Viaje a la Argentina (6)

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 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

Día 25.-   HACIA TORRES DEL PAINE

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Día de Navidad y nosotros dale-que-te-pego de un lado para otro. No parece un día de Navidad: madrugamos para ponernos enviaje no con o por la familia sino con un grupo de amigos y por puro turismo. Lo único navideño que nos acompaña es el tiempo: hace verdadero frío, sopla un vientecillo pelón y amenaza lluvia. Lo cierto es que la fuerza de la costumbre pronto pierde intensidad y, en breves minutos, todos nos encontramos enfrascados en lo que estamos.

Y lo que hoy nos va a ocupar no es otra cosa que nos incorporamos a la excursión de un día hasta el lago Grey de un grupo que va y vuelve a Puerto Natales. Nosotros, a diferencia de ellos, solo iremos hasta el lago Grey y nos quedaremos hospedados en Hostería del mismo nombre para salir hacia El Calafate el día 28.

En el grupo al que nos incorporamos hay gentes muy variadas e inconexas entre sí. Así que nos metemos en un microbús silencioso que, al instante, se puebla de nuestras voces, comentarios y bromas. El guía es un mozo recio bien aclimatado al lugar que viste camiseta de manga corta y, como mucho, al salir del bus, se cubrirá con una sudadera fina. Hace sus explicaciones en español y, al terminarlas, se acerca a dos chicos jóvenes – norteamericanos, según nos ha explicado – para transmitírselas en inglés. Nos advierte que, en los lugares en que vamos a detenernos, está ABSOLUTAMENTE prohibido arrojar papeles, envases, restos de comida o bebida; si alguien lo hace, los guardaparques están autorizados a multarlo y lo multarán.

Nos anuncia que la primera parada va a ser en la Cueva del Milodón. El pago de la entrada a dicha cueva nos obligan a hacerlo en pesos chilenos. Esta pesadez de las distintas monedas nos hace añorar la comodidad del euro, especialmente en el caso del peso chileno que cambia a razón de 630 (¿?) por 1 euro.

Visitamos la amplísima cueva a cuya entrada figura una reproducción (¿?) del Milodón, herbívoro prehistórico extinguido ya en el Pleistoceno – así lo explican unos paneles informativos – y que fue descubierto por otro alemán – un tal Eberhard – a finales del s. XIX a partir de ¡un trozo de piel! Enrique me comenta, y yo estoy de acuerdo con él, si no será mucho inventar semejante pedazo de bicho a partir de un trozo de piel. Los de Puerto Natales se lo han tomado muy en serio y ayer, en una de las calles mejor urbanizadas la ciudad, pudimos ver, cuando nos llevaban al hotel, una enorme estatua de lo que interpreté como un extraño oso y que ahora identifico, repasando las fotos, como un Milodón. Parece que el milodón estaría emparentado con el actual perezoso, pero eso sí, a lo bestia.

Desde allí, avistando de paso el lago Figueroa, nos dirigimos a Cerro Castillo, lugar en medio de la nada que parece que se fundó con la intención de que ejerciera de nudo de comunicación entre la costa chilena, Torres del Paine y la frontera argentina. Fundado Puerto Natales, fue perdiendo esa función y ha quedado convertido en un grupo de casas perdidas en un cruce de caminos de la estepa. La larga parada en este establecimiento tiene la justificación oficial del cafecito y el paso por el baño y la real de favorecer las ventas variadas en esa tienda-de-todo-tipo y bar que además de ser carísimo, si no pagas en pesos chilenos, te aplica un cambio usurario. A fuer de objetivo, he de confesar aquí la manía que les tengo a estos montajes de explotación del turista contra los que no conozco más remedio que la abstención. Abandono, pues, el establecimiento sin hacer más consumo que el de calentarme al amor de su estupenda estufa .y evacuar mis necesidades fisiológicas.    

66 Llegando al Lago Sarmiento, avistamos por primera vez el espectacular macizo de las Torres del Paine. La vista desde la orilla del lago con las aguas del Sarmiento de un intensísimo color azul coronadas por la estampa solemne y magnífica del Paine es de las que justifican un viaje. Pronto comprenderé que no va a ser este el paisaje más justificador de viajes. Observo ahora, al repasar las fotos que la orilla del lago está protegida de los turistas por un vallado y adornada, eso sí, de matanegras floridas. Una preciosidad. Subimos al bus y paramos pronto para tomar unas fotos del elegante grupo de guanacos que ramonean hierba a orilla de la carretera. Sí elegante: el conjunto de la manada de guanacos, con sus esbeltos cuellos, pastando tranquilos, aunque vigilantes de los intrusos, con el macizo del Paine al fondo en el que ya se distinguen, difusas entre celajes de nubes, las Torres que le dan nombre. El paborama tiene la elegancia y compostura de un bello cuadro. Nos espera más adelante la Laguna Amarga que debe su nombre a las sales disueltas en sus aguas que producen dos efectos: los blancos depósitos salitrosos de sus orillas y el color esmeralda de sus aguas. ¡Y el Paine al fondo! Espectacular. Lo único que nos viene castigando en esta excursión es el terrible viento patagónico que está alcanzando rachas de 100 y 120 km/h pero que no consigue privarnos del disfrute de tan preciosos paisajes.

Tampoco desmerece de los anteriores el que se contempla desde el Mirador del Lago Nordenskjöld que nos ofrece como fondo, por primera vez, la estampa maravillosa de los Cuernos del Paine con sus capas de distintos colores y el remate soberbio de sus crestas.

El itinerario de esta excursión nos hubiera llevado desde aquí, tras un recorrido a pie, a contemplar de cerca el Gran Salto del Río Paine. El guía nos comenta que le han avisado que se debe suspender este paseo porque los vientos al lado del salto son peligrosos para nuestra seguridad. Nos lo creemos a pies juntillas después de experimentar-padecer los ventarrones de esta mañana. En lugar de ello hacemos una parada en el Lago Pehoé en un punto desde el que se avistan perfectamente el Salto Grande, el Paine Grande, los Cuernos del Paine y la Hostería del Pehoé unida a la orilla del lago por una sencilla pasarela. Tenía razón antes: no iba a ser aquel el mejor paisaje.

Desde allí nos conducen al hotel Serrano por si queremos comer en su restaurante. Nosotros desenvainamos las vituallas de que hemos hecho provisión en el Altiplánico Sur y, debidamente protegidos de los rigores del viento por el edificio del hotel, damos buena cuenta de ellas. La magnífica vista del macizo del Paine que ofrece la explanada del hotel anima a Isabel P. a tomar una foto de grupo. El problema surge cuando debe colocar la cámara en un lugar y programar su disparo retardado. Lo hace pero, cuando ella aún no ha llegado a colocarse en el grupo, el viento la derriba. La maniobra posterior, pese a los buenos servicios de Ángel, nuestro naturalista, se revela francamente difícil. Pero la tenacidad de Isabel y Ángel tiene su recompensa y se toma la deseada foto. Nos metemos después en el hotel a tomar café. El servicio, no demasiado rápido, resulta excelente por lo demás y nos alegra la sobremesa – ahora sí hay mesa – con unos cafés de calidad y unas pastitas muy agradables. Se añade a esto que los ventanales encuadran estupendamente esa vista del Paine por la que antes nos hemos peleado con el viento.

Al reanudar el camino, Isabel R. propone el guía la posibilidad de sustituir la visita no realizada al Salto Grande por el paso por la Sede Administrativa de este Parque de las Torres del Paine reconocido como Reserva Mundial de la Biosfera. El guía no resiste la andanada y nos lleva a ese centro de interpretación que, según la propaganda, cuenta con una maqueta de todo el Parque. La tal maqueta no resulta ser de las mejores en su género pero sí nos sirve para hacernos una idea más de conjunto de lo que hemos visto y veremos aquí.

La siguiente parada, penúltima para nosotros, nos lleva a las inmediaciones del Lago Grey. 67 Atravesamos el río Pingo por una pasarela – que solo permite 6 personas a la vez – para llegar tras un breve recorrido a la playa del lago. Hay dos cosas admirables: la estampa del lago con sus témpanos formidables adornados de variados tonos de azul y con el glaciar al fondo y, por otra parte, un viento desalmado que apenas nos deja avanzar y que, afortunadamente, nos aleja del agua. Hacemos risas de ello pero más tarde confesaremos que todos pensábamos también que, si continuaba así el viento, nos iba a aguar la fiesta de este maravilloso lugar. Al regreso al bus, observamos que el guía está discutiendo con un guardaparque que se ha presentado a multar a uno de los chicos norteamericanos por ¡verter el líquido de una botella en el parque! El chico lo ha reconocido pero ha dicho que era agua. Este argumento sumado al del guía que está afirmando que los chicos no habían entendido bien los avisos porque eran extranjeros ha conseguido aplacar al guarda. Y nos hemos puesto en marcha. De allí a la Hostería del Lago Grey, nuestro próximo hotel, apenas invertimos dos minutos de autobús. Nos espera un mozo que carga nuestras maletas en un carrito y vamos a la recepción. La Hostería la forman dos líneas de edificios de una sola planta y elevados del suelo, divididos en habitaciones que dan directamente a un espacio verde interior y a un bosque de lengas que nos oculta el lago. Nos acomodamos y pasamos a la sala desde la que se ve un paisaje de postal: a la derecha, el Paine, que nos muestra el Gran Paine y los Cuernos, y enfrente el lago Grey con el Glaciar y los montes del glaciar de fondo. Una maravilla. La hora de la cena se ha cumplido y pasamos a cumplir con ella.

Entre plato y plato decidimos que mañana tomaremos un catamarán para visitar de cerca el glaciar Grey. Esperamos que amaine el viento. La duda es si apearnos en el lateral del glaciar para hacer una ruta de trekking que figura en los planos o limitarnos al paseo sosegado y tranquilo que nos dé el catamarán. Las dificultades de horario que impone lo del trekking y, tal vez, el cansancio acumulado nos deciden por la segunda opción. 

 

Día 26.-     BAUTISMO DE GLACIARES: EL GREY

Madrugamos, como siempre para mis gustos, por desayunar con cierta, digamos, solvencia y por tomar después el catamarán. Un microbús nos desplaza hasta la pasarela sobre el río Pingo que tomaremos para llegar a pie hasta el embarcadero desde el que zarpa una zodiac que nos acercará al barco.

Al llegar nos imponen sobre la ropa de abrigo el consabido chaleco flotador que conservaremos durante todo el recorrido. La verdad es que no estorba porque soplaun vientecillo que, si bien no tiene nada que ver con el ventarrón de ayer tarde, refrescaría más de lo deseable a quien viajara en cubierta. Posibilidad esta que nos es prohibida porque el lago tiene un fuerte oleaje resultado, seguramente del viento de ayer. A lo largo del recorrido se producen dos variaciones: aumenta admirablemente el número y tamaño de los témpanos desprendidos del glaciar y va disminuyendo la fuerza del viento. Todas estas y otras muchas peculiaridades del lugar nos las va explicando con soltura, amabilidad y notable calidad de información el guía que nos ha tocado en suerte, Lucas. Como le vamos dando pie a ello, pronto hace buenas migas con el grupoPatagonia 2010, como a él le gusta llamarnos desde que se ha enteradode que ese es el nombre del blog que van haciendo las Isabeles (Hago propósito de enmienda y me prometo escribir una entrada esta misma noche hablando de Iguazú). Explicar en español y en inglés que, en otros guías, acaba resultando una pesadez, en este muchacho consigue que casi pase desapercibido. Además su inglés, según nuestras anglófonas Marga y Mariluz, es perfecto; él nos explicará más tarde que vivió muchos años en EE UU – y pienso yo que “muchos”,… como no fuera de niño… -.

La aproximación al frente del glaciar, además de multiplicar por mil la espectacularidad del paisaje, reduce la fuerza del viento hasta casi la calma. En consecuencia se nos permite subir a cubierta y… quedamos alucinados con la vista: el glaciar Grey tiene dos lenguas partidas por una isla rocosa. En ella y en los muros laterales del lago se observan perfectamente los surcos tallados en su momento por el arrastre de rocas que produce el glaciar. Este, nos comenta Lucas, como casi todos los glaciares andinos (salvo el Perito Moreno y el Pío XI), está en manifiesto retroceso. Concretamente el Grey ha perdido en los últimos 14 años ¡DOS KIÓMETROS! Si seguimos así de insensatos dentro de poco ¿qué quedará de toda este hermosura?

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Porque el Grey es un glaciar hermosísimo que, además de “obsequiarnos” nada más llegar con un desprendimiento de hielo (apreciación esta de turista; en cambio Lucas, que está a mi lado, comenta : ”¡Qué pena, un trozo menos”), tiene unas paredes frontales altísimas que dibujan formas caprichosas y originales, de tremenda fuerza estética y ¡con unos colores…! Se llevan la palma los blancos y sobre todo los azules, indescifrables matices de azul en una variación cromática que se escaparía a la paleta del mejor pintor. Me da por pensar que, después de ver esto, es preciso creer en la virtualidad estética de los procedimientos creativos más abandonados a la producción casual y automática, en el arracionalismo como componente necesario de la creación artística. Menos mal que se me pasa pronto el caldo mental y me abandono de nuevo al puro disfrute esta belleza.

En ese momento, la organización de la excursión nos ofrece un trago – más de buena-estancia que de bienvenida -: un pisco-sauer o un whisky con hielos del glaciar “pescados” por la tripulación de las aguas del lago. Tomo un whisky, que sienta estupendamente a mi estómago bien abastecido, mientras el catamarán se desplaza por el lago para salvar el obstáculo de la isla y poder contemplar la otra lengua del glaciar. Desde lejos parece ser menos espectacular y abrupta: bueno, pues daremos fin a la excursión paseando la vista por este lado menor del glaciar y trasegando a las tripas el frío calentador del whisky. Mientras abandono mis ojos a esta contemplación y disfrute, se abren las nubes y un sol espléndido, generoso se derrama por el glaciar produciendo un efecto inenarrable: las suaves cadencias de su lengua de hielo se llenan de millones de puntos de luz, de brillos como de pequeños diamantes que cuajaran sus ondulantes formas. Haría falta estar hecho de cartón piedra para no emocionarse ante tamaña hermosura. Me apresuro a tomar unas fotos que puedan alargar en el tiempo esta experiencia inenarrable. Las hago y compruebo, decepcionado, que mi cámara – quizás como todas las cámaras – es incapaz de reproducir lo que todavía mis ojos pueden ver. Y a ello me abandono: no sé cuándo volveré a ver algo tan hermoso.

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El grupo todo está entusiasmado y, sin plantearnos por qué, comenzamos a darnos besos y abrazos. Nos hacemos fotos de grupo que recuerden este momento y… lamentamos mucho que no estén con nosotros Marga y Mª Ángeles que no se encontraban muy bien y se han quedado en el hotel. Hacemos propósito de recomendarles que hagan en algún momento esta excursión.

El regreso, con el viento más calmado y de popa, podemos hacerlo, si lo deseamos, en cubierta. No nos lo prohíben, como a la ida, pero lo cierto es que, pasado el primer momento, casi todos regresamos al salón cubierto del barco a contemplar, calentitos, el espectáculo azul de los témpanos y sus formas alucinantes. “Un témpano de estos puede tardar un año en derretirse completamente”, comenta Lucas, “Deben saber que lo que emerge del agua supone apenas el 25 % de su volumen y, por otra parte, estas aguas se mantienen en temperaturas bajísimas siempre”. Uno trata de imaginarse el volumen total del témpano que estamos rebasando y cuya parte emergente debe tener, por lo menos, tres veces la altura de nuestro barco.

Solo una persona permanece en el exterior. Se trata de una señora que tiene todas las pintas de fotógrafa profesional: va pertrechada de trípode y de dos cámaras excelentes - según nos comenta Enrique, nuestro entendido en fotografía – y acompañada de un chico también bien equipado. El viento, que ha vuelto un poco por sus fueros, no ha conseguido apartarla de la proa, donde, sentada en el suelo, hace todo el trayecto de regreso. Al comenzar las maniobras de atraque del barco, Lucas se acerca a indicarle que debe pasar al interior. Luego nos comentará a nosotros que la había encontrado completamente… extasiada, que casi había dado un respingo cuando él le había tocado en el hombro para avisarle.

Pasamos a la zodiac y de ella al muelle. El regreso lo hacemos charlando animadamente con Lucas que, abandonando su papel de guía, nos comenta su panorama laboral dentro de la industria del turismo en Chile, la situación económica del país… Definitivamente se trata de un muchacho simpático, agradable y con una notable cabecita pensante. La despedida es de lo más cordial y aprovechamos la ocasión para felicitarle por sus estupendos servicios como guía y su agradable trato. Él nos corresponde diciendo que “turistas como ustedes sacan lo mejor que lleva dentro cualquier guía”. Toma elegancia.

Por la tarde, después de un no sé si merecido pero, desde luego, sí deseado descanso Marga, Mariluz, Merche y yo nos damos un paseo por la zona que media entre el hotel y el lago. Marga nos sirve de guía porque, entre otras cosas, ha ocupado la mañana en hacer estos caminos con Mª Ángeles. Vamos repasando las lecciones aprendidas sobre flora y fauna del lugar, añorando – ellas – el paseo a caballo de días atrás con especial referencia a las “hazañas” de Pamperito , recordando la ¡posible! presencia del jaguar en parajes como ese… Un agradable paseo.

La tarde queda rematada con actividades diversas en las salas del hotel: las Isabeles con su blog, Merche, Marga, Mª Ángeles y Mariluz con el dominó, Ángel parece estar tomando notas en el i-pod de su mujer… Yo decido que, por fin, voy a responder a la invitación de las Isabeles para redactar una entrada al blog que se refiera a los días iniciales de este viaje, esos en que ellas no estaban presentes todavía. Y me lanzo a escribir directamente dentro del blog. Tremendo error. Después de ocuparme en redactar la tal entrada durante casi dos horas y cuando ya lo tenía prácticamente terminado todo, me acerco a las Isabeles para que me ayuden a instalar la entrada dentro del blog. En ese momento se produce – tal vez – una caída en la intensidad de la señal wifi y… mi texto se pierde en la nada. Me enoja bastante esta burla de la técnica hacia mi persona y pospongo sine die la vuelta a redactar ante las quejas de nuestras esforzadas blogueras.

Cervecita, cena y planificación del día de mañana ocupan el resto de la jornada. Decidimos - y contratamos en el hotel – hacer mañana la excursión al “Camino Francés” que discurre al comienzo por la falda del Gran Paine para meterse después entre este y los Cuernos del Paine. La ruta promete una caminata soportable y adornada de magníficos paisajes.

  

Día 27.-   A LAS ENTRAÑAS DE TORRES DEL PAINE

72 Tras una buena madrugada, procedemos a cumplir con un consistente desayuno – y aprovisionamiento – antes de tomar el microbús que nos ha de llevar hasta la Guardería Pudeto.“Guardería” aquí no significa lugar donde se guardan niños sino edificio en que residen los guardas o guardaparques y que suele coincidir con puntos estratégicos de comunicaciones. Esta guardería Pudeto se encuentra en el cruce entre el camino al Mirador de los Cuernos, la senda al Salto Grande, la pista de ripio del Lago Grey a Puerto Natales (por la que nos desplazamos hoy nosotros) y el embarcadero desde el que un catamarán nos va a llevar hasta la guardería Pehoé de la que parte el Camino Francés. Se han descolgado de esta excursión nuestros “ángeles” del grupo: Ángel parece encontrarse peor del catarro y Mª Ángeles parece que se queda a acompañarlo. Nos arriesgaremos, pues, a viajar sin protección “angélica”, qué le vamos a hacer.La ruta hasta Pudeto sigue, aunque no de cerca, el curso del río Grey, en el que desagua el glaciar y lago del mismo nombre. Lo cruza en dirección a la Posada Serrano para desviarse a cruzar, después, el río Paine y bordearlo hasta Pudeto pasando cerca del Salto Chico y de la Hostería Pehoé. Sienta bien este repaso visual de parajes ya conocidos y admirados. Casi inmediatamente embarcamos en el catamarán que nos llevará a Guardería Pehoé. Nos llama la atención el fuerte oleaje que agita las aguas del lago y hace más incómoda la navegación. Quizás por distraernos, la empresa naviera nos ofrece la posibilidad, que yo rehúso, de tomar un chocolatito caliente con pastas. El otro detalle francamente llamativo es la enorme cantidad de voluminosas mochilas que se amontonan en una especie de plataforma al parecer destinada a ello. La indumentaria de muchos de los viajeros está en perfecta consonancia con esto: gruesas botas de monte, calcetines altos y protectores, toscos pantalones de campo, ropas de abrigo aunque ligeras, gorros y gafas de sol componen la múltiple estampa de montañeros de una mayoría de nuestros compañeros de viaje. Y es que, al parecer, la Guardería Pehoé es uno de los puntos habituales de comienzo y final del gran circuito de trekking que da la vuelta al enorme macizo del Paine. Darle la vuelta entera, según he leído, debe durar entre seis y siete jornadas de fuertes caminatas. Si el sencillo camino que vamos a recorrer hace esperar, ya desde los mapas, que vayamos a encontrar verdaderas maravillas de la montaña, contemplar el recorrido magnífico de una semana que tal vez vayan e realizar estos aguerridos montañeros le pone los dientes largos a cualquiera. De todas formas ni el tiempo ni las fuerzas nos acompañarían a nosotros a planteárnoslo siquiera. Isabel P. tal vez estuviera en condiciones de tener tiempo; los demás… mucho me temo que haríamos aguas.

Apenas desembarcados, tomamos la senda que parece dirigirse hacia la Guardería y Centro de73 Información y desde allí hacia el Valle del Francés que es nuestro destino. No lo hemos dejado muy bien definido porque nos hemos propuesto llegar al menos hasta el Campamento Italiano y ascender desde allí hacia el Campamento Inglés hasta donde el horario y el cuerpo aguanten: a las 17 h. tenemos que estar en el embarcadero de Pehoé para iniciar el regreso y los mapas de montaña indican que en ir y volver al Camp. Italiano se pueden invertir 5 horas. Llegar al Cam. Inglés y regresar ocuparía otras 6 horas. Decidimos ir a comer en el Cam. Italiano, ascender después hasta alcanzar unas buenas vistas del valle y regresar. El guarda del Centro de Información nos habla de la suerte que hemos tenido con el tiempo, que ha cambiado totalmente en las primeras horas de la mañana. Por lo visto esta noche y madrugada ha soplado un espantoso viento huracanado que hacía crujir el edificio del Centro. “Es normal que todavía a estas horas haya mucho oleaje en el Pehoé”, nos ha comentado. Además de utilizarlo para informarnos, nos hemos servido del Centro para beber agua, desbeber y hacer acopio de líquido en nuestras botellas.

A poco de salir de allí, el camino asciende un repecho bastante pronunciado dejando atrás al lago Pehoé para asomarnos inmediatamente a otro, el Scottsberg, cuyas aguas, de intenso color esmeralda, nos hacen de horizonte inmediato durante mucho rato. Cuando ya estamos dejando atrás el lago Scottsgerg, comenzamos a faldear la parte inferior de la ladera del Cerro Paine Grande y de Punta Bariloche. La vegetación se hace más tupida y se atenúan los rigores del sol. Pese a ello, el irregular trazado de la senda llena de altibajos hace que acusemos en nuestras piernas los casi 8 km que nos separan del Camp. Italiano.

Alguien me echa en cara que la noche anterior yo había aventurado, consultando el mapa, que el camino debía de ser bastante llano porque parecía seguir en paralelo las curvas de nivel. Yo replico diciendo que debemos estar en buena forma porque vamos cumpliendo los horarios previstos en los planos montañeros y que no nos hemos retrasado tanto, sobre todo si hacemos cuenta con nuestras numerosas paradas más o menos excusadas por la fotografía. Lo cierto es que merecía la pena detenerse casi en cualquier momento para disfrutar de los paisajes que continuamente regalaba aquel lugar maravilloso con los fondos montañosos de Punta Bariloche, el Paine Grande y los Cuernos del Paine de una parte y el horizonte de los lagos Scottsberg y Nordenskjöld de la otra. Con el giro que el camino adopta para entrar en el Valle del Francés, perdimos de vista los lagos pero ganamos en la contundencia y cercanía de las moles montañosas del Paine.

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Durante bastante rato nuestro caminar fue también acompañado del estruendo provocado por las aguas torrenciales del Río llamado también del Francés. Cuando ya teníamos a la vista lo que podía ser – y era – el Campamento Italiano, encontramos a un grupo de japoneses que, en un silencio casi religioso, dejaba libre un pequeño claro del bosque a orillas del torrente. Decidimos ocuparlo para dar cuenta de nuestro pic-nic sin someternos a las estrictas pautas de silencio de los nipones.                

Una vez repuestas las fuerzas, recorrimos el Campamento buscando alguna fuente de la que se abastecieran los campistas – no dimos con ella y sí vimos que tomaban el agua del río – y algún baño en el que cumplir necesidades fisiológicas que se iban haciendo perentorias. Con el baño sí dimos, aliviamos las tripas y cotilleamos un poco el campamento. Tomamos después la cuesta arriba, pronunciada y de pésimo suelo. No tardamos mucho en llegar a un ensanchamiento en que el camino discurría al lado de un tremendo roquedal que daba vistas a un glaciar de nombre impredecible: el glaciar… del Francés.74C Paramos a disfrutar de la hermosa vista y, en ese punto, Isabel R., Enrique y yo decidimos que ya habíamos llegado y nos dedicamos a descansar y apurar las lindezas del lugar: el glaciar tiene dos zonas, una superior blanquísima y otra inferior ennegrecida por tierra y rocas; bajo esta fluye impetuoso un potente brazo de agua que engrosa el caudal del río…Francés. Mientras tanto Marga, Merche, Mariluz e Isabel P. continuaban ladera arriba. La consideración que me hice de que no nos quedaba tiempo para subir tan alto como para que cambiara sustancialmente el paisaje, parece que resultó acertada a juzgar por lo que nos comentaron Merche y Marga que regresaron pronto y las intrépidas Mariluz e Isabel P. que lo hicieron más tarde. Excusas aparte, he de confesar que lo cierto es que me quedé más tranquilo cuando me dijeron que no se ganaba mucho con el ascenso realizado por ellas y que yo, por pereza postprandial, había rehusado hacer. El regreso desde allí he de decir que se me hizo no penoso pero sí largo: sin duda ninguna la novedad que acompañó al viaje de ida no aliviaba ahora la sensación de lejanía. La sed fue otra de las molestias que contribuyó a ello. En la comida derramé sin querer parte de provisión de agua y luego la eché de menos. Al pasar al lado de un pequeño curso de agua cristalina decidí que aquella limpieza hecha agua no podría hacerme daño, llené el botellín vacío y tomé un buen trago. Me sentó divinamente y ya no sentí más necesidad de beber hasta que llegamos de regreso al bar-comedor del Refugio Paine Grande. Allí, eso sí, dimos cuenta placentera de unas hermosas cervezas que pudimos conseguir en el supermercado anejo al bar para acompañar a las perlitas de chocolate de variada composición que, días atrás, nos había regalado Isabel P. con su peculiar generosidad y que comenzaron a emerger de nuestras mochilas como por arte de magia.

Salimos hacia el embarcadero donde aún tuvimos que esperar al catamarán. Mientras guardábamos fila, pasó a hacernos los honores de despedida una familia completa de cauquenes (padre, madre y siete crías) que desfilaron solemne y tranquilamente ante nosotros justo antes de meterse al lago a dibujar olitas convergentes y efímeras.

75 En el viaje de regreso se repitió la oferta de chocolate caliente y pastas y esta vez sí hice gasto. No era el chocolate como el de la Granja Anita de Huesca – y sin churros – pero tampoco estaba malo con sus galletitas y me confortó mientras llegaba la cena. Frente a mí y sentado en el suelo para evitar accidentes de derrame, se aposentó un chavalillo que se puso de chocolate como el tío Tenazas: repitió y todavía sugirió a su madre la posibilidad de una tercera ronda. Ante la negativa de su madre y la sonrisa que yo le dedicaba, me hizo un gesto cómplice que parecía decir algo así como “Anda que no es rara ni nada esta mujer”. De regreso al hotel, encontramos a nuestros “ángeles”. Ella nos cuenta que Ángel la había convencido de que no se quedara en el hotel sino que se apuntara a última hora a la excursión que los demás habíamos hecho ayer. Así lo ha hecho y está encantada de haberse decidido.El hambre sin duda y la necesidad de dormir pronto (mañana salimos ¡a las 7 de la mañana!, después de desayunar) nos empujan a cenar cuanto antes. Negociamos la posibilidad de que mañana nos abran excepcionalmente el comedor antes de las 7 h, dada nuestra hora de salida. Se comprometen a ello inmediatamente. Antes de irnos a la cama, pasamos a liquidar nuestras cuentas de habitación, bebidas y comidas. Con un cortés ”Esperamos volver a verle pronto por aquí” se cierra mi estancia en la Hostería Lago Grey del Parque Nacional Torres del Paine.

 

Día 28.- NOS VAMOS A EL CALAFATE  

¡Qué dura es la vida del turista! ¡Quién me iba a decir a mí que, por gusto, me iba a pasar un mes levantándome a horas tan disparatadamente tempranas como las de hoy! Sí ya sé que respiro por la herida y que no todos los días he puesto el despertador antes de las seis; pero, para mi biorritmo, estos madrugones no son… saludables ¡qué demonio! Sí, ya sé que hay seres humanos normales que hacen lo que ayer las Isabeles y Enrique: levantarse ¡a las 4.30 h de la madrugada! para ver amanecer y tomar fotos del Paine acariciado por los dedos rosáceos de la aurora. Qué poético ¿verdad? sobre todo si no ocurriera a horas tan intempestivas. Además – deslizaré aquí un comentario maligno – eso de que amanecía a las cuatro y media ha resultado ser un pufo: a esa hora ni el sol se levanta, hombre, y, según me ha confesado Enrique, apenas clareaba un poquito el cielo cuando se han levantado. Las fotos que él me ha enseñado, pues sí,… eran bonitas, pero no en proporción al sacrificio de las dos “imaginarias” cumplidas sin haber cometido delito ni falta ninguna. Esta es una mía hecha a las 6.30, más o menos.

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Pues eso: que nos hemos levantado antes de las seis, hecho y sacado a la calle el equipaje, y esperado a que abrieran recepción y comedor para cargar las pilas ante este día que no va a ser agotador pero largo… Hemos cumplido como lobos con el desayuno – y el aprovisionamiento -: el único camarero que abastecía de alimentos las mesas del buffet libre estaba alucinado ante la velocidad con que jarras, platos y fuentes quedaban vacíos. Y es que el cuerpo se asusta con este maltrato madrugador y se venga atiborrándose para sobrevivir: son tantas las horas que se adivinan por delante… Con tanto entusiasmo desayunador, la verdad es que se nos ha hecho un poco tarde. Ya debidamente abastecidos – interior y exteriormente – hemos salido a tomar el microbús que nos ha de llevar hasta Cerro Castillo donde podremos dejarnos esquilmar por aquel no-altruista luiscandelas de altos precios y bajos cambios de moneda.

El conductor que nos acompaña nos cuenta que, aunque resulte más penoso, también en invierno los turistas recorren esos parajes. “Ponemos las ruedas de clavos y ¡a recorrer mundo!”. En medio de la animada conversación notamos que el vehículo hace un ligero extraño y se oye la voz del conductor: “Hemos pinchado”. A uno se le ocurre pensar que lo que mal empieza… Enrique, Ángel y yo – sobre todo Enrique – ayudamos al chofer en la labor de alzar el bus y cambiar la rueda con lo cual la maniobra se aligera y pronto estamos de nuevo en marcha. El conductor – de cuyo nombre quisiera acordarme – se hace eco del problema que nos inquieta, toma el móvil y conecta con el del autobús que nos espera en Cerro Castillo. Se ponen de acuerdo en que nos aguardarán si es que llegan antes porque ya han salido de Puerto Natales pero están todavía de camino.

77 La voz del conductor, que sigue comentando con parsimonia las peculiaridades del entorno, no refleja el ritmo de la marcha que se asemeja a la de un rally. Nos habla de la polémica sobre si asfaltar o no los caminos del Parque, del lago Toro una de cuyas orillas marca frontera del Parque, como ocurre con buena parte del lago Sarmiento, y, en un momento determinado, nos avisa de que estamos ya abandonando el Parque Nacional Torres del Paine. En ese momento es cuando me doy cuenta de que me hace mucho duelo dejar atrás tanta hermosura como hemos podido disfrutar durante estos días. Creo que siempre recordaré este Parque maravilloso con sus hermosos e innumerables lagos tan diferentes entre sí, con sus glaciares como el maravilloso Grey, con su majestuoso macizo montañoso del Paine en el que se cuentan una decena de picos superiores a los 2.500 m de altura – uno de 3.050, el Paine Grande -, con esa sensación transmitida de naturaleza en estado casi puro. Definitivamente, hacen bien los chilenos en extremar el cuidado de estos entornos naturales paradisíacos. No son exageradas esas normas, vigilancias y precauciones: son necesarias; incluso podrá suceder que un día se revelen como insuficientes. En Cerro Castillo nos está esperando el autobús y la aduana chilena. La pasamos sin más problema que presentar con el pasaporte el papelito de inmigración que debimos rellenar a la entrada al país. Y subimos al bus que nos va a acercar a la aduana argentina. El paso de esta aduana se convierte en una verdadera antología del disparate. Incluso un muchacho, que parece ejercer en el autobús funciones de enlace y coordinador de viajeros – indica momento de subida, controla número de viajeros, abre o cierra para ventilación las trampillas de techo del autobús – y que debe estar acostumbradísimo a este viaje, está alucinado. 78A Ya estábamos todos dispuestos en fila para pasar el control aduanero cuando ha salido este muchacho y nos ha dicho: “Denme, por favor, todos sus pasaportes. El aduanero está loco”. Y algo de ello debe haber porque tarda más de una hora en volver a salir de las oficinas de la aduana. Eso sí, en ese momento lo hace con los pasaportes en la mano y nos los entrega entre risas: “Ya pasaron ustedes la aduana; no se dieron cuenta pero la pasaron”. El aduanero, además de estar loco, debe ser un hombre de mucha fe: se ha creído, a pies juntillas y sin vernos, que los que estábamos esperando pasar la aduana éramos efectivamente los titulares de esos pasaportes. Ahora bien, ¿cuánto le hubiera costado la maniobra si, además de sellar los documentos,. hubiera debido comprobar que correspondían a cada uno de nosotros? Mejor ha sido así.  Lo que sí es cierto es que la hora larga de espera aduanera ha dado ocasión para hacer un completo censo de los tipos y peculiaridades pintorescas del variopinto conjunto de viajeros: desde la pareja de guapos “ultramegapijos” (cargados de utillería electrónica, bienvestidos con desenfado, pulidos y retocados, sobre todo ella con sus cejitas de diseño) hasta el hortera supremo (de chancletas y bermudas supercoloridos que se dan de bofetadas con el chubasquero cortavientos con el que se “abriga” el torso) pasando por la japonesa que, sentada en el suelo practica concienzudamente una serie de ejercicios no sé si de gimnasia o de contorsionismo que, por aquello del cuerpo místico, hacen crujir las cuadernas de mis huesos. Lo que da de sí perder el tiempo.

Y por fin ¡al bus! para dar principio a un largo y monótono recorrido por las esteparias llanuras argentinas cuya travesía nos conducirá hasta El Calafate. Estancias perdidas en la llanura, enormes rebaños de ovejas y vacas, manadas de guanacos, pequeñas lagunas… van introduciendo en el paisaje pequeñas variaciones sobre el tema patagónico de la estepa.

78B Y llegamos a El Calafate. He de confesar mi decepción: pese a la presencia grandiosa del lago Argentino, el paisaje entorno y la misma estructura urbana de la ciudad de El Calafate desmerece, a primera vista, de la aureola que en la distancia le concede el hecho de estar asociado su nombre al de la ruta de los glaciares y en concreto al del Perito Moreno. La misma estación de autobuses, con no poder tener muchos años (la historia de El Calafate se remonta tan solo a 1927 y su crecimiento es realmente muy próximo), presenta un estado decadente y ajado.En el andén, el ya mítico cartel Ruiz Budría x 9 nos congrega con el maleterío ante el bus que nos llevará al hotel. Acompañamos a un par de japoneses (dudo que sean pareja por la diferencia de edad) que saludan con su cortesía e inclinaciones habituales de cabeza. El microbús lleva en primer lugar a los japoneses a su hotel y después el conductor nos anuncia que el nuestro está situado a las afueras. No nos hace mucha gracia el anuncio. Él suaviza que del comienzo de la zona comercial al desvío hacia el hotel hay unos 800 m y de ahí al hotel mismo otros 400 ó 500. Traduciendo las previsibles rebajas eufemísticas nos quedamos con que seguro que la distancia excede de los 1500 m si no llega a los 2 km. Menudean los comentarios de que nos quejaremos de estas lejanías a Fernando el de la agencia Fuera de RutaEl hotel resulta ser bastante nuevo, con buenas instalaciones, con un servicio wifi rápido y que alcanza a ratos a las propias habitaciones, y con unas vistas soberbias sobre el lago Argentino.

El personal se muestra muy correcto, amable y diligente desde el principio. Si a esto se suma el descanso que nos procuramos y la liberación previa de la prisión del autobús, resultamos un grupo de turistas remozado y totalmente dispuesto a dirigirse a pie hasta la ciudad para comprobar la distancia. Comprobamos que no era tanta como nos temíamos. Recorremos la calle principal de El Calafate. Llama la atención la omnipresencia de tiendas de suvenires y regalos, de ropa de abrigo y deporte, de cafeterías y, sobre todo, de restaurantes, y de Casinos (uno enorme y de pinta muy lujosa y otros menores). Comercio de turisteo, vamos; ciudad para el turismo. Informados por una Guía buscamos y encontramos un curioso establecimiento: el Librobar Borges&Álvarez. Se trata de un bar sito en una primera planta y con terraza en la placita cercana; el bar propiamente dicho tiene cubiertas las paredes de estanterías llenas de libros que los clientes del bar toman y usan con toda libertad. Unas agradables mesitas de lectura completan el mobiliario. Resulta una idea de negocio que podría ser perfectamente exportable a nuestro país. Nunca sería, como aquí tampoco lo es, un tipo de bar mayoritario, ni siquiera abundante; pero creo que funcionaría.

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Informados otra vez en el libro-guía, conocemos la existencia de una cadena de tres restaurantes reputados como de lo más interesante de El Calafate cada uno en su gama. Se trata de los Casimiro Biguá, uno de ellos pizzería, otro de comida típica patagónica (asados, etc…) y otro de gourmet, de nueva cocina, se supone. Decidimos optar hoy por el restaurante italiano de Casimiro Biguá y dejar para otro día, mañana tal vez, el cordero patagónico en La Tablita que nos ha sido recomendado por varios conductos.

La cena resulta bastante bien de calidad y precio. El regreso al hotel lo hacemos a pie de nuevo y ahora nos parece aún menor la distancia.

 

 

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