efectivamente, Danilo, el capitán, acerca el barco hasta que podemos ver muy próximos todos los animales. Alguno de los pasajeros manifiesta su temor a que el barco encalle en las rocas de la isla. Inmediatamente la guía-grumete-camarera le tranquiliza: “No preocuparse: el capitán controla perfectamente”. Y sí, lo hace. Resulta especialmente agradable ver, desde distancia tan corta, los magníficos ejemplares de lobo marino (de uno y dos pelos) desplazándose torpemente dentro de cada grupo que se amontona alrededor de un macho corpulento y cabezón. El Barracuda nos va acercando sucesivamente a cada una de las tres manadas que se concentran en distintas plataformas de roca de la isla.

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He de reconocer que, tal vez manipulado por el recorrido del Barracuda que sigue claramente a .los lobos, paso bastante de la colonia de graciosos cormoranes imperiales que, en gran número, puebla la parte alta del islote Alicia. A decir verdad la puebla y… la blanquea con sus excrementos. Se trata de un tipo de ave mucho más bonito que el que yo asocio a la palabra cormorán, de color completamente negro: este cormorán imperial tiene cuerpo y cuello de perfecto color blanco, patas palmeadas de color rosa pálido y de color negro intenso dorso, alas y cabeza que remata en un gracioso penachito de plumas en cresta.

No sabemos si el guano de las aves o los corpachones de los lobos - tal vez ambos elementos –127B dan lugar al único detalle desagradable del lugar: un olor pestilente que nos acompaña sobre todo cuando el viento nos llega de la isla. El Barracuda pone proa después hacia el archipiélago de Les Eclaireurs. En él encontramos la Isla de los Lobos, de nombre perfectamente justificado por la presencia de una abundante colonia de lobos marinos. Por pura casualidad, somos testigos de una escena quizás habitual en estas manadas: estoy grabando con mi cámara a un macho que sale del agua, lo sigo en su torpe avance y me doy cuenta de que se dirige directo a lo alto de la roca desde donde el macho de esa manada preside su corte de hembras; se encaran, pero el enfrentamiento dura muy poco y el intruso regresa a la parte baja de la roqueda. El capitán nos señala una de las crías y nos dice que tiene cuatro días (una hermosura de bebé); él regresa al puente y se emplea en acercarnos lo más posible – que es mucho – a la isla. Nuestras narices son de nuevo atormentadas por el pestazo con que lobos y cormoranes obsequian a los turistas. El Barracuda vira y vamos derechos hacia otro islote en que se alza el Faro del Fin del Mundo, tal es el nombre que los folletos turísticos otorgan a este de Ushuaia aunque parece tratarse de un error o quizás de una inexactitud deliberada: el nombre está tomado del título homónimo de una novela de Julio Verne que con este nombre se refería no a este sino al Faro San Juan de Salvamento, situado en la Isla de los Estados. Se trata, de todas formas, de un bello faro pintado en franjas rojas y blanca que destaca en lo alto de su islote. Su nombre verdadero es el que recibe del archipiélago en que está construido: Faro Les Eclaireurs. Fue precisamente en esta zona donde se produjo en el año 1930 el hundimiento del Buque Crucero Monte Cervantes del que todavía afloran algunos restos junto a las rocas de uno de los islotes. Por megafonía nos cuentan la misma historia del heroico comportamiento del capitán del Monte Cervantes que hemos podido leer esta mañana en uno de los paneles del museo Marítimo en el Presidio de Ushuaia.

Después de unas cuantas idas y venidas por los aledaños del faro, el Barracuda pone proa a Ushuaia y regresamos complacidos de la travesía que nos ha ofrecido este barco que, a primera vista, nos había parecido una verdadera bañera con motor. Lo que pueden conseguir el buen servicio y la simpatía y profesionalidad de una tripulación, aunque esta sea escasa.

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Hemos hecho unas pequeñas, pero “imprescindibles”, compras en una de las tienditas del puerto. El tendero era un tipo vital y campechano que, a nuestras preguntas de si nos podría cobrar en euros o en dólares, nos ha contestado que “en euros, en dólares, en rupias, dirhams o rublos y en cualquier moneda que no sea de chocolate”.

Cumplidas estas nuestras “necesidades” consumistas, hemos decidido dar un paseíto por Ushuaia antes de cenar. A la hora de elegir el sitio donde hacerlo, la mayoría se ha decantado por repetir en el Chichos que tan buen sabor de boca – precisamente - nos dejó la primera noche de nuestra estadía fueguina – como disen acá-.

La cena ha cumplido con las expectativas aunque el entusiasmo, digamos, báquico no ha llegado tan lejos sin duda a causa de la ausencia del excelente vino blanco con que en aquella ocasión nos obsequió Isabel Panzano. La sustitución por cervecita artesana patagónica, con ser una buena opción, no nos ha llevado a la… euforia del primer día. Y también ha contado la sensación no confesada de episodio final que ha tenido esta cena: ya no somos nueve – falta Enrique -, con la excepción del desayuno en libertad vigilada - y sus efectos secundarios – de mañana, esta es nuestra última comida en Tierra de Fuego... Gravita sobre el grupo esa sensación de “all-right-finito-ya-está-se-acabó” que decía una famosa novela.

Y además nos queda la penúltima ascensión hasta el Posada Fueguina. ¡Ánimo, curtido Grupo Patagonia 2010!

 

Día 8.-   FIN… DEL FIN DEL MUNDO

Hoy no hemos madrugado. Y ha quedado claro que la vida del turista en funciones sí impone las madrugadas: hemos desayunado solos y rodeados de mesas en las que ya no había servicios de desayuno. Que nadie deduzca de esto que las mesas estaban sucias, nada de eso: las manos y las órdenes de nuestra “primaveral gerenta” no hubieran permitido – y no lo han hecho - un desmán de este tipo.

Hemos cumplido con el desayuno en todas sus fases – las presentes y las… de futuro – con toda la tranquilidad que permite una mañana cuya única urgencia viene marcada por la llegada a mediodía del microbús que nos llevará al aeropuerto. Hemos decidido despedirnos de Ushuaia con un paseo relajado que ha resultado ligeramente pautado por pequeños episodios… mercantiles.

129 Nos llaman la atención dos cosas: la coqueta casita de madera que alberga una oficina de Información Turística – la principal ya no es esta, si es que algún día lo fue – y las instalaciones propiedad de los Salesianos que con su iglesia, colegio, etc… ocupan ¡una cuadra entera! Al parecer fue muy importante la presencia de la orden Salesiana en la Patagonia. Cuando el otro día hablé por skype con mi amigo Antonio, que conoce la orden de cerca, se lo comenté y me dijo que él, de niño, había dado muchas veces dinero en su colegio para las “misiones de la Patagonia”. Le prometí que me informaría de a cuánto cotizaban ahora esas acciones. No sé si ha sido por sus risas disuasorias del otro día y por mi pereza de hoy, pero no he entrado a informarme. Me he metido en la iglesia – que estaba abierta -: tal vez su carencia absoluta de valores estéticos me ha hecho olvidarme también de los valores bursátiles por los que tenía intención de preguntar. Tras este vagabundeo en estado puro, hemos afrontado por última vez la ascensión a nuestro hotel. No sé si ha sido la mañana – otra vez prodigiosamente espléndida -, el buen desayuno o el entrenamiento de los días anteriores, pero, sin apenas perder el resuello, me he encontrado a la entrada de la Posada Fueguina. Este hotel, encaramado en escalones en todo lo alto de la calle Laserre, extremadamente pulcro, con sus maderas, muros y hierros perfectamente pintados, con sus plantas “perennes” en impoluta floración y sus soberbias vistas sobre Ushuaia y su bahía en el canal Beagle, tiene ciertamente un atractivo especial, un encanto. Hemos tenido en él una estancia agradable.

Cuando nos reagrupamos los ocho, como nuestras maletas ya han quedado recogidas en el zaguán del hotel, subimos allá a esperar el microbús. En recepción nos espera el matrimonio propietario de la Posada Fueguina. Los encontramos especialmente comunicativos y simpáticos. Se interesan por cómo nos fue la despedida de Ushuaia. Les contamos lo poco-nada que hemos hecho y el dueño se descuelga con un comentario divertido:

- Pues, mientras tanto, nosotros acá nos quedamos regando las florsitas.

Una carcajada general acoge tan irónico comentario que es recibido con una sonrisa cómplice incluso por la dueña del hotel, su gerenta.

Es ella la que, a continuación, se interesa por nuestra profesión y por qué era eso que estaban haciendo todas las noches las Isabeles en el ordenador. Evita mencionar que la actividad bloguera de nuestras amigas se extendía a menudo mucho más allá de las doce de la noche que era la hora tope que imponía un cartelito colgado sobre el ordenador del hotel. Cuando le dicen que estaban elaborando un blog sobre todos los días de nuestro viaje, se interesa mucho por ello y nos pide la clave que marcar para poder leerlo.

Llegan entretanto los de Rumbo Sur a recogernos y a llevarnos al aeropuerto. Los dueños de la Posada Fueguina se despiden muy cariñosos y optimistas “hasta cuando regresen ustedes por acá”. Nuestros bolsillos y nuestros deseos se divorcian ante el comentario.

¡Adiós Ushuaia! porque los aeropuertos son perfectos territorios de ninguna parte donde nada que vaya más allá de la lengua y la moneda te sugiere que estás aquí y no allá: las mismas tiendas, más o menos abundantes – en este caso menos -, los mismos bares con mínimas funciones de restaurante y público despersonalizado y esencialmente transeúnte, los mismos pasillos inhóspitos, e idénticas salas de espera con número siempre escaso de sillas en que descansar o soportar esperas y retrasos. El de Ushuaia tiene dos aspectos de distinto signo que lo identifican: la hermosa madera de que están construidos techos y paredes y… la tasa de aeropuerto que te cobran.

Cumpliendo aquí también con un retraso tal vez reglamentario, emprendemos este vuelo de unos 3.000 km agradeciendo una vez más la existencia de aviones – aun con retraso – que hacen posibles viajes como el nuestro - este es el sexto vuelo interior que hemos tomado - y que, en unas pocas horas, nos han transportado a lo largo de muchos miles de kilómetros.

Al llegar al aeropuerto de Eceiza, el Grupo Patagonia 2010 vuelve a desmembrarse con la salida inmediata hacia Madrid de las dos Isabeles, nuestras “cronistas de Indias” vía blog, a quienes reclaman sus obligaciones laborales. Los besos y abrazos dan cuenta, pública y privada, de lo que a todos nos duele separarnos. “A nosotras más”, dice una de ellas y nosotros se lo aceptamos en el sentido en que ella lo dice. ¡Adiós. Isabeles!

En dos taxis, nos trasladamos al Gran Hotel Argentino, el mismo que tuvimos a la ida, pero que hoy nos guarda una sorpresa. Días pasados le llegó a Mª Ángeles – que había reservado tres habitaciones por Booking – la indicación de que había problemas para cobrar las habitaciones en el número de cuenta que ella les había facilitado. Doble extrañeza: los datos facilitados habían sido los mismos para reservar las habitaciones de ahora que las de hace tres semanas y, además, en nuestra anterior estancia nos cobraron las habitaciones cuando llegamos a ocuparlas, no antes. Al contestar Mª Ángeles en estos términos, le cobraron por adelantado las noches de las tres habitaciones.

La sorpresa reservada ha sido que el recepcionista nos ha dicho que tenía un problema: que únicamente podía ofrecernos dos habitaciones triples para los seis. Le hemos hecho notar que no tenía un problema sino dos: que nos estaba ofreciendo lo que no había comprometido y que, además, ya había cobrado tres habitaciones dobles por dos noches. Le hemos aclarado que en estas ocasiones hay también dos soluciones: o nos facilita inmediatamente las tres habitaciones ya cobradas o nos las busca en otro hotel de categoría superior que se encuentre en esta misma zona.

Se ha metido a evacuar consultas y, muy poco tiempo después, ha regresado diciendo: “No sé si se lo van a creer, pero acaba de cancelar su reserva un señor y así podemos atender a la suya. Estas son sus tres habitaciones”. Efectivamente no nos lo hemos creído, pero hemos tomado las llaves gustosos y nos hemos instalado. Para mayor satisfacción, nuestra habitación era estupenda, mucho más amplia, espaciosa y cómoda que la de la estancia anterior.

Cuando hemos bajado a recepción antes de salir a dar una vueltecita, hemos sido testigos de la bronca que les estaba montando a los del hotel un señor argentino al que no podían cumplirle la reserva de habitación. Preguntas posibles: ¿Es este el señor que… había cancelado la reserva? ¿Es otra víctima más del overbooking ejecutado por el hotel? Lo cierto y comprobable es que el hotel está de bote en bote y lo suponible es que les resulta mucho más rentable alquilar una habitación ahora a puro precio de temporada alta que cumplir con la reserva más barata de hace meses.

Reunidos los seis supervivientes del viaje, nos lanzamos a la calle no sea que se hunda el hotel y nos pille dentro. No llevamos más rumbo preciso que el del restaurante en que pensamos cenar. Se llama El Gaucho, se halla situado en la calle Lavalle, no lejos del hotel, y, con ese nombre, se entiende que habremos de comer carne o tal vez… carne. Pero el cuerpo nos lo pide. Concretamente esta vez, todos queremos pedir ojo de bife que es un corte semejante al del chupetón en España y que agradó especialmente el día que nos lo sirvieron a orillas del Lago Fagnano, con nuestro conductor Sebastián a la parrilla.

Como tenemos tiempo, vamos dando un hermoso rodeo rememorador por 9 de Julio, Corrientes, San Martín y Florida para llegar a Lavalle. Hacemos proyecto de acercarnos mañana por la mañana al barrio de San Telmo que, de los que conozco, es mi preferido – aunque mañana tendrá un defecto, es día de mercado callejero - y por la tarde a Galerías Pacífico. Lo que se llama un shopping day, dicho así para evitar el contundente español “un coñazo de día”. Procuraremos aliviar el tostón mercantil con las lindezas, que las tienen, San Telmo y hasta las G. Pacífico.

Una vez llegados al restaurante El Gaucho, entramos a preguntar si podríamos cenar ojo de bife. El muchacho que está junto a la puerta pregunta a alguien y nos dice que no, que sí hay pero que lo tienen reservado y una serie de confusas excusas. El resto del grupo decide que, ya que estamos allí y tenemos del sitio buenas referencias, cenaremos en El Gaucho y, si no es ojo de bife, pues será bife de chorizo o alguna otra cosita ligera.

Nos atiende un camarero muy amable y servicial que, a las primeras de cambio, se nos confiesa descendiente de españoles: su abuelo era de Gijón. Cuando comenzamos a pedir, le comentamos que nuestra primera intención había sido cenar ojo de bife, pero que, si no es posible… Nos pide que le excusemos un momento y va a preguntar. Nosotros seguimos pensando, por si acaso, en otras posibilidades de menú, pero regresa y, para sorpresa nuestra, nos dice que sí los hay y además muy buenos. Con ello se completa la comanda rápidamente.

La cena resulta muy buena y el camarero, siempre atentísimo, a los postres, nos sorprende con el ofrecimiento de una copita de cava “para estos amigos españoles”. Aceptamos, por supuesto, y correspondemos después con una buena propina.

Seguimos la peatonal Lavalle hasta 9 de Julio y de allí al hotel. Buenas noches.

 

Día 9.-    DESPEDIDA…

Hoy se cumple un mes desde que salimos de España, un mes de 31 días. Es lo primero que me ha venido a la cabeza al abrir los ojos. He pensado que estoy muy satisfecho, que todo nos ha salido perfecto: nos ha hecho un tiempo excelente incluso en sitios donde no es precisamente lo habitual, hemos visto, en muchos lugares, verdaderos prodigios de la naturaleza y, adobándolo todo, hemos disfrutado de una convivencia maravillosa entre los nueve del grupo. Todos sabemos que no es fácil que convivan tantas personas durante todo un mes y no hayan saltado chispas en algún momento. Bueno, pues no sé si ha sido fácil, pero ha sido. Yo, que me tengo por un buen catador de amistades, me decía a mí mismo, en el placer del duermevela, que he disfrutado con la comprobación de que, lejos de resentirse, nuestra amistad no sólo se ha consolidado sino que ha crecido. Un viaje magnífico y siete amigos mejores que antes: es un balance estupendo. (¿Qué a quién descuento? Pues a Merche y a mí mismo, que, entre nosotros, somos más que amigos ¿vale?) No me gusta nunca hacer estas valoraciones antes de que haya terminado el viaje del todo, pero mucho tendría que estropearse la cosa para que variara sustancialmente ese balance tan positivo. Y, en cualquier caso, pensamiento tan satisfactorio ya no me lo quita nadie.

Este duermevela ha venido propiciado por el hecho de que hoy tampoco nos apremiaba ningún horario impuesto desde fuera y, en sana consecuencia, no hemos madrugado. Consideramos ayer que, con salir a eso de las 10 h hacia San Telmo, ya era suficiente. Y lo era. A esa hora de un domingo como hoy, había muy poca gente por la calle. Nos hemos detenido frente al 172 de Bernardo Irigoyen – nombre de la acera de la avenida 9 de Julio que sigue a Carlos Pellegrini - porque en la jamba de una de las puertas una placa en bronce decía CLUB ESPAÑOL. Se trata de un elegante edificio de cuatro plantas y rasgos modernistas en la construcción. Llama la atención en su fachada el triple balcón con arcos de herradura cuyo intradós está decorado con mosaicos y que arrancan de un friso de bajorrelieves en bronce que recorre la fachada de lado a lado. Son muy llamativas las esculturas que jalonan el balcón del tercer piso y la de una especie de genio alado o mercurio que remata la cúpula del edificio. Es también espectacular la balconada de la triple ventana del primer piso.

Mientras nos fijábamos en todos estos detalles del Club Español, Ángel ha pegado la hebra con un señor mayor que parece estar abriendo un kiosco de prensa vecino. Confiesa 83 años y haber nacido en España, en Asturias concretamente. Da una larga cambiada sobre las circunstancias de la emigración de su familia – seguramente forzada no sólo por razones económicas – y pasa a hablarnos de su estado de forma. “Es debido, sin duda, a que nunca me excedí en nada – esboza una sonrisa pícara – y a que, hasta el día de hoy, siempre hice deporte”. Parece uno de esos tipos positivos a los que los años corresponden inyectándoles vitalidad. Nos despedimos de él con el cariño que seguramente merece y seguimos nuestro camino.

Tomamos a la izquierda la calle Belgrano y torcemos a la derecha al llegar a Defensa. Al fondo de esta calle se encuentra la Plaza Dorrego, corazón de San Telmo. Apenas iniciada, Defensa comienza a poblarse de tenderetes mercadilleros de variada oferta y condición. Se agradece que, de vez en cuando, la propuesta estrictamente mercantil se combine con otras de índole más artística y divertida: el tipo que decora en vivo enormes vainas de semillas de un árbol tropical; la muchacha que tañe una de esas enormes trompas tibetanas; el hombre sin rostro que se esconde tras la enorme pechera de su traje sobre la que flotan unas gafas y un sombrero; la chica que arranca música de exquisita suavidad a un extraño instrumento con forma de enorme lenteja metálica llamado Hang; el señor que escenifica con su marioneta de borracho desesperado un desgarrado tango porteño; la provecta pareja de bailarines de tango que acompasan sus años y sus kilos al ritmo de los más clásicos tangos de Gardel; el vendedor ambulante de zumos de naranja, que exprime ante los ojos del comprador con un artilugio semejante al que había en el hostel Che Lagarto de Iguazú; los inditos vestidos de ídem que tañen con sus flautas y quenas antiguas melodías andinas; los tercetos o cuartetos de viento que llenan la calle de melodías de Nueva Orleans y los hombres-estatua que, cuando alguien les arroja una moneda, chirrían o abren los ojos o te saludan con el sombrero de paja.

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Entre tanto divertimento, las chicas han ido llevando a cabo un minucioso y concienzudo estudio del mercado santelmino de piedras semipreciosas, con resultado de compra de una serie de semichollos con los que agasajar, a la vuelta a España, a “n” miembros de la familia. ¿Qué sería de nosotros sin estas humanas providencias que remediaran nuestro natural olvidadizo y malqueda? ¿Cómo íbamos a superar, ya en Zaragoza, la frustración derivada de comprobar que nos habían sobrado unos pesos argentinos - en calderilla, para colmo, muchos de ellos – que ningún banco iba a aceptar? Tengo que hacer partícipes a mis compañeros de expedición varones de estas sencillas y tan sensatas consideraciones en las que tal 133B vez no hayan parado mientes. Debéis considerar, dilectísimos camaradas, que plantearse estas cuestiones elimina, al menos y directamente, el riesgo de tensión que llevan aparejado otras consideraciones poco meditadas del tipo “¡Vaya chatarra que has comprado!” o “Tendrás que adoptar algún primo para regalarle esto” o bien “¿Otros pendientes? Ya no quedan orejas desnudas en España”. El único problema objetivo y verdadero de este mercadeo es que ha de realizarse a pleno sol y sin el mínimo consuelo de una cervecita patagónica, por ejemplo. Lo pongo en consideración de nuestras estudiosas de mercado y, con prontitud y buen ánimo – he de decirlo -, pasamos a cubierto para tomar un refrigerio en el barcito más próximo. ¡Hermosa combinación de consumo piedrosemipreciosista y consumo cervecero! Planteados así los viajes, tienen que salir bien como le está ocurriendo al nuestro ¿no os parece? Una vez satisfechas nuestras seminecesidades, nos ponemos en marcha para acercarnos a tomar nuestro pic-nic en la zona de Puerto Madero, reponer fuerzas y lanzarnos con nuevos ánimos a la gran empresa vespertina denominable “Asalto a Galerías Pacífico”. La impaciencia nos/les puede y, sin mucho tardar, nos encontramos en busca de la manzana comprendida entre Avda. Córdoba y las calles Florida, Viamonte y San Martín que es el enorme espacio que ocupan tales Galerías. Este grandioso edificio, declarado Monumento Histórico Nacional en 1989, fue proyectado un siglo antes, en 1888, y terminado diez años después, en 1898. Inspirado en la Galería Vittorio Emanuele II de Milán, ha tenido usos muy variados a lo largo de su historia hasta convertirse en este enorme Centro fundamentalmente comercial pero que alberga espléndidas salas de exposiciones, un teatro, la Escuela de Danza de Julio Bocca y el Centro Cultural Borges.

Pese a lo que pueda deducirse de mis comentarios anteriores, la intención de los seis del grupo en esta visita es fundamentalmente turística. Recorremos los cuatro enormes pasillos que se cruzan en el centro, provenientes de las cuatro calles y después la zona de la magnífica cúpula decorada con murales de pintores argentinos. Subimos a la parte alta y visitamos allí una exposición de fotografía de Antonio Banderas y otra de pintura en la sala aneja. Como Merche y yo habíamos aplazado hasta hoy la adquisición de unos regalos para nuestros hijos, nos desgajamos del grupo y, con rapidez, cerramos el capítulo compras. Tras estos y otros leves escarceos compradores, tomamos un refrigerio en un bar instalado en los bajos de Galerías Pacifico y hacemos planes para nuestra última cena, poco apostólica ella, porque no vamos a ser más que seis. Pensamos en cenar en un italiano y aceptamos la sugerencia de Marga de ir al Filo-Art porque viene recomendado por la misma persona que aconsejó El Gaucho y porque está situado en la calle San Martín, a solo cuatro o cinco cuadras de donde estamos.

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El Filo-Art resulta ser, efectivamente, un buen restaurante italiano en el que, además de la calidad de lo servido, tienen el buen gusto de evitar, a la hora de la comanda, que pidamos cantidades excesivas de cena.

Regresamos hacia el hotel, pero dando un pequeño rodeo por la plaza San Martín y Avda. Santa Fe hasta 9 de Julio. Y de allí al hotel. Cuando ya a la puerta Merche y Mariluz me han propuesto no retirarnos todavía y despedir las noches bonaerenses con un paseíto final, yo acepto con la sola condición de hacerlo sin las bolsas de compras que cargo y sin el macuto de mi uniforme de turista.

Ya liberado de estas impedimentas que eran más bien impedimentos, salimos y decidimos recorrer 9 de Julio por la acera Cerrito hasta el teatro Colón y regresar. Hace una noche estupenda y no encontramos gente en tropel, como durante el día, más que a la entrada de un teatro: se aglomeraban a su puerta decenas de hombres y mujeres, con pintas de centroeuopeos, ataviados con trajes negros acompañados de complementos (pañuelos, fajines,…) de color rojo. Parece que se trataba de un grupo que había participado en un concurso de tango. Rebasado este tramo tan concurrido, el resto del recorrido es anormalmente tranquilo. A la altura del teatro Colón, cruzamos, en dos etapas, la avenida hacia Carlos Pellegrini. Al dejarlo atrás, íbamos lamentando otra vez no haber podido visitar el Colón.

Dos cuadras antes del hotel, íbamos distraídos con la deliberación de si las gotas que nos habían caído serían lluvia o producto de las emisiones de algún aparato de aire acondicionado, cuando he oído los lamentos de Mariluz. Me vuelvo y la veo con las manos en el cuello y gritando “Me han robado mi cadena de oro”. Todavía puedo ver a tres chavales jóvenes que, corriendo como gamos, volvían la esquina de Diagonal Norte. No me da tiempo más que… para mentarles a la madre. ¡Vaya consuelo! Atendemos a Mariluz que esta bastante nerviosa y nos cuenta que un rato antes los había visto parados en la calle y le había llamado la atención con que la observaba uno de ellos mientras los otros – ahora lo entendía – disimulaban. No le han hecho daño físico: parece que, en un alarde de “profesionalidad”, han conseguido desabrocharle el cierre de la cadena para llevársela, vamos, que no se la han arrancado.

Nos metemos al hotel y nos vamos a dormir. Al despedirla, pensamos que nuestra amiga, seguramente no va a dormir bien. Días después nos confesará que, al llegar a la habitación, se había echado a llorar de rabia e impotencia y luego había dormido medianamente mal.

Antes de dormirme, he recordado que esta mañana en el duermevela quizás me había precipitado al considerar que este viaje nuestro iba a ser perfecto. Al parecer, la condición humana de este viaje ha acabado por imponer una imperfección, la que ha padecido Mariluz. Qué le vamos a hacer: definitivamente nada es totalmente perfecto.

 

Y día 10.-   … Y CIERRE

Cuando tomamos el avión en Madrid el pasado día 9 de diciembre, parecía que el de hoy quedaba tan lejos…Pues bien, ya ha llegado y estamos de cierre, de resultas.

Pero, antes de eso, es un día de celebración porque hoy cumple años Mª Ángeles, nuestra querida compañera de TODO el viaje. Así que, al llegar al comedor a la hora del desayuno, hemos procedido a darle una buena tanda de besos. Como estábamos en mesas distintas y Marga y Mariluz todavía no habían llegado, hemos dejado lo del “Cumpleaños feliz” para la comida.

Les hemos comentado a nuestros “ángeles” lo que le ocurrió anoche a Mariluz porque ellos no se habían enterado, claro. Hemos considerado que sería conveniente que ella presentara una denuncia en comisaría; y eso era lo primero que tendríamos que hacer hoy. Cuando ha llegado a desayunar, Mariluz nos ha dicho que sí pensaba en lo de la denuncia que luego le iban a exigir en cualquier reclamación al seguro.

Lo dicho, un día de resultas. Porque, además de la tramitación de la denuncia, tenemos que pasar por Aerolíneas Argentinas para aclarar el asunto de la maleta que le estropearon a Merche en el vuelo Calafate-Ushuaia. Y conviene que hablemos con Fernando, el de la agencia Fuera de Ruta, para ver si nos facilita transporte al aeropuerto a buen precio.

Solucionamos esto en primer lugar: pasará un microbús a recogernos a las 17 h. El tal Fernando se interesa por hablar con nosotros y quedamos en acercarnos después de que hayamos solucionado lo de la denuncia. 

Nos ponemos en marcha hacia la comisaría competente que se encuentra en la calle Tucumán. Al cruzar la plaza Lavalle, nos sorprende la instalación escultórica A toda orquesta. Consiste en una buena cantidad de atriles de músico que en vez de las partituras contienen rectángulos de césped sobre los que revolotean nutridas bandadas de palomas. En la misma plaza, hay además otros dos monumentos escultóricos – estos muy clásicos - uno al General Lavalle, epónimo de la plaza, y otro al del Ballet Nacional. Los recuerdos de la orquesta y el ballet parecen acusar la proximidad del Teatro Colón cuya puerta principal da a esta plaza.

136A 136C

Rebasado el Palacio de Justicia, y dos o tres cuadras más allá, encontramos la comisaría. Nada más entrar, le comento a Merche que me recuerda a la antigua comisaría de Delicias en la plaza Huesca de Zaragoza: el mismo aire de covachuela administrativa, el mostrador tras el que se agolpan dos o tres funcionarios que redactan denuncias o informes en confuso aglomerado,… Lo único en que esta comisaría aventaja a aquella de Delicias es la presencia de una agente de policía muy guapa y bien plantada que, además, se muestra muy amable con el ciudadano al que atiende. En los funcionarios de mi recuerdo una especie de gruñido malhumorado sustituye al rostro, que sin duda no era memorable, como rasgo identificador.

136B Un agente atiende relativamente pronto a Mariluz. No sabemos si es debido a la pormenorizada narración de nuestra amiga o a problemas de redacción por parte del agente, pero la presentación de la denuncia se dilata notablemente en el tiempo. Consumado el trámite, marchamos en dirección a la agencia Fuera de Ruta en la calle San Martín. Antes de abandonar Tucumán, alguna de aquellas putas palomas melómanas que sobrevolaban atriles en la plaza Lavalle decide marcar con sus excrementos mi cabeza y espalda. La consistencia del “proyectil” y la intervención rápida de mis compañeras de viaje minimizan pronto los efectos de la… hazaña. “Son unas bestias odiosas”, se solidariza conmigo un paisano desde la puerta de una tienda. Agradezco con una sonrisa la declaración com-pasiva de ese que, sin duda, es otro damnificado de las ratas con alas que el vulgo conoce con el pomposo nombre de palomas. Damos rápidamente con las oficinas de Fuera de Ruta. Nos atiende con extrema amabilidad el tal Fernando que resulta ser un jovencito de treinta y pocos años, una criatura. Encaja con buen ánimo las críticas – no muchas – que presentamos a la organización del viaje y se ofrece para lo que nos interese a partir de ahora. A petición nuestra, nos indica dónde se encuentran las oficinas centrales de Aerolíneas Argentinas y nos despedimos. Realizada la gestión en Aerolíneas, tomamos el subte que, haciendo trasbordo en Diagonal Norte, nos lleva hasta el barrio de Palermo que a Mariluz le apetecía volver a visitar. Nos apeamos en Scalabrini Ortiz y seguimos la calle del mismo nombre con la intención de llegar a la plaza Cortázar. Según caminamos, nos vamos dando cuenta de que se nos está haciendo tarde y tal vez no lleguemos hasta allí. Decidimos por fin buscar un sitio donde comer por la plaza Campaña del Desierto. Elegimos un restaurante a sugerencia de una vecina a la que consultamos.

Pedimos nuestros menús y Mª Ángeles nos invita al vino y a una bandeja de aperitivos que casi nos deja fuera de juego. Los invitados por ella tenemos que apuntarnos aquí un fallo lamentable: ni durante la comida ni a los postres, como venía siendo costumbre en otros cumpleaños, nos hemos acordado de cantarle a la homenajeanda (la que debía haber sido homenajeada) el “Cumpleaños feliz” de rigor. Esperamos que Mª Ángeles, con su bondad habitual, habrá sabido perdonarnos. Todo fue por culpa del chico alemán ese… que nos esconde las cosas.

Con una cierta preocupación por la hora, tomamos el subte y nos presentamos rápidamente en el comienzo de Avda, de Mayo y en el hotel. Lo único que nos queda por hacer es reclamar los equipajes que hemos dejado esta mañana en la consigna del Gran Argentino y esperar a que nos transporten al aeropuerto Eceiza.

Los retrasos y la morosidad serán la nota común de las horas que nos quedan en Buenos Aires. El microbús llega con una curiosa impuntualidad: justo media hora tarde. El conductor se excusa con que le han indicado mal la hora (¿?). En Eceiza hacemos pronto el check in. En los paneles de salidas del aeropuerto, nuestro vuelo no parece llevar retraso. Todos contentos. Hasta que nos ponemos a pasar los trámites de aduana y aquello se convierte en el cuento de nunca acabar. Resultado: salimos de Buenos Aires con una hora de retraso.

A la hora de arrancarnos de esta tierra, se nos viene a la boca la letra trucada de aquel tango “Ay mi Argentina querida ¿cuándo te volveré a ver?” Tal vez nunca, pero ¡cuánto me has hecho disfrutar!

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Hora final un tanto triste para un viaje absolutamente maravilloso que no creo que olvidemos nunca ninguno de los nueve componentes el GRUPO PATAGONIA 2010. De mí sé decir que lo atesoraré para siempre en mi memoria como la experiencia gozosa y placentera que me han aportado, por un lado, la hermosura casi inexplicable de los fabulosos lugares que hemos conocido y admirado y, por otro, la convivencia con un grupo humano impar en la que no han hecho mella treintaitantos días de compartirlo todo, a veces hasta la habitación. Las ocasiones en que he narrado a amigos y familia las excelencias de nuestro viaje por tierras de la Argentina y Chile, me he dado cuenta que a todos admiraba casi por igual la excelencia de los lugares visitados y la de la amistad que nos ha hecho convivir en perfecta armonía a 9 personas durante 32 días.

MARAVILLOSO VIAJE Y ¡¡¡ VAYA DISFRUTE !!!

 
 

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