Viaje a la Argentina (8)

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 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

 

Día 1.-     EL CHALTÉN, UN RINCÓN DEL PARAÍSO

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Hoy se promete otro día de transición: abandonamos El Calafate para dirigirnos a El Chaltén. La chica que nos acompaña a la estación de autobuses nos felicita porque, en contra de lo que suele ser habitual, hoy hace un tiempo magnífico en El Chaltén. Le han dicho en la agencia que hace un sol espléndido y a las cumbres andinas (Cerro Torre y Cerro Fitz Roy), al sur de las que se sitúa la población, no las cubre ni una nube. “Y no crean que es lo habitual: ver el Fitz Roy despejado es verdadera noticia”.

Luego yo he leído que el mal tiempo es tan habitual que el día en que se celebró in situ la fundación real de la población (el decreto de fundación oficial databa del 12 de octubre de 1985) hizo tan mal tiempo que apenas pudo celebrar el obispo una misa rápida ante unos pocos invitados y frente al puente y la única hostería que constituían el urbanismo completo del lugar. La población preoficial parece que la formó una colonia de hippies, que seguro que no asistieron al acto. La oficial tardó en asentarse en esos parajes de tan duro clima: en 1991 El Chaltén tenía 41 habitantes, 371 en 2001 y 500 en 2006. Desde el año pasado (el 2010) El Chaltén es municipio y tiene incluso banco.

La guía, llevada del optimismo que le producían los buenos pronósticos meteorológicos, comienza a darnos indicaciones de excursiones que podríamos hacer con este tiempo magnífico. Nos habla de la caminata hasta Laguna Torre, al pie del cerro del mismo nombre, que se puede hacer en una mañana o una tarde. Y nos recomienda especialmente la excursión hasta el pie del Fitz Roy que es mucho más dura (el ascenso de su corto tramo final puede costar unas dos horas…) y ocupa todo un día.

Cuando vamos a subir al autobús, nos percatamos de que casi las únicas maletas que se cargan son las nuestras. El resto del equipaje lo integran enormes mochilas de montañero- montañero, no de excursionista. Y otro tanto ocurre con el pelaje de los pasajeros. Esperamos no desentonar por comportamiento.

Iniciamos este viaje de 216 km que separan El Chaltén de El Calafate, la población más cercana. Realmente está aislado del mundo: a Puerto Natales hay 514 km y 745 a Punta Arenas, por referirme a lugares que conocemos. Los de El Chaltén presumen de ser el pueblo más joven de Argentina y la capital del trekking. Por los datos que vamos acumulando puede que ambas cosas sean verdad. La perspectiva de tan largo viaje, la madrugada que nos hemos dado (el autobús ha salido a las 8 h) y la comodidad de los asientos produce los efectos esperables y, a mí al menos, se me borra el mundo en pocos minutos.

Amanece de nuevo cuando el autobús inicia una maniobra de ralentización y de curvas pronunciadas, que no han debido ser muy frecuentes hasta el momento. Parece que vamos a hacer un alto en el camino. Así es: paramos en el Hotel de Campo “La Leona”. Eso dice el cartel que figura al pie de uno de esos postes de indicaciones de distancias que suelen existir en lugares alejados del resto del planeta. En el de este sitio se nos indica, por ejemplo, que nos encontramos a   12.726 km de Madrid, a 11.168 de Nueva York y a 2.677 de Buenos Aires. Todo a la vuelta de la esquina.

96 Este Hotel “La Leona” está situado en un punto estratégico: a orillas del río La Leona, enel cruce de la carretera que viene de El Calafate con la Ruta Nacional 40. Esta carretera es la más larga de Argentina (5.224 kilómetros paralelos a los Andes desde Punta Vírgenes hasta Bolivia). En los últimos años del s. XIX se construyó en este lugar una balsa para transportar ganados al otrolado del río (todavía 200 m río abajo se ven los antiguos anclajes de la instalación emergiendo del agua). Eran los comienzos de la exportación de carne argentina a Europa. El traslado de miles y miles de cabezas de ganado a razón de unas 200 por viaje demoraba días enteros y pronto una familia de origen danés construyó un parador para albergar a los ganaderos y peones. Acabó recibiendo el nombre de La Leona porque en estos parajes Francisco P. Moreno (cómo no) fue atacado y malherido por una hembra de puma (en jerga patagónica, leona). Superado el incidente, paraje, río y hotel fueron bautizados La Leona.Es un establecimiento del estilo y función del de Cerro Castillo en Chile, más discreto de proporciones, más preocupado de su pequeña historia pasada (en estancia aneja al bar tiene un mínimo pero cuidado museo) y menos caro. Satisfechas las necesidades que puede cubrir un viajero en sitios como este, regresamos al autobús. Una vez atravesado el río por un moderno puente, la carretera comienza a seguir las orillas del lago Viedma. Este lago se alimenta del glaciar del mismo nombre que arranca del mismocampo de hielo que el Upsala, al que nos acercamos días atrás. A su vez desagua por el río La Leona en el Lago Argentino. Pronto divisamos al frente el estupendo panorama del conjunto de los picos Torre y Fitz Roy. Y se ven, sí señor, se ven perfectamente, si una sola nube. El paisaje por el que circula el autobús, de no ser por el lago que siempre vemos a la izquierda, sería una reseca y árida estepa de matojos ralos y pardas colinas. Y la carretera, otra vez, con rectas de decenas y decenas de kilómetros. El chófer del bus conduce con los codos apoyados en el volante, dando conversación a los vecinos y, a ratos, tomándose un matecito. Solo le falta poner el piloto automático.

97 Otro detalle curioso de este bus: en la parte delantera, justo encima de lo que sería la posición del copiloto, figura un cartel que dice “Please, do not take your shoes off” y parece dirigido a montañeros cansados y… sudados. Un tercer tipismo, este de funcionamiento: en medio de la nada, el autobús se para y ¡da marcha atrás! para recoger a un paisano que llega por un camino haciendo señas de querer viajar a El Chaltén. Con esas le podrían haber venido a un “colectivero” de Buenos Aires; pero estamos en la Patagonia profunda y se atiende a la necesidad del pobre jornalero – esa es su pinta – necesitado de transporte. Claro que hay otras diferencias: si se le escapa este coche, el mozo hubiera tenido que esperar al próximo durante cinco horas y media.

Según vamos acercándonos a El Chaltén y a la cordillera, la tierra es cada vez más verde y húmeda, la vegetación más frondosa, menudean los ganados, se ven frecuentes lagunitas a la derecha de la carretera y pequeños núcleos de población – estancias, tal vez – salpican el paisaje.

Al acercarnos al pueblo, en lo alto de unos farallones de roca a los que se ciñe la carretera, vemos dos o tres cóndores que escapan a nuestras cámaras fotográficas. Poco más adelante creemos ver otros dos y Enrique, nuestro mejor fotógrafo, los caza en una foto. Cuando la repasa en el visor de su cámara, suelta una carcajada y nos comenta regocijado: “Sí, sí. Se trataba del cóndor Pérez y el cóndor López”. Había fotografiado a dos… montañeros trepados en aquel risco.

Resulta llamativo también que, antes de entrar en el pueblo, el autobús nos conduce a una especie de centro de interpretación, el Centro de Visitantes “Gpque. Ceferino Fonzo”. Nos meten en una 98A sala en la que un guadaparque nos habla de las excelencias naturales de El Chaltén y nos da una serie de instrucciones bastante severas sobre el comportamiento que esperan de nosotros para preservar la pureza del medioambiente en esta tierra. Pide nuestra colaboración para que “dentro de cincuenta o cien años El Chaltén siga siendo un paraíso natural que sus descendientes puedan visitar y lo encuentren tan hermoso como ahora y puedan seguir bebiendo el agua de sus arroyos tan limpia y saludable como ustedes la podrán consumir sin ningún temor”. Al referirse a El Chaltén pueblo, ironiza con que ya tienen de todo “hasta banco con cajero automático, aunque ignoro si tiene plata; y también iglesita aunque el cura no aparece nunca por aquí”. Se expresa con notable corrección y fluidez. Pero, sobre todo, se queda con la atención del grupo entero por el entusiasmo y por el amor a la tierra y a su trabajo que transmiten sus palabras.Cuando termina su exposición, me acerco y le felicito por su entusiasmo y su labor. No se lo esperaba y me saluda con un azorado “Muchas gracias, caballero” y un apretón de manos como debe ser, apretón, aunque he de reconocer que la fuerza y el tamaño de su mano excede notablemente el del común de los mortales.Frente a la puerta, mientras le hago una foto a Merche con los cerros Torre y Fitz Roy como fondo, veo un cartel informativo magnífico de forma y conservación que nos explica los rastros que podemos encontrar en el monte de un cérvido típicamente argentino, el huemul, al que llama “monumento natural de los argentinos”. Recoge muestras de cuerna, posibles huellas de sus pezuñas en el barro. Y termina con una frase: “Aunque no lo veamos, sus rastros nos dicen que está”. Pienso que cartel y guardaparque tienen ciertos parecidos: solidez, naturalidad y entusiasmo. 

El bus nos deja después en una estación de autobuses muy nueva - no podía ser de otra manera – en la que nos apeamos buscando el habitual cartel mágico de Ruiz Budría x 9 que no aparece por ninguna parte ¿Estaremos ante el primer fallo importante en la coordinación del viaje? Mª Ángeles busca en el talonario de vouchers o bonos de agencia el correspondiente a este traslado de la estación al hotel y no lo hay. Recuerda entonces Enrique que Fernando, el de la agencia Fuera de Ruta, le había explicado que aquí tenían serios problemas para completar el servicio turístico. Consultamos en la oficina y nos aclaran que nuestro hotel está mucho más cerca de la otra parada de este mismo autobús. Preguntamos por esa posibilidad al conductor que se presta a volver a cargar las maletas para llegar hasta ella.

Una vez allí nos percatamos de que la distancia al hotel no sería mucha si no lleváramos dos maletas per capita. En el hostel Rancho Grande a cuya puerta hemos parado nos permiten usar el teléfono para llamar un “remis”. Llega rápidamente cargamos en él todas las maletas y dos de nosotros se suben también. El resto nos desplazamos andando los 300 ó 400 m que nos separan del hotel.

El Karlenshen – que así se llama – tiene una decoración, al parecer, muy patagónica: todo en él – fachada, techos, escaleras, mostradores, mesas, cabeceras de 98B cama, lámparas… -, está hecho de troncos o de gruesas rodajas de madera con los bordes sin pulir (solo descortezados) y barnizados al natural. Es una decoración que resulta un tanto recargada pero que debe de ser muy del gusto de la zona porque ya en El Calafate hemos visto bastantes ejemplos de ella en bares, tiendas y restaurantes. Permanecemos poco rato en él porque el cuerpo nos pide marcha y calculamos que tenemos tiempo suficiente, si hacemos caso a las guías, para ir y volver a la Laguna Torre. Como suele suceder, esta laguna recibe nombre del Cerro Torre a cuyos pies se halla. En la recepción del hotel nos indican de dónde parte la senda que lleva a tal destino y nos dicen que no nos preocupemos, que el camino está perfectamente indicado. Nada más tomarlo, nos damos cuenta de que es verdad y lo vamos a corroborar a todo lo largo del mismo. Los carteles son abundantes y en tan perfecto estado de ejecución y conservación como los que se podían observar a la salida del Centro de Visitantes. Me alegro de haber felicitado al amigo guardaparques. Nada más superar el primer repecho fuerte, se nos ofrece a la vista un paisaje maravilloso de este tramo de la cordillera andina presidido por el Fitz Roy y el Torre. “Cerros” ellos, según la denominación argentina, que da a este nombre un significado menos devaluado que el que le otorgamos en el español de la península y recoge el diccionario de la RAE. Hace unos días nos chocaba oír a un argentino hablar del Cerro Teide, en España. Y hablando de nombres, ahora propios, el del Cerro Fitz Roy era Cerro Chaltén antes de ser rebautizado con el nombre del vicealmirante de la Marina Real Británica que logró fama duradera por haber sido el comandante del HMS Beagle durante el famoso viaje de Charles Darwin alrededor del mundo.

El Cerro Torre, que no ha sido rebautizado, conserva un nombre alusivo a su aspecto de soberbia fortaleza inexpugnable. Por mucho tiempo fue considerada la montaña más difícil de escalar del mundo, principalmente porque no importa por donde se la encare, habrá que subir por un paredón casi vertical de más de 800 metros de granito; y porque las pésimas condiciones climáticas, y la variabilidad del clima hacen poco posible planificar un ascenso de muchos días. La cima de la montaña a menudo tiene un champiñón de cencellada, formado por los constantes y fuertes vientos, lo cual incrementa la dificultad por alcanzar la verdadera cumbre. De hecho las primeras expediciones que dijeron haber hecho cumbre no habían superado el hongo de hielo que la culmina, se habían quedado 100 m por debajo. Hasta 1974 nadie había hecho cumbre en el Cerro Torre.

Pues esta enorme cuchilla de granito que alcanza los 3.133 msnm, acompañada de otros tres picos Torre Egger (2.685 m), Punta Herron, y Cerro Standhart (3.050 m), jalonan junto al glaciar Grande el horizonte del valle que recorremos en esta excursión. Ni que decir tiene que las paradas menudean en parte por el cansancio pero en muy buena parte también por el placer de contemplar una y otra vez este fondo de valle unas veces asomando por encima de un grupo de árboles; otras entrevisto tras la celosía de unos ramajes; algunas más recortado nítidamente sobre el fondo lejano de un cielo espolvoreado de nubes; en algunos momentos enriquecido por la presencia grandiosa del Fitz Roy.

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El camino no es muy duro pero tiene un tramo francamente áspero e incómodo de ascender. No puedo evitar pensar en lo que van a sufrir mis delicadas rodillas cuando, al regreso, deba bajarlo. Mi fallo físico para estas caminatas son las rodillas que llevan peor las bajadas que las subidas. Bueno, todo se andará que en ello estamos.

Ya avanzada la subida, divisamos una acumulación de tierra y piedra suelta que tiene todo el aspecto de haber sido la morrena de un antiguo glaciar - o del mismo glaciar de ahora en su antigua extensión – y que en ese momento nos oculta completamente el fondo del valle. Ascendemos por la vertiente de esa que suponemos morrena y, al descrestarla, comprendemos que, efectivamente, lo es o lo fue, para ser exactos. Lo que se despliega ante nuestros ojos sobre el fondo de un cielo ahora completamente despejado de nubes es un espectáculo de naturaleza que justifica cualquier esfuerzo: delante de la morrena se extiende la Laguna Torre que se alimenta del Glaciar Grande cuya lengua traza un zigzag izquierda-derecha por debajo de la línea de picachos que rematan por la derecha el Torre y sus compañeros Egger, Herron y Standhart.

dia 1 8 Standhart

Alguien comenta que, sin duda, el glaciar Grande lo fue mucho más, que fue él quien formó esta morrena desde donde nosotros estamos contemplando el paisaje. No logramos ponernos de acuerdo en si sería más bonito aquel paisaje de puro hielo o el que tenemos delante.

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Aparecen en ese momento desde un lateral un matrimonio con un chico al que yo reconozco como el entusiasta devorador de chocolate y galletas en el catamarán de regreso desde el Camino Francés en Torres del Paine. Charlamos un rato porque ellos también nos reconocen. Isabel P. les pregunta si son valencianos porque ella, cuya madre es valenciana, reconoce el acento. Y resulta que sí que lo son. Nos comentan que sus hijas mayores van con el resto del grupo y un guía faldeando la montaña de la derecha con intención de llegar hasta la altura del glaciar. Calculan que pronto estarán de vuelta porque ya hace más de una hora que salieron y les habían comentado que en ir y volver invertirían casi dos horas. Aún nos habríamos animado si no fuera ya tan tarde para ponerse ahora en marcha.

Con un ojo puesto en el reloj damos por satisfechas nuestras ansias contemplativas y ponemos 101C rumbo a El Chaltén. Como me temía al subir, aquel tramo tan duro del camino me castiga severamente las rodillas, sobre todo la derecha. Pero no es grave porque me doy cuenta que, con un trazado no tan accidentado y un ritmo a mi gusto, la rodilla va respondiendo muy adecuadamente. Acompasamos el ritmo Isabel P. y yo y eso me da una comodidad que agradezco mucho: si camino más lento, lo paso mucho peor. Dudamos al llegar a un cruce de sendas y tomamos por la de la izquierda pero pronto nos damos cuenta del error y rectificamos retomando el camino a campo través. Cuando ya estamos en el correcto, vemos que el resto del grupo ha cometido nuestro mismo error y van por el otro. Les avisamos a voces pero… no nos hacen caso. Solo Ángel sigue nuestras indicaciones. Así que les dejamos hacer: creemos que, en todo caso, llegarán al Chaltén aunque dando una vuelta mayor. Al trasponer la puerta del hotel, nos encontramos con Pilar y Chema, que hoy habían hecho la excursión al Fitz Roy que tanto nos había recomendado la guía de El Calafate, y que estaban derrengados. Por lo que nos van explicando de una subida muy, muy dura (que luego es preciso bajar, claro), voy tomando la decisión de abstenerme de hacerla mañana, aunque otros la realicen. Después de un ratito de charla, Pilar y Chema dicen que se van al hotel porque se encuentran muy cansados. Pilar todavía aventura que, si dentro de un rato se encuentra descansada, acudirá a despedirse. La verdead es que nos quedamos con la idea de que sí le apetece pero que seguramente no lo hará. Unos antes y otros después hemos ido llegando todos al hotel y, no mucho más tarde, decidimos probar suerte para la cena en el restaurante La Cervecería que muy cerca de allí regentan unas muchachas muy simpáticas. Esperamos a que queden sillas libres como para nueve personas tomando unas cervecitas en el porche. Figura en él un cartelito de cerámica muy simpático que reza: “LA CERVECERÍA 1999-2009 (desde el siglo pasado).

Nos sentamos por fin a la mesa y pedimos la cena. Las muchachas del restaurante, tan simpáticas ellas, se revelan también como… bastante lentas. Eso sí, cuando llega la comida, lo hace en unas raciones… de montañero. Nos las vemos y nos las deseamos para dar cuenta de ellas, pero cumplimos.

El dolor de mi rodilla derecha, cuando nos ponemos en pie, me convence definitivamente de que no debo hacer mañana la marcha al Fitz Roy. Al llegar al zaguán del hotel, se plantea el asunto y queda claro que solo van a hacer esa marcha Isabel P., Mariluz y Enrique. Ángel no lo tiene claro; y los demás decidimos aplazar para mañana la decisión de en qué vamos a ocupar el día. Nos quedan opciones como caminar siguiendo el río hacia el norte, hacerlo hasta el Lago Capri o hasta el Chorrillo del Salto. Mañana decidiremos.

Buenas noches.  

      

Día 2.-   DESTINOS MAYORES Y MENORES

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Cuando bajamos a desayunar, se despeja la incógnita que quedó abierta ayer: Ángel por fin no se ha ido al Fitz Roy. Mariluz, Isabel P. y Enrique sí lo han hecho y he de decir que los envidio, pero después de ratificarme en mi decisión. La que tal vez sí debía haberse animado es Merche que en las caminatas de este viaje está funcionando como una montañera solvente. Claro, con la información recibida de Pilar y su marido, era fácil desanimarse; pero, posiblemente, al ritmo lento que Enrique se proponía seguir hoy, también Merche podría haber aguantado hasta el Fitz Roy.

De todas las maneras, después de desayunar, decidimos hacer caso de las informaciones que nos está dando el nuevo chico de recepción y encaminarnos hacia el Chorrillo del Salto, paraje que promete ser bonito, está al final de un camino llano y a unos 5 ó 6 km de distancia.

Echamos las mochilas al hombro y salimos de marcha siguiendo el curso del Río de las Vueltas, que debe recibir tal nombre porque avanza dividido en abundantes brazos que dibujan meandros en un cauce amplísimo. En algunos de esos islotes generados por los ondulantes brazos del río, pastan hermosas manadas de caballos en la hierba fresca y abundante.

103A El camino es la misma carretera de ripio que esta mañana han debido seguir en microbús nuestros intrépidos montañeros hasta la hostería el Pilar, desde la que parte el sendero que conduce hasta las lagunas sitas al pie del Fitz Roy. De ello se deriva su principal inconveniente: pasan por ella vehículos de todo tipo que circulan a más velocidad de la que recomiendan las señales y levantan polvaredas. Así que, cuando un cartel muy oportuno recomienda a la gente de a pie una senda alejada de la carretera, nos hace el soberano favor de librarnos del polvo y nos proporciona, por otra parte, un camino bastante sombreado.

Llegamos a un ensanchamiento en que confluyen la carretera, la senda que traemos y la que parece ir ya directamente hacia el Chorrillo del Salto. A juzgar por el ruido del agua que ya desde lejos percibimos, debe tratarse más de salto que de chorrillo. Impresión esta que se va reforzando según avanzamos y que se confirma cuando llegamos a ver el mentado Chorrillo del Salto: un notable brazo de agua que se despeña desde una altura de unos 30 m. Esta cascada se encuentra enmarcada en un bello paisaje de bosque que viene haciéndose más denso desde algún kilómetro antes.

Damos el visto bueno al destino elegido, ametrallamos a fotos todo el entorno y nos tomamos un 103B descanso reparador al lado de la corriente y a la sombra de unas lengas. Llega cerca de donde nosotros nos encontramos una pareja con un hijo de unos ocho años con pintas de espabilado. Se queda mirando al salto y, volviéndose a sus padres, sentencia: “Impresionante la catarata”. Nos hace mucha gracia este muchacho tan redicho e Isabel R. pega la hebra con él. Se llama Franco y hace gala de naturalidad y… franqueza desde el primer momento. Me doy cuenta de que me estoy obligando a pensar que lo de Franco es nombre para no echarle encima al muchacho connotaciones indeseables. No sentamos a reparar fuerzas con nuestros bocadillos y con el agua perfecta, fresca y limpia, que tomamos directamente del río. Me acuerdo ahora del guardaparque que nos dio la bienvenida a El Chaltén y nos hablaba con entusiasmo de la limpieza de sus aguas y sus paisajes. Tenía razones para ello: ahora y durante toda la excursión de ayer no nos ha hecho falta llevar un botellín de plástico más que para tomar agua siempre fresca de cualquier riachuelo o mínima corriente. Esperemos que se conserve este paraíso a pesar de que ya hemos llegado los humanos. Y en cantidades crecientes: en un solo año los turistas pasaron de 3.000 a 100.000 con los peligros que esto conlleva. El paraje del Chorrillo del Salto, con su cauce abierto en ramales salpicados de pedruscos más o menos voluminosos y de troncos de árboles arrastrados por la corriente y con orillas poco o nada practicables (altas paredes de piedra por un lado e intricado bosque por el otro), la verdad es que ofrece poco margen para el paseo. De no ser que seas Ángel, que, a pesar de su pinta de hombre pausado y metódico, cuando se suelta por la naturaleza, se convierte en una suerte de cabra humana que trepa a los riscos más impensables o se desliza vertiginosamente por pedrizas casi verticales o… Es Ángel el que encontramos de pronto de pie en medio del río sobre un peñasco aparentemente inalcanzable o montado sobre el tronco que la crecida abandonó entre dos brazos de agua o agarrado al último árbol seco que permanece en pie al lado del pozo en que rompe la cascada.A pesar de todo ello, a él también se le acaba el repertorio de miniexcursiones y tomamos la decisión de regresar al hotel, quizás tomar un baño en la piscina y esperar a que lleguen los tres intrépidos montañeros. A eso de las ocho de la tarde aparecen por el hotel cansados pero radiantes de felicidad: lo han conseguido, han llegado hasta arriba de todo y han disfrutado de paisajes absolutamente maravillosos que Enrique pasa a mostrarnos recogidos en sus fotos. Realmente les ha merecido la pena.

Traen además otra noticia: han dejado medio apalabrada una cena a base de cordero patagónico asado en el restaurante La Casita, propiedad del mismo que los ha llevado y traído desde la hostería El Pilar. Si nos parece bien a los demás, lo que habría que hacer es acercarse a La Casita y confirmar la reserva. A todos nos parece bien y nos acercamos a cumplir con la reserva. Cuando ya salíamos hacia allí, Enrique me ha comentado que el cordero va a ser muy tierno y pequeñito – lo ha podido ver abierto en canal – y que, en compensación, la cocinera, mujer del dueño, parece bastante “espesa”. Yo lo tranquilizo con aquel refrán que dice “Cuanto más guarra la casera, más gordo el cura” y reservamos.

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A la hora de ir a cenar, Enrique y yo nos constituimos en avanzada más que nada – lo confesaremos – por ser los primeros en trasegar a las tripas una de esas cervecitas artesanas que solemos frecuentar y que tanto abundan por estas tierras. Encontramos una mesa dispuesta para nosotros nueve con una divertida sorpresa encima. Se trata de un trozo de hoja de cuaderno, evidentemente recortado a mano, en que está escrito el siguiente aviso: RESEFADO (sic). Enrique y yo, en un alarde de cortesía y buena educación conseguimos contener la risa… no del todo pero casi.

Se me ocurre pensar que, si siguiera siendo profesor de Lengua, al explicar los elementos del proceso de comunicación, utilizaría este caso como ejemplo de en qué modo y hasta qué punto puede el contexto suplir las deficiencias en el uso del código lingüístico. Porque todos, a pesar de lo escrito, hemos entendido perfectamente que papelito tan trapero avisaba de que aquella mesa estaba… reservada.

En cuanto nos hemos sentado ha aparecido la cocinera – grande, basta y bastante.. “espesa”, ciertamente –, nos ha hecho los honores y ha añadido en la comanda unas ensaladas, unas papas fritas y bebidas al cordero patagónico ya solicitado al… “resefar”.

Tal vez el de la casera y el cura, como muchos otros refranes, esté cargado de razón porque lo que sí es cierto es que el cordero preparado por la “espesilla” ha estado simplemente excelente: un corderito muy tierno, efectivamente, bien acompañado de salsas, entre las que destacaría un fino chimichurri, y mejor asado. Ha sido opinión común que estaba mucho mejor que el que nos sirvieron en La Tablita de El Calafate, con toda la fama que este restaurante lleva.

Entre nosotros felicitamos a Mariluz, Enrique e Isabel P. que, con esta acertada elección de cena y sitio, han rematado adecuadamente su día de gloria. Y, cuando nos preguntan si hemos quedado satisfechos, felicitamos a los dueños de La Casita por la calidad de la cena. Punto y aparte.

Bastante aparte, porque nos vamos a la cama inmediatamente amenazados como estamos con una dura madrugada: mañana debemos estar en la estación de autobuses tomando el nuestro ¡antes de las 7.30 h! Y previamente, además de dormir, hemos debido hacer las maletas, desayunar y desplazarnos hasta la estación que se encuentra a unos 12 minutos del hotel.

            Buenas noches.

 

Día 3.-   HASTA EL FIN DEL MUNDO 

Debo reconocer que las madrugadas me resultan más duras cuando las preveo que cuando las pongo en práctica. La de hoy ha sido un ejemplo más. Las maletas habían quedado hechas por la noche y apostadas en el zaguán del hotel antes del desayuno; este ha resultado especialmente cómodo porque en el comedor no había nadie más que nosotros; el dueño de La Casita con su furgoneta ha estado puntual y se ha llevado nuestras maletas a la estación; el paseíto hasta allá ha resultado agradable en una mañana como la de hoy.

Y es que venimos teniendo una suerte tremenda con el tiempo. En El Chaltén, desde el día de su fundación-inauguración, hace habitualmente muy mal tiempo. Alejandro, el guardaparque que nos dio la charleta de avisos y bienvenida a El Chaltén, nos felicitó por el buen tiempo con que nos recibía la región y nos aclaró que ese era el primer día en que el llevaba puesta camisa de manga corta. Suponemos que la habrá seguido llevando porque el tiempo ha sido de verdadero verano.

Hemos desandado en todos sus pasos el viaje entre El Calafate y El Chaltén: subida al autobús, “meditación” no trascendental pero placentera, parada en el hotel La Leona y regreso a El Calafate. Nuestro bus, antes de llegar allí, ha parado en el aeropuerto. No nos hemos apeado porque para tomar el avión nos faltan horas que pasaremos mejor en la ciudad que en estas instalaciones. Se han apeado una serie de viajeros y, cuando el autobús ya se ponía de nuevo en marcha, ha salido disparado de las últimas filas un caballero asustado que gritaba “My wife, my wife”. El conductor ha parado y el “casi-separado de hecho” ha recuperado a su señora que se había apeado ¿a hacer pis?

En estos momentos llueve. Mariluz, que se viene postulando a lo largo de todo el viaje como “brujita arregladora del tiempo”, recibe con buen talante nuestras reclamaciones: “A ver si nos arreglas esto, bonita, que nos quedan horas de callejear por El Calafate”. Ella, sin incomodarse, replica: “Tranquilos, que todavía no os he fallado un solo día”.              

He ido comentando con Merche las peculiaridades del horario que nos espera: hemos salido tan pronto de El Chaltén porque, a pesar de que nuestro avión no despega hasta las 18 h, el siguiente bus no nos traería a tiempo; no nos hemos apeado en el aeropuerto para ocupar estas horas en El Calafate. La idea no está mal; lo que no sabemos es qué vamos a hacer con las maletas al llegar allí.

En la estación de El Calafate sí nos espera el cartelito mágico Ruiz Budría x 9. Llevamos todos los equipajes a un microbús y el mismo conductor nos aclara que los van a guardar dentro de la propia agencia Rumbo Sur hasta que, a las 16 h, salgamos hacia el aeropuerto. Se agradece la solución prevista.

Una vez en El Calafate, nos dirigimos sin prisa al Librobar Borges&Álvarez con la sana intención de regalarnos con un buen desayuno “ilustrado”. Y así resulta: bueno (café con leche excelente y trozo de tarta notable por tamaño y calidad) e ilustrado por el ojeo de una serie de libros que tomamos de las estanterías. El más divertido de ellos resulta uno titulado Manual del perfecto boludo que desliza una serie de irónicas reflexiones sobre el tipo humano  que los argentinos califican de boludo. Una de ellas decía algo como “El boludo nace pero también se hace. Nunca se arrepiente de su boludez y la va perfeccionando con los años”.

Por las ventanas del Librobar se ven perfectamente dos callecitas con trazado en Y invertida a las que abre sus puertas un conjunto de tiendas y la entrada de este mismo bar. La estructura arquitectónica de este conjunto supongo que tiene pretensiones de ser típica de la región: fachadas de madera, al estilo de la que comentaba el otro día respecto al hotel Karlenshen – con sus troncos y rodajas de madera en barnizado natural – y tejados de tierra apisonada en distribución convexa rematada en las orillas por un surco de piedras que favorecerá, sin duda, el drenaje.

La necesidad (¿?) de completar el capítulo “compras de regalos” nos saca a la calle aprovechando que los silenciosos conjuros de Mariluz han surtido efecto y no solo no llueve sino que por momentos sale el sol. Lo malo es que, según Mª Ángeles que acaba de consultar su i-pod, los pronósticos del tiempo en Ushuaia, nuestro próximo destino, no pueden ser peores: Lluvia y fuertes vientos durante tres días. Y parece ser que Ushuaia en eso suele cumplir. Mariluz, impertérrita, repite: “¿Os he fallado en algún momento? Pues en Ushuaia tampoco”.

Se nos ocurre que en este tiempo libre podríamos completar la visita casi frustrada que hicimos 107A 107B días atrás a la Intendencia del Parque Nacional de los Glaciares. Al entrar saludamos cortésmente a D. Francisco Pascasio Moreno, que sigue ataviado de pionero y llevando su caballo de las riendas. Hoy sí nos resulta posible continuar visitando lo que resulta ser una suerte de parque temático en honor de dos personalidades famosas e importantes para esta tierra en aspectos muy diferentes: el ya mencionado Perito Moreno y Ch. Darwin. A ellos están dedicados varios grupos escultóricos en que se ha conseguido una excelente reproducción del físico de los representados. Aparecen presentados en las actividades que les hicieron famosos: F.P. Moreno como pionero o rodeado de fauna típica de la zona – puma, huemul, cóndor, tucán… - o firmando el tratado de trazado de fronteras entre Argentina y Chile; Ch. Darwin, rodeado de fauna del canal Beagle – delfines, gaviotas, pingüinos de varios tipos… - canal que ha heredado el nombre del barco en que realizó su viaje Darwin. Adornan también este parque elementos naturales como un arbolado digno del mejor jardín botánico, estupendos macizos de lupinos y la presencia de aves como bandurrias bayas o un grupo de caranchos que se dejan ver en lo alto de un abeto. Cuando terminen de acondicionarlo, va a resultar un coqueto y estupendo parque temático.

Entre compras y comida se nos hacen las cuatro de la tarde y frente a la agencia Rumbo Sur iniciamos el viaje al aeropuerto. Todos los trámites de check in, embarque y despegue se producen sin más problema que el retraso, inevitable al parecer, en la salida.

Al llegar a Ushuaia el panorama que se divisa desde el avión en vuelo y que luego se confirma al aterrizar no puede ser más desalentador: la ciudad aparece cubierta de nubes bajas y llueve, en ciertos momentos, con intensidad.

En el traslado y orden de reparto de viajeros, vamos a ser los últimos. Comenzamos a temernos que nuestro hotel se encuentre, como decía uno de los conductores de El Calafate, “en la concha de la Tera” - traduciendo al español peninsular - en el quinto coño. Pero esta vez nos equivocamos: la Posada Fueguina, que así se llama el hotel, está a escasos 400 m del centro de Ushuaia, aunque, eso sí, todos ellos en cuesta y bastante pronunciada.

El hotelito es bastante cuco y tiene unas vistas soberbias sobre la bahía de Ushuaia. Las tres habitaciones dobles que nos adjudican son tres cabañitas que dan al patio inferior del hotel (recordemos que todo está en cuesta, la Posada Fueguina también) y no tienen vistas a la bahía. La dueña del hotel -un poco sequita ellanos explica que son las que habíamos contratado, las de tipo estándar.

Nos instalamos y, casi inmediatamente, nos echamos a la calle con dos misiones que repartimos por grupos: la de encontrar a Pilar y Chema, que están aquí desde ayer, (se encargan de ello Isabel y Enrique) y la de dar con el restaurante Chichos del que tenemos buenas referencias (nos adelantaremos Marga, Merche y yo a reservar mesa y acudirán luego los demás).

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Con las explicaciones de la dueña del hotel (recién “bautizada” como “la Rotenmeier”, pobrecita) los tres adelantados damos pronto con el Chichos. Nos sentamos en la mesa que nos han preparado y esperamos… bastante rato. Perdida la paciencia, hacemos salidas a la calle San Martín, la principal, y en una de ellas Marga ve al resto del grupo que se habían pasado de la calle Rivadavia y habían encontrado otro restaurante de nombre parecido - ¿Chico tal vez? – y volvían buscando este. Nos reunimos por fin los nueve – Pilar y Chema ya estaban cenando cuando Enrique e Isabel los han encontrado – y pedimos la cena.

Las buenas referencias sobre el Chichos resultan justificadas: tomamos una estupenda cena realzada por un vino blanco muy rico al que nos invita Isabel Panzano por su cumpleaños. Nos achispamos todos un poco y hacemos muchas risas. Como ya viene siendo habitual, el canto del “Cumpleaños feliz” es coreado por todos los comensales en honor de la cumpleañera.

Tras la cena, nos reunimos con Pilar y Chema en una cafetería-restaurante en la que ellos han comido alguna vez. Pasamos una agradable tertulia con esta pareja que sabe crear la sensación de que son amigos tuyos de toda la vida. Y después afrontamos con buen ánimo – que falta hace – la ascensión a la Posada Fueguina.

 

 

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