Viaje a la Argentina (7)

 

pág. 1   pág. 6
pág. 2   pág. 7
pág. 3   pág. 8
pág. 4   pág. 9
pág. 5   pág. 10

 

 

 

POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

Día 29.-   Y SE NOS APARECIÓ EL PERITO MORENO 

dia 29 7

Hoy el Grupo Patagonia 2010, contra la voluntad de sus componentes, pero se va a dividir. La agencia Fuera de Ruta, al planificar nuestro viaje y llegar a este día nos advirtió que le era imposible contratar plazas de trekking sobre el hielo del glaciar Perito Moreno para las personas mayores de 60 años. Entonces consideraron la posibilidad de que todos dejáramos de hacerlo y siguiéramos la actividad alternativa, un paseo en catamarán por delante de la cara sur del glaciar. Los que teníamos ya los problemáticos 60 años opinamos que no había ninguna razón para ello y que, si los demás estaban ilusionados con hacer el trekking, debían contratarlo y, llegado el día, realizarlo. Así que las cuatro personas del grupo que seguían ilusionadas con ello lo contrataron y hoy precisamente van a hacerlo.80

Por esa razón ellos van a salir de viaje hasta el Perito Moreno a las ocho y media y nosotros treinta minutos antes. Merche y yo ya hemos planeado que, si los del trekking quedan satisfechos de ese paseo por el glaciar, nosotros intentaremos contratarlo sin intermediarios para el día 31, que está libre en nuestro calendario de viaje. Nos han dicho que esos problemas los ponen los mayoristas turísticos pero no las empresas concretas que realizan esas actividades y que no ponen ningún problema con la edad de los usuarios.

Salimos de El Calafate en la misma dirección que trajimos ayer al llegar. Nos han anunciado que se trata de un recorrido de 80 km hasta el puerto Bajo las Sombras. El autobús se dirige directamente hacia los Andes que se nos muestran continuamente al frente. En principio el entorno vuelve a ser la estepa patagónica con su flora arbustiva de calafates, arbejillas y mataguanacos, cuando los hay, y su escasa fauna visible (apenas avistamos unas parejas de caranchos y algunos grupos de guanacos). La guía nos asegura que no es infrecuente poder ver águilas moras, zorros colorados o ñandúes petisos que se dejan sorprender más fácilmente que los pumas, huemules o cóndores. De pronto el matorral estepario y el sotobosque se van convirtiendo en bosque andino patagónico poblado de ñires, lengas y coihues de porte cada vez mayor.

Vamos en ese momento siguiendo la orilla del canal Rico del lago Argentino. Sus aguas son de un color gris azulado que los argentinos denominan gráficamente “leche glaciaria”. Este es mayor de los lagos de toda la República y se abre en multitud de extensísimos brazos. El que tenemos a nuestra izquierda es el que nos llevará hasta el Perito Moreno.

En un momento determinado la guía nos avisa: “Aquella curva que se ve al fondo tiene nombre: se llama la Curva de los Suspiros. Y pronto van a comprender por qué”. Y lo hemos comprendido porque aquella curva se abría… para descubrir el espectáculo alucinante del glaciar Perito Moreno y el bus se llena de exclamaciones de admiración. Bajamos a unos miradores acristalados que resguardan de un viento que hoy no es excesivo. El día de que disfrutamos hace todavía más espléndido el panorama: se ve todo el glaciar con su enorme frente tapado en parte por la península de Magallanes, su extensísima lengua helada de 165 kilómetros cuadrados y los picos del fondo (el Pietrobelli, el Gardener y el Failberg) que nos habían pronosticado que no llegaríamos a ver porque siempre estaban tapados por las nubes. Siempre no: hoy estaban perfecta y espléndidamente visibles. Según me llenaba los ojos con aquella maravilla, estaba pensando hasta qué pasmo podría conducirnos la visión próxima del glaciar si desde lejos su contemplación impresionaba de esa manera. Tuvieron que recordarnos con insistencia lo que nos esperaba en el catamarán y en las pasarelas para conseguir arrancarnos de aquella alucinación.

81 Llegamos en seguida al puerto Bajo las Sombras, subimos al catamarán, avanzamos hacia la cara sur del glaciar y comenzamos a experimentar la experiencia casi mística de la contemplación cada vez más y más próxima de sus hielos, de ese monstruo de la naturaleza que avanza, cruje y se fragmenta continuamente en témpanos más o menos grandes que quedan a la deriva en el lago. Esa inefable macroescultura en hielo tallada por la naturaleza en unos tramos se asemeja a enormes haces de llamaradas azules y blancas que lanzan sus lenguas heladas hacia las montañas y el cielo; en otros emula a verticales acantilados de rocas cristalinas, lisas y cortantes como navajas; en un punto, la cresta del frente parece haber congelado dos inmensas gotas caídas del cielo; por momentos parece una instantánea de fabulosos roquedales de hielo cuarteados por un terremoto apocalíptico; en otras partes se abre en espectaculares grietas azules que hienden de arriba abajo los 70 m de altura del glaciar o presenta misteriosas grutas blancas-azuloscuro-casinegras o se abre en túnel al anuncio de lo que todavía no conocemos de esta maravilla, como una provocación a más extensa e intensa contemplación que se nos promete y se nos veda a la vez.

 

No puedo dejar de hablar del Perito Moreno sin comentar, además de sus formas y colores, sus sonidos: los leves crujidos que parecen pronosticar futuras quebraduras y los chasquidos, secos como disparos, que acompañan con retraso la visión del desprendimiento de bloques a veces enormes de los que este glaciar – vivo, que avanza 3 m al día – se permite desprenderse para gozo de nuestros ojos.

82A 82B

 

Si he de describir mi estado de ánimo ante tanta maravilla, si he de aproximarme a hacerlo, diría que me encontraba confuso, mareado ante tal cúmulo de indescriptibles hermosuras, literalmente extasiado en su contemplación. No soy capaz de recordar cuánto tiempo transcurrió desde comenzamos a acercarnos al glaciar hasta que, ya empapados de su belleza, el barco comenzó a alejarnos de él en zigzags cada vez más abiertos y en línea recta al final. En ese momento - con un poco de ingratitud, lo reconozco – recordando el glaciar Grey, pensé y dije: “¡Yo creía haber visto un glaciar!”.

Con los ojos vueltos hacia adentro, refugiados en la memoria cercana de las estampas del Perito Moreno, nos subimos al autocar que nos va a llevar a península de Magallanes con su zona de las pasarelas frente al glaciar. La guía sonríe, satisfecha de nuestro entusiasmo, y nos pronostica que lo mejor está por ver. Lo tomamos como una exageración profesional: un guía debe mantener en vilo la atención e interés de los viajeros. Con un regocijado “A la vuelta me lo dirán ustedes”, nos despide y emplaza Patricia, nuestra guía.

Cuando llegamos a la explanada que conduce a las pasarelas, advertimos que es hora de atender a necesidades perentorias y a otras – la comida – que lo serán dentro de poco. Hacemos uso para ello del restaurante autoservicio: pasamos por los baños y, a la salida, nos pertrechamos de un generoso bocadillo de “Milanesa Completo” que tiene una pinta excelente y reforzará las provisiones que llevamos en la mochila. Nos encaminamos a las pasarelas ya con cierta impaciencia. Llegábamos ya a la primera línea de pasarelas, cuando hemos oído un ruido seco como un disparo seguido de un estruendo de derrumbe y después de una nube de polvo de agua o hielo. Sabemos que se ha producido un desprendimiento en el glaciar, ha tenido que ser enorme pero, por muy poco, nos lo hemos perdido. Seguimos corriendo y, cuando llegamos a la primera barandilla que permite verlo, contemplamos apoyado en el frente del glaciar una especie de cono de deyección de hielo hecho añicos: el resultado del derrumbe que hemos oído solo hace un momento. En ese instante maldigo el retraso acumulado por las necesidades satisfechas.

82C 82D

Este es el paraje en que, como dicen los libros, el glaciar choca con la península Magallanes y se producen muy frecuentes desprendimientos de témpanos. Estamos lamentando no haber sido testigos del último y una señora argentina que tenemos al lado nos comenta: “Ha sido bárbaro. A pesar de que vivimos en Salta, yo vengo todos los años y nunca vi uno semejante. Lo hubieran disfrutado”. En fin, borrón y cuenta nueva. Descontado lo no visto, nos consolamos de inmediato con lo que tenemos delante.

Desde esa pasarela vamos bajando sin perder de vista el glaciar. Tan sin perderlo de vista que al que sí perdemos es a Ángel que, con su biorritmo habitual, se nos ha quedado descolgado y nosotros, que estábamos a otra cosa, lo hemos perdido. Mª Ángeles, conocedora del percal, nos tranquiliza con un “No os preocupéis, pronto aparecerá”. Así que seguimos hasta llegar, descendiendo, hasta el mirador intermedio que está justo delante de donde ha caído el gran derrumbe anterior. En ese punto, el frente del glaciar casi está conectado con la península Magallanes por los hielos destrozados producto de sucesivos y muy frecuentes desprendimientos. Queda apenas un canal a través del cual los brazos Rico y Sur del lago Argentino desembocan después de pasar sus aguas a través del túnel que hace unas horas veíamos desde el otro lado, desde la cara sur del glaciar que hemos paseado en catamarán. Allí se están produciendo continuamente pequeños desprendimiento de hielos. Son especialmente frecuentes en el interior de túnel. Solo los oímos, pero poco después la corriente de agua arrastra los fragmentos de hielo que se habían desprendido.

84 Tengo leído que hay momentos en que este túnel se ciega. Entonces el agua del lado sur del glaciar sube de nivel y comienza a ejercer una enorme presión sobre el hielo que le impide el paso. Hasta que en un momento el dique de hielo explota y se restablece la comunicación de esas aguas con las del canal de los Témpanos. En 2004 tuvo lugar este fenómeno por última vez, dice mi guía, aunque puedo sospechar que esté un poco atrasada de noticias: es la edición de 2006. Nos movemos a un lado y otro de ese mirador para acercarnos a la zona del túnel o para ver más de cerca el comienzo de la cara norte del glaciar. Cuando nos damos cuenta de la hora que es y de que por ese lugar en cualquier momento puede pasar Ángel, decidimos ocupar un banco libre y hacer los honores a nuestras provisiones. La excelente calidad del bocadillo de milanesa me resarce algo del espectáculo perdido y mi estómago aplaude la decisión de compra. Observo que no somos los únicos que permanecemos anclados a la contemplación de aquel lugar: tres bienvestidas con niña mona - arreglás pero informales –, que con sus grititos de admiración – muy arreglados también - me habían resultado bastante empalagosas, se han quedado apoyadas en la barandilla, inmóviles como un grupo escultórico y, afortunadamente, calladas; un muchacho de generosa melena y chancletas permanece sentado en el suelo en el mismo lugar, cercano a la barandilla, en que ya hace un buen rato reposaba contemplativo y rodeado – casi pisado – por el gentío que atestaba en ese momento el mirador; ahora se ha descalzado, tiene un libro en las manos y mira, lee, mira, mira… Los comprendo.

En ese momento aparece Ángel recriminándonos que hemos seguido un camino sin orden ninguno: no hemos visto, por ejemplo, el mirador inferior a pesar de que, cuando llegábamos aquí, hemos pasado por el desvío. Sonreímos, reconocemos la lógica de sus desplazamientos pero… nos da igual: aquí estamos tan bien. Y luego enmendaremos el olvido del mirador inferior.

Terminado el “agapito”, nos ponemos en marcha recuperadora de olvidos. Y llegamos al mirador inferior: la abrumadora visión en contrapicado del frente del glaciar, la proximidad del túnel con sus pequeños y frecuentes desprendimientos,… Comento con Merche que hemos visto tantas maravillas seguidas que estas ya no nos sorprenden aunque, si hubiéramos comenzado por aquí, estaríamos ahora con la boca abierta de pasmo.      

Es preciso regresar. Nos espera ahora una dura secuencia de pasarelas y escaleras siempre ascendentes hasta el punto de reunión frente al restaurante. La emprendemos con calma y tenacidad. De vez en cuando nos detenemos para descansar las piernas y deleitar la vista. Y en menos tiempo-esfuerzo del esperado nos encontramos frente a Patricia, la guía, que nos pregunta por la experiencia. Nos hacemos lenguas de lo mucho que hemos disfrutado y ella escucha, satisfecha, nuestras voces a las que siguen poniendo contrapunto los chasquidos del hielo que se rompe al fondo.

El viaje de regreso se esfuma rumiando hermosuras en la contemplación de las fotos tomadas.

Llegados al hotel y descansados, nos encontramos en la sala comunicando con la familia por el skype cuando vemos aparecer a una pareja de la que ella me resulta conocida: tiene que tratarse de los amigos de Isabel y Enrique, Pilar Fernández y su marido, que llegaban hoy a El Calafate y a este Hotel Terrazas. Me acerco, nos identificamos y comienza una convivencia fácil y cálida como la que suelen propiciar personas excelentes como resultan ser ellos.

Cuando llegan los del trekking por el glaciar los asaltamos con preguntas sobre la excursión realizada. A Merche y a mí nos interesaba mucho saber si era interesante lo del trekking por planificarlo para pasado mañana. Isabel P. y Enrique, sobre todo, nos han disuadido del proyecto: según ellos se trata de un simple paseo por el hielo sin mayor aliciente, bromean, que el whisky con hielo del glaciar y acompañado de alfajores que te sirven allá, en medio del inmenso casco helado del Perito Moreno. Comentan que de todas formas es curioso pensar que caminas sobre un glaciar muy vivo que se desplaza contigo encima a razón de 3 m al día, esa enorme lengua de hielo cuyo frente se abre en 7,5 km (2.5 km en la cara norte, 5 km en la cara sur) y con un espesor emergente sobre el agua de 65 ó 70 m. Merche y yo sacamos en consecuencia que no vamos a acometer tal excursión.

Nos ponemos en marcha inmediatamente para atender otros aspectos de la cultura: los gastronómicos: teníamos decidido y vamos a cumplir el proyecto de cenar hoy un cordero patagónico en La Tablita, restaurante que nos ha sido recomendado por varias vías de información.

Como muchos restaurantes por esta zona y de esta especialidad, La Tablita nos recibe con el espectáculo culinario del asador patagónico con su vivo fuego en el centro de unos asadores casi verticales que exponen al calor de sus brasas y llamas unos corderos abiertos en canal que van girando para acabar asados a todas caras. Afortunadamente reservamos ayer mesa porque está hasta los topes y, además, vamos a ser 11 comensales, los 9 patagónicos habituales más los recién incorporados Pilar y Chema. La demanda es tan alta que, al reservar nos avisaron que nos guardarían la mesa solo 15 minutos: si nos retrasábamos más, levantarían la mesa. Hemos sido religiosamente puntuales.

Ensaladas, cordero patagónico y postres han compuesto el rico menú que nos hemos metido al cuerpo con mucho gusto, sea todo dicho. La presentación un poco abrumadora de las enormes fuentes de cordero y la espectacular de uno de los postres han sido lo más llamativo para la vista.

A los postres, Merche ha invitado a todos los compañeros a unas botellas de champán para celebrar su ya pasado cumpleaños y se ha vuelto a producir el canto del “Cumpleaños feliz” y el sonrojo consiguiente de Merche por la publicidad y eco general de la felicitación.

Al terminar nos hemos ido caminando hasta el hotel más que nada por bajar un poco la copiosa cena. No nos hemos entretenido porque mañana estamos amenazados con salir de ruta ¡a las 7.30 h de la madrugada!

Nuestras heroicas blogueras, las Isabeles, dicen que todavía se quedarán un rato para darle un avance al blog. Son increíbles.

 

Día 30.-     RUTA DE GLACIARES

El plan de hoy es visitar tres grandes glaciares de los 350 con que cuenta Argentina, de ellos 12 de gran tamaño. Pues vamos a ver tres de estos doce el Upsala, el Spegazzini y la cara norte del Perito Moreno, que no vimos ayer. Como en el resto del mundo, todos los glaciares argentinos están en retroceso, en algunos casos alarmante, salvo el Perito Moreno que, directa y copiosamente alimentado por el Campo de Hielo Sur, crece a razón de más de 100 anuales. Se encuentra en este caso también el glaciar chileno Pío XI. Realmente no es que crezcan sino que no retroceden porque su movimiento y abundancia les permite perder continuamente témpanos por rotura sin que por ello se vea afectado su tamaño.

Salimos a las 7.30 h – a decir verdad un poco más tarde -, recogemos a los últimos componentes de la expedición que en estas tierras sureñas coordina la agencia Rumbo Sur y nos dirigimos al Puerto de la Cruz de Punta Bandera. Es esta una instalación portuaria excelente, con abundantes muelles perfectamente estructurados y una dotación de catamaranes en servicio de alta calidad y de presentación, servicio y limpieza exquisitos. Muchos de los mejor presentados pertenecen a la naviera Fernández Campbell.

Comienza la travesía por el Brazo Norte del lago Argentino, este inmenso lago cuyos brazos y derivaciones – desde el Brazo Upsala hasta el Brazo Sur – sirven de vía de acceso a los glaciares de este enorme Parque: Upsala, Bolado, Onelli, Spegazini, Mayo, P. Moreno,… Luego continuamos ya por el Brazo Upsala. Nos vienen anunciando desde hace rato que, por muy lamentable que sea, es imposible acceder hasta las inmediaciones del glaciar porque todo este brazo que daría acceso a él está taponado desde hace años por una enorme barrera de témpanos. Es que el glaciar Upsala ostenta el triste record de ser el que más retroceso está padeciendo: ¡7 km en 20 años! Un verdadero disparate.

Parece ser que a ello contribuye, además del consabido cambio climático, las peculiaridades del glaciar. Su enorme lengua no descansa sobre tierra firme, como en la mayor parte de los glaciares, sino que flota. Ello conlleva la generación de enormes tensiones en el hielo que se quiebra con inusitada frecuencia y en témpanos de increíble tamaño. Estos se trasladan hacia el sur y acaban por bloquear el Brazo Upsala y la Bahía Onelli que daría paso al glaciar del mismo nombre.

Nos vamos encontrando, camino del glaciar, con decenas y decenas de témpanos a la deriva, casi todos ellos mucho mayores que el catamarán que nos transporta. Unos sólidos como pequeñas islas, otros horadados por enormes óculos a través de los cuales podemos ver un catamarán que navega por el otro lado, unos como picos andinos flotantes, otros de formas gráciles y caprichosas, aquel de más allá como una pirámide egipcia de hielo,… Y cada vez más próximos unos a otros. Hasta que nos presentamos efectivamente ante la barrera inmóvil de témpanos que nos impide la aproximación al inmenso glaciar Upsala (alrededor de 600 km2 de superficie – más del triple que el P. Moreno -, 60 km de largo y 7 km de frente). Tendría que ser sobrecogedor comprobar, en un día claro como hoy, que el hielo del glaciar se perdía en el horizonte de sus 60 km de largo. No es posible, qué le vamos a hacer.

Pues lo que ya estamos haciendo: gozar del alarde de formas, colores y composiciones de todo87 tipo que nos ofrece esta barrera de témpanos. En un momento, el catamarán se detiene cerca, muy cerca de un témpano que puede tener ¿300 m de largo?, tal vez más, si lo comparamos con nuestro barco, y cuyo mayor atractivo lo constituye no su fabuloso tamaño sino una enorme gruta en azules progresivamente más oscuros que se hunde dentro de su tremenda masa de hielo.Si yo fuera escultor mataría por poder firmar una pieza como esta aunque fuera en tamaño infinitamente más pequeño. Y Madre Naturaleza se la regala hoy a nuestros ojos alucinados y, dentro de un año o dos, seguirá aquí, alterando quizás su delicada forma de gota invertida en vete a saber qué otro prodigio plástico de línea y colores, para disfrute de futuros visitantes. Creo en este milagro, miento: soy testigo y notario de este milagro y doy fe de que existe. La secuencia alucinante de formas y colores continúa a lo largo de la enorme barrera que recorremos sin prisa, dando lugar al placer estético que provoca.La indicación por megafonía de que, como ya se había anunciado, el acceso a Bahía Onelli y al glaciar del mismo nombre resulta imposible nos hace caer en la cuenta de que nos estamos alejando de la Barrera del Upsala. Deseo que esta barrera contribuya a preservar al padre Upsala de la destrucción que lo amenaza; no sé si es posible, tal vez no, pero lo deseo con todas mis fuerzas.

88A 88B

Camino del Spegazzini por el Brazo del mismo nombre, vemos a la derecha otro glaciar menor en retroceso, el Glaciar Seco: muy por delante de su actual lengua de hielo, la falta de vegetación indica claramente que la primitiva alcanzaba prácticamente la orilla del lago. Hace pocos años de este retroceso: a la vegetación no le ha dado tiempo todavía de repoblar el espacio ocupado antes por el hielo.

88C Y nos presentamos ante el glaciar Spegazzini. Sólo (¡!) tiene 25 km de largo y 66 km2 de superficie, pero su frente alcanza una altura de hasta 135 m, lo que lo convierte en el glaciar de mayor altura del Parque Nacional. Tiene este frente el aspecto de una joven cordillera de hielo de afilados y continuos picachos erizados que se inclinaran suavemente hacia la izquierda que es la parte del glaciar de más elevadas puntas, las que alcanzan esos 135 m de record. Por la derecha el Spegazzini parece recibir un glaciar tributario cuyo empuje pudiera ser, se me ocurre, el responsable de la inclinación hacia la izquierda de la masa del frente del glaciar. Porque no soy un científico, como el italiano que dio nombre a este glaciar, puedo permitirme ciertas licencias imaginativas como esta que tal vez no se corresponda con la realidad, pero…En el centro de la zona inferior del frente, justo a ras de las aguas del lago, el glaciar dibuja un88D cueva con fondo de rocas que me recuerda a la que, en la ladera del Paine Grande, servía al glaciar del Francés para verter el agua del deshielo al río. Eso sí, los hielos que dibujan la que ahora vemos son de un perfecto blanco azulado, no teñidos del gris de piedras y rocas como aquellos. El próximo y último destino de esta nuestra ruta de los Glaciares van a ser los 2.5 km de la cara norte del Perito Moreno. Ayer ya la divisamos desde el lateral más norte de las pasarelas. Fue una visión un tanto sesgada y lateral pero que tal vez hubiera resultado suficiente. Pienso que, si esta excursión hubiera podido incluir la visita al glaciar Onelli, no hubiéramos disfrutado de este repaso, ahora desde el agua y de cerca, de la cara norte del P. Moreno.

En ella se aprecia una frecuencia mucho menor de desprendimientos de témpanos y, en consecuencia, un menor deterioro del acantilado de hielo. Las formas de las continuas agujas de hielo vuelven a ser una maravilla de diseño envidiable por cualquier profesional del ramo. Me llama especialmente la atención una pareja de agujas de hielo que semejan los gráciles y esbeltos cuellos de esas aves que adoptan elegantes posturas de cortejo en las paradas nupciales. Pero este es solo uno de los innumerables caprichos estéticos que Madre Naturaleza se ha permitido en esta cara norte del P. Moreno. Ahí se nos pasan otra vez los minutos que no llegan a horas porque, en un momento, el catamarán vira y pone proa a Punta Bandera.

Cuando ocupamos los cómodos asientos que habíamos tenido reservados durante todo el viaje, nos damos cuenta de que apenas los habíamos utilizado más que para salir de puerto – así nos lo habían ordenado – y para consumir nuestro pic-nic de mediodía. El resto del trayecto lo habíamos pasado buscando, de proa a popa y de cubierta superior a cubierta inferior, el deseado lugar perfecto para contemplar las bellezas inefables que se habían tragado nuestros ojos durante horas.           

89A 89B

En esta empresa, a veces frustrada, el principal inconveniente había sido la cantidad de gente. Al comienzo yo pensaba que poca gente se arriesgaría a colocarse en proa donde con seguridad se iba a mojar y habría de arrostrar – y nunca mejor dicho – los embates del frío viento patagónico. Nada más lejos de la realidad: en cuanto el espectáculo mejoraba, la Proa se ponía de bote en bote y pasajeros había que no sé si en algún momento abandonaban alguna de las dos pequeñas proas del doble casco del catamarán.

 Durante el regreso, bajamos a tomarnos una cervecita al bar del barco. Enfrente de la barra, una pantalla mostraba una grabación continua de imágenes del glaciar Perito Moreno: imágenes en que el arco del túnel del glaciar era muy alto y lo atravesaba un barquito de vela, otras en que un grupo de escaladores trepaba por el interior de una grieta interna del glaciar, otras de uno de los hundimientos del túnel que, al parecer, se producía simplemente por deterioro de los hielos con el calor de febrero, y otras muchas… Para terminar, aparecía a toda pantalla esa frase de Borges sobre el glaciar Perito Moreno que en algún momento he citado en estas notas: Mirarlo es verlo siempre por primera vez. ¡Qué razón tenía el maestro!

De vuelta en el hotel, Pilar y Chema, que se nos han revelado, a quienes no los conocíamos, como dos magníficos compañeros de viaje – colaboradores, simpáticos, agradables y nada egoístas –, nos comunican que no van a venir a cenar con nosotros porque ellos quieren retirarse pronto a descansar ya que mañana deberán madrugar muchísimo: el programa de su viaje se adelanta al nuestro y ellos mañana llegarán al Chaltén que será nuestro destino un día después. No hay manera de convencerlos de que hagan un esfuerzo: se les nota que no quieren interferir con nuestra previsible disposición a trasnochar, dado que mañana tenemos día libre. ¡Hasta pronto, amigos!

Después de alguna indecisión, elegimos para cenar el restaurante que nos recomendó ayer el dueño de La Tablita como posibilidad para la cena de Nochevieja, el De Antaño. Antes nos habíamos acercado a conocerlo Marga, Merche y yo. Solo le habíamos apreciado el inconveniente de que no parecían aceptar VISA para el pago. Se ha valorado como pequeño el obstáculo y allá que nos hemos ido a cenar. La elección, por cierto, no ha resultado equivocada.

Hemos aprovechado para decidir que la cena de Nochevieja la haríamos definitivamente en el Hotel: no es que esperáramos mucho de su cocina, pero la comodidad de no tener que desplazarnos ni antes ni después y la de retirarnos a dormir en hora no demasiado tardía (al día siguiente seremos nosotros los que habremos de madrugar) nos empujan a tal decisión.

 

Día 31.-   DÍA DE ¿DESCANSO?

Habíamos hecho propósito de no levantarnos hasta muy tarde, pero lo cierto es que, poco después de las 9 h, hemos ido acudiendo a desayunar tan formalitos. Está visto que, incluso dormilones mañaneros como Merche y yo, acabamos por ajustar nuestro reloj biológico a horarios madrugadores como los del turista.

 El proyecto, ya esbozado ayer, es el de acercarnos a la orilla del Lago Argentino que se divisa desde el hotel y ver de cerca las bandadas de flamencos que desde aquí apenas columbramos posadas en los fondos someros de sus aguas. Como las chicas parece que “necesitan” algún tiempo más para su aseo personal, Ángel, Enrique y yo – que hemos dado en autodenominarnos la “Minoría Oprimida” – hemos decidido ejercer de pioneros - del grupo únicamente – y nos hemos dirigido al lago.

Ángel, nuestro naturalista, nos va aleccionando sobre el modo en que debemos aproximarnos a las bandadas de flamencos: se trata de unos animales muy asustadizos que se desplazarán hacia aguas más profundas y alejadas si nos ven acercarnos con prisa, dejándonos ver como grupo grande o dando voces; con lo cual se verá perjudicada o imposibilitada la toma de fotos cercanas aun haciendo uso del zoom. Cumplimos disciplinadamente con esas instrucciones y nos vamos acercando.

Lo primero que nos llama la atención es que, como cabía esperar, no son solo flamencos las aves que habitan esas aguas poco profundas. Abundan los cisnes de cuello negro, cigüeñas, cauquenes, garcetas, ánades, teros, gaviotas y otras muchas que, no teniendo a Ángel al lado, yo no sé identificar.

91A

Pese a las precauciones, notamos que los flamencos, suave y como desganadamente, van poniendo agua por medio cuando nos aproximamos. Así que nos detenemos y luego nos vamos aproximando muy poco a poco hasta donde el agua y el cieno nos lo permiten. Enrique planta su trípode a despecho del viento patagónico que le fuerza a abrir bastante las patas sobre todo para que no vibre la máquina ni salgan las fotos movidas. Ángel y yo tomamos las nuestras a pulso, esquivando como podemos las sacudidas del viento patagónico.

Yo les comento que ahora comprendo bien algo que en Buenos Aires me pareció una broma de los de la capital hacia las provincias: en una tienda de Galerías Pacífico vimos una camiseta - en argentino “remera” – cuya serigrafía representaba un grupo de vacas ostensiblemente inclinadas hacia la derecha con un texto sobre ellas que decía “VIENTOS PATAGÓNICOS” y cuyas últimas letras, a partir de la Ó, aparecían separadas y volcadas, como arrastradas por el viento. Desde Bariloche – y sobre todo el día en que llegamos al lago Grey en el Paine - lo venimos experimentando en nuestras carnes. Y eso que los naturales del lugar vienen a decirnos entre sonrisas que este viento está casi en calma.

Se produce enseguida la llegada de la FFG, fación femenina del grupo - obsérvese que evito lo 91B de “sección” por esquivar asociaciones de ideas que pudieran resultar molestas -. Les recriminamos su bulliciosidad y el aparatoso despliegue del grupo. Creo que no nos hacen ni… caso, aunque, si he de ser sincero, su indisciplina no aleja más a los flamencos que seguramente en este momento ya habían alcanzado posiciones que la experiencia les revelaba como seguras. En busca de la foto perfecta, nos ponemos las botas de tomar instantáneas que luego resultarán repetitivas hasta la saciedad, seguro. Porque está demostrado que al hacer una foto no te quedas con parte del alma del fotografiado, como se cree en ciertas culturas primitivas, que, si llega a ser verdad, ahí hubieran quedado todos aquellos flamencos y congéneres… exánimes. Regresados a la avenida de la Costanera, la seguimos en dirección este con la intención de acercarnos a la Laguna Nímez, la que los planos de El Calafate califican de Reserva Ecológica Municipal. Terminada la avenida, torcemos a la izquierda y tropezamos enseguida con una Fábrica y Ventas de 92A Chocolate cuyo cartel publicitario – muy bucólico – reza: “Ovejitas de la Patagonia”. El exterior tiene muy buena pinta y entramos. Supongo que también lo hubiéramos hecho de no ser tan agradable la apariencia externa porque hubiera surtido efecto la mención que alguien ha lanzado del posible chocolatito caliente. El interior y la pareja que regenta el establecimiento son todavía más agradables. Lo recorremos y… nos sentamos; para un día que no vamos con el trillo en los talones… La comanda se divide entre tazas de chocolate y de café a las que la señora del lugar añade unas pastitas navideñas que estaba preparando hoy. Tanto ella como su marido tienen la virtud de ser amables y darnos conversación sin agobiar, sin convertirse en intrusos de las nuestras en las que intervienen cuando se lo requerimos.

Por todo el establecimiento figuran colgadas fotos de la muy corta historia de los asentamientos humanos en estas latitudes. Observo que justo detrás de nuestra mesa, apoyada en el alféizar de una ventana, hay una fotografía terrible: representa a un grupo numeroso de peones de hacienda, muy pobremente vestidos, y extrañamente alineados frente a la cámara. Lo estremecedor es el pie de la foto que reza: “HUELGUISTAS RENDIDOS EN LA ESTANCIA “ANITA” ESPERAN LOS PELOTONES DE FUSILAMIENTO” Foto de diciembre de 1921. La superproducción y exportación de cereales y carnes argentinos en los años 20, que hicieron de esta nación una de las más ricas del mundo, estuvieron manchadas de sangre. Se me ocurre pensar que la avaricia sin control ha sido siempre una de las mayores lacras de la humanidad. Lo fue entonces – ahí está la foto de los peones patagónicos fusilados por hacer huelga – y lo sigue siendo en nuestros días en que disminuyen todos los derechos laborales conquistados durante siglos y hasta las posibilidades de supervivencia de buena parte de la humanidad y crecen hasta la locura las riquezas incalculables de unos pocos - muy pocos -, cada vez menos en proporción ellos y más fabulosas sus fortunas.

92B

La tertulia se ha animado: de la consumición de chocolate y café se ha pasado a la adquisición de productos de la casa y hasta de recuerdos de la región. Se hace necesario que alguien recuerde que íbamos a la Laguna Nímez para que el grupo se ponga en marcha. Definitivamente orientados con las indicaciones de los dueños de Ovejitas de la Patagonia, emprendemos camino y llegamos a la Laguna. En la caseta de información comprobamos que esta Reserva Ecológica Municipal tal vez va añadir poco a la que hemos ido acumulando en nuestro paseo por las orillas del Lago Argentino y decidimos no iniciar el circuito que da la vuelta a la laguna. Nos limitamos a asomarnos al mirador que da vista a ella para hacernos una idea del conjunto.

En ese momento observamos que un perro callejero – de los que, por cierto, hay verdadera plaga en El Calafate – está ¿jugando o atacando? a un ave del humedal cercano a la laguna. Definitivamente la está atacando: la persigue y vuelve hacia un punto que el ave defiende a picotazos, su nido, sin duda. Tras una acometida en que el perro casi alcanza al ave, el chucho regresa al nido antes y tiene tiempo para comerse los polluelos ante la actitud cada vez menos agresiva del ave. De vuelta a la caseta se lo comentamos al guardaparque que, resignado, dice que es habitual e inevitable porque, claro, “no vas a cazar a los perros” (¡!).

Nos enteramos por este guardaparque del nombre de un ave que llevamos viendo durante estos días y que tiene un canto muy peculiar. Después de describirle cómo es su canto y su plumaje, él, señalándolo en una lámina mural, nos aclara: “Es este y se llama tero precisamente por su canto” Y lo imita con la palabra “tero”. Como nosotros nos reímos, nos aclara que debe ser justificado el nombre puesto que en Brasil lo llaman quero. Nos despedimos del guardaparque y salimos hacia El Calafate.

De camino vemos una hermosa mansión con jardines cuidadísimos pero que conservan un aire – muy estudiado - de espacio natural. Alguien que pasa por allí nos indica que se trata de la mansión de la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. (Alguien recuerda que Néstor Kirchner procedía de aquí). No es fea la “chabolita”, no.

Ya entrados en la ciudad, vamos a visitar la Intendencia del Parque Nacional los Glaciares. Estos días atrás, viéndolo desde fuera nos pareció una especie de parque y nos picó la curiosidad. Incluso dio lugar a una pequeña discusión sobre si era o no un parque. Mariluz sostenía que, con ese rótulo del arco de la puerta que decía no sé qué de “Intendencia”, no podía ser un parque. Apenas rebasada la puerta, nos encontramos nada menos que a Perito Moreno, en traje campero y sujetando de las riendas un caballo de carga. Toda una estampa escultórica de expedicionario. Comenzamos a curiosear el jardín e inmediatamente nos percatamos de que están de obras – colocando un bonito empedrado – y no podemos pasar a ver el resto del parque, que sí lo es. Aplazamos la visita par otro día.

94

El cansancio – leve – y la hora nos recuerdan que no estaría mal dar cuenta de nuestras provisiones. Y a ello procedemos tras salir, por discreción y civismo, del recinto del parque. Una vez alimentados, hacemos un alto cervecero en la terraza de un bar de la avenida central de El Calafate que, cómo no, lleva por nombre San Martín ( en otros sitios, como Buenos Aires, adopta el sinónimo de Libertador ) y establecemos en ella el campamento base de las incursiones compradoras de las chicas. De mí sé decir que nunca agradeceré bastante a Merche que se haga cargo de esta enojosa – a mí me lo parece - labor social de la adquisición de regalos-recuerdo para hijos, nietos y nueras.

Nos vamos después a conocer el pomposamente denominado museo de la ciudad de El Calafate. Se trata, en realidad, de una especie de centro de la mínima historia de esta ciudad, pueblo hasta hace poco. La fundación de la población originaria se remonta a solo 83 años, sí 83 nada más. Como resulta lógico pensar, los objetos y documentos recogidos no pasan de fotos de época, anticuados teléfonos y telégrafos, maquinarias obsoletas de todo tipo y algunas actas y documentos fundacionales. Completa sus instalaciones con una sección que recoge ejemplares disecados de fauna de la región.

Regresamos después al hotel con ánimo de descansar un poco y hacer algunos preparativos de la cena de Nochevieja que ya tenemos contratada en el hotel. Los preparativos se refieren a las campanadas: adquisición de uvas y localización en youtube de la grabación de unas campanadas de Nochevieja en la Puerta del Sol para que nadie tenga que hacer de campana.

La cena ha resultado discreta en el menú y en el número de asistentes y animada en nuestro Grupo Patagonia 2010. Hemos ofrecido uvas a un grupo familiar de españoles mallorquines pero se habían traído botecitos de esos de uvas enlatadas. Después de tomadas las uvas, hemos salido a la terraza para contemplar los fuegos artificiales con que saludaban el año nuevo distintos barrios de la ciudad. Han resultado múltiples pero muy discretitos de proporciones. Con todo, han sido suficientes para que en uno de los barrios se haya producido un incendio de cierta importancia que pronto ha sido sofocado.

Federico, uno de los recepcionistas del hotel, nos ha amenizado la tertulia con una exhibición espontánea de juegos de manos. Han resultado especialmente sorprendentes los que ha realizado con las cartas de una baraja. Hemos cerrado pronto la sobremesa porque mañana deberemos madrugar para salir hacia El Chaltén.             

            ¡¡¡FELIZ AÑO 2011!!!

 

 

- siguiente
  anterior