Viaje a la Argentina (3)

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 POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE

 

Día 16.-   PALERMO (BUENOS AIRES) 

Hoy nuestro destino prefijado era el barrio de Palermo que se está trasformando velozmente del modesto barrio residencial de casas bajas, talleres mecánicos y almacenes que era al territorio de restaurantes, hoteles y tiendas de ropa que atrae al turismo y fija un nuevo tipo de población. Palermo está subdividido en cuatro mini-Palermos: Soho, Hollyvood, Queens y College.

Nosotros hemos tomado el “subte”, como dicen aquí, en Avda de Mayo hasta Diagonal del Norte (una sola parada) y allí hemos trasbordado para tomar la línea D desde 9 de julio hasta plaza de Italia. Al salir, nos hemos dirigido al jardín botánico sito al otro lado de la calle. El paseo por su interior ha resultado muy agradable por la tranquilidad y la temperatura que nos ha regalado, pero un poco penoso por el lamentable estado de conservación que padece. Haciendo un esfuerzo para abandonar la comodidad de ese recinto nos hemos lanzado a la calle.

Cruzada la plaza Italia, hemos tomado la calle que recientemente ostenta el nombre de Jorge Luis Borges porque tan famoso escritor vivió en su número 2135 a partir de los dos años. Borges decía que el Palermo que él conoció “tenía más huecos que casas con el arroyo Maldonado a la vuelta. Era un bario de malevaje, calabrés y criollo”. La calle Borges que hoy hemos conocido ya no responde a esta imagen aunque, a decir verdad, conserva todavía un marcado carácter provinciano. Hemos observado que los cartelitos de cerámica que marcan en muchas casas la numeración de la finca todavía conservaban el nombre anterior de calle Serrano.

22 Al parecer la gente más arraigada al barrio todavía sigue llamando plaza Serrano o simplemente La Placita a la que tiene ahora como nombre el de Julio Cortázar. Recorriendo la calle Borges casi hemos pasado de largo por el número 2135. Tal vez esperábamos una indicación más clara que la sencilla plaquita que lo recuerda al lado de la puerta de un establecimiento de peluquería. La plaza Cortázar no nos ha recibido con la presencia de los variados artesanos que parece que la ocupan en los fines de semana. Apenas había dos o tres vendedores de tejidos que, privados del valimiento de la compañía de sus colegas, casi no hacían muestra de sus actividades comerciales. En cambio, en cuanto hemos torcido a la derecha y nos hemos metido por Gurruchaga y sus calles adyacentes, el panorama ha cambiado totalmente: para regocijo de las chicas y pena de los varones, las tiendas de ropa, artículos deportivos, elementos de decoración, complementos y de otras mil zarandajas se apiñaban allí puerta con puerta. Ángel, nuestro filósofo, ha hecho un análisis acertado de la situación: “Puesto que ya ha quedado constituido un equipo A de intenciones cercanas al conocimiento del mercado y, tal vez, a la propia actividad mercantil, se constituye espontáneamente un equipo B de intereses tabernarios o afines”. Así organizados, nosotros nos hemos dado a la búsqueda de un establecimiento donde atentar contra nuestra sed. Hemos observado inmediatamente que esta zona del barrio tan netamente comercial de la moda, había desterrado o al menos orillado la presencia de bares, tabernas y cafeterías: le ocurría lo mismo que al Equipo A. Hemos añorado la simpática plaza Cortázar en una de cuyas fachadas un llamativo cartel rezaba en letras de colores chillones: PRÓLOGO CERVERCERO. Los árboles ocultaban cómo sería el texto y el epílogo. El caso es que, al fin, hemos encontrado una sombreada terracita donde nos hemos dispuesto a aplacar la sed. La verdad es que las chicas no han tardado en aparecer tanto como nosotros nos temíamos y se han incorporado pronto al refrigerio.

Ya descansados, hemos decidido acercarnos hasta los bosques de Palermo y seguir hasta el jardín Japonés. El recorrido de la calle Gurruchaga ha resultado muy agradable. Al atravesar la calle Paraguay por el número 1500, Merche se ha acordado de que en esta calle – vaya usted a saber en qué número – había vivido su hermano durante su permanencia en Buenos Aires. He tomado el teléfono y le he mandado un mensaje a mi cuñado contándole dónde nos encontrábamos para ver si le sonaba y le daba un puntazo de añoranza.

Los bosques de Palermo nos han parecido un conjunto vegetal maravilloso, un magnífico lugar de paseo. Tirando de plano y de preguntas a los naturales del lugar, hemos llegado por fin al jardín japonés, regalo de dicha comunidad a la ciudad en 1967. Es un jardín exquisito en sus proporciones, formas y combinaciones de estanques, plantas y rocas. Está escrupulosamente cuidado en todos los aspectos. La caminata para llegar hasta él había sido penosa pero en ningún momento la hemos dado por mal empleada. Ha sido la hora y no el gusto lo que nos ha sacado de allí para buscar el camino hacia el “subte” que nos llevara al hotel.

Después de alimentados, hemos echado una siestecita que no merece el diminutivo: en realidad en este caso se trata evidentemente de un apreciativo que da idea del gusto que nos ha producido.

La idea para la tarde era ir paseando tranquilamente hasta la calle Córdoba para visitar las Galerías Pacífico de las que habíamos leído maravillas y visto imágenes espectaculares. La verdad es que nos han parecido una preciosidad en su género. Además de la grandiosidad como establecimiento o conjunto comercial merece la pena resaltar la riqueza de sus elementos decorativos que en algún caso son un modelo de delicadeza y espectacularidad en el diseño. Estas Galerías disponen además de salas para espectáculos (hemos sacado entradas para uno de tangos mañana por la tarde) y de exposiciones (nos hemos visto envueltos en la inauguración de una exposición de dibujos y hemos visitado también la de fotografía de Antonio Banderas). En fin, una satisfactoria experiencia.

De allí nos hemos dirigido al restaurante La Estancia en la calle Lavalle donde nos hemos dado una cenorra de asado criollo. Afortunadamente este restaurante está relativamente cerca del hotel en el que nos hemos metido con toda diligencia.

En estos momentos, creo que todos duermen, menos yo. Pero esto va a ser verdad por poco rato.  

 

Día 17.-   HERMOSO TIGRE 

Hoy el día ha comenzado mal, o sea, que saldrá bien. Estábamos en el cuarto de baño Merche (en la ducha) y yo (lavándome los dientes); ella terminaba de ducharse y de pronto he oído como un estallido, me he vuelto y he encontrado a Merche rodeada de cristales rotos, levemente herida e inmovilizada por la capa de cristales que rodeaba sus pies descalzos. He liberado de chispitas de cristal la planta de sus pies, se los he calzado con las zapatillas de hotel y así ha conseguido salir de aquel círculo maldito de cristales rotos. Yo había pisado unos de los desparramados por el baño y sangraba también por la planta del pie. Una vez que Merche ha eliminado en el bidet los cristalitos que llevaba pegados a las piernas, hemos podido proceder a la cura de las afortunadamente pequeñas heridas que llevábamos (yo solo una). Y fin de la aventura.

Tigre. Ese era nuestro nada feroz plan para hoy. El propietario de “remís” que nos llevó al hotel Argentino nos ofreció la posibilidad de trasladarnos (ida) a Tigre por 170 ó 180 pesos (no recuerdo bien). Nosotros decidimos ayer acometer el viaje en transporte público partiendo del “subte” de Avda. de Mayo hasta la estación Diagonal Norte (una sola parada, olé lo chulos que somos); hacer ahí trasbordo a la línea que nos llevara a la estación de Retiro y desde allí tomar (coger, no) el tren hasta Tigre.

Así lo hemos hecho esta mañana. Nos ha ocurrido un incidente un tanto chusco y muy del metro: hemos subido al “subte” en Diagonal, algunos de nosotros nos hemos sentado y, al llegar a la siguiente estación, hemos comprobado alborozados que los pasajeros del vagón se iban y podíamos sentarnos todos y juntos; inmediatamente se nos ha acercado un chico joven y nos ha explicado que era final de trayecto y que, sin duda, habíamos tomado el “subte “en dirección contraria. Así era, claro. Hemos remediado el entuerto y, sin más problemas, hemos accedido a Retiro. En esa estación hemos sacado “boletos” de ida y vuelta para Tigre. Apenas asomados al andén, hemos leído en un cartel luminoso que el tren hacia Tigre salía inmediatamente. Casi corriendo lo hemos alcanzado y al instante nos hemos puesto en marcha.

Estábamos optimistas a tope porque a cada uno de nosotros el viaje de ida y vuelta a Tigre desde el hotel nos iba a salir por ¡3.80 pesos! (1.10 el “subte” y 2.70 el tren) En total 19 pesos, menos de 4 euros, el viaje de ida y vuelta desde el hotel a Tigre.

Tras 45 minutos de un viaje con muchas paradas hemos llegado a Tigre. Nos ha causado muy buena impresión el entorno de la estación perfectamente ajardinado con una estatua en medio del alcalde Mitre que, al parecer, fue el que acometió la obra de traer el tren hasta Tigre. En Información de la estación nos han indicado dónde estaban los muelles de los catamaranes que hacen recorrido por el delta del Paraná en que se sitúa Tigre. Hemos decidido dar un paseo por allí e informarnos de camino. Nos han dado precio de 60 pesos por persona para un paseo de una hora. Del paseo iniciado nos arrepentimos inmediatamente porque el calor es sofocante y porque además observamos que en la otra orilla hay otro embarcadero en que se veía mucha demanda. Hemos pensado que se trataría de alguna mejor oferta; y nos ponemos inmediatamente en camino. Llegados a la caseta de información, el señor que nos atiende nos dice en primer lugar que la oferta que nos hacía era como la del otro lado, pero “¿Ustedes cuántos son?” Al enterarse de que éramos cinco, nos ofrece la posibilidad de hacer un recorrido de una hora en una barca fueraborda que nos costaría lo mismo (300 pesos) y que, al ser más rápida, en el mismo tiempo nos mostraría más cosas. Quedamos en ello y nos disponemos a esperar.

Pasado algo más del cuarto de hora comprometido, ha llegado nuestro barquero: “Soy Fernando”, se ha presentado, “y les voy a mostrar esta bonita tierra del Delta”. El recorrido en barca resulta muy agradable, sobre todo después de que, a pregunta de Merche, Fernando nos aclarara que sí, que la barca era segura y que además llevaba salvavidas para ocho personas. Bueno, así ya era otra cosa. Gracias, Merche, por esa solicitud de información tan tranquilizadora.

El tal Fernando resulta ser un muchacho muy cercano y sencillo que ha comenzado a darnos explicaciones en las que no se limitaba a indicarnos los lugares que íbamos atravesando sino que nos explicaba los problemas sanitarios, educativos y de abastecimiento que tenía la zona y cómo los iban solucionando. Él mismo vivía en una casita que nos explica cómo había ido construyendo en uno de los canalillos laterales “Pero no les puedo llevar hasta mi casita porque ya les he dicho que hoy el agua está muy baja y esta barca, así cargada, quedaría varada”.

El paisaje que hemos podido disfrutar en el paseo en barca ha sido maravilloso. La sucesión de canales por la que nos hemos ido desplazando nos ha puesto en contacto con la realidad geográfica del delta, todo un espectáculo de naturaleza no excesivamente alterada y cuyos cambios parecen al menos ser mejoradores del paisaje. Las casitas están construidas realzadas del suelo como palafitos no porque estén construidas en el agua sino porque se dan fuertes crecidas de las quedan salvadas por este tipo de construcción. Otras ventajas según Fernando: en el porche inferior resultante se crea un espacio muy confortable en épocas de no crecida y además este aislamiento del suelo humedísimo libra la vivienda de las humedades.

26 Nos hemos tropezado con un catamarán-hospital que va dando servicio sanitario a los pobladores del delta. Fernando nos ha explicado esto y la forma en que se presta el servicio educativo trasladando a los niños en barca a la escuela. Nos ha hablado de su niña, de los problemas de salud que había padecido por intolerancia a una leche artificial que le habían recetado como refuerzo alimenticio. Ángel lo ha consolado contándole el caso de una sobrina suya que pasó meses llorando continuamente por un problema semejante de rechazo, se lo descubrieron y ahora es una niña sanísima y alegre. Fernando ha agradecido la noticia y nos ha contado que su niña también estaba ya perfecta. Así hemos ido pasando la hora contratada entre contemplaciones de la naturaleza soberbia del lugar (“Aquí clava usted un palito en el suelo y al año siguiente tiene un árbol”, nos decía Fernando), las explicaciones del guía sobre las peculiaridades de la vida en el lugar y la afanosa captación fotográfica de lo que era posible documentar con nuestras cámaras. Al regreso al muelle, Fernando nos ha dado su tarjeta (“El Fer”, nombre de su barca) y se ha despedido muy cariñosamente. En nuestra agenda figuraba la posibilidad de visitar el MERCADO DE FRUTOS de Tigre. Hemos preguntado por su paradero y allá que nos hemos ido agobiados por un calor de antología; menos mal que el camino estaba en muy buena parte protegido por árboles. El tal mercado nos ha defraudado bastante porque ha dejado de ser Mercado de Frutos para convertirse en un mercado… de turisteo. Eso sí, los pocos puestos de frutos que quedaban eran un espectáculo de formas y colores en la presentación de la mercadería. Llegados al fondo, hemos encontrado un kiosco con terraza justo al borde de uno de los brazos del delta donde además corría una brisita revitalizadora. A los efectos de la brisa hemos sumado el de nuestros bocatas apoyados por unos chorizos a la brasa proporcionados por el bareto y por unas cervecitas. Hemos recordado que para postre podíamos aceptar la oferta que nos había hecho el dueño de otro chiringuito a la entrada del mercado: unos zumos de frutas en combinación elegida por el cliente. Allá hemos ido y hemos acabado de reconfortarnos con unos estupendos zumos, el mío de ananás, mango y cerezas: un vaso enorme como de tres cuartos de litro. Poco después nos hemos acordado mucho de estos providenciales zumos.

Al entrar en la estación de ferrocarril con intención de regresar a Buenos Aires, nos hemos encontrado con que había una cantidad extraordinaria de gente. Y ese ferrocarril sólo va a Buenos Aires, creo. Me he acercado a preguntar por el andén (aquí plataforma) de la que salía el tren. El empleado no me ha permitido formular la pregunta con un aburrido “La plataforma 3”. Era un gentío el que abordaba ese tren. Luego nos hemos enterado de que los dos anteriores (hay tren cada diez minutos) no habían salido: aquel era el público de tres trenes en uno. Nosotros todavía nos hemos sentado pero inmediatamente el tren se ha llenado de bote en bote. El público de las siguientes (muchas) estaciones era también TRIPLE. Esto, combinado con el rato que hemos tenido que esperar en alguna estación para dar paso a otro tren que venía de BA, ha provocado retrasos cada vez mayores. La temperatura del vagón, a pesar del aire acondicionado manifiestamente insuficiente, era casi insoportable. Evidentemente hemos sudado en ese rato todo el zumo que nos habíamos tomado y algo más.

27 Aunque parecía que nunca iba a producirse, hemos llegado a Retiro y, contra pronóstico, hemos hecho un recorrido en metro bastante cómodo hasta el hotel. El último apartado del programa de hoy era asistir al espectáculo de tango para el que habíamos sacado entradas ayer en Galerías Pacífico. El espectáculo era a las ocho y salíamos del hotel a las siete y media pasadas. Conclusión: hemos tenido que ir casi corriendo porque hay un buen trecho desde el hotel: siete cuadras de 9 de Julio y otras cuatro o cinco de la calle Córdoba. Pero hemos llegado con dos minutos sobre el tiempo oficial y doce sobre el real. El espectáculo ha sido muy del gusto sobre todo de las chicas. Hay que reconocer que la orquestina y los bailarines han estado brillantes por momentos. Otra cosa han sido los cantantes: Flojitos de facultades y, sobre todo él, con una voz muy poco tanguera. Lo hemos pasado bien de todas maneras. Al salir Merche y yo teníamos el proyecto de remediar nuestro olvido del otro día y hacer unas cuantas fotos del fantástico interior de Galerías Pacífico. Pronto he observado que, muy discretamente, nos iban apartando del camino que yo hubiera tomado para regresar al interior e inmediatamente… nos hemos visto en la calle. Tras un pequeño fallo de orientación, hemos tomado el camino bueno a 9 de Julio y al hotel. Buenas noches, que mañana madrugamos para ir al aeroparque que así llaman al Newbery, el de vuelos nacionales.

 

Día 18.-   OTRO MUNDO: SAN CARLOS DE BARILOCHE 

Nos hemos levantado a las 6 de la mañana. Una vez aseados, hemos bajado las maletas a la consigna del hotel y nos hemos ido a desayunar a las 7 (hora de comienzo de los desayunos). Lo hemos hecho a buen ritmo porque a las 7.20 habíamos quedado con el dueño del “remís” que nos trajo el otro día del aeroparque. Es un tal Raúl, nieto de un español de Pontevedra. (Hemos encontrado cantidades enormes de personas descendientes de españoles llegados aquí después de la guerra civil o mucho antes.) Este es un tipo muy simpático, nada marrullero, serio y puntual (a veces esto es noticia). Le hemos preguntado si tendríamos hoy, como el día de la llegada) algún problema con alguna manifestación. “No, señores; hoy es sábado y los sábados y domingos los sindicalistas se toman día franco”.

29 No diré yo que eso no haya sucedido así, pero lo cierto ha sido que a las 7.30 de la mañana había un tráfico del demonio. En cuanto hemos llegado al aeroparque hemos deducido a qué se debía tal aglomeración: este es un fin de semana muy especial y, sin duda, muchos bonaerenses y no menos extranjeros han dado comienzo a sus vacaciones. A pesar del atasco no hacía ni dos minutos que estábamos en cola, cuando por la puerta cercana a nosotros han aparecido las Isabeles y Mariluz que llegaban de Madrid. ¡Maravillosa casualidad  que ha completado (casi) el grupopatagonia2010!  El aeroparque, que el día que llegamos estaba bastante despejado, hoy se encontraba hasta los topes: miles de personas haciendo unas colas inmensas. No se lo toman con excesivo nerviosismo: saben de la “buena” costumbre de Aerolíneas Argentinas de retrasar las horas de salida. La nuestra ya la habían retrasado “oficialmente” de 9.20 a 9.45: en realidad el avión despegaría a las 10.45. Esta relajación también es buena para el pesaje de los equipajes y para el control aeroportuario: pasan de ello olímpicamente. La compañía con la que hemos viajado ha sido Austral, una compañía filial de Aerolíneas para vuelos internos. A eso de las 13.10 hemos llegado a San Carlos de Bariloche que nos ha recibido con ¡9 grados de temperatura, a nosotros que ayer padecimos los 35 de Tigre y Buenos Aires!  Hemos sacado ropas de abrigo que llevábamos debidamente dispuestas al alcance de la mano y a buscar los equipajes. A la salida ya nos esperaba un microbús de la compañía con la que tenemos contratado el resto del viaje. Un tal Gastón, muy amable él, nos ha llevado hasta el hotel. Previamente, para que nos hiciéramos una idea de lo que es la ciudad de Bariloche, no ha hecho una pequeña visita panorámica permitiéndonos incluso detenernos a comprar (aquí los bancos solo venden divisas a sus clientes) pesos argentinos en una casa de cambio.

El hotel tiene el problema de que se encuentra a 7 km de la ciudad. La verdad es que pronto vamos a comprender que este no es un problema grave: los autobuses 10, 20, 21 y 22 pasan por su puerta. Hemos llegado y nos han repartido las habitaciones. “¿Quién desea la 25 que es doble?” Nadie respondía hasta que nos hemos decidido Merche y yo. Nos la han abierto y nos hemos quedado con los ojos a cuadros, nosotros, que en Iguazú habíamos vivido en el simpático pero destartalado “Che Lagarto”. Se trataba de un hermoso salón-cocina-comedor muy bien equipado que daba paso a un cuarto de baño dotado hasta de jacuzzi. Esto en la planta baja. En lo alto de una escalera estaba el dormitorio de techo abuhardillado y con una cama de matrimonio de 2.10 m de ancha. Salón y dormitorio tienen cada uno su terraza y están aislados del exterior por un enorme store que se acciona con un mando eléctrico. A nosotros, que llegábamos pasmados por el frío, el calorcito de la habitación ha terminado de componernos la estupenda impresión. Impresión también apoyada por las fantásticas vistas sobre el lago Nahuel Huapi que, según nos había contado Gastón es el tercero más grande de Argentina con sus 90 km de largo por 12 km de máxima anchura y con 460 m de profundidad mayor.

Nos hemos instalado y hemos preguntado en recepción dónde podíamos ir a comer bien, para celebrar la constitución del grupo que en breve tiempo se completaría cuando llegara de Chile Enrique. Nos han recomendado el restaurante Patacón, cercano al hotel. Y allí nos hemos dirigido después de dejar encargo en recepción de que, cuando llegara Enrique, lo enviaran a comer con nosotros.

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Como tardaba y el hambre apretaba, hemos decidido ponernos a comer carne, claro. De las cosas que nos han servido, la mejor nota la ha recibido - somos docentes – un osobuco de cordero que estaba excelente. Hemos terminado de comer y Enrique sin llegar e Isabel nerviosilla. Nos hemos puesto en camino al hotel y en ese momento… ha aparecido Enrique al que, después de algún olvido excesivo, le habían avisado ahora de que lo esperábamos en el Patacón.

Hemos decidido hacer la primera prueba con el colectivo que, por cierto, ha comenzado mal porque, cuando ya nos creíamos afortunados porque hemos tenido que correr para alcanzar uno que llegaba, este ha pasado de largo: parece que iba lleno. Paciencia. El siguiente sí ha parado y nos hemos subido. I.Panzano, nuestra tesorera, ha tenido problemas para pagar porque el “colectivero” le pedía la cantidad justa. Debe tratarse de un vicio nacional: en Buenos Aires nos avisaron de que hacían lo mismo pero con mayor rigor. Vamos que tenían razón los Luthiers en su canción “Semos los colectiveros”.

Hemos recorrido el “centro cívico” (así dicen ellos a la plaza central) y la calle Mitre. El centro cívico está adornado por unas hermosas araucarias y por la estatua de un jinete en bronce que nos ha llamado la atención que estuviera llena de pintadas de arriba abajo. Luego hemos sabido que era la estatua del general Julio Argentino Roca, militar y por dos veces presidente de la República Argentina, autor de la “conquista” de las tierras de la Patagonia, una guerra ofensiva contra los indígenas que habitaban la Patagonia, con el objeto de ampliar el territorio bajo soberanía efectiva de la nación. La tal conquista supuso casi el exterminio de los pueblos indígenas (tehuelches, mapuches, yámanas,…) para sumar sus tierras a la ”civilización”: ahora entendíamos el porqué de las pintadas de genocida, asesino y demás lindezas que adornaban su efigie.

Metidos en la calle Mitre hemos buscado dos cosas: un lugar donde Enrique pusiera remedio a su más que justificada hambre y un súper donde adquirir vituallas para cenar en el hotel en una de las habitaciones, concretamente en la nuestra. Hechos los deberes, nos hemos puesto a buscar una parada del colectivo desde la que regresar al hotel. La gente es amabilísima: antes incluso de que formules la pregunta te facilitan la información. Enrique y yo nos preguntábamos en voz alta dónde estaría la panadería a la que habían ido Merche e Isabel y una señora que nos ha adelantado nos ha dicho “En la esquinita, no más”. Al llegar a la parada del colectivo un muchacho, que nos ha oído intentar recordar los buses que nos servían, nos ha informado que, además del 10 y el 20, a nuestro hotel también nos podía llevar el 21 y el 22. Tal vez la gente de aquí es todavía más amable que la de BA.

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Al regreso al hotel, lo consabido: cenita ligera en la habitación 25 y sobremesa didáctica a cargo de I. Panzano sobre las triquiñuelas del blog  grupopatagonia2010. Resultados pedagógicos, escasos: como si fuéramos alumnos de la ESO.

 

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