Viaje a la Argentina (9)

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 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

Día 4.-    EL TRENECITO FIN DEL MUNDO

Cuando abro la ventana al despertar, se me confirman los malos augurios meteorológicos que adelantaba la noche: las dos veces que me despertado la lluvia azotaba con saña los cristales de la ventana. Ahora no llueve pero una densa niebla dificulta la visión incluso de los pisos altos de la Posada Fueguina.  

En el desayuno, observamos una peculiaridad de este hotel que nos ha sorprendido: la dueña se constituye en camarera y reparte los alimentos que lo componen, o sea, que controla absolutamente este desayuno que deja de ser un buffet libre para convertirse en un buffet… en libertad vigilada. Hay que reconocer que te sirve todo lo que le pidas y las veces que lo solicites, que, si alguien se desmanda (como Marga) y comienza a servirse, no se lo recrimina, pero, lo desees o no, ahí tienes a la… Rotenmeyer controlándolo todo con su presencia casi…divina.109 A propósito de este asunto, quiero compartir con los lectores de estas notas un hallazgo que he hecho en Internet y que puede ayudarme a describir la personalidad de nuestra omnipresente…

(Los encuadrados son míos. A que está bien, con su foto y todo)

Por lo que voy viendo, creo que, efectivamente, es una mujer eficaz y controladora, una “gerenta” sobresaliente y solvente (obsérvese la incoherencia de “feminizar” la palabra gerente y no los adjetivos que la acompañan a pesar de su idéntica morfología; de ahí mi entrecomillado). Desde luego, si a su gestión se debe, hay que reconocerle que el mantenimiento, el orden y la limpieza de este hotel son exquisitos. Y, volviendo a donde estábamos, el control del desayuno, total (o casi, porque los aguerridos aprovisionadores del grupo siguen cumpliendo sus funciones con solvencia cuando es preciso).

Como observo que hoy, al escribir, se me está disparando el registro digresivo, pido perdón y licencia para una nueva… digresión. Me estaba acordando, al meter esta cuña descriptiva, de un espectáculo de Cuentacuentos al que asistí en Jaca. Se titulaba Por cierto debido a que el contador iba narrando una historia y, de pronto, decía: “Por cierto, que este tío mío era…”; contaba lo del tío y regresaba a la historia que, al poco volvería a interrumpir una y otra vez con sucesivos “Por cierto”.

Prometo que este mío será el último.

Desde el salón donde desayunábamos, el paisaje estaba si no borrado, escondido tras una tupida niebla que, eso sí, era cada vez más… luminosa, como si la capa de nubes se fuera haciendo menos gruesa por momentos. (Se me ocurre pensar en aquello de la realidad y el deseo pero… no voy a “digredir” más) Lo cierto es que el panorama no provoca demasiadas alegrías.

Nuestro programa de viaje dice que hoy vamos a visitar el Parque Nacional de Tierra de Fuego. Tememos que se nos convierta en Parque Nacional de Tierra de Niebla pero subimos con diligencia al microbús cuando este pasa a recogernos. Lo hace con un poco de retraso porque volvemos a ser casi los últimos en la recogida.

La guía, solo cuando ha completado el aforo, se nos presenta como Mariluz. Dentro de un rato, no por maldad – lo juro – sino por distinguirla de nuestra Mariluz y un poco, eso sí, por ajustar su nombre a la realidad, le adjudico el sobrenombre de Marisombras. Sus mayores luces parecen ser las que le otorga su capacidad de comunicarse en alemán con unos turistas de esa procedencia que completan la expedición. Sus comentarios, además de escasos, son bastante deslucidos (des-luz-idos) y carentes de interés. Versiones más o menos legendarias sobre el nombre de esta isla – que lo es – de Tierra de Fuego o sobre el del río Pipo – un prisionero que casi consiguió escapar del penal y la isla– y comentarios profundos para turistas tan interesantes como que acabamos de pasar ¡cerca del campo de golf más austral del mundo! que tiene solo 9 hoyos que se han de repetir para completar un recorrido.

A nosotros nos cansan por archirepetidas las explicaciones sobre flora: los ñires y lengas, de la familia de los notofagus, el origen del llao-llao que aquí llaman “pan del indio”, el carácter parasitario de lo llamados “farolillos chinos”, etc…  

Tienen más interés sus referencia a los orígenes de Ushuaia como colonia penitenciaria o a los primitivos pobladores de estas tierras, los Ona y los Yámanas, (=“gentes de mar”) y a sus ancestrales costumbres - aunque evita aludir a su práctica aniquilación a manos no españolas sino criollas -.

La mejor parte de este recorrido es que ¡va levantando la niebla! y, cuando llegamos a la estación111A de donde parte el llamado Tren del Fin del Mundo, brilla el sol aunque todavía con intervalos. La primera impresión de encontrarnos en un lugar de turisteo multitudinario está potenciada, sin duda, por la exasperante lentitud de quienes, en dos taquillas (aquí “boleterías”), cobran la entrada al Parque y el billete del Tren. Lo cierto es que, cuando nos concentramos en la sala de espera, tampoco somos tantos. En esa sala tenemos Merche y yo un encuentro completamente inesperable. Como la cara de una señora que hacía fila cerca de nosotros me sonaba bastante y se lo he hecho saber a Merche. Ella me ha contestado que el acompañante de esa señora sí tenía un gran parecido con José Luis Rueda, el hermano de nuestro cuñado Miguel. Tanto parecido que ¡eran ellos!, el hermano y la cuñada de Miguel, a los que hacía años que no veíamos en España. Frecuentes sorpresas de los viajes. En esa sala, amén de un maniquí vestido de presidiario de tebeo, podemos ver fotos – cuya información se completará luego con la de la megafonía del trenecito - de cuál y cómo fue el uso primero de aquel tren, muy distinto de este en que vamos a viajar: los presos primero lo construyeron sobre un terreno inhóspito ( pantanoso a tramos y nevado buena parte del año) y con medios muy primitivos; después lo utilizaron para desplazarse a talar árboles, sentados en las mismas plataformas en que se transportaba la madera, tala que había de servir para construir penal y ciudad.Subimos al tren. Después de los paisajes a que nos hemos viciado en Iguazú, Bariloche o Torres del Paine este, como mucho, nos parece un… lugar agradable, un locus amoenus que diría el clásico: río tranquilo que avanza en meandros, suaves prados en que pastan pequeñas partidas de caballos, extensas turberas de clores dorados- aquí prefieren la forma masculina “turbales” -, bosques en las laderas y tocones más o menos altos de árboles talados en las llanadas,… Parece ser que los presos talaban siempre los árboles a ras de suelo, estuviera nevado o no, y que es ese el motivo de que unos tocones sean más altos que otros.

Cruzamos el río Pipo por el Puente Quemado –del quemado quedan allí restos -, llegamos hasta la estación Macarena y nos apeamos. Por megafonía explican que el motivo es el posible paseo hasta el bello Salto Macarena. Allá que vamos. Seguramente en nuestra ausencia, se cruza en esa estación el tren en que viajamos con el que regresa. Esa sería, al menos, una buena explicación para la parada porque la contemplación del Salto, que, este sí, merecería el nombre de “chorrillo”,… no la justifica. Al volver al tren, me cruzo con José Luis Rueda que me dice, muy patriota: “Y ¿qué harían estos si tuvieran aquí el Monasterio de Piedra?” Razón no le falta.

En un meandro del río han reconstruido (¿inventado?) un asentamiento de los indios yámana. Lo vemos de lejos y partimos. En el viaje de regreso, salimos en seguida del Parque Nacional y llegamos a término.

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Subimos al bus con Marisombras que nos va a acompañar hasta la bahía Lapataia. Antes de llegar a ese punto extremo de la geografía argentina, vamos a pasar y pasear por la zona del lago Acigami (“cesto alargado”, en yámana). Este lago tiene como fondo los Cerros Cóndor y Guanaco y está dividido entre Argentina y Chile. La parte argentina, protegida toda ella por el estatuto del Parque Nacional Tierra de Fuego, ha sido rebautizada con el nombre del Lago Roca y en correspondencia la parte chilena se llama Lago Errázuriz: Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz fueron los presidentes que firmaron el tratado de Límites de 1899 por el que se partió en dos el lago Acigami.

Desde el lago nos trasladamos a pie a una especie de albergue que ofrece, en una parrilla al aire 112 libre, raciones de choripán, bocadillos de chorizo argentino entre pan. Conscientes de que nos han traído hasta aquí con la sola finalidad de que consumamos, muchos de nosotros nos metemos entre pecho y espalda un choripán calentito y un poco picante que reconforta y anima. Volvemos al autobús para llegar hasta la hermosa bahía de Lapataia. Ahí encontramos un cartel que indica que este punto se encuentra 3.074 km de Buenos Aires. Seguimos las pasarelas elevadas sobre el suelo pantanoso que nos conducen hasta el punto más alejado al que está permitido acceder. Es una vista soberbia la que se divisa desde ahí. A la pregunta de uno de los viajeros sobre si las tierras que se ven totalmente al sur, a lo lejos, son ya la Antártida, Marinsombras contesta casi dolorida con un seco “No, aquello es Chile”. Pasamos luego un buen rato consultando con nuestra guía un mapa de la zona en que nos va señalando los lugares que avistamos desde allí. Es un buen detalle por su parte. Y regresamos a Ushuaia. Tras un ligero descanso, recorremos el hotel, hacemos uso de su wifi para hablar con la familia y comprobamos una vez más su perfecto estado de conservación que en ese momento, por cierto, está cuidando un muchacho que, brocha en mano, repinta los pequeñísimos desconchones que han aparecido el las paredes del patio inferior al que dan nuestras habitaciones. No se trataba, pues, de un milagro sino del cuidado extremo de nuestra “gerenta” y su marido. Un detalle, por cierto, de los adornos florales: me acabo de dar cuenta – las chicas ya se habían apercibido antes – de que las florecitas que adornan el exterior del hotel (delante del alféizar de cada ventana, en jardineras sobre las barandillas, etc…) ¡son de tela! Claro, así que no se ve ni una sola mustia ni ajada. Doña Abril no lo soportaría.

Hay que aprovechar la tarde y hemos pensado, para ello, en subir hasta el glaciar Martial que está cerca de Ushuaia. De modo que nos acercamos a una parada de taxis que hay frente al puerto y pedimos-ofrecemos el precio que nos han dicho en turismo que es el normal. Llegamos a un rápido acuerdo y salimos hacia el glaciar. El taxi nos deja al pie de un telesilla que nos subirá casi al pie del Martial. Nos avisan de que la hora tope para regresar en el telesilla son las 17.30. Calculamos que puede darnos tiempo incluso para subir hasta el mismo glaciar, si alguien lo desea. Subimos en dicho telesilla y tres valientes (Isabel P., Ángel y Mariluz) deciden subir hasta el pie mismo del glaciar que no se alcanza a simple vista. Los demás decidimos subir hasta media cuesta desde donde ya se puede tener una magnífica vista de Ushuaia, su bahía y su aeropuerto nuevo asomándose al canal Beagle. Cumpliendo el horario previsto, regresamos al punto de partida.

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Aprovechando la espléndida tarde con que Ushuaia nos regala, damos después un largo paseo por los puertos, comercial y deportivo, y nos acercamos hasta la dársena de la Armada. No tenemos más remedio que comentar la fealdad de las embarcaciones militares; pensamos que sus colores oscuros y monótonos tenían explicación cuando la ocultación de los barcos a la observación del enemigo exigía color(es) que pasaran desapercibidos, pero que, desde que se inventó el radar… En contraste con estos, los barcos del puerto deportivo y los enormes cruceros atracados en el muelle ponían una nota vivísima de colores brillantes y variados. Y, si volvemos la vista al otro lado, se nos alegran los ojos con la contemplación del Cero Olivia y el Cerro Cinco Hermanos rematando el horizonte.

Isabel P. y Enrique comentan durante el paseo que ayer, buscando el restaurante Chichos encontraron otro que se llamaba Chico o algo así, que parecía tener mucha aceptación. Tomamos la determinación de cenar en él y así poder comparar. Nos han hablado también de otro llamado Tía Elvira que debe estar muy bien, pero será para otro día.

Como ya nos encontramos enfrente del Museo Marítimo (así figura en los planos la antigua prisión de Ushuaia en uno de cuyos pabellones se ha instalado ahora el tal museo), planeamos visitar la cárcel el último día y acercarnos a cenar ya en ese restaurante chileno de nombre Chico (¿?) que se encuentra muy cerca de allí.

Damos pronto con él y avisamos a Pilar y Chema del lugar de la cena. Van a acudir para cenar y despedirse porque ellos regresan ya a España. Cuando llegan encargamos cena y… esperamos mucho rato a que nos la sirvan. Lo que nos sirven está bueno pero no llega a la calidad de lo de ayer, ni la comida ni el servicio. Pero, como el ambiente es bueno y el tono vital alto por las cervezas que nos hemos “visto obligados” a consumir antes de la cena, todo resulta tan ricamente. Nos comentan Pilar y Chema los problemas por los que han pasado esta mañana, antes de zarpar del puerto, porque había tal niebla que el capitán no estaba dispuesto a hacerlo si no levantaba. Es la excursión que, en principio, haremos nosotros mañana. Han llegado por el canal Beagle hasta las inmediaciones de islotes donde han avistado pingüinos, cormoranes y lobos marinos. No han desembarcado en ninguna pingüinera como parecía sugerir el plan de viaje de la agencia: “Tal vez – disculpa el bueno de Chema – éramos demasiada gente para hacerlo”. Su amena exposición nos ha puesto en ganas de realizar ese viaje.

Despedimos con el cariño que se merecen a Pilar y Chema, recientes incorporaciones a nuestra lista de buenos amigos. Nos veremos en Zaragoza. 

 

Día 5.-   UN DÍA DE SORPRESAS

 Una vez desayunados bajo la férula de nuestra “gerenta” - que, siendo justos, hemos de reconocer que día a día se va mostrando más cercana y amable - salimos a esperar el microbús que nos llevará al puerto. La programación de la agencia dice: “Zarparemos del muelle turístico con dirección Sudeste, navegando las aguas de la Bahía de Ushuaia… “La primera sorpresa es que de la furgoneta, que en la portezuela lleva el logo no de Rumbo Sur sino de CANAL (¿?), se apea un muchachote con rastas y vestido con aire muy campero en lugar del habitual guía bienvestido. Pregunta muy sonriente: “¿Ruiz Budria por nueve?” - pronuncia Budria como bisílabo – Y nos invita a tomar asiento. Se nos presentan Agustín y Leo, guía y conductor. Explica Agustín que vamos a recoger a dos parejas más y que luego haremos una parada para enganchar un remolque en que transportaremos ¡una zodiac! Nos miramos entre nosotros con ojos de extrañeza que va en aumento cuando nos añade que vamos a remar por un río de nombre muy raro y por el canal Beagle para acercarnos a una isla… “¿Pero lo de remar no era mañana?” – me pregunta Enrique. Yo asiento. Todos estamos extrañados pero, como el plan parece muy agradable, asumimos con gusto la sorpresa.

Con la compañía de una pareja canadiense y otra brasileña, que se han incorporado a la expedición, salimos de Ushuaia por la ruta 3 hacia el valle de Carabajal. Dejamos a la izquierda extensísimas turberas con sus colores dorados una de las cuales, según nos explica Agustín, está en explotación y las otras protegidas. Nos desviamos de la carretera para tomar la pista de “ripio” del valle. Poco después comienza un espectáculo al que no me acostumbro pese a que lo he tenido delante ya en varias ocasiones en estas tierras del sur: el de bosques con el suelo atestado de árboles caídos. Hace unos días nos explicaron que la política forestal argentina imponía no retirarlos para potenciar la formación natural de un sustrato más rico y profundo en los bosques. Parece que en estas tierras el sustrato no rocoso del bosque es muy poco profundo lo cual, además, provoca que los árboles, al tener raíces muy someras, cuando se hacen muy altos y los azotan vientos huracanados - o sea, patagónicos - caen arrancando un cepellón muy superficial. Se ven, ciertamente, muchos ejemplos de eso.

Lo que ocurre es que, en este bosque del Carabajal, la cantidad de árboles caídos – arrancados con su cepellón o tronchados – compone a tramos una estampa… apocalíptica. Se lo comento a Agustín y él nos aclara que hace unos días azotó esta región un viento violentísimo que arrancó muchos árboles y partió otros como si fueran una cerilla. Observamos que, efectivamente, hay árboles caídos o recostados a media caída en los vecinos, que todavía conservan hojas verdes aunque ajadas y gruesos troncos tronchados que muestran, en su irregular corte, madera todavía no oxidada por la intemperie.

Afortunadamente para estos bosques, esta tierra es húmeda. De lo contrario, con el viento que aquí sopla y este sotobosque lleno de madera seca, los incendios serían frecuentísimos y arrasadores.

Agustín nos explica que ya hemos entrado en territorio de la Estancia Harberton que incluye también el islote de los lobos, la pingüinera y la isla Gable. Bromea sobre el negocio que se le vino a las manos al estanciero Harberton cuando los pingüinos se asentaron en la isla Martillo: ahora, sentadito en su salón nos cobrará por desembarcar en la pingüinera. O sea que vamos a desembarcar y a estar al lado de los pingüinos. ¡Muy bien!

Leo para la furgoneta cerca de la orilla de un río, el Larsiphasek o Lashifashaj – según de dónde copies el nombre – y ambos nos animan a que les ayudemos a bajar la zodiac del remolque y a que procedamos a equiparnos con las botas, chaleco y remos que vamos a necesitar para nuestra navegación a remo. Una vez preparados, Leo nos da instrucciones sobre cómo debemos usar los remos – movimiento, sincronización -. Cargamos con la zodiac hasta el agua y embarcamos. Leo nos distribuye a cinco en cada lado y a mí me toca el puesto de proa a babor. Tres quedan de suplentes en medio y él se coloca de timonel.

Con una juerga impresionante, comienza la navegación. Leo se revela como un tipo divertido que ironiza sobre sus remeros mientras deshace los entuertos que provocamos con nuestros movimientos discordes. Pero, mal que bien y a favor de la corriente, avanzamos. Después de un buen rato que, divertidos como estamos nos parece corto, llegamos a un punto en que Leo nos explica que vamos a parar porque el canal Beagle, al que vamos, está apenas a 40 m. Pero el río, haciendo un meandro en paralelo, desemboca en el canal bastante más allá.

Así que desembarcamos, cargamos con la zodiac y atravesamos la lengua de tierra que nos separa del canal. Ya en la orilla Agustín nos indica que aquello que se ve al otro lado del canal es la población chilena de Puerto Wilson. Inmediatamente alguien le replica: “Pero ¿no decís los argentinos que Ushuaia es la ciudad más austral?” Él contesta rápido con una sonrisa simpática: “Y eso es cierto: Puerto Wilson es un pueblecito no más”.

116A Y zarpamos de nuevo en dirección a una isla que – nos dicen -tiene una buena colonia de cormoranes y de lobos marinos. Afortunadamente el Beagle está como una balsa de aceite y nosotros ya remamos… menos malamente, porque aquí no hay corriente que nos empuje como en el río. Antes de llegar a la isla, cruzamos un banco de algas; lo que nos faltaba. Por fin vemos el islote ya cerca y Leo nos anima a guardar silencio o a hablar muy bajito: los animales se pueden espantar. Como la zodiac no tiene problemas de encallar, nos acercamos muchísimo al islote. Es una maravilla ver, sobre todo, a los lobos que, en algunos casos, han sabido retrepar sus corpachones tan torpes en tierra hasta rocas bien altas. Dos de ellos se lanzan al agua y allí los podemos ver evolucionar con soltura y ligereza: sacan los cabezas ¿espiándonos? y luego se zambullen. En total son unos diez o doce. De cormoranes, en cambio, está lleno cada mínimo hueco del acantilado donde han anidado. Alguno de ellos dibuja su elegante silueta en todo lo alto. Tomo también foto de un lobo marino que, subido a una roca y alzando su hocico hacia el cielo, compone una bella estampa. Tras hacer pequeños trayectos lentos por delante del islote, ponemos proa a tierra.

Cuando desembarcamos, nos encontramos con un par de agradables sorpresas preparadas por Agustín, que se había quedado en tierra: la primera es que encontramos todos nuestros zapatos y116B 116C zapatillas perfectamente alineados al sol al lado del minibús y calentitos; la segunda, que nos obsequia con un vasito de caldo caliente entre bromas sobre las horas de sueño que ha perdido para elaborar guiso tan costoso. El minibús nos acerca, una vez repuestos por dentro y por fuera, a la Estancia Harberton. En su muelle nos espera una barca fuera borda que – menos mal – va a ser la que nos traslade a la pingüinera de isla Martillo. En pocos minutos esta vez – oh ventajas de la técnica – nos presentamos en esta isla.

Ya es una delicia ver, desde la barca, la playa toda llena de pingüinos tumbados o en pie, entrando y saliendo del agua, acicalándose con sus picos,… Estos son pingüinos de Magallanes, llamados así porque fueron descubiertos en el estrecho del mismo nombre. De unos 40 cm de altura, su cabeza es negra con un franja blanca que parte del ojo, rodea los oídos y la barbilla, para juntarse en la garganta. Presentan plumaje negro en el dorso y blanco en la parte delantera, con dos bandas negras entre cabeza y torso, la inferior en forma de herradura invertida.

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Cuando ponemos pie a tierra y podemos sentarnos en el suelo apenas a un metro de ellos el placer es ¿doble, triple? No sé, pero muy grande. Son tremendamente confiados y se nos habría ocurrido acariciarlos de no habernos avisado Leo de que, si lo hacíamos, quedaría nuestro olor en su piel, la manada los rechazaría y podrían llegar a morir. Es muy gracioso verlos caminar a nuestro lado con su torpe bamboleo.

Hay en el suelo una serie de troncos que delimitan la zona de tierra en que estos pingüinos horadan sus nidos en el suelo arenoso. Bordeando esta elemental empalizada, damos un rodeo en busca de otra colonia, esta de pingüinos Papúa. Se distinguen por su parche blanco en la parte alta de la cabeza detrás de los ojosy por su pico de color rojo intenso. Los adultos llegan a una estatura de unos 80 ó 90 cm y son los pingüinos más veloces bajo el agua: alcanzan los 36 km/h. A diferencia de los Magallanes, los Papúa hacen con piedrecitas nidos redondos sobre el suelo que luego cuidan con esmero ambos miembros de la pareja. Tal vez esperando algún descuido para robar sus huevos, sobrevuela el lugar un skúa o gaviota parda.

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Con el mismo cuidado que al descender de la barca, subimos a bordo y nos desplazamos hasta la isla Gable cuya soberanía se han disputado Argentina y Chile hasta 1984. Esta isla forma parte de la Estancia Harberton que en 1886 fue cedida por el gobierno al misionero Thomas Bridges con dos condiciones: que se nacionalizara argentino y que no la vendiera nunca porque en ese caso la propiedad revertiría a la Rep. Argentina.

La idea es cruzarla haciendo trekking y, a mitad de camino, detenernos a comer. Más pronto que tarde llegamos a una especie de cabaña con pintas de haber servido en tiempos de refugio para ganados y pastores. Es allí donde vamos a comer. Dentro de esa cabaña con suelo de tierra y paja, encontramos un grupo de tres mesas rústicas ya vestidas con manteles a cuadros. Unas ensaladas, aceitunas verdes, unos platos de embutidos y queso y un plato principal de pescado – dicen que es merluza – componen un menú del que damos cuenta con buen ánimo. Salimos después para hacer un buen recorrido por la isla conociendo su fauna y flora por las explicaciones de Agustín. Cuando llegamos a la costa, ya nos está esperando la barca de antes para llevarnos a la Estancia Harberton desde donde el minibús de esta mañana nos va a devolver a Ushuaia. De camino paramos en un paraje en el que se puede ver un grupo de árboles de esos que han sido deformados por el continuo azote del viento que durante años los ha agitado como una bandera y, por ello, reciben el nombre de abanderados.

Casi a las seis de la tarde regresamos al hotel muy satisfechos con la inesperada y variadísima jornada de hoy. Estamos todos de acuerdo en que Agustín y Leo, los dos guías de CANAL Fun & Nature, son dos estupendos profesionales y nos han hecho pasar un día excelente. Así se lo hacemos saber. Les preguntamos si serán ellos también los que nos acompañen mañana la excursión de los lagos Escondido y Fagnano. Nos dicen que no, que lo sienten pero que tienen otro servicio turístico con un grupo que “no será tan fantástico como ustedes”. Se agradece el cumplido, muchachos.

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Descansamos un poquito y en un par de horas estamos otra vez en marcha. Un ligero paseo nos da tiempo para elegir como lugar para la cena de hoy, que hemos comido fuerte, la cafetería restaurante Tante Sara en la que ya estuvimos con Pilar y Chema la otra noche. Unos estupendos bocadillos bien regados con jugo exprimido de naranja o cervecita patagónica completan el día gastronómico. Y la jornada total.

¡Hale, a subir a la Posada Fueguina!

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Día 6.-      EXCURSIÓN Y COMIDA EXTREMAS  

Son dos los 4x4 que vienen a recogernos para iniciar la excursión de hoy: nosotros 9 no hubiéramos cabido en uno. Así que Marga, Mariluz e Isabel P. pasan a completar el pasaje del segundo vehículo. Y nos ponemos en marcha. Sebastián, el conductor que nos ha tocado en suerte – después se verá que esto no es una simple frase -, se revela como un muchacho serio, no tan extrovertido como los guías de ayer, pero culto, discreto y trabajador.

Tomamos la misma ruta 3 que seguimos ayer en principio. Nos detenemos muy pronto y descendemos a ver un establecimiento de cría de perros de raza hashki que son utilizados en invierno para tirar de trineos en esas llanadas tan propicias para este deporte. Reanudamos el viaje. Dejamos atrás el desvío que ayer tomamos hacia la Estancia Harberton. Y llegamos hasta el Paso Garibaldi. Sebastián nos ha ido explicando la importancia que tuvo para toda la zona el trazado de una nueva carretera – la que vamos a seguir por la mañana - con pendientes menos pronunciadas y con firme asfaltado. Pararemos en el mirador de ese Paso porque desde allí hay una vista perfecta y simultánea de los dos lagos que vamos a visitar el día de hoy.

Nos paramos y, efectivamente, el panorama que se divisa desde el mirador es espectacular: justo debajo del mirador, el Lago Escondido del que sube haciendo zig-zags una pista de ripio que al parecer era la antigua “carretera”, y al fondo, casi en el horizonte, el Lago Fagnano o Kami (el nombre de Fagnano le fue impuesto en honor de un obispo salesiano de Tierra de Fuego, José Fagnano). Nos ha dicho el guía que se trata de dos lagos muy diferentes: el Escondido se orienta más o menos de norte a sur y tiene solo 23 km de largo y el Fagnano se extiende durante 98 km de largo (los últimos 13.5 pertenecen a Chile) y se orienta de este a oeste. “Y seguramente al regreso se habrán dado cuenta de alguna otra diferencia”, pronostica Sebastián. Ya veremos.

119B Lo que menos me gusta del lugar es que está generosamente dotado de… tenderetes de productos artesanos. Claro que mi disgusto se compensa perfectamente con el gusto que proporcionan tales tenderetes a la mayoría femenina del grupo. Por fin la caravana de cinco 4x4 se pone en marcha. Una vez rebasamos un enorme aserradero, tomamos un desvío que – nos advierte Sebastián – no es una carretera de ripio sino una mera “huella de leñadores”, o sea, un camino terrible en el que entre baches, pedruscos, socavones y barrizales se puede disfrutar algún que otro metro de terreno no accidentado. Nuestro conductor bromea que ya perdonaremos, que lamenta haberse equivocado en el camino tomado cuando a escasos metros a la izquierda hay otro con firme y trazado perfectos. Yo voy pensando que, aunque lo dice en broma y por enfatizar el carácter “aventurero” del recorrido, seguramente es verdad y que la única justificación de esa elección es que nos han vendido una excursión “extrema” por lugares inaccesibles si no fuéramos conducidos en esos 4x4. El carácter de “circo aventurero” de este viaje queda aún más de manifiesto cuando, al acercarnos a una curva en que están marcadas unas rodadas profundísimas en las que se incrustan los neumáticos, Sebastián dice “Bueno, espero que ustedes sepan conducir” y se apea en marcha dejando que el 4x4, con nosotros dentro, circule sin conductor… por donde imponen las rodadas, claro.

El bosque por el que nos desplazamos tan accidentadamente es otro ejemplo arquetípico de ese120A bosque patagónico con el suelo sembrado de ramas y miles de árboles caídos esperando desintegrarse y enriquecer el suelo con su materia orgánica. De nuevo no puedo evitar esa sensación desagradable de abandono y desidia. Me doy cuenta de que seguramente este bosque está mucho más cerca de lo natural que esos pinares del Pirineo, de Guadalajara o de Soria en que se ha cuidado, a veces con esmero, que el sotobosque esté limpio y se evite así el riesgo de incendios, pero…En la proliferación de árboles muertos, nos comenta el guía que colabora un poblador casi natural de estos bosques, el castor. Digo casi natural porque el castor no es un animal autóctono sino traído de otras tierras: al parecer se trajo un centenar largo de castores que, al criarse sin ningún depredador en estas tierras, se han multiplicado rápidamente. No pasaría nada si los castores no hubieran seguido con su instinto de construir diques en cuyas aguas remansadas crear sus nidos de entrada sumergida a pesar de que aquí no tenían predadores de que protegerse. Pero los han construido y los árboles de estas latitudes no sobreviven en suelos inundados. Con lo cual, cada castorera se convierte en un cementerio de árboles. Sebastián comenta que el castor es ya una verdadera plaga, pero su caza está totalmente prohibida.

 

Nos comenta el tamaño que han alcanzado los castores de esta zona – algunos ejemplares controlados llegan a pesar 45 kg – y todos podemos observar las poderosas dentelladas que quedan marcadas en algunos gruesos árboles abatidos por los castores. Alguien pregunta si es posible avistarlos. El guía nos dice que solo salen de sus madrigueras al anochecer y son muy esquivos.

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Al acercarnos a las orillas del Fagnano, el vientecillo ha ido en aumento y, cuando llegamos al lugar en que vamos a comer, sopla con ganas y además frío. De modo que todos acabamos abrigándonos en condiciones. Se trata de un claro del bosque a escasos metros del lago en que, junto a una casetita que cumple funciones de almacén, tienen construido en el suelo un enorme fogón en forma de U. Dentro de él y a la derecha, han ido quemando leña y las brasas las pasan a la  izquierda donde Sebastián está asando en una hermosa parrilla chorizos en abundancia.

121 Entretanto, en unas mesas de campamento, han ido apareciendo platos de queso y salchichón, unas ensaladas y botellas de vino y de Coca-cola con lo que comienza la comida. Pronto nuestro cocinero comienza a dar salida a unas raciones de choripán y nosotros… les vamos dando entrada. El viento frío ha ido en aumento y algunos comenzamos a buscar el amor de la lumbre mientras Sebastián ha pasado a preparar a la brasa unas piezas de ternera que tienen una pinta excelente. Me dice que ese corte se llama ojo de bife. Comentamos que a mí me gusta la carne muy poco hecha, mucho menos de lo habitual en estas tierras. Me dice que elija una y que, cuando crea que está bastante hecha, él me la pone en el plato. Así preparado el ojo de bife, resulta un bocado magnífico que devoro con verdadera gula. Observo que no soy el único. Incluso Merche, tan poco amiga de la carne en esta preparación y proporciones, acaba con su ración sin llorar. Nos ofrecen la posibilidad de repetir y todavía pruebo un trocito que ya no es de ojo de bife y resulta más duro y menos sabroso. En ese momento aparece un grupo de excursionistas con su guía. Este habla con los nuestros y todo el grupo se suma a la comida y terminan con la carne que quedaba por consumir. Nos cuenta otro de los guías que ese grupo estaba haciendo una ruta semejante a la nuestra y su 4x4 ha roto la transmisión. Ignoramos cómo se las van a apañar para dar fin a la excursión.

Durante el postre y el café – que de todo hay – el viento se ha encargado de prepararnos el ánimo para una pronta partida. De modo que, apenas terminada la comida, nos ponemos en marcha. Sebastián, nuestro conductor, viene a decirnos que, si no nos parece mal, nuestro 4x4 va a remolcar al que se les ha averiado al grupo llegado a última hora. Por supuesto aceptamos la aventura añadida. Y digo añadida porque, ya de por sí, el regreso programado tenía algo de aventura: el camino que íbamos y vamos a seguir – con el 4x4 remolcado y todo – consiste en recorrer la orilla del lago casi todo el rato con las cuatro ruedas por el agua. Observamos que llega un punto en que los vehículos que van por delante de nosotros toman un camino a la izquierda que suponemos que es el de regreso. Sebastián nos lo corrobora y añade que ese otro 4x4 estacionado cerca del camino es el que se va a llevar a los pasajeros del que venimos remolcando.

Para el coche y se baja a desenganchar al remolcado. Comentamos entre nosotros que este chico es una verdadera joya: ha conducido, ha preparado el asado de choripán y de carne, ha apagado completamente el fuego con garrafas de agua, ha ayudado a recoger y se ha prestado a remolcar al coche averiado. Le felicitamos por su laboriosidad y continuamos viaje.

No es que el nuevo camino sea una autopista pero lo parece si establecemos comparaciones con el padecido esta mañana. De forma que el regreso se hace mucho más ligero. Retornamos a la carretera por la que hemos venido antes, rebasamos el aserradero y volvemos a abandonarla al tomar el desvío hacia el Lago Escondido. Sebastián nos viene comentando que vamos a parar en un conjunto de hotel y chaletitos que está cerrado por problemas judiciales. Desde allí, los que lo deseemos podremos dar un paseo en canoa por el lago. No nos mostramos muy animados porque tememos que este lago tenga el mismo oleaje que el Fagnano y… porque no nos quedan más ganas de aventura.

Al llegar percibimos inmediatamente la otra diferencia entre los lagos Fagnano y Escondido, la122 que nos auguraba Sebastián: en este no sopla el viento y, en consecuencia, tampoco hay oleaje. Es ciertamente un lago escondido entre montañas que lo protegen de los vientos dominantes. Tres o cuatro de nosotros se animan todavía a remar un rato en canoa y el resto declinamos la invitación confesando que, simplemente, no nos quedan ganas. El que suscribe intenta y consigue echar una cabezadita en el asiento de atrás del 4x4. Terminado el paseo en canoa de los piragüistas, nos ponemos en marcha y subimos hasta el Paso Garibaldi por esa, por buen nombre, carretera que esta mañana desde el mirador veíamos cómo ascendía en empinadas vueltas y revueltas con pavimento de ripio. Superada esta última dosis de aventura, nos reincorporamos a la carretera normal y regresamos a Ushuaia. Como la comida ha sido copiosa, despedimos la jornada con un simple bocadillo – que luego resulta no serlo tanto – en la Chocolatería-restaurante Andino. Hubiéramos preferido hacer hoy una cena en condiciones porque Enrique no estará en la de despedida: las obligaciones académicas de nuestro profesor universitario lo van a llevar mañana a viajar hasta Santiago de Chile. Primer cierre: ya nunca volveremos a ver el cartel mágico Ruiz Budría x 9. Y es que esto se acaba, muchachos: a los más afortunados nos quedan día y medio en Ushuaia y dos días en Buenos Aires. C’est tout.

Comenzamos la ascensión a la Posada Fueguina pensando que dentro de pocos días vamos a echar de menos estas casi escaladas al hotel: tienen su encanto.

 

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