Viaje a la Argentina (1)

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POR TIERRAS DE LA ARGENTINA Y CHILE 

 

DÍA 10.- LLEGADA A BUENOS AIRES - IGUAZÚ    

A las 6.45 nuestro avión aterriza puntualmente a Buenos Aires. La noche ha sido mejor de lo que yo esperaba pese a la inconsistencia del sueño de Juan, el niño de la fila de delante, hijo de argentina y de italiano, que ha resultado ser conocido indirecto de Marga.

Tras leer un rato a Vargas Llosa, escribí un texto para el coro infantil y me dormí. A las 4.30 (hora ya argentina) me desperté. Decidí aprovechar ese momento, en que la gente o todavía dormía o no se decidía a levantarse, para proceder a mi aseo personal. Al salir del baño he optado por dar un paseo por el avión para desentumecerme y conseguir que se deshincharan mis pies. Poco después había un atasco tremendo por los pasillos sobretodo en las inmediaciones del baño. La cosa se ha agravado cuando las azafatas han comenzado a servir el desayuno y a recogerlo después. Se veían caras angustiadas por… necesidades elementales no satisfechas.

He llegado a la conclusión de que los horarios de estos viajes transoceánicos los tienen perfectamente estudiados: salida a las 22 h; se pide por megafonía que todo el mundo cierre sus ventanillas; se sirve la cena muy tarde, incluso para los habituados a horarios españoles; poco después de la cena se mitigan y después se apagan las luces y ¿a quién no le entra el sueño?; no se vuelven a encender las luces generales hasta bastante después de que por las juntas de las ventanillas se intuya que el sol ya ha salido y menudeen los pasajeros que despabilan sus músculos por los pasillos; se sirve el desayuno en horario tal que, una vez terminado, comienza el avión a perder altura para después aterrizar. Tengo que comprobar a la vuelta si el proceso horario es el mismo. Seguro que sí. Por lo pronto compruebo que la hora de salida es prácticamente la misma.

Una vez aterrizados, ha comenzado a preocuparnos que los trámites de aeropuerto (recogida de maletas, paso de aduana, control de pasaporte, etc…) se demoraran en exceso. Teníamos algo más de dos horas para llegar al otro aeropuerto de Buenos Aires, pasar el check in y embarcar de nuevo rumbo a Iguazú. En Aerolíneas Argentinas de España nos habían asegurado que era suficiente, pero… De modo que, una vez salvados esos trámites (las maletas salieron enseguida y en la aduana apenas nos entretuvieron), salimos apresuradamente para poder alcanzar la conexión con el avión a Iguazú.

En las taquillas del autobús que une los dos aeropuertos nos dicen que no nos pueden garantizar que, por ese medio, lleguemos a la conexión con Iguazú. Así que, tras negociar precio, tomamos dos taxis que se comprometen a dejarnos en el otro aeropuerto en bastante menos de una hora. En 45 minutos nos encontrábamos a la entrada del aeroparque Newbery – le llaman aeroparque a este y aeropuerto al Eceiza-. Nos apresuramos a encontrar mostrador de check in de Aerolíneas. Todas las dudas parecen ahora resueltas salvo las del personal del mostrador que muestra tener algún problema. Por fin nos vemos con las maletas facturadas y los billetes en mano.

Al llegar a puerta de embarque, encontramos que el viaje está “delayed”. Nos sentamos y, al repasar los billetes, nos damos cuenta de que, salvo dos (el de Marga y el mío) todos los asientos que nos han adjudicado están dispersos. Dicho de otra forma, han rellenado con nosotros las escasas plazas libres que quedaban en el avión. Esta vez el overbooking solo nos ha rondado, pero de cerca. (Es un riesgo de los aeropuertos que ya me dejó en tierra una vez, cuando viajaba a Nueva York)

En lugar de a las 9.10 acabamos saliendo a las 11.30 – un retrasito de nada -. Al entrar en el avión comprobamos que Marga y yo íbamos a viajar en clase “vip”. Marga se empeña, hasta que lo consigue, en cederle su sitio a Merche. El viaje se inicia muy normalmente pero, apenas habían comenzado las azafatas a servirnos un tentempié, se iniciaron unas turbulencias que a nosotros nos obligan a llevar atado el cinturón de seguridad durante todo el trayecto y a las azafatas a dejar de repartir comida. Salvo por este problema, llegamos con bien a Iguazú. Bueno Ángel llega ileso, ciertamente, pero también ayuno: como su asiento estaba totalmente a cola, el reparto de comida se ha suspendido antes de que se la sirvieran a él y ya no le ha llegado.

Cuando el avión estaba a punto de aterrizar hemos visto entre la frondosa vegetación una especie de nube ascendente ¿Será posible que se deba a las Cataratas? Nos quedamos con la duda. Yo, de hecho, solo lo comento con Merche: no quiero quedar como un… alucinado por la esperada maravilla de Iguazú.

Al poner pie a tierra en el aeropuerto nos sorprende un calor tropical, pegajoso y húmedo, muy distinto del de Buenos Aires.

En autobús nos trasladamos al “Che Lagarto”. Un hotel “impresionante”… por la cutrez de sus instalaciones. En realidad no es un Hotel, es un Hostel e instalaciones, mobiliario, personal y clientela tienen esa especie de denominador común de “mochileros”. En correlato perfecto con esto, el ambiente es completamente relajado.

Apenas habíamos entrado al Che Lagarto y para disgusto nuestro, ha comenzado a llover como si nunca antes lo hubiera hecho o estuviera recuperando en un día el promedio de lluvia de todo un trimestre. La chica de recepción dice algo así como “Tuvieron suerte: ya se ha puesto a llover”, como si la lluvia fuera una amenaza continua en esos pagos. ¡Pues estábamos apañados si nos acompañaba la lluvia a cualquier hora!

Mientras nos instalábamos en nuestras “hostélicas” habitaciones, ha dejado de llover e incluso ha salido el sol. Bueno, esperemos que los episodios de lluvia sean siempre así. Aunque si te pillar un tormentón de estos al raso…te cala hasta el alma. Nos arreglamos, dejamos claros algunos extremos del funcionamiento del establecimiento – por ejemplo, cómo hay que colocar la llave en la cerradura de la habitación para que abra - y nos vamos a conocer Iguazú.

Paseamos hacia el río y seguimos su orilla. Llegamos casi hasta el puente Tancredo Neves – de línea muy moderna, inaugurado en 1987, une Argentina y Brasil – y, como se va haciendo tarde, regresamos para acercarnos a la zona de Tres Fronteras. Antes de llegar, desconozco si por cansancio o por hambre, decidimos buscar el “Quincho del Tío Querido”, un restaurante de que nos han hablado muy bien. Lo encontramos tras preguntar por él a varios paisanos. Todos lo conocen y lo dan por muy cercano, pero nos cuesta un ratito encontrarlo.

Nos consta por nuestros informantes que en ese restaurante, además de buena comida, ofrecen música en vivo. Al elegir mesa, nos lo confirman. Nosotros acabamos eligiendo una mesa alejada del escenario en que sonará la música porque la que nos ofrecían estaba directamente expuesta a un chorro de aire acondicionado, lo cual no nos agrada en absoluto.

Elegimos un menú típico argentino: 5 bifes de chorizo acompañados de ensalada de la casa, regado todo con un vino Luigi Bosca, de uva Malbec, que resulta un tanto caro pero excelente. Y la cena se puede calificar como un éxito.

El cansancio del viaje nos empuja pronto al hotel. Nuestro sueño es entorpecido a altas horas de la madrugada por ruidos provocados por otros huéspedes. Consecuencias del relajado ambiente que impera en el hotel.

 

Día 11.-   MARAVILLA DE MARAVILLAS

Nos despertamos bajo los peores augurios: Una lluvia, solo comparable a la de ayer al poco rato de llegar, nos hace vivos y casi nos mata de un solo golpe; no parece que vaya a dejar de llover nunca y lo hace con una furia insultante. Tras desayunar sigue lloviendo pero con menos intensidad. Decidimos que si el tiempo no nos deja movernos lo hará en Cataratas, no en el hostel. Y llamamos a Leonardo, un taxista cuyo teléfono y disposición nos dieron a conocer ayer en la oficina de turismo cercana al hotel.

En lugar de salir a las 8.15, como habíamos acordado en principio, lo hacemos a las 10.30 con el susodicho Leonardo. Resulta ser un taxista amable y parlanchín (sobre todo si el tema es el futbol ¡y el Barça!). Nos lleva a la zona brasileña de Cataratas y nos acompaña en el recorrido. El sol – sí, el sol – acompaña nuestra entrada en el recinto del parque. Nos ponemos en camino acompañados ya del rugir lejano de las primeras cataratas. Cuando puedo contemplar el primer grupo de ellas - luego sabríamos que eran el salto B. Méndez, el Mbigua y el San Martín - un latigazo de increíble emoción estética me recorre  todo el cuerpo y el vello de mis brazos – lo compruebo y se lo hago comprobar a Merche – se eriza completamente. Soy incapaz de separar la vista de aquella maravilla, de aquel derroche de la naturaleza con sus enormes cascadas precipitadas desde ocultos farallones de roca cortados a pico sobre el profundo barranco. Pero no solo es eso. Nuestro taxista-acompañante nos dice sonriente: ”Sigan, sigan; hay muchas más”. Aturdidos por lo visto y lo prometido continuamos. Es casi increíble que aquello tenga continuidad. Pero la tiene. Cuando puedo llenar mis ojos de la magnificencia del espectáculo de los dos escalones de cataratas formados por el soberbio salto Rivadavia arriba y por el conjunto, casi continuo, de los saltos de los Dos y de los Tres Mosqueteros abajo, no consigo contener mi emoción y mis ojos se llenan  de lágrimas. Las limpio no por pudor sino porque ¡quiero seguir viendo aquel alarde fastuoso de la naturaleza!Nunca jamás había visto nada igual, ni siquiera parecido. Me vuelvo hacia el grupo y compruebo que no soy el único que tiene los ojos arrasados. Entonces se me ocurre, y se lo digo a todos, que solo por ver aquello  merecía la pena tan largo y costoso viaje. Todos asienten casi sin palabras: la emoción se las tragaba.

Después de un buen rato y casi con dolor, continuamos camino. Nuestro taxista se ríe diciendo “Pues les queda lo mejor”. He de reconocer que pensaba que el peculiar Leonardo – que así se llamaba – se dejaba llevar de su chovinismo porque añadía: “Todas estas cataratas están en Argentina. Desde acá solo las v5B emos de lejos, pero acérquense a la Garganta del Diablo y verán”. Nos ponemos en camino y tenemos un imprevisto encuentro relajante, al menos para nosotros. Ocurre que aparece un grupo de tres coatíes, se hacen con la bolsa de alimentos de una turista y roban de ella una caja de leche; la abren con sus uñas y dientes, derraman su contenido y se lo beben. Recuperada del susto la señora nos explica la rapidez de la maniobra ladrona de que había sido objeto. “Pudieron pedirla no más y no asustarme” –se queja. Y llegamos a la Garganta del Diablo. Nadie, ni el más disparatado inventor de paisajes, podrá nunca imaginar algo siquiera semejante a este lugar. Nada más verlo comprendemos que a alguno de sus descubridores  se le hubiera ocurrido una denominación tan preternatural, tan terrorífica si él tenía que medirse sin ayudas a aquel disparate, a aquel caos… MARAVILLOSO.  El agua en esa Garganta lo es todo, borra el paisaje, se adueña de todo, se rompe, se pulveriza, se hace respirable y respirada, se deja llevar hacia el cielo en soberbios remolinos de viento, ruge como si fuera la garganta de la Tierra toda, te hace sentir un microbio (un  poquito de nada) sobrecogido de humildad y de emoción estética. Creo que lo repetiré: NUNCA HABÍA VISTO NADA IGUAL. Desde lo alto del salto Floriano – brasileño él – a donde accedemos con un ascensor incluido en la entrada al parque, contemplamos de nuevo el indescriptible espectáculo de la fastuosa Garganta del Diablo. Pero desde allí arriba ya no es lo mismo. Lo comento con Merche para ratificarnos en la intención de montarnos en cuanto podamos en una de esas barcazas que hemos visto colocarse casi debajo de las cascadas mientras contemplábamos hace un rato el salto Rivadavia. Acuerdo unánime y primer intento de convencimiento de los otros tres que casi prospera en el acto.

De allí, a la salida donde nos espera nuestro taxista que ya se había ofrecido a llevarnos al lado argentino. Acordamos con él que nosotros íbamos a comer, a hacer el recorrido en el trenecito que conduce hasta la Garganta del Diablo por el lado argentino y que a las 6 h, hora de cierre del parque, nos esperara a la entrada. Hablamos y negociamos también que, al día siguiente, nos llevaría directamente a sacar el ticket del paseo en barca por (debajo de) las cataratas.

6 Una vez hecho nuestro pic-nic, nos ponemos en actividad y vamos en busca de la estación del trenecito recorriendo el Camino Verde, una senda que nos lleva hasta él a través de un pequeño bosque. Nos subimos al tren que nos deja a un buen trecho de la Garganta del Diablo. Durante el camino vamos atravesando numerosas pasarelas que salvan potentes corrientes de agua que, formando una especie de delta, van a precipitarse por las distintas cataratas del lado argentino. Antes de llegar comienza a oírse el fragor de la Garganta y a verse, de vez en cuando, enormes penachos de agua en polvo que se levantan hacia las nubes. Nos embutimos de nuevo en los ponchos-chubasqueros y nos asomamos al inmenso agujero rugiente e hirviente de agua líquida que se precipita al abismo y de agua casi gaseosa que rebota del fondo y se encrespa hasta las alturas y nos empaparía de no ir cubiertos de prendas impermeables. El fragor y la rebelión del agua contra la gravedad componen un alucinante espectáculo de naturaleza salvaje. Un  buen rato más tarde nos retiramos casi agobiados por la magnitud de lo contemplado. Al acercarnos hacia el trenecito de vuelta, vamos comentando que seguramente es cierto que en estos días el caudal del río Iguazú es máximo hasta el punto de que ya nos han advertido de la imposibilidad de atravesar hasta la isla de San Martín porque su embarcadero está anegado por las aguas de las cataratas. Regresamos tranquilamente hacia la entrada y, cuando estamos requiriendo que nos den el resguardo para que la entrada del segundo día nos salga a mitad de precio, el mismo que nos atiende nos advierte de la presencia de un tucán en un árbol cercano. Nosotros estamos entusiasmados; el empleado no tanto: lo tiene desmitificado y nos habla de que no es más que un ladrón de los huevos de nidos de otras aves.

Al salir, encontramos a nuestro taxista y regresamos con él a Iguazú. Nos propone que mañana, cuando vayamos a contratar el paseo-aventura en barcaza bajo las cataratas, lo hagamos acompañados por él. De esa forma, él percibe una comisión y, en compensación, no nos cobra el transporte cuyo precio ya nos había subido so pretexto de que en ese precio incluiría también el viaje al aeropuerto el último día. De cualquier forma,   le damos la conformidad.

Y nos ponemos a comentar las excelencias del Iguazú argentino, sobre todo de la Garganta del Diablo. Tal vez en este paraje la sensación de inefable potencia que se rompe y se re-crea continuamente en un juego inagotable de destrucción y recomposición sea más fuerte que en ningún otro sitio. Pero, en contra de la opinión de Leonardo, a todos nos parece estéticamente más hermosa la visión de Cataratas desde Brasil. Bueno, tal vez mañana deba retractarme de lo que acabo de escribir.

En cualquier caso, eso será mañana.

Y para despedir el día de hoy, decidimos obsequiarnos con una cena en el restaurante Il Fratello, que se encuentra casi frente al hotel y tiene muy buena pinta. Las expectativas se cumplen y cenamos como señores.

Las quejas a la dirección del hostel por los ruidos de ayer surten efecto y dormimos plácidamente toda la noche.

 

Día 12.- LA MARAVILLA SIGUE Y AUMENTA         

Retractarme no sé si es lo que debo hacer, pero desde luego merece la pena romper una lanza a favor del Iguazú argentino: es de una hermosura apabullante seguir paso a paso todos los imprevisibles y fastuosos accidentes que conforman este magnífico conjunto de Cataratas de Iguazú. El recorrido de la Garganta del Diablo –que hemos repetido por puro placer -, el Circuito Superior y el Circuito Inferior te permiten experimentar casi en propia piel la estremecedora grandiosidad de esta maravilla de la naturaleza exhibiéndose en estado puro: 275 saltos de 80 m de altura media que despeñan, a lo largo de casi 3 km, un volumen de agua cercano en estas fechas a los 6.500 m3 por segundo.

La ventaja del lado brasileño sigue siendo la perspectiva majestuosamente amplia que le concede la lejanía. Ahora bien, nadie que pretenda haber conocido en detalle y con plena experiencia toda la belleza del maravilloso Iguazú, puede haberse permitido dejar de empaparse de cerca de la belleza y la grandiosidad del lado argentino.

El día nos ha recibido con un sol casi espléndido, más de lo que ayer nos hubiéramos atrevido a pronosticar a nuestro favor. Hemos desayunado y esperado la llegada de Leonardo, nuestro taxista que ayer quería comenzar a las 9 h. mientras nosotros le impusimos las 8.30 y hoy se las ha arreglado para aparecer a las 8.50. Tras acompañarnos a realizar algunos menesteres imprescindibles – cambiar dinero, por ejemplo – nos ha llevado a cataratas y nos ha acompañado hasta el mostrador en que hemos contratado el paseo de aventura en barca. El trato era que él se dejaba ver con nosotros como contratante de los viajes y la empresa le abonaba a él el viaje que nosotros nos ahorrábamos. Nos ha pedido ausentarse del parque de Cataratas durante el día; a nosotros nos ha parecido lo normal puesto que no íbamos a necesitarlo hasta la tarde. Ayer le pagamos lo que nos pidió por el viaje de ayer, el de hoy y el traslado de mañana al aeropuerto. Hoy, al despedirse ha dejado caer que ya hablaríamos de lo de mañana. Hemos creído que se refería a la hora.

Hemos iniciado camino a pie por el “sendero verde” para acercarnos al comienzo del “Circuito Inferior” que nos habría de conducir hasta el embarcadero en el que iniciaríamos la “Gran Aventura” – así la proponen los folletos publicitarios del Parque. La verdad es que, cuando ayer, desde el lado brasileño, vi esas barcas que desafiaban la bravura de la caída de las cascadas y quedaban allí exponiendo a sus ocupantes a sus vaivenes y ofreciéndoles, sin duda, una experiencia irrepetible del fenómeno de Cataratas, decidí que yo quería hacer aquello que luego vi que llamaban “Gran Aventura”.

9 El camino por el sendero verde ha sido una sosegada experiencia de un tipo de bosque absolutamente diverso a cualquiera de los conocidos hasta ahora por mí. Llama la atención que aparezca por todas partes con insultante esplendor una flora que no podríamos encontrar tan hermosa ni en cuidados viveros de nuestra tierra. Plantas magníficamente decorativas crecen espléndidas por rincones cualesquiera de este bosque extraordinario. Ángel, nos ha inoculado el vicio de la contemplación por ejemplo de mariposas que, en variedades de espléndidas coloraciones y formas nos iban acompañando por el camino. El resto de la fauna no es menos llamativa y pintoresca: los coatíes se han convertido en unos asiduos compañeros en el camino (están sin duda viciados por los turistas que, pese a las prohibiciones expresas, los alimentan). Ya en el Circuito Inferior, nos hemos ido deleitando con la contemplación en espléndida proximidad de Saltos, como el Bossetti o eldedicado al primer descubridor de este  maravilloso paraje, el español Alvar Núñez Cabeza  de Vaca, y con la aproximación por abajo a las cataratas que luego recorreríamos por el Circuito Superior. Cuando ya la impaciencia de “la aventura” comenzaba a reconcomernos, el camino ha hecho una curva de 360 grados y nos ha puesto en dirección del embarcadero del que ya teníamos la sensación de estar alejándonos. En seguida hemos llegado a él – no debía estar tan lejos-, nos hemos desprendido de toda la ropa y otros complementos – gafas, por ejemplo –, nos han colocado chalecos salvavidas y hemos subido a la barca que, aun amarrada, se balanceaba… excesivamente.

El paseo brusco y accidentado por esas aguas bravías que podíamos incluso tocar nos ha llevado rápidamente hasta las inmediaciones de la primera cascada, el salto Bossetti, cuyas aguas pulverizadas nos han empapado. Con una dosificación probada en la experiencia cotidiana, el piloto nos ha ido llevando de menos a más hasta la experiencia de esa cascada que se deshacía prácticamente sobre nosotros… o yo así lo sentía, al menos. Y hablo solo de mí porque en ese momento he perdido contacto con todo lo que me rodeaba excepto con el agua que me golpeaba la cara y apenas me dejaba ver ni respirar. La barca salía y entraba una y otra vez en aquella cascada entre nuestros gritos de pasmo-miedo-entusiasmo.

Abandonada  ya esta catarata, la barcaza ha comenzado a recorrer en rápidas aceleraciones y bruscos frenazos el espacio situado en el frente de la isla de San Martín. En ese momento de tranquilidad relativa, he buscado con la vista el embarcadero de la isla y he podido comprobar que, efectivamente, el lugar en que los mapas lo situaban estaba completamente cubierto por las aguas.

Un brusco acelerón me ha sacado de mis observaciones geográficas y me ha aplastado contra el respaldo de mi asiento, mientras me apercibía de que la barca se lanzaba en dirección a las cascadas de los Dos y los Tres Mosqueteros donde íbamos a recibir nuestros segundos bautismos de catarata; en plural, sí. Allí me ha poseído de nuevo la sensación de ser como una brizna de hierba zarandeada por el oleaje, traída y llevada sin control, anegada por una cascada de agua más o menos pulverizada. Por momentos resultaba imposible mantener los ojos abiertos. He oído a María Ángeles que le gritaba a Marga: “Chica, abre los ojos”. Gritaba, digo, y lo hacía por necesidad porque el estruendo del agua rompiéndose por todas partes era la otra sensación abrumadora y obligaba a ello. No sabría decir cuál de las tres sensaciones lo era más fuerte: la de movimiento aparentemente incontrolado (de vez en cuando notabas que la fuerza del motor te sacaba o te volvía a meter en la vorágine de la catarata), la del agua que te azotaba lanzada por golpes de viento en todas direcciones o la del ruido ensordecedor de la entraña vertiginosa de la cascada…

Me doy perfecta cuenta de que no alcanzo a transmitir todo el vértigo de sensaciones que disparó en mis venas un torrente de adrenalina durante unos veinte minutos que a todos nos parecieron muchísimos menos.

A lo largo de todo el viaje, un intrépido y, sin duda, más que bregado operador de cámara ha ido tomando imágenes del recorrido. Era, evidentemente, para ofrecernos la grabación al terminar la “Gran Aventura”. Y así ha sucedido: ya antes de atracar en el embarcadero, nos han propuesto la compra de un CD que contendría un reportaje de Cataratas seguido de las imágenes que acababan de tomar. Yo ya había decidido que me haría con una copia: tengo curiosidad por comprobar la cara de ¿miedo, acojono, exaltación? que me ha producido la experiencia. Ya en tierra nos han tomado los datos del hotel y se han comprometido a llevarnos el CD durante la tarde.

Después hemos pasado a los “vestuarios”, unas escalinatas construidas-talladas en la roca que tenían más de escaparate que de discreto vestuario: frente al río Iguazú y a los “aventureros” que iban a iniciar el siguiente viaje, nos hemos desnudado para ponernos ropa seca. Menos mal que se me había ocurrido traer una toalla del hotel con la que nos hemos ido semicubriendo al cambiarnos para evitar un nudismo sobrevenido para el que no nos encontrábamos preparados y que hemos superado entre las bromas y risas provocadas por este incidente y por el chute de adrenalina que todavía corría, en cascada también, por nuestras venas.

Y de nuevo en marcha. Hemos tomado la dirección de “Salida del Circuito Inferior” para dirigirnos al Superior. De camino hemos encontrado el salto de “Dos Hermanas”, una pareja de espléndidas cascadas a las que según nos había contado Leonardo nuestro taxista ellos venían de jóvenes a nadar sin ningún problema ni traba (¿?). Mientras aprovechábamos una zona de descanso aneja al salto, hemos recibido la visita de un coatí (cómo no) acompañado en este caso de un hermoso lagarto. El coatí, de pronto, ha escapado caminando con absoluta soltura y tranquilidad por la estrechísima barandilla de un puente.

Para nuestro pic-nic hemos buscado una pequeña estación indicada en los planos de recorridos posibles del parque y allí hemos comido nuestros bocatas.

Inmediatamente después nos hemos lanzado a recorrer el Circuito Superior: todas las cascadas vistas por la mañana desde abajo y ayer desde el lado brasileño las hemos recorrido por arriba. La maravilla se ha repetido con un solo problema: amenazaba seriamente con ponerse a llover ¡como aquí lo hace! Hemos terminado el recorrido mucho antes que Ángel que ha decidido inmolarse al dios de las tormentas. Dios que, por cierto, ha faltado a la cita y en lugar de echarse a llover… ha salido el sol. Reencontrado Ángel, - que ha hecho bromas, con razón, sobre nuestro miedo a lluvia después de la mojadina de esta mañana -, hemos recorrido de nuevo el circuito con tranquilidad y regodeo. Y, de postre, hemos decidido ¡volver a disfrutar el espectáculo inenarrable de la Garganta del Diablo!

Y allá nos hemos vuelto. No sé si el placer seguiría aumentando de volver a verla con frecuencia, pero sí sé decir que esta segunda contemplación me ha resultado más placentera aún que la anterior. Sin duda por la posición del sol, que había reaparecido, la Garganta, en toda su forma de ingente herradura, se adornaba por momentos con espléndidos arco iris, a veces dobles, que la llenaban de colores. Decenas de veloces golondrinas de largas alas jugaban a penetrar y salir una y otra vez de las cataratas sin problema ninguno, como si no las formaran metros y metros cúbicos de agua por segundo precipitados hacia el abismo. Inmensos y violentos torbellinos de agua pulverizada se elevaban al cielo como si fueran el vaho producido por la respiración desasosegada de la Madre Tierra. Lo dicho: mejor que la otra vez.

Las manecillas del reloj – impertinente artilugio – nos han convencido de que era necesario regresar. Y lo hemos hecho con el simpático trenecito bajo un cielo otra vez encapotado. En el momento justo en que llegábamos al porche de salida de este Parque, que es Patrimonio Natural de la Humanidad, ¡HA COMENZADO A LLOVER! Así que la lluvia, en nuestra visita a Iguazú, ha ejercido de prólogo y de epílogo, pero nos ha respetado el desarrollo del programa. Estábamos radiantes de felicidad: esto se llama suerte.

Leonardo, el taxista, ha venido a recogernos y… a aguarnos la fiesta con sus pretensiones de no respetar el acuerdo económico pactado y cobrarnos otra vez el traslado al aeropuerto de mañana. Nos hemos despedido de él diciéndole que no viniera mañana a buscarnos. Después hemos llamado al conductor del microbús que nos trajo del aeropuerto a la llegada y hemos acordado con él hora y precio.

Buscamos para cenar un asador, El Andariego, que vimos ayer por al tarde, cuando dimos un paseíto. Hemos preferido sentarnos en la calle porque había dejado de llover y hacía muy buena noche. Y casi hemos dado cuenta del abundoso asado que nos han servido. El incidente de la noche lo ha protagonizado la lluvia, que ha vuelto a media cena y ha comenzado a caer como si fuera la primera vez que le dejaban hacerlo en el planeta. El personal del restaurante ha tenido que proteger con unas lonas a los que se encontraban sentados más cerca de la calzada. He recordado en ese momento la frase de mi amiga Charo que siempre decía: “Si a mí me gusta que llueva, pero, hombre, por la noche y en el campo”. A mí he de decir – ahora, a toro pasado - que la lluvia de Iguazú me ha parecido siempre muy oportuna: ha aparecido cuando le tocaba (por la noche) y se ha retirado cuando podía entorpecer nuestras actividades turísticas..

 

 

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