Viaje a la Argentina (5)

 

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POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

 

Día 22.-   TRES HERMOSAS TRAVESÍAS EN BARCO 

47 EL CRUCE ANDINO. Parece ser que fueron las dificultades para conectar por avión dos ciudades como Bariloche (Argentina) y Puerto Varas (Chile) las que hicieron optar a los organizadores del viaje por esta vía del Cruce Andino para trasladarnos de un lugar a otro. ¡¡Benditas dificultades que nos han traído hasta este viaje!!.

Hemos zarpado efectivamente a las 8.30 de Puerto Pañuelo. A las 8.40 nuestro catamarán pasa por delante de la isla Centinela donde reposan los restos del Perito Moreno (Francisco Pascasio Moreno, como todos acabaremos por memorizar). En su honor, la embarcación aminora la marcha y hace sonar la sirena cuatro veces.

El recorrido por el brazo Blest del lago Nahuel Huapi hasta Puerto Blest dura una hora y media. Subimos a un autobús para recorrer los 3 km que separan este puerto de Puerto Alegre a orillas del lago Frías. Son tres kilómetros de una selva espléndida con magníficos ejemplares de cohihues, alerces y caña cohihue que nos llevan once minutos por un camino de ripio, como dicen aquí.

El lago Frías, como el río que lo abastece, tienen las aguas de un espléndido color verde esmeralda debido a los minerales que lleva en suspensión desde el cercano glaciar del Monte Tronador.48

Este travesía del lago Frías, iniciada como ruta comercial a finales del s. XIX, dura apenas media hora. Llegados a Puerto Frías, pasamos el control – extremadamente leve - de la aduana argentina. Inmediatamente iniciamos un desplazamiento de 29 km en autobús que nos ocupará durante una hora y cuarto. En 4 km alcanzamos la altura de 1000 m y entramos en Chile a través del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. Es curiosa esta costumbre o tal vez manía de argentinos y chilenos de crear parques naturales en los territorios fronterizos. Tal vez se deba a los sempiternos conflictos fronterizos entre las dos naciones. Yo comprendo especialmente la obsesión de los chilenos por conservar su territorio que parece empujado hacia el mar por Argentina hasta convertirlo en esa estrecha y enorme cinta de 8.000 km de larga.

En Frías cambiamos de guía. El nuevo, chileno él, se llama Fernando y la verdad es que no es muy gracioso el chico. Lo intenta, eso sí, pero… no está muy dotado, qué le vamos a hacer.

En el parque nacional nos hablan de especies vegetales como el alerce que durante siglos ha sido utilizado para la construcción de casas empleándolo incluso para fabricar tejas. Nos aseguran que ya nos daremos cuenta de la importancia de este material en la arquitectura de la zona.

Nada más salir del Parque Nacional, cambiamos de vertiente y seguimos el río Puella al pie del Monte Esperanza. Fernando el guía nos habla de la población de Puella: tiene 120 habitantes y es el paraíso de los maridos; no hay ni una sola tienda. Y esta ha sido la más ingeniosa gracia del muchacho.

En Puella, lo primero que hacemos es pasar el control fronterizo chileno que es mucho más minucioso, casi excesivamente pesado. Son especialmente picajosos con todo tipo de alimentos o productos naturales que no permiten que pasen la frontera porque “en Chile no tenemos plagas y queremos seguir así”. Antes de pasar la frontera, nos ofrecen un montón de actividades posibles y nos dan, sin pedirlo, tiempo libre hasta las 16.30, sin duda para que piquemos en las actividades ofrecidas.

No lo hacemos. En lugar de ello, nosotros, sabedores de la existencia de un paraje natural recomendado (el Salto de la Novia), preguntamos por el camino y después de comer de pic-nic nos vamos a visitar dicho salto. El camino resulta no demasiado dificultoso y el tal salto es un enclave bonito y agradable.

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Regresamos con tranquilidad, recorremos los alrededores del hotel que – también – nos habían “recomendado” y llegamos con tiempo y comodidad al embarque. Puella está situada a orillas del lago de Todos los Santos también conocido como lago Esmeralda por el color de sus aguas, el mismo que el del lago Frías y por la misma razón. Zarpamos a las 16.30, según lo programado.

Nada más iniciar la travesía, nos anuncian que íbamos a tener unas sorpresas. Inmediatamente vemos a la derecha del catamarán una espectacular cascada de 80 m de altura – nos dicen. Aún no nos habíamos recuperado de la sorpresa cuando avistamos el volcán Puntiagudo cuyo nombre responde perfectamente a su forma. E inmediatamente después el armónico, solemne y majestuoso Osorno con su forma perfectamente cónica y sus cotas altas cubiertas todavía de nieve. Todo ello adornado con las aguas esmeralda del lago de Todos los Santos. No dábamos abasto para tomar fotos porque en cada momento parecía que la composición del paisaje se había alterado, el sol iluminaba el Osorno de distinta forma, podías verlo semioculto por la isla Margarita, emergiendo tras sus bosques, de nuevo colgado sobre el lago,… Un verdadero festival de formas, luces y colores.

50 A las 18.30 llegamos al puerto de Petrohué, donde desembarcamos. Recogimos nuestras maletas y las llevamos al autobús que nos iba a conducir hasta Puerto Varas. Durante buena parte del recorrido, el autobús se desplaza en paralelo a las orillas del Lago Llanquihue al otro lado del cual se siguen pudiendo ver los volcanes Puntiagudo y Osorno y además otro llamado Calbuco que hace menos de cuarenta años entró en erupción. El Lago Llanquihue, cuyo nombre, al parecer, significa lugar profundo, tiene unos 40 km de largo y ancho y más de 300 m. de profundidad. Al llegar a Puerto Varas comienzan a repartirnos por los distintos hoteles. Paramos en uno situado a orillas del lago y con bastante buena pinta y Merche me comenta que seguro que el nuestro no era tan bueno ni estaba tan bien situado. El cansancio a veces conduce al pesimismo. Cuando llegamos al hotel que nos pertenecía tuvimos una sorpresa en principio desagradable: habían hecho overbooking y nos trasladaban a otro. Atajando nuestras protestas, el guía nos aclaró que nuestro nuevo alojamiento sería en el otro Colonos del Sur – ese era su nombre -, el de cinco estrellas. Resultó ser un hotel estupendo situado en pleno centro y justamente enfrente del lago Llanquihue.

El humilde y discreto Enrique – despreciador de los fastos de los cinco estrellas - casi lleva a mal que los encorsetados mozos del hotel no nos permitan recoger nuestras maletas del autobús y llevarlas a recepción; él que es nuestro jefe de expedición y cuyo nombre nos sirve, desde que llegamos a Bariloche, de santo y seña, de signo de identificación del grupo: el cartelito RUIZ BUDRÍA x 9 obra, desde hace días, el efecto maravilloso de reunirnos a los 9 patagónicos alrededor de cualquier extraño que lo porte y que, por el solo hecho de llevarlo, ya nos parece persona de confianza.

Una vez identificadas nuestras maletas, nos encontramos, al pasar por recepción a recoger las llaves de nuestras habitaciones, con lo que luego comprendimos como una costumbre de los hoteles chilenos: obsequiar a los huéspedes con un “trago de bienvenida” al que haríamos honor después de acomodarnos en nuestras habitaciones. Subiendo en el ascensor, la duda-deseo que nos quedaba era si nuestras ventanas tendrían vistas al Osorno. ¡Ya sería… el colmo! Alguien que no era presa del optimismo resultante de las cinco estrellas sobrevenidas apuntó que los huéspedes “arrimados” nos asomaríamos, seguro, a la calle lateral. Y así fue: las habitaciones eran magníficas pero no tenían vistas al Osorno.

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Ya en el zaguán del hotel y delante de nuestro “trago de bienvenida”, comenzamos a hacer planes inmediatos… de cena. Las chicas de recepción nos informan de que hay un par de restaurantes interesantes en la misma vereda del hotel a unas dos o tres cuadras. Y allá que nos vamos dando un paseíto. Gozamos de un anochecer estupendo y tomo una preciosa fotografía del Osorno con una magnífica luz de tonos rosados.

El restaurantillo que elegimos resulta bastante agradable aun con el inconveniente de que, para mantenernos juntos también en un momento tan espiritual y unificador como el de una cena, nos vemos obligados a colocarnos en la única mesa disponible para nueve comensales, una alta con taburetes altos como asiento. Yo destacaría de esta cena que tomo por primera vez un ceviche de pescado (salmón, por más señas) y una estupenda cerveza roja de fabricación artesanal propia de ese establecimiento (nos ofrecen hasta cuatro variedades diferentes de cervezas suyas).

De vuelta al hotel, Isabel P. se presta, con su disponibilidad característica, a ayudarme a cargar dinero en el programa skype para poder hablar con la familia mañana, que es el cumpleaños de Merche, y para el día de Nochebuena. Superados los primeros problemas, Isabel realiza la carga de dinero. Llega en ese momento Isabel R. y las dejo a las dos en la salita del ordenador para que continúen con su abnegada labor de elaboración del blog grupopatagonia2010 para el que les vuelvo a prometer una colaboración.

 

Día 23.- CHILOÉ O LA BELLEZA DE LO PEQUEÑO

Hoy hemos amanecido perfectamente dormidos y, para seguir en la racha, hemos desayunado… como si estuviéramos en un hotel de cinco estrellas. El buffet libre estaba espléndidamente dotado de todo tipo de vituallas sólidas y líquidas, frías y calientes y nosotros, siempre tan atentos a cualquier manifestación de cultura, incluso gastronómica, hemos cumplido generosamente con ellas. De no haber mediado el proyecto de comer este día en algún lugar de la ruta un típico curanto chilota, hubiéramos hecho una hermosa provisión para consuelo de caminantes.

Debidamente reconfortados nuestros estómagos, hemos quedado a la espera del microbús que nos ha de llevar a Chiloé. La verdad es que no estamos acostumbrados a estas tardanzas y comenzamos a aventurar la posibilidad de que los chilenos sean menos puntuales y cumplidores que los argentinos. Alguien apunta tímidamente que tal vez lo hayan mandado al “Colonos del Sur” de cuatro estrellas, en el que, en principio, nos albergábamos nosotros.

Con 20 minutos de retraso, aparece nuestro guía-conductor excusándose porque, efectivamente, había ido a buscarnos al otro “Colonos del Sur” y esto era la causa de la tardanza. Tenía una pinta bastante… autóctona: pelo negrísimo y crespo, tez morena, facciones claramente indias y, para sorpresa de todos, decía llamarse ¡Helmut! Toma castaña. Bueno, a todo se ha acostumbrado uno después de conocer en España casos como el de aquel muchacho que se llamaba Kevincostner; pero tal trasposición de cultura onomástica no me la esperaba por estas latitudes.

Con Helmut al volante, afrontamos los primeros 80 km de Carretera Panamericana que nos separan del canal de Chacao en el que tomaremos un trasbordador para atravesarlo hasta la isla de Chiloé, la segunda isla mayor de Sudamérica tras Tierra de Fuego. Llegamos al lugar llamado Pargua, a orillas del Pacífico, donde avistamos las primeras construcciones de tipo palafito,y subimos al ferry. A las 10.15 zarpa el trasbordador y poco después llegamos al pueblo de Chacao.

Cae una lluvia tenue e intermitente. Visitamos la primera iglesita chilota, de madera como la mayoría de las construcciones públicas y privadas de esta región. A preguntas de alguno de nosotros, Helmut explica la importancia que durante siglos ha tenido la madera de alerce en las construcciones de Chiloé, madera de la que se fabricaban hasta las tejas.

La precisión de que Helmut explica algo a preguntas de los viajeros es pertinente porque lo hace solo si le preguntamos. La comparación con otros guías que tuvimos en Bariloche, como Diego, provoca que pronto alteremos el nombre de nuestro guía actual y en lugar de Helmut pasemos a conocerlo como El Mudo.

Puestos en camino, atravesamos un puente (cuyo nombre no recuerdo y que creo haberle53 entendido al “Mudo” que subía con las mareas) y llegamos a Ancud. Seguimos después la costa del Mar Interior de Chiloé hasta llegar al lugar de Quemchi que, desde su costanera, nos ofrece una hermosa vista del golfo de Ancud. En sus orillas se observa una abundante flota pesquera de bajura, varada en esos momentos en la orilla por la marea baja, sin duda. Paramos a tomar un café (que resulta ser necesariamente agua caliente más café en polvo) en el restaurante El Chejo desde cuya terraza contemplamos el bonito cuadro que componen las embarcaciones ancladas y varadas. Me llaman la atención sus nombres: unas se llaman simplemente Chilota, Neptuno, San Pedro II, Huinca o Dalcahue, pero otras tienen curiosos nombres de mujer (Viviana, Sebastiana II o los estupendos Doña Corita o Doña Olgui). Los servicios de El Chejo, deficientes en el caso del café, resultan nulos en el caso de la comida: no pueden prepararnos un curanto. Nuestro guía nos comenta, superando su mudez, que realmente se ha hecho un poco tarde para que un restaurante se ponga a hacer un curanto, guiso que necesita bastante tiempo para su elaboración. Enrique ya nos había explicado que el curanto se prepara colocando en un agujero profundo, sobre piedras calentadas por el fuego, una capa de alimentos que se cubre con hojas de nalca; luego sucesivas capas de alimentos cubiertas de nalca hasta la última que, además de nalca se cubre con tierra e incluso sacos mojados. Se espera hasta que comienza a salir vapor, se descubre y se come. Comprendemos que va a resultarnos difícil comer curanto, salvo que tropecemos con algún restaurante que ofrezca el que ya tiene preparado. Helmut, que va abandonando sus hábitos de mudez, llama por teléfono a otro restaurante y allí le dicen que preparan curanto los viernes; y hoy es jueves.

Salimos de Quemchi por una pista de ripio. Desde ese el otro lado se distinguen perfectamente las explotaciones marinas para la cría del mejillón que aquí llaman chorito. A ambos lados de la carretera contemplamos extensos bosques de eucaliptos que exhiben una coloración muy especial y distinta de los que conocemos en España: la coloración de las hojas, sobre todo de las más nuevas, tiene un tono berenjena muy acusado.

Llegamos a la iglesita de San Antonio de Colo que es Patrimonio de la Humanidad. Su apariencia exterior viene marcada por ser una estructura a dos aguas y de una sola nave. En la entrada tres arcos enmarcan un pequeño atrio que da acceso a la iglesia.

tripticoColumnas y techo están pintados en un color esmeralda que recuerda el color de las aguas de algunos lagos que hemos conocido y habla de que la pesca debía ser importante para estos lugareños. Es una iglesita encantadora decorada con un gusto sencillo y un tanto naïf. Entre los elementos decorativos, observamos una maqueta de barca, con su pequeña vela y todo, que cuelga del techo a la derecha del presbiterio como implorando protección.

Abstraído en estos detalles, noto que Isabel P. me agarra por el brazo y me dice: “Mira qué cosa más cachonda”. Y me lleva discretamente hacia la entrada. Allí, en la pared lateral derecha, hay un enorme cartel que, sobre una foto de la iglesita y de una especie de procesión, dice con solemnes mayúsculas: LA MINGA (sic) MÁS LINDA, LA MINGA DE CHILOÉ. Hacemos un esfuerzo ímprobo por aguantarnos la carcajada que se nos viene a la boca delante del paisano que, muy serio él, nos está ejerciendo de guía (mudo, eso sí), de vigilante o quizás de simple solicitador de propina. El tal paisano parece no tomar en cuenta nuestras inevitadas risas y contesta sin pestañear a nuestra pregunta por el significado. Se nos aclara así que la MINGA era una especie de celebración social del momento en que algún vecino trasladaba ¡su casa! deslizándola sobre una sucesión de troncos. Al parecer, si alguien deseaba cambiar de lugar, en vez de construirse otra casa en el nuevo emplazamiento, trasladaba la que ya tenía. La sobria explicación corta nuestras risas y el paisano, seguramente, se queda pensando en lo bobos que son estos españoles con el asunto de la palabra “minga”. Tal vez la propina que le dimos suavizaría su juicio.

Visitamos después Tenaún que tiene una hermosa iglesia pintada de blanco y azul. Se encuentra en plena restauración y los colores mencionados son los que adornan su fachada: el resto se podía ver entre el arbolado circundante reducido a la estructura de columnas y techo.   En Tenaún  la  calle  de la iglesia  también estaba en obras de remodelación, pavimentación y acondicionamiento de aceras. Llama la atención porque estas condiciones de urbanización están bastante abandonadas por lo común.

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En la continuación del viaje comentamos la semejanza de Chiloé con Galicia en cuanto a geografía física y humana: terreno muy accidentado y verde, abundantísimas lluvias, población dispersa en aldeas o en casas aisladas. El paisano de Colo nos comentaba la muy escasa presencia de curas que celebraran misa los domingos.

Tras atravesar Tocoihué tomamos ¡por fin! carretera asfaltada que nos llevará a Dalcahue donde esperamos comer. Al llegar a la plaza de este pueblo Helmut nos recomienda visitar el mercado de artesanía y tal vez comer en la cocinería que hay justo al lado. Nos explica qué es eso de la cocinería, una especie de mercado que, en lugar de puestos de mercancías, tiene puestos de comidas. Pides lo que quieres y te lo comes en mesas dispuestas al efecto. Nos llama la atención el tipismo de tal establecimiento y decidimos olvidarnos de los restaurantes normales. La comida resulta buena y además muy divertida. Al terminar paga Enrique, le da a la señora una generosa propina y esta se despacha llenándole la cara de besos entre el regocijo de todos.

56 Al salir apenas nos asomamos al recomendado mercado de artesanía y nos dirigimos a recorrer Dalcahue. Su arquitectura es típica de la zona chilota con sus casitas bajas de pura madera, sus tejitas de alerce y los vivísimos colores de sus fachadas. La parroquia de Nuestra Señora de los Dolores es la primera iglesia de tres naves que encontramos en Chiloé; por lo demás se parece mucho a las otras: construida en madera, pintados los techos en color esmeralda y adornada, como todas las otras, con extremada sencillez. Se diferencia en la amplitud de techos y fachada, la altura de su torre y los abundantes arcos de la fachada (tres grandes y cinco pequeños, simplemente decorativos. A las 16.40 salimos hacia Castro que nos espera con sus típicos palafitos. Apenas llegados a Castro, Helmut, que por cierto ha recuperado completamente el habla, nos para en un aparcamiento que por el fondo da a un entrante del mar sobre el que está construido un hermoso grupo de palafitos que se reflejan en las aguas tranquilas. Comentamos que nuestro guía parece haber apreciado que nosotros hayamos decidido comer en la cocinería que él nos había recomendado, porque, desde luego, Helmut ha experimentado una especie de transfiguración. Nos explica que este no es el grupo más abundante de palafitos pero sí el que puede ser observado desde más cerca y mejor. Luego comprobaremos que, efectivamente, tenía razón.

Desde aquí nos lleva a la zona centro de la ciudad donde se encuentra con serios problemas de 57 aparcamiento. Ni siquiera puede parar frente a la iglesia porque de ella está saliendo un cortejo fúnebre y los guardias impiden incluso el estacionamiento. Nos ofrece quedar en ese mismo lugar una hora u hora y media más tarde para llevarnos después al mercado. Nosotros le proponemos que nos espere dentro de hora y media en el mercado. Él nos explica por dónde cae, nos apeamos y cada uno por su sitio. Cuando llegamos a la iglesia, el cortejo fúnebre ha desaparecido y podemos entrar a visitarla sin ningún problema. Ya desde fuera se podía deducir que esta era una construcción de mucha mayor envergadura que la de las iglesias visitadas hasta ahora por nosotros. Nada más trasponer el umbral, vemos que se trata de una iglesia de tres naves abovedadas perfectamente iluminadas (por amplios óculos las laterales y por generosos ventanales, aprovechando su mayor altura, la central). Toda ella en madera perfectamente trabajada y con un barnizado en color natural que transmite una sensación de calidez. Resulta especialmente llamativo el luminoso cimborrio. Una placa recuerda que esta iglesia de San Francisco de Castro (monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad) fue construida entre 1910 y 1912; para nuestras cabezas europeas, como quien dice ayer tarde. En las naves laterales se muestran maquetas de otras iglesias chilotas de madera. Deducimos que deben ser muchas porque, entre las allí expuestas, no figura la de ninguna de las iglesias que conocemos y eso que algunas eran Patrimonio de la Humanidad. 

 

58A Salimos a la calle y poco después nos encontramos a Isabel R., nuestra cartógrafa oficial, que aparece con una colección de planos y mapas de Castro – ya ha asaltado otra oficina de turismo - y, con ellos en ristre, nos indica la dirección que debemos seguir para ver el otro grupo de palafitos. Cuando los avistamos comprobamos que se trata de un grupo abundante y bonito de esas típicas construcciones pero que difícilmente podemos observar más que desde arriba y desde bastante lejos. Aún así merece la pena el espectáculo. Continuamos después siguiendo en paralelo a la línea del agua, aunque sin verla porque las casas que nos la ocultan comprobamos que son también palafitos (por los espacios entre dos de ellas se ve el agua). Al fin, tras un trayecto que, seguramente por desconocido, parece más largo, llegamos al nuestro punto de encuentro con Helmut, el mercado. Ni a las chicas les quedan muchas ganas de visitarlo y en seguida nos subimos al microbús y reiniciamos el regreso a Puerto Varas. En este tramo final del viaje se confirma definitivamente la transformación del Mudo en Helmut el simpático y casi parlanchín. Nos informa de muchas cosas y, cuando nos toca repasar en el transbordador de regreso el canal de Chacao, se arrodilla en el asiento y se pone a participar en la ronda de chistes que habíamos iniciado poco antes. Sin duda la falta de práctica le juega una mala pasada: sin darse cuenta de lo que hacía se ha puesto a contarnos la historia real de un grupo de españoles muy brutos que habían ido a la isla de Chiloé y habían preguntado cuándo verían los moais confundiendo la isla de Chiloé con la de Pascua. Se las ha visto y deseado para dulcificar la historieta que, en su versión original debía de ser una burla de la tosquedad de los grupos de españoles “entre los que siempre hay uno – el más bruto - que se llama Paco” (se le ha escapado todavía). Hemos valorado sin duda su transformación y sus ganas de agradar y nadie ha puesto siquiera mala cara.

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59 En ningún momento ha protestado por nuestras tardanzas; eso que la hora de regreso se estaba retrasando notablemente. Pese a ello, al entrar a Puerto Varas, ha hecho una maniobra inesperada para conducirnos hasta un punto desde el que se veía perfectamente la iglesia católica de la ciudad cuya imagen ha pasado de esta forma a engrosar nuestro archivo fotográfico. Antes de dejarnos en el hotel, todavía nos ha recomendado que fuéramos a cenar al restaurante Buenas Brasas donde podríamos consumir un buen pescado, si nos apetecía, y que dijéramos que íbamos de su parte y nos invitarían a un pisco-sauer. Hemos seguido sus recomendaciones y hemos cenado muy bien, aunque ya era un poco tarde. A los postres hemos aprovechado para felicitar otra vez – ya desde el desayuno, y en mi caso antes, lo habíamos hecho – a Merche: le hemos cantado el “Cumpleaños feliz” y todo el comedor nos ha seguido. Excuso decir que la cumpleañera se ha pasado su buena dosis de vergüenza durante tan abundosa felicitación musical y los aplausos que la han seguido. Al regresar al hotel se ha sumado al grupo un perro callejero que, agradecido a las caricias de Isabel P. y de Marga, no nos abandonaba ni en broma. Nos hemos acercado a la orilla del lago Llanquihue y el perro con nosotros. Isabel P. ha decidido que, como era comienzo del verano, nos íbamos a sanjuanar con las aguas del lago. Así lo ha hecho con todos nosotros y después… con el perro que ha aguantado el chaparrón sin pestañear. Después nos ha acompañado camino del hotel pero ¡oh, maravilla!, cuando el pobre can ha comprendido que nos metíamos en el hotel, se ha dado media vuelta y ha desaparecido sin que nadie lo despidiera. Hay humanos mucho menos inteligentes que ese perro callejero.

 

Día 24.-    DÍA-PUENTE HACIA PUERTO NATALES     

El de hoy se promete un día de transición para llegar a Puerto Natales que será la cabecera de puente para saltar a Torres del Paine.

El primer paso es nuestro traslado al aeropuerto de Puerto Mont. No pude evitar al llegar allí el recuerdo de una canción de Víctor Jara, el cantautor asesinado por Pinochet y la perla de comentario que dejó caer ayer Helmut. Hablando de las pérdidas territoriales de Chile ante Argentina, apostilló: “Si hubiera estado allí Pinochet no hubiera sucedido”. Siempre me han admirado negativamente estas adoraciones de genocidas y asesinos por parte de personas que no parecen haber medrado a cuenta de regímenes cuyo gran, por no decir único, criterio de comportamiento ha sido durante años la aniquilación de todo aquel que discrepara con ellos. Nunca he conseguido comprenderlo más que como resultado de años de manipulación y de radical desinformación. Tal vez sea preciso desconfiar un poco más en el género humano o creer a pies juntillas en dogmas sociales y religiosos que justifiquen la persecución y eliminación de los infieles por el mero delito de serlo.

Reconduzcamos estas líneas al aeropuerto de Puerto Mont. No sé si he contado que yo, desde que fui objeto de overbooking el aeropuerto de Barajas camino de Nueva York, desconfío del momento de hacer el check in. Bueno, pues la aerolínea SKY ha estado a punto de darme la razón en perjuicio del bueno de Enrique: cuando él ha llegado al mostrador le han dicho que de momento – a mí me contaron lo mismo - no había asiento para él en ese vuelo aunque faltaban por hacer ciertas comprobaciones. El propio Enrique nos ha animado a que fuéramos hacia la zona de embarque todos, incluida Isabel, que ya le tocaría turno a él. Le hemos hecho caso aunque no las teníamos todas con nosotros. Pero ha tenido razón: minutos más tarde la escalera mecánica nos restituía a nuestro amigo y el grupopatagonia2010 se ha reconstituido.

No ha habido problema con el horario de despegue del avión porque, siguiendo la, al parecer, inveterada costumbre de Aerolíneas Argentinas y sus filiales de retrasar por sistema todos los vuelos, el nuestro también ha despegado a la hora exacta… en que lo ha hecho. Sumados retraso y duración del vuelo, hemos llegado con bien a Punta Arenas a las 14.15. Como hacíamos tarde para tomar el autobús que nos había de trasladar a Puerto Natales, el conductor del microbús que nos iba acercar ha llamado por teléfono para que nos esperaran.

De camino al autobús en espera, nos hemos encontrado, nada más salir del aeropuerto, con el estrecho de Magallanes para especial regocijo de Isabel, nuestra geógrafa. Nos han llamado también la atención varios “toros de Osborne”, con su bravía silueta negra, que salpicaban la amplia lengua de tierra comprendida entre la carretera y el agua del estrecho. Se lo hemos consultado al conductor que nos lo ha aclarado: la firma Osborne es la propietaria de todos esos terrenos que evidentemente no piensa dedicar viñedos – son poco más que arena y piedras – sino a la construcción, al parecer, de conjuntos residenciales. El sitio lo propicia ciertamente y también la actual prosperidad económica de la provincia.

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El bueno del conductor se lanza a la enumeración de las excelentes fuentes de ingresos de la provincia de Magallanes: Industrias de petróleo y gas natural, Turismo, Pesca de altura y Conserveras parecen ser las claves de su enriquecimiento. (Pasamos por delante de unas naves Pescanova-Pescachile). “Así que con todo esto, con el petróleo sobre todo, - nos adoctrina el conductor - aportamos a la nación mucho más de lo que recibimos. Ahora no más arreglaron un poquito esta Avenida de la Costanera. Estamos intentando, pues, independizarnos y explotar nosotros nuestros recursos”. Y a mí que me suena a algo esta cantilena. Tal vez la había oído en algún momento en otro lugar, tal vez.

Las gestiones telefónicas de nuestro independentista habían surtido efecto y un autobús de dos pisos nos esperaba con el maletero abierto y lo asientos reservados en el piso de arriba y en las primeras filas; perfecto para ir cotilleando todo el paisaje, pensamos. A mí me corresponde asiento en la primera fila que ocupo con el compromiso de intercambiarlo con Marga a lo largo del viaje.

Salimos de Punta Arenas por la misma Avenida de la Costanera por la que hemos llegado. Desde la altura que ocupo veo puestos de venta ambulante instalados a orilla de la avenida: puestos de frutas, de otros alimentos y uno muy curioso que ofrece casi únicamente “Papeles de Navidad” y “Se envuelven regalos”. Pintoresca oferta.

62A Un poco más adelante a la derecha puedo ver perfectamente – a la ida apenas la había entrevisto – la réplica de la carabela con que Magallanes descubrió el estrecho que lleva su nombre. Y más toros Osborne: igual recogen buena cosecha sin plantar nada en estas tierras. Y salimos a la inmensidad de la estepa patagónica: kilómetros y kilómetros de una carretera rectísima que se pierde en el horizonte de suaves lomas lejanas. Hay un momento en que cuento 18 km de recta absoluta; me aburro y pierdo la cuenta. Quizás seguían otros 18 o más, todo es posible. Tal inmensidad apenas es pautada muy de vez en cuando por enormes rebaños de ovejas o de vacas dispersos por pastizales cuyo final se pierde en lontananza; por manadas de guanacos mucho menos numerosas; por lejanos caseríos de estancias que conectan con la carretera por medio de pistas de ripio que arrancan de arcos con el nombre del enorme predio; por una población llamada Villa Tehuelches que, antes de su cartel propio, se anuncia con otro que avisa “Zona urbana”; por casetillas de paredes color crema y tejado azul destinadas a que los viajeros se protejan de los vientos patagónicos mientras esperan el autobús y por la presencia continua de esos vientos atroces que deforman árboles abanderados y que obligan al chofer del autobús a conducir casi siempre por el centro de la carretera para paliar el efecto bandazo que provocan las fortísimas rachas que sacuden las dos alturas del vehículo.

 

De pronto avisto apenas el caserío de Puerto Natales coronado de altas montañas casi tapadas por las nubes que en ese momento descargan abundante lluvia sobre la ciudad. Cuando el autobús para en Puerto Natales, la lluvia apenas da señales de haberse producido. Este lugar vuelve a tener el aire ese, tan frecuente en las poblaciones menores de la Patagonia, de población recién inventada o de una incierta provisionalidad; como si fuera un campamento – de casas, eso sí – que acabara de ser plantado y fuera a desaparecer en la próxima estación de lluvias. Sin duda los materiales de construcción nada durables y la deficiente urbanización de lugares que a veces tienen solo decenios de historia abonan esta impresión.

62B Puerto Natales parece deber su nombre a los pioneros alemanes E. von Heinz y Kurt Meyer que en 1894 denominaron Natalis al río que desemboca al norte de la ciudad por haberlo avistado el 24 de diciembre, víspera de Navidad, o sea que hoy hace exactamente 116 años. La población se fundó más tarde, en 1911, y fue adquiriendo importancia por ser vía de exportación a Europa de la carne de ovino y vacuno producida en la región. Es además algo así como la puerta de entrada al Parque Natural de las Torres del Paine, función de la que ha desbancado a Cerro Castillo. Al parar el autobús, no encontramos aquí al paisano con el consabido cartel de Ruiz Budría x 9 sino a un mocetón con aire de ojeador de turistas que se nos acerca con el mensaje oral “¿Ruiz Budría? Acompáñenme: ahí no más tenemos el ómnibus” Puerto Natales carece de estación de autobuses y tanto estos como los microbuses, taxis y otros turismos se amontonan en un pequeño ensanchamiento de la calle que hace las veces de. El hotel Altiplánico Sur al que nos conducen se encuentra situado a las afueras de la ciudad, no tan alejado como el de Bariloche pero lejos. En compensación tiene unas magníficas vistas sobre el Canal Señoret. No nos importa demasiado porque Puerto Natales no va a ser para nosotros más que escala para acceder a Torres del Paine. Lo que ocurre es que esta noche es Nochebuena y – tradiciones son tradiciones – nos hubiera gustado cenar… como cristianos. Ni la distancia a la ciudad – ciudad, hoy tiene unos 20.000 hab. – ni la pinta de los establecimientos avistados desde el microbús ni la facilidad de que a estas horas nos hagan sitio en algún restaurante nos anima a salir en busca de sitio donde cenar. Así que, cuando nos comunican en el hotel, mientras tomamos el “trago de bienvenida”, que podemos tomar una cena especial en su comedor, apenas dudamos en apuntarnos a ella a pesar de que ni el lugar ni el precio que nos piden parecen anunciar un banquete opíparo.

El hotel es francamente curioso. Está perfectamente integrado en el entorno. Buena parte de sus dependencias – nuestras habitaciones, por ejemplo –tienen por tejado el suelo de la ladera en que está construido; sus muros exteriores están cubierto de cortes regulares de césped colocados a modo de ladrillos; en el mobiliario se ha evitado el uso de madera y sillas, mesas, estantes, aparadores y hasta el soporte del colchón en la cama son de hormigón o de hierro. La calefacción es de suelo radiante y más que suficiente lo cual se agradece porque fuera corre un viento helador y en los montes próximos está lloviendo o tal vez nevando.

Hacemos uso de la wifi del hotel que nos sirve perfectamente para hablar con la familia por el skype, no desde la habitación pero sí desde las salas comunes. Bien abrigados damos un paseo por los alrededores Marga, Mariluz, Merche y yo para ir haciendo hambre para la cena.

Como estamos tan al sur – ya nos vamos acostumbrando – comenzamos a cenar con perfecta luz del sol. La cena no desmiente nuestras impresiones iniciales, es regular tirando a vulgar, pero nuestro ambiente es bueno y hacemos tertulia hasta que comprendemos que estamos molestando a los camareros y además alguien señala que mañana tenemos que madrugar. Fin de la Fiesta que algunos aprovechamos para adelantar el pago de lo consumido y mañana estar más libres.

 

 

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