Viaje a la Argentina (4)

pág. 1 pág. 6
pág. 2 pág. 7
pág. 3 pág. 8
pág. 4 pág. 9
pág. 5 pág. 10

 

 

 

 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

 

Día 19.-   LA RUTA DE LOS SIETE LAGOS 

Gastón nos avisó ayer que, en contra de lo que decía la programación inicial de nuestra estancia en Bariloche, hoy íbamos a hacer la “Ruta a San Martín de los Andes y camino de los 7 lagos” y que pasarían a buscarnos a las 8 de la mañana.

El sistema de desayuno de este hotel (te dejan a la puerta de la habitación una bandeja con los elementos de desayuno que has solicitado por escrito el día anterior) ha provocado hoy un pequeño incidente. Nuestra pareja de ángeles (Ángel y Mª Ángeles) se han retrasado a la hora de acudir al comienzo de la excursión (las 8 h.). Nos han explicado que, como el desayuno era tan abundante (¡!), se les había hecho tarde. Nosotros, que habíamos estado comentando la sobriedad del tal desayuno, nos hemos quedado perplejos hasta que nuestros ángeles nos han aclarado que se habían desayunado DOS bandejas, la suya y, al parecer, la de la habitación de al lado. Mª Ángeles se ha quedado muy… avergonzada y ha hecho propósito de excusarse con los empleados del hotel.  

33 Bien madrugados y desayunados (algunos), estábamos dispuestos para zarpar con puntualidad no excesiva. El nuevo conductor se nos ha presentado como Diego y nos ha causado una buena impresión que luego se confirmaría. Nada más salir de Bariloche hemos atravesado un puente sobre el río Limay, único defluente del lago Nahuel Huapi que lleva sus aguas excedentes hasta confluir con el Neuquén y formar el Río Negro que da nombre a la Provincia de Bariloche. El comienzo de nuestra excursión va a seguir el curso del río Limay. Este curso alto está muy bien conservado gracias a la creación del Parque Nacional de Nahuel Huapi lo que impidió en su momento que se creara una zona de fuerte explotación industrial que hubiera dado al traste con este paisaje. Apenas salidos de Bariloche, nos metemos en un paisaje netamente estepario, de vegetación rala y escasa. Lo que más abunda son los llamados neneos que guardan un cierto parecido con los erizones tan abundantes en nuestro Pirineo. Se diferencian en que estos neneos no forman agrupaciones extensas sino que crecen en matas aisladas unas de otras. Según nos explica el guía abundan en estas estepas animales como el ciervo rojo, el jabalí y el guanaco. Ciervo y jabalí son tenidos por especies invasoras (que sin duda lo son). Del guanaco nos cuenta el guía que padeció la competencia de la oveja (otra especie importada) cuando la lana de esta tenía gran valor y eso supuso casi su desaparición. La creación del Parque Nahuel Huapi y la desmesurada revalorización de la lana de guanaco han vuelto a lanzar la cría y crecimiento de este animal en la zona.

Paramos unos kilómetros más adelante en un paraje donde el Limay forma una especie de anfiteatro con un meandro hermosísimo. Se aprecian en ese lugar una serie de características concurrentes: por un lado el talud continuo que llevamos a nuestra izquierda parece ser la morrena central de un primitivo Glaciar y de otro las rocas basálticas de caprichosas formas (como “el dedo de Dios”) nos hablan de un pasado volcánico. Esta geomorfología nos acompaña durante muchos km hasta Confluencia donde abandonamos la RN237 para tomar la RP63 hacia San Martín de los Andes. El paisaje se hace cada vez más monótono y mis párpados cada vez más pesados, o sea, que doy unas cabezaditas bastante notables aunque Isabel P. que viaja a mi lado dice que no, que tan apenas.

El Río Limay cada vez se va haciendo más ancho hasta que en un momento determinado deja de ser río para convertirse en un embalse, el de Aluminé. Al desviarnos hacia San Martín vamos cruzando nuevos ríos. Llegamos a Junín de los Andes ya bastante cansados. Junín no parece tener muchos atractivos, no en vano comenzó siendo simplemente un enclave militar fortificado. Por cierto que, por primera vez en el viaje, un soldado nos detiene y le pide la documentación al conductor. Parece un mero trámite y pronto estamos de nuevo en marcha hacia San Martín al que llegamos a eso de las 12.45.

El conductor nos deja libres hasta las 3 y nos recomienda acercarnos al lago Lácar a orillas del que crece San Martín. El tiempo se ha ido revolviendo y comienza a chispear con un notable viento acompañante. Paseando hacia el lago Lácar, el primero de los 7 que vamos a ver, devoramos nuestro pic-nic y, convencidos por el mal tiempo y el deseo de una buena cerveza o un tonificante café, nos metemos en un bar-restaurante que tiene muy buena pinta y está cerca. Pronto comprendemos que la elección ha sido un acierto: nos atiende una parejita extremadamente amable.34A Pedimos lo dicho: cafés, algún mate y cervezas. Nos los sirven y añaden sin nadie solicitarlo aceitunas negras y una especie de paté o crema de berenjena, pepinillos, aceitunas, etc.. (con una cestita de panecillos y pan tostado) para los cerveceros y pastitas de dos tipos más una especie de pan dulce para los del café y el mate. De las cervezas que nos habían ofrecido, hemos elegido la Lácar, por ser del lugar y de elaboración artesana, y en dos modalidades, negra y ámbar (por nostalgia terruñera). Resultan ser dos excelentes cervezas. Al comerme un trocito de pan tostado, me atraganto con sus miguillas y me da una tos incontenible. La camarera, que además es muy guapa, me trae con presteza un vaso de agua para sacarme del apuro. Además el establecimiento está decorado con mucho gusto y con modernidad no exagerada. Acaba organizándose una casi peregrinación al baño para (además de…) contemplar el originalísimo grifo-cascada que decora el lavabo. La cercanía de las 3 de la tarde nos hace levantar el campo y dirigirnos a la plaza Gral. San Martín, punto de encuentro con el guía. Con él y con otros cuatro viajeros que resultan ser dos parejas israelitas (ellas, al parecer, judías argentinas emigradas a Israel hace 40 años). Durante el viaje ellas aún se mostraron cercanas y amables, pero sus dos “boronos” eran un par de antipáticos de diseño. Iniciamos la ruta de los siete lagos con el Lácar en el que apenas nos detenemos por haberlo visitado ya y porque en ese momento la lluvia arrecia como afortunadamente no volverá a hacerlo. El siguiente es el Machónico, un lago un tanto osco (¿será el día?), de paredes abruptas y rodeado de una vegetación menos frondosa de la que luego encontraremos en otros lagos. 

En sus orillas nos explica Diego qué es el Llao-Llao (voz mapuche que significa dulce-dulce, o sea dulcísimo): ciertos árboles como el coihue sufren el ataque de algunos hongos y para defenderse generan una especie de abultamientos de los que brota en un determinado momento una especie de esponjitas de color amarillo que los mapuches consumían y debían encontrar dulces. El tal fruto ha dado nombre al primer gran hotel que se construyó en el parque Nahuel Huapi, cerca de Bariloche.

A pesar de que el día continuaba muy parecido, el lago Falkner nos parece a todos un lago amable y acogedor. Hasta el viento, que nos acompaña con fidelidad odiosa durante todo el camino, deja de soplar en sus suaves orillas adornadas de notros y lupinos de vivos colores. Una bruma suave dulcifica la silueta de por sí no muy arisca de las montañas que lo rodean.

34B 35 Después vistamos el lago Villarino que parece que debe su nombre al gallego Basilio Vilariño, que montó una expedición buscando un camino interoceánico y pereció en el intento. Es también muy hermoso. El lago Escondido, que es pequeño y está efectivamente escondido, sobre todo ahora que el camino se encuentra en mal estado, tiene como característica peculiar y distintiva el color verde de sus aguas debido al parecer a unas algas que las pueblan.

El lago Correntoso, el más parecido de todos al Falkner, nos brinda además de unos paisajes suaves y deliciosos la posibilidad de conocer a unas familias mapuches que tienen en sus orillas un cuidada explotación agropecuaria y, en su laboriosidad, dan refrigerio a los viandantes que, como nosotros, precisan tomar algo. El servicio de baños cuenta con uno en cuya puerta un cartelito reza “unisex”. El cobertizo en que la señora mapuche sirve bebida y algo de comida tiene un a modo de mostrador y una cocina económica donde prepara en ese momento un café de cazuela. Todo un espectáculo de primitivismo avalado por un último detalle: en el fogón hay, puestas a calentar, dos planchas de las primitivas que eran eso, una sola plancha con un asa. No lejos de allí, unos paneles solares aportan electricidad a la casa y un puntazo de modernidad al conjunto. Cerca de unos corrales llenos de ovejas y al lado de su cerca, unos niños juegan al fútbol y disputan sobre quién de ellos es Messi. Sus padres hubieran disputado por ser Maradona, caso de que hubieran conocido la televisión.

36

Cuando ya nos disponíamos a marchar de este lago ha aparecido un chico que, en la pista “de ripio, como disen acá”, o sea de tierra, había roto el cárter de su coche. Nos ha pedido el favor de venirse con nosotros hasta La Angostura, pero íbamos completos y el conductor no se podía arriesgar a tener problemas con la policía. Un poco más adelante, nos hemos cruzado con una grúa que seguro que iba a socorrer al pobre muchacho.

De allí nos hemos trasladado al lago Espejo. Seguramente, de haber estado el día despejado este lago hubiera hecho honor a su nombre. Es un lago extensísimo, muy largo; con el Lácar y el Nahuel Huapi forma el trío de los más extensos de esta zona. Sus orillas suaves y frondosas le dan un aspecto sereno y quizás un tanto serio también. Nos hemos sorprendido saltándonos las barreras arquitectónicas que se han construido al parecer para contener los entusiasmos de tipos como nosotros. Yo me he agachado en la pendiente que se precipita hasta el lago por hacer una foto a unas flores cuando he oído a mis espaldas “Pero bueno, Javier, ¿no te das cuenta de que ya eres abuelo, hombre?”. Era Mariluz y todos han hecho muchas risas a mi costa. Esto es muy sano.

A partir del lago Espejo, la vegetación se ha ido haciendo menos frondosa: hemos ido pasando del bosque húmedo andino a un bosque de transición y de nuevo al ecosistema estepario. Los alrededores de Bariloche vuelven en pocos kilómetros a poblarse de vegetación más frondosa. Antes hemos hecho una parada en el lugar de La Angostura que recibe su nombre del istmo, cercano a la localidad, que conecta con tierra la península de Quetrihué. Nos ha parecido un pueblo más bien pequeño pero muy bien conformado y decorado, al menos en sus calles principales. Uno de sus atractivos es la posibilidad de acercarse por tierra al bosque de los Arrayanes. Nosotros tal vez lo visitemos mañana acercándonos a él, por agua, con un catamarán.

Como final de jornada hemos decidido acercarnos con la furgoneta de la agencia al hotel para arreglarnos un poco e ir después a cenar a la pizzería que hay allí cerca y así lo hemos hecho.

Después ha habido tertulia en la habitación de Isabel y Enrique, tertulia bloguera pero con muy poco interés manifestado por los presuntos aprendices. Solo la gran maestra de ceremonias blogueras estaba realmente pendiente del progreso del grupopatagonia2010. Y ha conseguido dejar cerrada una entrada con la que, de todas formas, ella no está contenta. A nosotros nos ha parecido bien.

 

Día 20.-   CERRO CAMPANARIO Y BOSQUE DE LOS ARRAYANES 

dia 20

Ayer nuestro guía conductor, Diego, al enterarse de que hoy teníamos la tarde libre nos vendió con mucha solvencia la posibilidad de hacer, en horario vespertino, la excursión en catamarán a la isla Victoria y después al bosque de los Arrayanes. La verdad es que la cosa era atractiva y además empalmaba perfectamente porque Diego nos dejaba en puerto Pañuelo en lugar de traernos al hotel; de allí, una hora después, zarpaba el catamarán y al regreso nos esperaba otro microbús para llevarnos al hotel. Así lo acordamos ayer y lo haremos hoy con el propio Diego en todo el recorrido salvo el último regreso al hotel.

Sin madrugar, hemos comenzado el recorrido del Circuito Chico. Al dirigirnos a nuestro primer destino, Cerro Campanario, hemos pasado por delante del Centro Atómico de Bariloche. Parece que procede del proyecto, luego fallido, de establecer una planta atómica en esta ciudad. Abandonado el primer proyecto se ha convertido en un centro fabricador de elementos de alta tecnología relacionada con la industria atómica. Generadores atómicos de electricidad, etc… De todas formas, según Diego, hay un cierto oscurantismo en torno a estas instalaciones que permanecen bajo control del Ejército.

Hemos ido “faldiando” el Cerro López para los amigos, Cerro Vicente López para la Historia, y hemos llegado al pie del cerro Campanario. De allí parte un telesilla que te lleva hasta lo alto. Diego nos aclara que los metros a que se asciende no son muchos pero que, al ser un punto alto en medio de una zona muy bonita, íbamos a disfrutar de unas vistas maravillosas. Yo, la verdad, me lo he tomado como la típica ponderación en boca de guía de la que parece, a todas luces, la parada estrella del Circuito Chico. La ascensión estaba bien instalada, a modo de jardín botánico, con grandes cartelones en madera que identificaban especies botánicas de la zona presentes en esa ladera.

38

Llegados arriba nos hemos quedado maravillados sobre todo cuando hemos subido a la terraza superior del mirador: las vistas en 360 º eran absolutamente espléndidas. Además el tiempo acompañaba con un día claro y soleado que hacía más azul el color de los lagos que se extendían a nuestros pies. Realmente no era ponderación excesiva de guía turístico. Nos hemos demorado mucho rato, hemos tomado cantidad de fotos y hemos disfrutado como niños con aquel maravilloso conjunto de cerros, lagos, montes, islas, lagunas y penínsulas de ensueño. El gran Nahuel Huapi con sus múltiples brazos, el lago Moreno, el cerro López, el monte Tronador,… Vamos que afortunadamente el Circuito Chico cuenta y comienza con este Cerro Campanario absolutamente espectacular.

El siguiente paso del circuito era uno de esos típicos pasos de tour turístico con manifiesto tufo comercial. Se trataba de una pequeña fábrica de derivados de la rosa mosqueta: aceites, perfumes, cremas, infusiones,… Como decía Mariluz “Tapaculos de estos hay a toneladas en mi pueblo”. Sí, claro, pero aquí los recolectan, los elaboran y hacen de ello una pequeña industria cosmético-farmacéutica.

El Paso siguiente era el gran mirador sobre el lago Nahuel Huapi y sobre la zona del hotel Llao-Llao. Por cierto que Diego, el guía, lo pronuncia algo así como Shao-Shao. El mirador ofrecía también unas magníficas vistas que hubieran mejorado notablemente si no hubiera estado tomado por un ejército de “egresados” de enseñanza secundaria idénticos, en los, digamos, peculiares comportamientos de estos ganadillos, a los de otras latitudes. Al pobre Joey, un estudiante de origen indio y que cursa su aprendizaje en Harvard, lo han rodeado como si se tratara del espécimen curioso de una raza extraña y han comenzado a hacerle preguntas tan profundas como “¿Te habían dicho alguna vez que te pareces a Obama?” y otras agudezas por el estilo que nuestro buen compañero de viaje ha ido contestando con su español vacilante y su buena educación.

39A De ahí hemos ido a los aledaños del hotel Llao-Llao. No hemos podido parar cerca: pertenecíamos, sin duda, a un mundillo no aclimatado a tan excelsos ambientes. Al ver por dónde respirábamos, Diego nos ha comentado que para entrar en ese hotel, incluso con la intención de tomarse un café, hay que hacer reserva previa. Vámonos, que no somos de aquí, que somos de Zaragoza y no de la “pomada”. Diego nos ha llevado desde allí a puerto Pañuelo desde donde íbamos a realizar poco más tarde la excursión a Isla Victoria y al bosque de los Arrayanes. Se ha despedido cortésmente de todos nosotros porque ya no lo volveríamos a ver.  A las 13.30 hora argentina, es decir a las 13.45, hemos embarcado. Y un poco después de las 14, hemos zarpado hacia isla Victoria. Durante el trayecto, un avispado mozo cámara en ristre, ha organizado un pase “espontáneo” de viajeros por delante de su objetivo ofreciendo galletas a las gaviotas que, sabedoras de la maniobra, se habían colocado ya minutos antes a popa del catamarán. El asunto consistía en estirar el brazo con una galleta en la mano, esperar que una gaviota te la arrebatara y que el fotógrafo tomara la instantánea que luego te ofrecería a un precio… abusivo. Llegados allí hemos hecho recorrido con un guía que, además de ilustrarnos sobre la historia del Antiguo Vivero de Isla Victoria y sobre las más llamativas especies de su Flora (secuoyas, alerces, coihués, lengas, etc… ), ha  servido (a la organización) para conseguir que el recorrido durase exactamente lo previsto. Ha sido un recorrido agradable en el que además hemos tropezado con algún ejemplar curioso de “fauna humana”. Ya en el barco se había hecho notar con una vestimenta espectacularmente (sobre todo “cularmente”) ceñida y por unas poses absolutamente… espontáneas. En cuanto el guía ha comenzado la primera explicación, la “especta-cular” ha aparecido casualmente detrás de él… y enfrente de todo el grupo que, sin saber cómo, se ha percatado de su presencia. 

Una vez en el bosque de los Arrayanes, hemos disfrutado de la maravilla de esa especie de lo que originariamente eran arbustos (como los del Patio de los Arrayanes en la Alhambra de Granada) convertidos aquí en árboles de alto porte. Lo más espectacular de ellos resulta el color rojizo veteado de pinceladas blancas de sus troncos, las aglomeraciones en que se concentran y las increíbles formas que adoptan a veces sus ramas. Creo que a todos nos ha causado verdadero estupor ese bosque absolutamente inhabitual y extraño.

La “Culitos” - como hemos dado en bautizar a la espontánea autoexhibidora ya mencionada - ha seguido amenizando el recorrido con sus increíbles posturas para tomar la más vulgar - seguro - de las fotografías, con sus dulces trinos de “Churri, ven acá” de que se servía para atraer-seducir a su acompañante, etc…..

Entre unas cosas y otras, hemos pasado gustosamente esta visita a los Arrayanes. Ya en el catamarán han menudeado las manifestaciones de admiración hacia ese entorno de flora tan interesante y hermosa y los comentarios más o menos jugosos sobre la “Culitos”: Había quien opinaba – y no mencionaré sus nombres – que sin duda se trataba de una actriz porno y de su partenaire; se podían escuchar malos augurios para la parte de su anatomía con que había sido “bautizada” a juzgar por el que arrastraba la que parecía ser su madre, una señora no sé si con buen pero sí con mucho… fondo.  39B

Regresados al hotel, se han hecho planes para bajar a Bariloche a cerrar con la agencia las cuentas de las excursiones habidas y quizás contratar otra para mañana. Abonaba el proyecto la idea de ir a cenar a un vegetariano que nos habían recomendado.

En mi caso no ha surtido efecto la seducción del vegetariano (a la que soy bastante inmune). He decidido quedarme, pues, en el hotel para dar un empujón a la redacción de estas notas que llevaba un tanto retrasadas.

Cuando ha regresado el grupo después de cenar, me han hecho saber que habían contratado para mañana un día de campo en una estancia con desplazamiento a caballo y comida campera de un asado incluidos. Me ha parecido estupendo porque desde niño he tenido una afición – apenas practicada por otra parte - por la monta a caballo o… a burro si no era posible otra.

La tertulia de noche, que se ha ido institucionalizando sin duda por la posibilidad que brinda el mobiliario y el amplio espacio de las habitaciones, hoy ha estado amenizada por jugosos comentarios sobre el sistema de desayuno de este hotel. Tal procedimiento impide la posibilidad de preparar bajo mano unos bocadillitos con que cubrir las necesidades alimenticias del mediodía. Ha sido esta una práctica que hemos ejercido todos los días pasados con solvencia y buenos resultados. Ángel ha estado muy ocurrente cuando ha comentado al propósito: “Bueno, existen procedimientos para superar las dificultades de abastecimiento que impone este sistema de desayuno: todo consiste en hacerse con la bandeja de la habitación de al lado”.

Mª Ángeles – tan discreta ella - nos ha contado que el otro día fue a disculparse con la recepcionista por haber consumido también la bandeja de los vecinos y que esta le contestó: “Por nosotros, ningún problema. Únicamente que esos señores se enojaron mucho”.

Esta y otras bromas han llenado la tertulia.

Nos hemos retirado para descansar y prepararnos para mañana, un día campero, estanciero.

 

Día 21.-   ESTANCIA EN UNA ESTANCIA

Esperábamos que apareciera a recogernos alguno de los guías de la agencia que nos transportara a la estancia. En su lugar ha aparecido el propio estanciero que se nos ha presentado como Andrés Calvo. Una vez en marcha, hemos pasado a recoger a una chica canadiense y a una madre con su hija, argentinas ellas.

La verdad es que el tal Andrés cuidaba una cierta pinta de estanciero (barba no afeitada, pantalones y jersey más bien toscos,…) pero no podía evitar que se revelara en su físico un puntazo de niño bien: guapete él, discreto de formas y correcto en el hablar. A lo largo de la jornada nos habríamos de enterar de que su condición de estanciero había sobrevenido cuando el “corralito” arruinó el restaurante que él regentaba en Río de la Plata y decidió venirse a trabajar con su suegro en la gestión de la estancia “El Desafío” que íbamos a visitar.

42 Nos explicó los problemas de la ganadería (sobre todo por el bajo precio de la lana de oveja) y las dificultades que conlleva la gestión de una estancia. La suya se había dotado incluso de una escuela que siguió abierta mientras hubo niños que la frecuentaran (pasamos junto a ella y la verdad es que tenía buena pinta). Ahora estaba cerrada porque el peonaje de la estancia se limitaba a cinco personas que, salvo el estanciero, no parecían estar en edad de procrear. Las explotaciones actuales eran unas a largo plazo (la maderera, con un millón y medio de pinos plantados) y otras a corto y medio plazo (la extracción de piedra de toba para la construcción, la ganadería y el turismo). No sé si las cosas le iban muy bien, pero sí nos confesó que esperaba un buen funcionamiento del turismo en esta temporada para poder cambiar el todo terreno en que nos desplazábamos y que verdaderamente merecía un relevo. Mientras Andrés Calvo nos iba explicando todo esto con sobriedad y pocas palabras, a uno se le vino a la cabeza aquellos versos que recitaba Jorge Cafrune:

El estanciero presume

de gauchismo y arrogancia.

Él cree que es extravagancia

que su pion viva mejor,

mas no sabe ese señor

que por su pion tiene estancia.

Está visto que la cabeza es libre porque que nuestro estanciero no da, al menos en apariencia, el tipo del estanciero arrogante y prepotente del cantar, pero… Me hago el propósito de observar su actitud con los piones cuando lleguemos a la estancia.

A pregunta sobre la extensión de su enorme finca, contesta que El Desafío tiene alrededor de 5.000 hectáreas. Nos puntualiza, al observar nuestro asombro, que la estancia El Cóndor que estamos atravesando para llegar a la suya pasa de las 50.000: el propio aeropuerto de Bariloche se ha construido dentro de ella.

Nos habla de la fauna de la zona (avutarda, cauquén, liebre patagónica, zorro colorado, guanaco, ciervo colorado, la oveja y su depredador, el puma). Observo en Andrés algo que ya había advertido en otros guías argentinos: habla del zorro colorado, del ciervo colorado, de la oveja… como de especies invasoras. Nunca les he oído aplicar tal calificación al caballo. ¿Habrá sido casualidad o fruto del aprecio que les merece la función del caballo en la dominación de extensiones tan inabarcables, en su momento, de otra manera?

Cuando atravesamos el río Ñirihuau, nuestro estanciero comenta que este río constituye por aquí la frontera natural del Parque Natural Nahuel Huapi. Dicho de otra forma, en este parque natural, como en muchos otros en Argentina, existen propiedades y explotaciones privadas.

No tardamos mucho en atravesar el arco indicador del comienzo de la estancia El Desafío y Andrés nos saluda con un “Bienvenidos a mi estancia. Voy a intentar contarles lo mínimo sobre ella; prefiero que ustedes vean y pregunten lo que les interese”. No mucho más tarde paramos en la explanada que ocupan las distintas dependencias de la estancia y lo hacemos justo al lado del grupo de caballos que, ya enjaezados, esperan nuestra monta.

Un enorme pedrusco nos va a servir como apoyo para subirnos a los caballos. Comienza la operación. Estoy deseoso de montar y me ofrezco para hacerlo en tercer lugar. Todo va bien hasta que me siento sobre la silla: mis maltrechas caderas comienzan a dolerme mucho más de lo que considero prudente soportar sobre todo pensando en que me resta más de medio viaje por disfrutar. Así que le pido a Andrés que me ayude a apearme del bonito caballo que me había tocado y me incorporo a la expedición que llegará en coche y no a caballo al refugio La Buitrera en el cerro del mismo nombre. Ángel, que está un poco acatarrado, decide sumarse también a esta expedición.

Ante mis ojos envidiosos, los demás suben a sus monturas e inician el recorrido hasta el refugio que les ocupará dos horas y media. El estanciero, Ángel y yo lo hacemos a continuación en el cuatro por cuatro.

44A

Olvidada mi frustración de jinete, procuro disfrutar de las excelencias de ese soberbio paisaje estepario coronado por las hermosas cumbres de La Buitrera. La conversación con Andrés se va haciendo más relajada, más personal (él nos cuenta en ese momento su fracaso con el restaurante de hace unos años) y yo le explico mis problemas de artrosis en las caderas. Ya metido en confianza se permite hacerme una broma: “No te preocupés. Como dice un amigo mío, esto es solo un problema de alma, de almanaque”. Al llegar al refugio, situado justo al pie del cerro La Buitrera, nos explica los agujeros de la roca en que suelen aposentarse los cóndores. Están marcados por los blancos rastros de sus excrementos que escurren roca abajo. Hacemos observación de esos lugares… vacíos con prismáticos y un minitelescopio que tiene Andrés en su refugio. Como los cóndores no comparecen ni parece que vayan a hacerlo, Ángel y yo decidimos hacer una caminata por el bosque de lengas cercano al refugio y por la parte superior de las rocas de la Buitrera. El paseo resulta muy agradable. La perspectiva de las rocas de La Buitrera cambia completamente y las vistas desde aquellas alturas es fastuosa: la inmensa estepa se extiende a nuestros pies surcada de muy escasos caminos (uno de ellos el que hemos seguido con el cuatro por cuatro) y a lo lejos se distingue con claridad la franja del Lago Nahuel Huapi, de un azul intensísimo. Alguno de los cerros cercanos oculta   a nuestros ojos – afortunadamente – la imagen del aeropuerto que hubiera roto este espectáculo de pura naturaleza.

Ángel está feliz con la cantidad de flores y plantas hermosas y extrañas que puede llevarse grabadas en su cámara de fotos. Yo tomo la imagen de una espléndida flor de planta cactácea, un verdadero estallido de colores amarillos, blancos y naranjas. Quedo muy satisfecho de la foto. Luego Enrique, nuestro fotógrafo más técnico, me dirá que está un poco quemada; y es posible que tenga razón, pero yo eludiré su crítica con un socorrido “¡Envidia cochina!”.

44B

A la hora pactada para la comida, acudimos puntualmente al refugio. Ya de camino, advertimos que la tierra del camino presenta unas huellas recientes de herradura que anuncian, antes de que podamos verlos, que nuestros intrépidos – y afortunados jinetes – ya se han presentado a cumplir con uno de los mandamientos de la ley del cuerpo. Están radiantes de felicidad, de entusiasmo por su hasta ahora desconocida capacidad de montar a caballo. Todos los de nuestro grupo eran verdaderos novatos y solo la chica canadiense y la niña argentina, que junto a su madre se ha sumado esta mañana a la expedición, demostraban tener experiencia y conocimiento de los caballos.

Pasadas las primeras efusiones de entusiasmo, nuestros estómagos, acuciados por el hambre y el olorcillo a asado que salía del refugio, nos han empujado a la mesa. En ella estaban dispuestos 12 servicios de mesa, solo para nosotros, los turistas. Le hemos preguntado al estanciero por qué no comían con nosotros él y Raúl, el peón que ha desempeñado las funciones de guía e instructor del grupo de jinetes durante el camino. Ha contestado: “El cocinero no ha resistido la tentación y ha comido antes y Raúl prefiere hacerlo acá en el mostrador”. Ciertamente no parece tan arrogante nuestro estanciero.

El asado (chorizo y vaca) estaba bastante bueno y venía precedido de unos platitos de queso y salami y acompañado de una ensalada muy agradable. Vino y postre más que aceptables han completado el menú.

La sobremesa ha sido más que breve porque ahora era preciso deshacer el camino también a caballo y más tarde emprender viaje hacia Bariloche.

Las advertencias sobre la dificultad de la monta en cuesta abajo han desanimado a la señora argentina que ha decidido engrosar el grupo de los motorizados. No así su hija para quien seguramente esas dificultades no existían y que se había pasado el rato acariciando y hablando a los caballos.

Primero han partido los jinetes y nosotros, poco después. Para unos y otros el camino ha resultado mucho más breve y pronto nos hemos visto todos montados en el coche camino de Bariloche.

Por una razón u otra todos hablábamos de nuestro cansancio y de la intención de tomar un baño relajante al regreso al hotel. Como somos muy discretos y educados, nadie ha hecho ostentación de que pensaba pasar por el jacuzzi de que disponen nuestras habitaciones. Pero buena parte de nosotros así lo ha hecho al regresar al hotel.

Como despedida de esta ciudad, hemos decidido cenar en la pizzería que hay a escasos metros del hotel. Ha sido una cena muy agradable de este grupo que está funcionando como todos esperábamos o mejor.

Sin hacer tertulia, nos hemos ido a la cama porque mañana tenemos que estar en Puerto Pañuelo a las 8.30. ¡Qué dura es la vida del turista!

*****************************

Antes de terminar la crónica del día de hoy, me voy a permitir la licencia de incluir unos versos que se me han ocurrido, a pesar de que NADA – lo juro, nada - tienen que ver con los pormenores de este nuestro viaje patagónico.

Tienen por título LA EPIFANÍA DE I. R. y dicen así:

En presencia sin presencia,

su agradable compañía

era ilusión unos días,

por momentos pura ausencia.

Nuestra Isabel (1) navegaba

este limbo existencial

empeñada en demostrar

que estaba pero no estaba.

Hoy por fin se ha producido

su completa epifanía

y en nuestras fotografías

Isabel (1) ha aparecido

y a todos ha convencido,

con muy clara contundencia,

de su presencia… en presencia.

 

(1)   Caso de que así se desee, se puede sustituir este nombre propio (por lo demás, ficticio, aunque de amplia y rica tradición literaria) por “amiga” o “nuestra amiga”, cambio este que no afectará al sentido de la composición ni al cómputo silábico y a alguien le podrá parecer necesario, conveniente, prudente, indiferente o simplemente inútil. Para todo habrá casos, supongo.

 

- siguiente
  anterior