Críticas y comentarios a "Nudos que cortar"

      

         Abrimos la novela y asistimos a una descripción tan arrolladora que nos empuja, como al abrir una ventana o una puerta a los elementos desatados. El oído se apercibe de la fuerza onomatopéyica del paisaje,  la vista quiere adivinar qué trae el fenómeno, qué tragedia o qué castigo se cierne. Tras este verbal impulso bíblico de factura barroca,  un detalle impresionista nos pone delante de dos personas “sobre el rostro, el ala del sombrero y el pico de la boina”. 

         El último párrafo de la novela tiene el efecto contrario: Un sencillo cortejo de seis personas se aleja de nuestra mirada, por la que ya han pasado tantas vidas. La vista las va perdiendo, en un grupo compacto, un punto de fuga en el horizonte,  el sonido, hecho de palabras blandas, lentas, se extingue. Nos hemos quedado solos. Cerramos, con la certeza de haber experimentado la catarsis y presenciado un juicio justo; con la convicción de haber habitado una historia cabal tejida en un relato magnificente. 

          Esta es la sensación de una experiencia lectora. 

         El análisis del objeto que nos ha procurado la convulsión y el remanso podrá, tal vez, enseñarnos con qué resortes se dispara el gusto de leer y cuál es la maquinaria que convierte tantas piezas sueltas e independientes en un todo en perfecto funcionamiento. 

         “Nudos que cortar” tiene, como título, la bondad de anticiparnos una intención y un tono, la intención es apelativa, de necesidad (¿para los lectores? ¿para los personajes?). El tono es exhortativo y borra, desde el comienzo, el resabio determinista o maniqueo de muchos relatos antiguos y modernos, ya que invita a la acción, a mover el mundo. 

         Y el mundo en el que nos envuelve este relato es un mundo conocido para los lectores de Javier Gracia, el que tiene como epicentro la guerra civil española, con su viciado ambiente previo y sus consecuencias en la posguerra, dos décadas de la misma. Y en él, el prepirineo de Huesca, aunque no en absoluto protagonismo, pues Madrid también ocupa parte de la novela. 

         Molinos, Molinos de los Infantes,  nos aproxima tal vez a algún lugar de la comarca de Sobrarbe o del Serrablo, sus bancales, la proximidad de los bosques de boj, el arriscamiento que permite emboscarse a los maquis, la cercanía de Francia… El lector puede soñar otros paisajes, quizás más mesetarios, pero, si se ha leído La niebla del olvido o Rincón escondido, más explícitos en las localizaciones geográficas, no le cabrá duda del territorio que pisan nuestros personajes; el territorio real del norte de la provincia de Huesca, entonces vividero, aunque hostil, y ahora casi despoblado. Un territorio  ya literario,  ya histórico y, como podrá comprobar el lector, lírico en ocasiones y casi mítico en otras. Por él han pasado generaciones y generaciones de seres como los que pueblan la novela, que se repitieron especularmente y no rompieron los nudos que sí hay que cortar. Nudos de dominación, de personas que deciden por otras que se someten. Nudos de amos que atan criados y padres que subyugan hijos; nudos de violencias. La novela también podría titularse “lazos que estrechar”, no menos importante motor de la acción narrativa es el sentimiento de amor, de amistad, que une, sobre todo, a los que han deshecho el nudo de la dominación.

         Tan meditado y tan coherente es el título, que queda patente en la estructura del relato y en su contenido.  Estructuralmente, el libro se divide en dos partes desiguales; la primera se titula “Nudos” y abarca casi dos tercios de la obra completa, el otro tercio corresponde a la segunda parte, que concluye el título “…que cortar”.  La aparente desproporción no es tal; la parte primera admite y pide una división en dos, la que tradicionalmente correspondería a la presentación y el nudo de un relato, en la presentación cabrían los siete primeros capítulos y parte del octavo, que sirve de puente, en la segunda hay tres capítulos, de los cuales el intermedio presenta otras tres divisiones, en estos el desarrollo de los hechos narrados amplía los horizontes del relato y muestra una evolución elocuente de los personajes que se encuentran, antes de empezar la segunda parte del libro, en una “encrucijada”. La primera parte ata de muchas y repetidas maneras a los protagonistas, los agobia y los impele a la acción, y no solo eso, el nudo se complica con acontecimientos externos, de gravedad, decisivos, así la guerra civil. La segunda parte puede y debe resolverse en menor espacio, los nudos han de desatarse con cierta brusquedad, ya muy anunciada. De ahí que el segundo bloque de la obra sea un tercio de la misma, corresponde con el desenlace, que como en las tragedias, se hace expeditivo. Puesto que la obra no termina en el desastre, ha de extenderse algo más en recomponer un mundo que había sido injustamente castigado.

        Los subtítulos de cada parte han pasado por el fiel de la balanza y casi van en parejas equilibradas: El último capítulo de la primera parte, “Encrucijada” tiene su correspondiente en el primero de la segunda “Bifurcación”; el epitético “Rebeldía necesaria” tiene su opuesto adjunto ,”Aceptaciones resignadas”. El cálculo minucioso de Javier en lo estructural, las correspondencias entre las partes, tiene igual intención en el contenido: Primera y segunda parte comienzan en otoño, ambas en el campo, no en el pueblo, ambas con una pareja desigual (amo y criado), solo que la relación de uno para otro no va a repetirse, “no” por voluntad del criado.

         El título general de la novela de Javier Nudos que cortar es el menos temático de todos, en las subdivisiones de capítulos encontramos a la cabeza un título que nos guía, nos sitúa. La intención algo metafórica de “nudos” queda claramente desvelada en la boca del personaje protagonista: 

“Mira, Carlos, cuando algo nos ahoga, nos aprieta como un nudo, por ejemplo, hay que procurar deshacerlo pronto, si no, luego se pone duro como una piedra y no hay quien pueda con él. ¿Sabes lo que nos pasó ayer a mi padre y a mí? Pues sacamos del almacén una de las maromas mejores de las que hay en la casa y la encontramos estropeada por un nudo viejo, igual de años. Teníamos que usarla pasándola por una garrucha y con el nudo… imposible. Intentamos deshacerlo, pero era un verdadero pedrusco. Usamos pinchos, tenazas, de todo. Al final, ¿sabes qué tuvimos que hacer? Pues cortarla con un hacha por delante y por detrás del nudo. Total, que ahora aquella estupenda maroma se ha echado a perder y solo tenemos dos maromillas que sirven menos, pero sirven. Los nudos hay que romperlos en su momento, recuérdalo.” (pág. 198)

Ya estamos con los personajes. Antes de definirlos, cabe precisar  mejor el tiempo de sus vidas. Hemos apuntado el tiempo histórico; desde comienzos de los años veinte del siglo pasado hasta los años cincuenta. Tiempo vivido y relatado de forma lineal en la novela, con referencias al pasado en algunos casos (como los recuerdos de Isaías de la infancia compartida con el amo, don Ignacio). El tiempo avanza siempre hacia un desenlace esperado por repetidos avisos, aunque es bien cierto que, a veces, parece que se repitan los hechos de forma cíclica, por las costumbres inveteradas o por el ciclo de las estaciones. 

Selecciona Javier unos personajes que nos traen recuerdo de sus otras obras: amos-señoritos, en el papel de caciques: aquí sabemos de don Bernardo, don Ignacio y don Carlos de Sandoval, y criados fieles y a veces serviles, Isaías, Pedro… Maestros, como don Máximo, fascistas y maquis. Mundo masculino en comunicación sentimental con el femenino; en este, doña Marián ejerce el dominio de la señora, la ama, que cuestiona, dentro de los convencionalismos de clase, la figura del amo, y rompe las barreras con los criados, sobre todo con Pedro. Petra, Remedios, Rosa, Consuelo, Fani… entre las criadas, cada una con su psicología bien definida y su papel destacado en el desarrollo de la historia.  Los niños (Nunci, Nines, Chón, Juanita, el propio Carlos), a los que veremos crecer, cambiar, actuar de acuerdo a sus caracteres diferenciados. Consuelo  atraviesa la novela, le da sentido y forma parte de su solución. Ella, junto con Pedro, sale del dominio vergonzante de los amos, alcanza su dignidad. 

Pedro del Olmo es, con todo, el protagonista por antonomasia.  Carlos, el único hijo varón del cacique, podría habérsele asimilado como imagen, discípulo,… pero, como toca presenciar al lector, solo podrá liberarse de su nudo autosacrificándose, no alcanza, como Pedro, la altura del héroe. 

Ante un amo tan desaforadamente abusivo y sin entraña, que nos recuerda a los personajes valleinclanescos, desatados en su desenfreno, su lujuria, sus miserables sentimientos ( cierto que un amo con atisbos de empatía y declaradamente loco); el criado burlado, rebajado y anulado, que es Pedro, tendrá que actuar con cruel desproporción; nos hace pensar en la cólera de Aquiles, falta de mesura ante la desgracia de quien más quiere (Consuelo, Juanita), ávida de venganza por amor e injusticia. 

Aquí está la tragedia, el crimen que libera a Pedro y a los otros, el que lo obliga a la separación, al exilio, con los maquis. Junta Javier en este punto de la creación del personaje de Pedro (además del de Carlos) dos relatos de Rincón escondido; Largo y Paxarona.  En el primero, germen de la novela, en lo que se refiere al regreso de los Sandoval a Molinos, queda Carlos definido en su homosexualidad frente a Julio “Pajalarga”, en Paxarona, nos encontramos con Amadeo, el afilador gallego que se quedó muerto en la cuneta y que sustituirá a Pedro en su fingida muerte.

Pedro es un personaje convincente, en su mutismo inicial, en su amor, que lucha contra su orgullo de hombre honrado, que se revuelve contra sí mismo mientras se somete al amo, que finalmente estalla. 

“-Nadie tiene derecho a maltratarnos, ni a vosotros ni a mí. Y sin ningún motivo, solo porque le da el gusto y la gana. Pedro, después de aquella rebeldía pública y expresa, sintió que se asentaba en su ánimo una fuerza y consistencia hasta ahora desconocidas: ya nunca se sentiría condenado, de por vida y porque sí, a someterse sin reacción a las arbitrariedades del amo. Comprendió un poco las pequeñas rebeldías de Isaías, su padre. Pero él no se quedaría en eso, no pararía hasta minar del todo la autoridad y el poder del amo, hasta acabar con él de alguna manera. Y sintió crecer por dentro la serena determinación de asumir su vida y la de los suyos y defenderlas, por todos los medios, de quien quisiera abusar de ellas. Él ya era un hombre y un hombre no debe dejarse pisar. 

En pocos días había crecido varios años. “ (pág. 128) 

“-Juro que lo mataré. Tú, - pausa - Tú eres mi testigo – y, con el índice vibrando hacia el cielo, recalcaba la identidad del tomado por tal.

         Tan irregular juramento, que recordaba haber hecho ya otra vez, acabó de tranquilizar al buen mozo. Se acercó a los pesebres y se puso a repasarlos mientras, con una irónica sonrisa en los labios, comentaba con las caballerías: 

-Habrá que obedecer al amo y hacer como que os echo pienso ¿o qué? No sea que ahora le dé por controlar las cuadras y acabe por enterarse de que coméis pienso y no pan con chocolate.

         Y acarició el cuello de dos mulas que movieron la cabeza resoplando  alegremente como si hubieran entendido la broma y gozaran además de las cálidas caricias de Pedro. Animado por la complicidad de sus animales, que no eran suyos, comenzó a cantar a voz en cuello, por si pudiera ser que lo oyera… alguien, su propia versión de Los cuatro muleros:                   

 “De los cuatro muleros

que van al río

el de la mula torda,

mamita mía,

el más bravío.”

Y palmeaba las ancas de su mula preferida: la torda.” (pág. 121)

 

         Javier Gracia escribe de lo que más ama y de lo que más odia. En el primer puesto están el amor y la amistad, sentimientos y pasiones puros, inviolables. El amor de Pedro a sus padres, de Pedro a Consuelo, a su mujer Fani, a Juanita… ; la amistad de Pedro a Carlos, a Manolo, … En el segundo puesto, inevitablemente, está el rechazo de la violencia y la injusticia. El mundo, en esta historia de Nudos que Cortar, es un mundo de causas y consecuencias, un mundo de orden moral (como lo es el del teatro de Antonio Buero Vallejo). Este mundo así planteado necesita un relato extenso, en el que se vea la vida de los personajes en evolución, como en una novela de aprendizaje. Y quiere también Javier que sea un reflejo de la historia reciente, que la ponga en pie ficcionalmente hablando, que nos la muestre inteligible para que sea irrepetible, como hace Fernando Aramburu en su última Patria.

         Podemos hablar de un universo narrativo en Javier Gracia, que se aprecia en todas sus obras, narrativas y teatrales. Están sus temas, sus personajes, sus espacios… ya señalados, y también está su estilo y tono. La brillantez de sus descripciones, casi pictóricas, con una adjetivación precisa y abundante. La voz del narrador, omnisciente en lo necesario, duro o suave con la actitud de los personajes, contagiado, a veces de su voz y su entusiasmo. El monólogo en segunda persona del tormentoso sentir de los protagonistas, que se desborda. El diálogo, especialmente diestro, ágil, creíble, teatral. Los personajes despliegan una perfecta diafasía, si son niños, si están enfadados o amorosos, si son viejos, malintencionados, locos…cada uno y en cada ocasión hablan con un código ajustado. Matiza Javier Gracia la expresión en múltiples registros, y hace restallar exabruptos como borda diminutivos o hipocorísticos, cuida y pule las palabras y juega con sus significados, como le gusta jugar con los nombres de sus personajes, que siempre son más que nombres. Y no escatima en el tono humorístico, irónico e inteligente, que relaja la conversación y entretiene la lectura.

         A eso invitamos a todos ustedes, al disfrute de una lectura que nos regala Javier Gracia y que esperamos no haber dirigido en exceso. Gracias.

 

Reyes Omeñaca Hernández

 

Realidad y ficción

REALIDAD Y FICCIÓN

EN “LA NIEBLA DEL OLVIDO”

 

Las proporciones varían, pero en toda obra literaria, incluso en las de pura ficción, la realidad desempeña su papel. En unas ocasiones, esa intromisión es muy básica (referencias paisajísticas, comportamientos humanos creíbles, reacciones físicas o fisiológicas necesarias…) y, en otras, supone un ámbito argumental de partida o, incluso, un marco de actuación y una galería de personajes tomados más o menos directamente de la Historia.

A cuantos hemos compartido con Javier Gracia reflexiones sobre su novela (en privado, en tertulias o en entrevistas), él siempre nos ha comentado que la semilla argumental de la que arranca su novela “La Niebla…” fue la figura de un estupendo maestro que tuvo la suerte de disfrutar en la escuelita rural de su infancia. Aquel don Mariano Escartín desplegó para sus alumnos un interesantísimo programa de actividades escolares y extraescolares adobado en bondad, rectitud y calidad humana.

Sospecha nuestro autor que, tal vez, su admiración por este maestro terminó, con los años, por decantarlo a él hacia el ejercicio de la docencia.

Ya profesor de Instituto, un compañero le hizo notar lo infrecuente que era que un alumno le hiciera saber a su “profe” lo mucho que agradecía su docencia. Un día, este amigo le preguntó: “Tú, por ejemplo, habrás tenido unos cuantos estupendos profesores ¿no? Y ¿a cuántos se lo has dicho?”.  Javier hubo de reconocer que a ninguno. Y tomó la decisión de poner remedio a tal especie de ingratitud inscribiendo en una novela los relatos de anécdotas escolares que ya tenía escritos. Y así nació “La Niebla…”, asegura él.

El motivo de ponerme yo hoy a comentar el binomio creativo realidad-ficción en esta novela ha sido la curiosa anécdota que, hace unos días, oí comentar a nuestro autor en una reunión de amigos. Es la siguiente: 

Años después de publicada “La Niebla…”, un club de lectura lo invitó a dar una charla sobre su obra. En el turno de preguntas, una lectora le preguntó qué pueblo era, en la realidad, Pueyo de Arbués. Él contestó que ninguno, que se había cerciorado de que no existiera tal topónimo. “Pero estaría usted pensando en algún pueblo cuando lo describe”. Hubo de reconocer que sí. Y, ante la insistencia de la demandante, le confesó el nombre del lugar (que yo ahora no recuerdo). “Anda, pues ese es mi pueblo”, proclamó sorprendida la lectora. A sugerencia del autor, ella releyó e identificó la plaza de su pueblo en la descripción de la novela.

Semanas más tarde, Javier Gracia recibió una invitación para ir a hablar de “La Niebla…”, en las jornadas culturales del pueblo arriba aludido que, por cierto, guardaba también un estupendo recuerdo de aquel maestro. Quien lo invitaba le aclaró que, al enterarse de la muerte de don Mariano, en el pueblo le habían hecho un homenaje consistente en la exposición trabajos de escuela que todavía conservaban en casa sus alumnos después de muchos años. Y que, a tal acto, habían acudido la viuda y dos hijas del maestro. Y ningún representante de la Administración, pese a ser sabedores de ello.

Y, sin dudarlo un instante, aceptó la invitación.

Javier comentó, entre dolido y emocionado, que desconocía toda esa parte de la historia de su maestro porque él y su familia habían abandonado el pueblo un par de años antes de que lo hiciera también don Mariano y la suya. Así que toda la segunda parte de su novela es pura ficción, sin más base en la realidad que la sospecha del autor de que su maestro no había sido muy “afecto” al régimen ni muy querido en la Inspección.

El día de agosto en que iba a dar la charla en su antiguo pueblo, su anfitriona le anunció que tenía tres sorpresas para él (las tres acabarían por ser verdaderas pruebas de la intromisión de la realidad en la ficción de “La Niebla…”). Se reservó dos de ellas y le reveló la primera: daría la charla en su escuela y en su aula. 

Para satisfacción de Javier, su escuela permanecía casi igual que él la recordaba y la había descrito en su novela: advirtió las modificaciones, identificó el lugar de su pupitre, y, sobre una mesita, vio… ¡el negativo en escayola del mapa en relieve de su escuela, sí, el de la novela! Ahí estaba la segunda sorpresa dando testimonio de la realidad.

Tras recuperarse de la impresión, vio al fondo del aula una imagen proyectada de don Mariano con los alumnos de un curso en que Javier ya no vivía en el pueblo. Lo cotejó perfectamente con su recuerdo y ayudó a identificar a alguno de los alumnos. “¿Esta era la tercera sorpresa?”, preguntó y le dijeron que no.

La tal sorpresa quedó aclarada cuando, antes de comenzar la charla, le presentaron a la viuda y tres hijas de su maestro que habían decidido venir desde la provincia de Lérida a conocer al que había novelado la figura de su padre y marido. Inevitablemente en la conversación se coló el tema de la relación entre ficción y realidad en el relato novelesco. El autor pidió perdón a aquella familia por haber inventado un final tan triste para su personaje, rebautizado en la novela como don Luciano porque, como Javier suele declarar, para él “don Mariano fue luz”.

La familia de aquel maestro y el creador de la ficción novelesca sobre su figura, titulada “La Niebla del Olvido”, mantienen en la realidad de hoy día una relación amistosa pese a la distancia que los separa.

 

Francisco Duque

 

NUNCA MÁS

La resistida anulación de Clara Bondía

  

PERSONAJES en escena: 

            CLARA BONDÍA ALTOLAGUIRRE
            EL GUARDIA
            INSPECTOR DOS
            BEGOÑA

 

PERSONAJES en imagen y voz en off

             INSPECTOR UNO
            MADRE de Clara
            ALBERTO, marido maltratador de Clara

  

 

Sala desnuda, gris y fría de una comisaría desprovista de carteles (de individuos en busca y captura, por ejemplo) y detalles que la identifiquen como tal. Al fondo izquierda, un mostrador de atención al público y tras él un policía malencarado que, desde el parapeto de su uniforme, juzga y reglamenta la situación. A la izquierda, una ventana oculta tras una cortina blanca que servirá más tarde para la proyección de imágenes. En el centro, dos filas de sillas dispuestas para uso del púbico. En el lateral derecho, entrada no utilizada hasta el final.

Al abrirse el telón, Clara Bondía, muy nerviosa, espera junto al mostrador a que el guardia termine de preparar y entregarle unos papeles.

 

EL GUARDIA.: Si está conforme con lo que dice la denuncia que ya le han leído, firme aquí debajo. 

(Clara Bondía arrebata los papeles al guardia, los firma con rabia y se sienta en la silla más alejada mirando de soslayo al policía. Permanece allí arrebujada mientras pierde intensidad la luz sobre el guardia.)

 

CLARA (La sacuden unos escalofríos).: Hace frío aquí, mucho frío. Estoy temblando. (Vuelve a mirar al guardia) El guardia ese me mira y pone cara de “Algo habrás hecho” o de “Todas igual”. Le escupiría. Y ahora sé que puedo hacerlo. Otro día, ayer mismo, no me hubiera atrevido. Pero hoy sé que puedo, que no lo hago porque no me conviene, solo por eso. Pienso esto y me remiten las tembladeras, me encuentro mejor.  De todas formas sigue haciendo frío en… la cara del guardia… y en la del inspector ese que me ha atendido al llegar. “¿Qué le ha pasado, mujer? Dios mío ¡qué cosas!” Decía y me veía sin mirarme. Yo pensaba “No existo; por eso no me mira. Le han dicho que estoy aquí, pero no le importo”. Otro caso más.

(Se proyecta en ‘la ventana’ la imagen de un inspector que la mira. Se oye voz en off)

INSPECTOR UNO.: “Esta no había venido nunca. Ahora a abrir un expediente nuevo, joder. Si no le dieran tantas vueltas al asunto en la tele, en los periódicos, no se les ocurriría hacer esto, ni a ellas venir a denunciar. Que a veces, vete a saber. Aunque a esta… esta la verdad es que...”

CLARA.: Y me miraba, frío(le da un escalofrío), pero me miraba. Como mi padre, como mi hermana. Al principio, “Alberto es un buen chico.” – Se miraban entre ellos, como para darse la razón -   “Menuda suerte has tenido. ¡Tan guapo y tan bien situado! ¡Qué te va a pegar! Anda no digas tonterías”. Luego, con los moretones... “Y esto ¿me lo he hecho yo o qué?”. Silencio, frío silencio de aceptación degollada. Y mi madre

(Proyección de la imagen de una señora de pinta muy ‘respetable’ y voz en off)

MADRE.: “Ay, hija, tienes que tener paciencia. Los hombres pasan malas rachas, tienen muchos problemas en el trabajo y lo pagamos nosotras. Hay que tener paciencia. Y muchísima mano izquierda”

CLARA.: Y yo no tenía manos, ni izquierda ni derecha. Amputada por dentro, disminuida, vacía, inútil,... nada. Solo un cuerpo que no responde, que únicamente siente dolor; ese dolor total que no arranca de él - de los moretones, de las magulladuras... - que sale de dentro y lo llena todo y te duelen hasta las palabras. Por eso me callo. Mi cuerpo se queda quieto y oye el escupitajo de él: (Voz en off)

ALBERTO.: “No vales para nada. Ni para follar vales. Cualquier puta pajillera lo deja a uno más a gusto.”

CLARA.: Y es verdad, tiene razón, no puedo, no sirvo, no sé qué me pasa, pero… ya no sirvo. Me siento exigida, invadida, sometida, sojuzgada, abusada y... No me quedan ganas más que... de vomitar.

(Calla presa de un escalofrío)

Hace frío en mis huesos. Y en mi alma. Desde que he llegado, en esta comisaría hace más frío. Soy yo la que lo contagia. (Se calma)

Y el caso es que él me gusta; que lo... no, no, no, NO,  ya no lo quiero, eso sí que no puedo, no es posible. ¿Cómo voy a quererlo después de todo esto? Pero me gusta y... mi obligación es hacerlo feliz.

(Proyección y voz en off de la madre)

MADRE.: “Las mujeres tenemos que hacer como que somos felices y lo pasamos bien siempre. Te acuerdas de aquella vez que gozaste y ya está.”

CLARA.: Sí, mamá, pero... ¿Y cuando ya la memoria no alcanza? ¿y cuando lo único que me trae el recuerdo son frases como “Muévete, zorra” o “A  ti lo único que te gusta son besuqueos y mariconadas” o “Tú solo me has follado a cuenta de pescarme, puta”? Y todo esto sin parar de penetrarme, y con los ojos inyectados de odio, de desprecio, de asco, pero sin dejar de hurgar con su polla asquerosa en mis entrañas. (Tiembla de nuevo. Silencio)

Hace frío aquí, mucho frío. Sigue haciendo frío. Estoy temblando y nadie me arropa, ni me acoge... Tal vez ya nunca lo haga nadie. El guardia pone cara de  “Todas igual”. Se le han helado los ojos y su mirada… me inyecta frío.                                                  .                       (Silencio)

 Y a mí me gustaría que él me hiciera feliz, tengo la obligación de que me haga feliz, lo sé, pero es imposible: esto no puede ser cosa de obligaciones. Tiene que ser como fue: espontáneo, necesario, inevitable, como respirar porque estás vivo. Pero de aquello no queda nada, absolutamente nada, casi ni el recuerdo o un recuerdo como de algo que… le ha pasado a otra. Y es culpa mía, seguro. En algún momento tuve la culpa de que Alberto dejara de ser un hombre tan atento, tan cariñoso...

En algún momento, sí. Pero ¿en qué momento, en qué detalle? ¡No lo sé! Y creo que no lo sabré nunca. ¿Soy tan  tonta, tan tonta... o tan egoísta que no me entero?

(Proyección y voz en off de la madre)

MADRE.: “Hay que ceder, Clara, y, si un día no te apetece, por otro que te apetecerá. Te lo dice tu madre que sabe de qué habla”.

CLARA.: Yo no lo hice, no, fui muy egoísta. ¿Qué más me hubiera dado abrirme de piernas y dejarle hacer y fingir que disfrutaba, que me volvía loca de placer? Quizá fue por eso: no lo hice y pretendí que entendiera que en ese momento... La verdad es que fueron demasiados momentos. ¿Seré una mujer frígida? Nunca lo fui. Él tiene razón: ahora no, pero siempre me dio una ternura tremenda la cicatriz de su barbilla, la que le hizo el animal de su padre, y que lo hacía aún más guapo. Tiene razón en que, de novios, yo no me quedaba atrás, en que, si él me desabrochaba la falda, era porque yo le estaba quitando la camiseta., en que, si mi madre decía, “Bajo un momento a comprar unas cervezas”, yo lo miraba con cara de “Ahora mismo cae un correo urgente” y, apenas cerrada la puerta, nos revolcábamos ferozmente en el pasillo, sobre la mesa del comedor,.. en cualquier sitio. Y ahora... me da asco, un asco visceral, de revolver las tripas; no sé qué me pasa, pero me da asco, asco como nada más  puede dar en este mundo. (Silencio) No soy normal, Es culpa mía.

Pero hay otra verdad. Y es que Alberto cada vez ha sido más desconsiderado, más brusco y más exigente: más animal. Ha pasado de tratarme con cariño, casi con adoración, a despreciarme en público, a mirarme con odio, a tratarme como a un guiñapo.

(Proyección de imagen de un Alberto guapo y bien vestido. Voz en off)

ALBERTO.: “Como el perejil, que no sirve más que de adorno: metida en todas las salsas, pero eso: de adorno”.

CLARA.: Recuerdo la primera vez que te lo oí, cuando dije a mis amigos que me iba a meter en un grupo de teatro.

ALBERTO(en off).: ”Y ¡de qué vas a hacer? ¿de florero?” 

CLARA.:Y la cara de sorpresa que puso Julio: él que siempre se reía de los supercariños de Alberto conmigo. O aquella otra vez que en el corro de amigos a la salida del Ateneo

ALBERTO (en off)“No niegues tanto con la cabeza que te van a sonar las dos neuronas que aportaste al matrimonio”.

CLARA.: Que Julio y Patricia se largaron sin despedirse.  Yo no, yo me quedé...sola entre la gente...,helada,... tratando de convencerme de que no había oído bien, de que había sido otro, Alberto no. Mi Alberto no.

  1. (Silencio) 

Pero sí, habías sido tú. ¿Cómo era posible? Tú, el amable, el cortés, el justiciero. “Alberto el justiciero” te llamaba Manolo ¿te acuerdas? Y es que tuve que provocarlo yo, seguro. Algo hice mal, sí, fue culpa mía. Soy una inútil. Lo he destruido todo.

(Se yergue ligeramente)

            Pues, no, no solo fue culpa mía. Como mucho de los dos. No, mamá, no: yo no “había hecho algo” para que Alberto me maltratase así, me faltase al respeto, me insultase, me golpease... Nadie tiene derecho a hacer eso. Si ya no le gusto, que se largue, que se vaya de putas, que se eche una querida. A ver quién le aguanta lo que yo. Claro que yo he hecho cosas mal, mamá. Sí, es cierto que muchas veces llegaba él a casa y yo... (Silabea en voz más baja) había bebido. No hacía más que abrir la puerta y, casi desde el pasillo, gritaba: “Esto huele como una tasca, borracha, puta borracha”. Y entonces me pegaba con razón: una mujer no debe beber teniendo un hijo en casa, no debe darle el espectáculo de sus borracheras. Cuando él llegaba con unos tragos, no es que estuviera bien, pero, por lo menos, no se había cocido delante de su hijo. Tenía razón. Sí, yo era una borracha.

Tenía razón, pero ¡YO YA NO PODÍA MÁS! (Llora en silencio) Un día estaba bien y entonces oía a mi hijo que me decía: “Yo nunca te pegaré y, cuando sea mayor, no le dejaré a papá que te pegue”. Y no aguantaba más. Frío y desesperación helándome la médula, estrujándome las entrañas. Me iba a la despensa y me echaba un trago de pacharán, a gollete, solo uno. Me sentaba bien, me fundía el hielo que llevaba por dentro. Y me entraban muchas ganas de jugar con Berto. Y, cuando me acercaba a besarle, Berto arrugaba la nariz  y ponía la carita de “Has bebido otra vez”.  Y yo me iba  de nuevo a la despensa. Y volvía a ir. Hasta que la cara del niño ya no me decía nada.  Y él se encerraba en su cuarto “a jugar con la PlayStation”, decía, y  ¡¡a no tenerme delante ni oler mi aliento de borracha...!!  (Largo silencio)

Lo he echado todo a perder, tienes razón, mamá. Pero tú eras mi madre ¿sabes? Y tendrías que haberte puesto de mi parte para que yo hubiera tenido alguien en quien cobijarme, un reducto donde encontrar el calor, la serenidad que necesitaba. Pero no estuviste a mi lado, no.  Preferiste empecinarte en tu fantástica opinión sobre Alberto, que siempre te pareció un mirlo blanco. “No como el de tu hermana... ese Pedro, un vulgar oficinista...” - con  tu peor cara de desprecio -. Tú no podías haberte equivocado tanto: Alberto tenía que ser todo un señor. “Ingeniero, no te digo más, Asunción”. Y era yo, tu hija, la que se estaba equivocando. Por supuesto. Pero, si seguía tus consejos, la cosa se iba a arreglar, seguro. (Silencio) Claro que tu hija no supo comportarse como debe hacerlo ‘una mujer de bien’.

Después vino la fase de “Piénsalo, hija: algo habrás hecho tú”. Y me quedé SOLA. Casi nadie se atrevía a peguntarme cómo me iba con Alberto. Patricia lo hizo alguna vez. Y Manolo. Me dio mucha vergüenza contarles mis miserias. Y les contesté que bien, que estupendamente, que por qué me lo preguntaban. A Manolo, me acuerdo, se le arrasaron los ojos de lágrimas, pareció que iba a explotar, pero se aguantó, se le puso la cara gris de tristeza, me dio un abrazo y se marchó. ¡Qué bien me sentó aquel abrazo, Manolo! Pero te dejé ir, no te conté nada y me quedé… SOLA, abandonada a mi debilidad, escondiéndome en la despensa, en el amargo dulzor del pacharán. Perdí el trabajo por culpa del alcohol, el trabajo que tanto quería, mi trabajo, el que nos había dado de comer cuando Alberto, “todo un señor ingeniero”, no era más que un puto becario mal pagado. Cieneurista, decía él entonces.

Pues lo perdí. “No puedo hacer otra cosa”, me dijo el gerente con pena en los ojos. ”Cuando resuelvas tu problema (que seguro que lo resuelves), vuelve: aquí siempre se te ha querido”. (Silencio)

Guardarme su mirada y sus palabras como un paradójico regalo de cariño. Mejor que en mi familia; y eso en el momento agrio de firmarme el finiquito y de echarme del trabajo “por motivos de salud”, decía el papel. En cambio en casa mi padre tronando: “¿Cómo se te ha ocurrido dar lugar a que te echaran, a una Bondía Altolaguirre?” Sí, papá, la vergüenza de la familia, de tu ilustre familia burguesa; eso soy yo. Además de tu hija, claro; pero no estábamos hablando de eso ¿verdad?

            Y cada vez beber más y sin ningún control; ni siquiera el pequeño control del niño, que ya iba a la guardería y me dejaba sola. Y un día mi compañera Marta en casa: “Escapa, denuncia y rehaz tu vida hasta que sea solo tuya y de tu hijo. Te lo digo yo, que ya he pasado por ello”. Escapar, sí, y denunciar. Pero ¿quién iba a hacer caso de una borracha?, pensaba yo. “¿Qué dice esta, con el colocón que lleva?”, pensarían. “Y, si la han currado, merecido se lo tiene. Madre y emborrachándose delante de su hijo”.

Tenía miedo y me engañaba a mí misma: “Claro, esto se va a arreglar. Es verdad, no es problema; algún día yo también escaparé”. Y lo dejaba.

No hacía nada más que seguir bebiendo y… recibiendo palizas. Y viendo la tragedia incomprendida agazapada en los ojos de mi hijo que... ¡ya no me besaba!

Una desgraciada. Y Alberto, otro. Alberto. Él no es, no... era así. Lo hemos hecho así todos. El primero, su padre, que odiaba a su madre porque era pobre y “no sabía hacer nada”. Como si a él y a sus hijos los cuidara el ángel de la guarda. “Y encima, todavía de vez en cuando se pone chulita. Ahora que, contra los malos modos, no hay nada como el jarabe de palo”. Un macaco violento y odioso que aleccionaba así a su hijo delante de mí: “Las mujeres como el perejil: solo para adorno”.

Y a él se le posaron dentro estas enseñanzas y aprendió a insultar y a maltratar. Pero yo ya no soporto más. Nunca he sabido si me dolían más las palizas o los insultos y las afrentas públicas.

Proyección de imagen de un Alberto guapo y bien vestido. Voz en off)

ALBERTO.: “Tú calla, gilipollas”, “¿Te puedes meter la lengua en el culo?”, “Deja en reposo tu neurona, que todo se agota”. “La ventaja de tu supuesto cerebro es que está completamente virgen”

CLARA.: Todo esto cualquier día iba a provocar que también mi corazón dejara de mantener vivo el pelele en que yo me había convertido. Un muñeco de feria para su diversión. (Escalofríos)

Pero tengo que echar este frío fuera, no puedo temblar más. Lo de esta noche ¡no se puede repetir! Cuando lo he visto llegar tarde y con dos películas porno, he acelerado la cena y me he ido pronto a la cama. Casi dormida me ha sacado al salón a los gritos de “Así se folla, puta frígida, no como tú”. Luego bofetadas, pellizcos, puñetazos, todos en mi cara. “Ni para adorno vas a servir después de esta, zorra”. Yo de rodillas, sorbiéndome los mocos y la sangre, con los ojos borrados de dolor y lágrimas. Y él que se masturba delante de mí y me ensucia la cara con su semen asqueroso. Huir corriendo a lavarme. Se ríe a carcajadas apoyado en la mesa y juega a no me dejarme escapar. Salgo corriendo y veo en el espejo del baño una cara asquerosa, un amasijo de ojos morados, chorreones de sangre y manchas viscosas de semen. Salgo corriendo. Huyo. Ya no me persigue, solo se ríe a carcajadas secas, frías, inhumanas. De perro rabioso. En la cocina cojo un trapo, me limpio la cara y salgo corriendo. Huyo. Escapar a la comisaría. Denunciar.

 Y aquí estoy, todavía con el frío del miedo metido en las entrañas. Pero… NUNCA MÁS.

 

(Aparece un inspector de facciones duras pero de ademanes y trato correctos)

 

INSPECTOR DOS.: “¿Doña Clara Bondía Altolaguirre? Vamos al hospital, señora: usted no puede seguir así. Allí podrá ducharse y le harán una cura. Y un parte de lesiones que acompañe a su denuncia”…

(Le ofrece el brazo para que se apoye. Ella acepta. Cuando ya está en pie, alguien la coge por los hombros).

 

BEGOÑA.: “¿Clara Bondía? Hola, Clara. Soy Begoña, abogada del Instituto de la Mujer. He venido para ayudarte porque ahora comienza para ti la otra parte dura del asunto.

(Laabraza. Clara se funde con ella y se siente revivir).

Pero esta es ya la parte digna de tu problema ¿sabes?; muy dura y difícil, te lo advierto, pero digna. Ánimo, Clara, que este va a ser tu verdadero buen día, más que el de tu apellido Bondía. No estás sola. Me tienes a mí y a mucha otra gente más que sabe lo que es esto y te va a acompañar. Has de saber que, desde que estoy aquí, ya han llamado cinco grupos de amigos tuyos. Todos te quieren mucho y te apoyan en esta decisión tuya que hace días que esperaban. Y tu madre también ha llamado. Sí, no me mires así. Todos: también tu madre, que, cuando le he contado todo con pelos y señales, que no le he ahorrado un detalle,…, se ha quedado… Y parece muy arrepentida de… Ya sé que llega tarde, que cuando la necesitaste no estuvo a tu lado. Me lo ha confesado ella. Pero creo que ahora sí lo va a estar ”.

 

(Clara se acaricia brazos, piernas y vientre como si un calorcillo tierno le hormiguera por todo el cuerpo y le inundara las entrañas. Parece henchir sus pulmones con un aire nuevo,  desconocido. En sus ojos brilla una esperanza todavía perpleja y asustada)

 

CLARA.: Igual… existo… otra vez. ¡¡Sí, yo!!  Begoña ¿crees de verdad que puedo volver a ser Clara Bondía?

 

(Y se funden en un abrazo)

 

 

 

TELÓN

 

Nudos que cortar

 
   
   

 

Nudos

 

Título : NUDOS QUE CORTAR
   Género : Novela
Editorial : Mira Editores S. A. Zaragoza
1ª edición : Noviembre 2017
Nº de páginas : 385
ISBN : 978-84-8465-535-0

 

 

 

Esta novela plantea que, tal vez, la tan denostada rebeldía de los seres humanos en su juventud forma parte necesaria del proceso de formación de la personalidad. El plácido equilibrio de la niñez se rompe para dar paso a una fase inestable y molesta para los que la padecen en carne propia o son testigos de ella. Pero tal proceso es tan necesario como lo es, en la formación de una rosa, que los sépalos del capullo revienten para dar paso al destino exclusivo que le espera de aroma, exquisito o no, y de hermosura, espléndida o humilde. Si tal rebeldía no se produce en el momento adecuado, la rosa o la personalidad naciente se deformarán, se frustrarán.  Quien quiera conquistar su Asia, su destino, debe cortar en el momento oportuno los nudos que se lo impidan por muy gordianos que sean.

Tal es el conflicto que marca la trayectoria vital de Carlos y Pedro, los protagonistas de la nueva novela de Javier Gracia. Ambos nacerán enfrentados a la opresión de un padre y amo tirano que pretende imponer su voluntad y caprichos a todos los que lo rodean, incluidos ellos dos, hijo y criado, respectivamente.

Amistades y odios, abusos y ternura, bondades y vilezas… se dan la mano en este caleidoscópico tapiz contemporáneo que nos muestra, siguiendo la mejor estela de la literatura de aprendizaje sentimental, el camino para convertirnos en hombres libres.

 

 CAPÍTULO INICIAL DE LA NOVELA "NUDOS QUE CORTAR"

Un cierzo cruel arañaba la pobre tierra endurecida por la sequía. Remolinos de polvo árido, azotando los rastrojos, avanzaban hacia las huertas lejanas, donde el otoño se apresuraría a manifestarse, ajando el crecimiento y maduración de hortalizas y frutos tardíos. Los cantos de pájaro eran barridos por el ulular del ventarrón que había expulsado de sus vastos dominios incluso a eternos voladores como los vencejos.

De la panza turbulenta de la última nube de polvo tras la que todavía se ocultaban las huertas, emergían en ese momento dos figuras encorvadas de cazadores zarandeados por las violentas embestidas del viento, escopeta al hombro, zurrones vacíos al costado y sujetos sobre el rostro el ala del sombrero o el pico de la boina. En aquellos parajes, la perfecta indumentaria, armamento y pertrechos de uno de ellos indicaban a las claras que no podía tratarse más que del amo de casa Sandoval que regresaba de una jornada frustrada de caza acompañado de su criado. El primero, alto, fornido y elegante, caminaba, mientras podía, con el aire rabioso y altanero de quien se cree capaz de plantar cara a la naturaleza hostil. El segundo, caminando humildemente unos metros por detrás, trataba de resistir, con pasos toscos pero seguros y prudentes, las ráfagas rugientes del ventarrón.

Descontados inconvenientes climatológicos, don Ignacio e Isaías componían hoy su estampa típica de cualquier día de esos en que la caza se había dado mal: seriedad, silencio, zancadas largas y cuatro o cinco pasos entre criado y amo. Cuando perchas y zurrón rebosaban de piezas cobradas por don Ignacio, este provocaba la proximidad de Isaías caminando lentamente y comentando con verborrea incontenible y satisfecha sus lances reales o imaginarios de la jornada.

Muy distinto se había presentado este día al alba, cuando amo y criado habían salido de caza, y, a ojos profanos, todo parecía prometer una agradable jornada cinegética. Don Ignacio sabía que aquel año perdices y conejos no abundaban precisamente y que era más que probable que, aunque hiciera bueno, apenas cobraran una o dos piezas; y eso gracias a Bravo, su espléndido braco alemán que levantaba hasta la caza imposible. Bueno, pero, en cualquier caso, podría gozar – eso pensaba-quería él - de un día espléndido como ese aunque las capturas fueran escasas o… se torciera un poco el tiempo, como sospechaba Isaías.

El criado, caminando un par de pasos por detrás del amo, iba recitando sus pronósticos del tiempo que no coincidían precisamente ni con la bonanza que disfrutaban en ese momento ni con los deseos del amo. Don Ignacio conocía perfectamente sus habilidades para predecir lluvias, sequías, heladas y ventarrones y por eso le molestaban especialmente los comentarios del criado:

-Esta brisa de ahora se va a pasar. Antes de media mañana empezará el viento de verdad. Cambiando de dirección y fuerte. Cuando se agarran las nubes allá arriba en el valle, a las faldas del monte Airón, no falla: vientazo de norte seguro. Por eso se llama así ese monte.

-Calla, coño, que tenías que llamarte Jeremías en vez de Isaías. Ya soplará si sopla. Y, mientras tanto, daremos un buen paseo y… algo caerá, hombre. Aunque sea poco lo que salga, esta escopeta no perdona y este cazador menos.

El amo estaba orgulloso de sí mismo, por supuesto, y de su última adquisición, una sarasqueta que le habían fabricado de encargo en Éibar con el escudo de armas de los Sandoval grabado en las pletinas de la báscula. Isaías se encogió de hombros y se caló la boina hasta los ojos, no fuera que el viento se animara a madrugar. Ah, si él disparara con una sarasqueta como aquella, no fallaría ni una; estaba seguro: aun con esa escopeta vieja, heredada de su padre, todavía remediaba algunos de los fallos del patrón… Procuraba no hacerlo porque el señor se enfadaba y él tenía que pretextar que, ‘al escapar, la pieza se le había puesto delante de la escopeta’.

Guardando silencio siguió a don Ignacio que dirigía su paso vivo hacia Los Pardales, su cazadero preferido, el que siempre elegía cuando las presas escaseaban o quería amarrar el resultado.

-¿Sabes una cosa, Isaías? Pedro, tu chaval, tiene buena mano para las caballerías, eh: el otro día lo vi la mar de suelto y seguro en la doma de Rayo. Hasta consiguió colocarle un momento la silla de montar, que a ti me parece que el animal no te deja ensillarlo. Lo tienes bien enseñado, sí señor, y, con el tiempo, hará un buen caballerizo.

-No lo dude, don Ignacio, que, de más de que yo lo haya enseñado, mi chico tiene instinto para la doma. - Isaías, que apreció lo de “caballerizo” y no “mozo de mulas”, miraba al suelo escondiendo su orgullo de padre – Buen caballerizo, sí señor, y un criado fiel de la casa. Eso también. No lo dude, no.

-No lo dudo. Ahora, una cosa te digo, Isaías: que tu hijo podría ser un poco menos morugo, eh; que saluda, sí, pero casi no te mira a la cara. Y siempre anda escondido o escondiéndose. ¿Con vosotros habla, por lo menos con vosotros?

-Pues poco, no crea que nos aturde la cabeza, no. Las cosas las hace pero las habla poco. Es que es muy tímido ¿sabe usted?

-Sí, muy tímido muy tímido… no sé qué te diga, eh. Porque a la Consuelo bien que le sigue el rastro como un perrillo en celo. Y le echa unas miradas calentonas… que tú no veas.

-¿Usted cree?

-Pues claro. Que no te enteras, Isaías.

-Será, será. Pero bueno, ya sabe usted: cosas de la juventud, don Ignacio. A sus años hasta los ciegos ventean ¿no cree usted?

-Pues sí, hasta los ciegos y tu hijo que no lo es... Claro, que la muchacha se merece las miraditas, eh. Y algo más que miraditas también. Y tu chico a mi no me mirará, no, pero a la Consuelo…

Las botas camperas del amo marcaban un ritmo, a veces desigual, pautado por los montoncitos de tierra de los hormigueros que aplastaba, los saltamontes que hacía volar una y otra vez o las lagartijas que huían veloces de sus pisotones. Era su entretenimiento de caminante. Una de las manías que Isaías le recodaba desde niño. Como la de casi echar a perder el pan de la merienda haciendo bolas de miga con las que trataba de golpear a los gorriones que se acercaban. “Ellos siempre se aprovechan – decía entre risas -:atine o no atine a darles, ellos se zampan unas migas que les apañan el día”.

Otra de sus manías era la de aborrecer a grillos y cigarras “que aturden el monte sin dejarse ver”. Isaías recordaba que, de niños, el amo, su amiguete entonces, lo convencía para que le cazara grillos, porque a Isaías no se le resistía ni uno: localizaba por el canto la grillera, clavaba su navaja en la tierra de modo que tapara la entrada; luego la levantaba con la mano izquierda justo para dejar libre el acceso y, con la derecha, comenzaba a acariciar con una pajita al grillo escondido, que primero callaba y después comenzaba a salir marcha atrás; cuando ya estaba fuera, clavaba de nuevo la navaja y el animal ya no podía regresar a su grillera. ¡Cazado! Cuando ya habían caído tres o cuatro, el amo chico se divertía electrocutándolos en una especie de tabla eléctrica, una planchita de corteza de pino atravesada por cuatro hilitos de cobre con que sujetaba las patas del grillo y que, reunidas de dos en dos, introducía luego en el enchufe hasta socarrar a los pobres bichos.

Lo habían hecho muchas veces aunque a él le parecía una guarrada, sobre todo, por el olor a chamusquina que producía. Le parecía mucho más divertido que el señorito metiera los grillos en el dormitorio de sus padres para que, al hacerse el silencio, los grillos comenzaran a cantar y no los dejaran dormir. Entonces don Bernardo lanzaba horrísonas sartas de improperios y blasfemias que atronaban toda la casa. Y así, entre silencios, cantos de grillo y bramidos del señor pasaban la noche.

A Isaías se le venía entonces al recuerdo el día en que su propio padre los sorprendió en una de aquellas macabras fechorías de electrocución de grillos y les echó una bronca tremenda. Claro que, cuando se percató de que estaba riñendo al amo chico, la bronca cambió de rumbo y acabó siendo toda para él, el criado, por “molestar al señorito con esas barbaridades que solo se te ocurren a ti, Isaías”. ¡Toma castaña! Desde luego su padre se había sobrado: lo de los grillos no es que estuviera bien, aunque tampoco era para tanto, pero lo de echarle toda la culpa de la hazaña solo a él … siendo, encima, su padre… Además aquello le supuso no poder jugar con Nacho durante un par de días y era con él con quien más se divertía.

Claro, lo que pasaba es que entonces don Ignacio no era… el amo: para Isaías era Nacho, el hijo del amo, sí, pero sobre todo un chico de su edad, que no tenía hermanos varones y sí muchos juguetes y una casa enorme donde perderse e inventarse mundos para uso exclusivo de los dos. Resultaban estupendos las falsas o desvanes y, sobre todo, el ala oeste del rancio palacio de los Sandoval, una sucesión interminable y misteriosa de salones y dormitorios de suelos crujientes y poblados de muebles convertidos en espectros de sí mismos por enormes lienzos que los protegían y ocultaban. Un lugar perfecto para las correrías de ellos dos, amigos y cómplices de mil trastadas.

Una de sus aventuras preferidas consistía en aprovechar las horas del domingo, en que los padres de Ignacio recibían visitas que los mantenían ocupados, para explorar las habitaciones del último piso de la casa, revolver en los baúles de los abuelos y sacar trastos extraños y divertidos: viejos cuchillos de monte soldados por el óxido a sus vainas, botas de montar retorcidas, espuelas podridas de herrumbre, sombreros y gorros de todo tipo (de vestir, de monte, canotiers, bombines…), zapatos retorcidos, duros y enmohecidos, increíbles fajas de ballenas y miriñaques apolillados, vestimentas de hacía mil años, el monóculo y los quevedos de algún antepasado miope y hasta algún morrión casi sin plumas y más hundido que abollado.

Una vez les había dado por disfrazarse de “antiguos” imitando a los personajes de esa foto, tan rara, de una boda – Nacho decía que se llamaba “daquellotipo”, o algo así - que encontraron medio descolgada en una pared. Aquel día casi se había meado de la risa cuando Nacho se puso un traje de novia con diadema y todo. Estaba tan ridículo y tan… mono que era para troncharse.

La verdad es que la cosa casi había terminado malamente porque Nacho se enfadó mucho cuando Isaías le soltó “Pareces un mariquita” mientras se desternillaba de la risa. A Nacho eso le sentó muy mal y lo miró con ojos… de amo, como los que se gasta ahora. Solo se había solucionado el problema cuando él, para arreglarlo, se disfrazó a su vez de madrina y ambos rodaron por el suelo deshechos en carcajadas que apenas permitían a Nacho gritarle ”Pues tú pareces una maricona” mientras pateaba el pavimento entarimado sin poder contener la risa.

Con alboroto tan grande y descontrolado, aquel día habían estado a punto de ser sorprendidos por los amos. Menos mal que Remedios, la buenaza que todo lo remediaba, llegó corriendo para avisarles de que las visitas estaban a punto de marcharse y de que don Bernardo, al oír aquellos gritos y ruidos, no había dicho nada pero no hacía falta porque se le estaba poniendo una cara...

-Nacho, galán, ¿dónde estás? Y tú, Isaías. Venga, arreglad todo esto inmediatamente. ¡Vaya pintas que sacáis! – sermoneaba la criada haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada - Como se entere la señora de que habéis revuelto el baúl de su abuela… se os cae el pelo, balarrasas.

A ellos les dio el tiempo justo para quitarse a toda prisa los disfraces y recolocar, o más bien amontonar, vestidos y adornos en los baúles mientras aguantaban el hipo de sus últimas risotadas antes de que llegara a sus oídos el vozarrón de don Bernardo, el amo, que atronaba:

-¿Dónde te has metido, Remedios? – Silencio tenso pautado por los pasos presurosos de la criada escaleras abajo – Sube y diles a esos locos malandrines que vengan inmediatamente a mi presencia.

Al pobre Isaías aquellos gritos y lo de “locos” y ¡“malandrines”! le sonaron como una terrible amenaza. Cómo tendría que estar de cabreado el amo para gritar de esa manera y llamarlos eso tan raro y que sonaba tan mal.

La bronca fue monumental, desde luego.

-¿Se puede saber qué demonios estabais haciendo allá arriba que se os oía desde el salón chillar y patalear como si estuvierais posesos? ¡Animales, que parecíais dos potros desbocados! Esta es una casa civilizada ¿os habéis enterado?, una casa civilizada donde se observa antes de nada la educación y las buenas costumbres. ¿Os habéis enterado, pedazos de bestia?

En ese momento la reprimenda cambió de tono y… de dirección para volcarse en él, como siempre:

-Claro, que lo que pasa, Ignacio, hijo mío, ya te lo he dicho miles de veces, es que un chico bien educado como tú no puede convivir con brutos como Isaías. O te volverás un animal como él. Y tú, patán, ¿qué haces dentro de esta casa? ¡Fuera! A divertirte con los burros y los cerdos que son los de tu calaña. No quiero volver a veros juntos nunca más ¿está claro, Isaías?

Claro no, clarísimo; - recordaba ahora Isaías siguiendo los pasos del amo en esta fría mañana de caza - había quedado clarísimo. Y el resultado había sido que, durante unas semanas, dejaron de verse casi del todo y que, por supuesto, tuvieron que abandonar aquellas exploraciones anticuarias.

Las exploraciones y, poco a poco, todo lo demás. Se le pasó entonces por la cabeza a Isaías la estampa de aquel otro día en que don Bernardo, el amo, en el balcón principal de la casa, con una mano en el hombro de Nacho y la otra trazando un círculo solemne sobre la plaza, adoctrinaba a su hijo:

-Mira, Ignacio. Todo lo que ves en esta plaza, menos la iglesia y la casa de los Galván, será un día tuyo; además de muchas de las mejores casas de Molinos y de las más fértiles tierras del término. Y un futuro señor de Sandoval debe educarse como es debido y rodearse de compañías adecuadas ¿me oyes? De los Galindo, los Galván, los Rupérez... Igual un día te casas con la hija de Galván y entonces ¡toda la plaza tuya! Sí ya sé que la galvana es muy feíta, pero patrimonio viene de matrimonio ¿sabes? Pero bueno, de momento, lo que tienes que hacer es convivir y jugar con chicos de tu rango, clase y condición; no con criados, pelagatos y muertos-de-hambre.

Y todo esto dicho en voz suficientemente alta como para que lo oyera él que – el amo lo sabía perfectamente - estaba jugando a chapas justo debajo del balcón.

 

 

SAPO DE LA NOCHE

SAPO DE LA NOCHE           
 
Ahora no te sientes el sapo cancionero ni el grotesco trovero de la luna que canta el hortelano. Perdido el norte, arrastras tu blanda anatomía por los rincones menos áridos e inclementes de la geografía urbana. Te has extraviado. Mimetizas cuanto puedes tu cuerpo verrugoso con ese suelo extraño, carente de la textura amable, del color compartido de la tierra. Te escondes en el ángulo duro de pavimento y muro al percibir los pasos gigánteos de unos humanos. Eres incapaz de huir, no sabes dar esos saltos ágiles y de trayectoria quebrada de las ranas. Ojalá no te vean: sabes que los humanos os aborrecen, os odian…
Si estuvieras en la huerta que has dejado atrás, cegado por la luz del atardecer, nadie te localizaría: la tierra maternal te protegería, te haría suyo para que siguieras siendo libre, nadie te vería. Pero este suelo tan liso, tan previsible en sus alteraciones no acoge irregularidades sino que las realza y manifiesta. Te van a ver. Tiemblas de miedo cuando casi te aplasta una enorme pata humana y te aturde el sonido duro y el temblor del suelo que produce esa pisada y las que la acompañan. Ha habido suerte: se alejan. Es preciso encontrar la huerta otra vez. Y sales sapi-corriendo de ese ángulo duro que casi te esconde. Intentas huir siguiendo un leve olor a tierra húmeda, apuras tu lenta velocidad pero…
-Mira qué cosa.
-No es una cosa ¡Es un sapo!!!
Tres enormes cabezas humanas se adelantan a las patas de esos seres embutidas en una especie de fundas que parecen duras y amenazantes y no permiten ver los dedos como las abarcas del hortelano. Ojos desorbitados, miradas de asco, bocas de espanto ¿por qué? La puntera de una de esas patas se acerca y te remueve. Cierras los ojos y te preparas para… cualquier cosa.
-¡Ufff, qué cosa más fea y más asquerosa!
-¡Cuida, que los sapos son venenosos!
Y se retira rápida; menos mal. Las caras también aunque con unos gestos de miedo y asco… ¿de qué? Tú no has hecho nada, nunca haces nada malo. Jamás robas comida de los humanos, como hacen los perros o los gatos, y a esos los dejan vivir en sus casas. El hortelano lo sabe bien y te deja entrar en su caseta y, cantando, te llama “sapo cancionero”. Se lo has oído cantar muchas veces. No entiendes por qué canta eso pero te gusta: suena suave y como cariñoso. Él tiene comprobado que tú solo comes moscas, escarabajos, lombrices, babosas o, como mucho, alguna cría de ratón recién nacida. Y eso le parece bien. Y es amigo de toda tu familia. Le encanta veros cerca de un hormiguero saciando el hambre con montones de hormigas o despachando a vuestras tripas un caracol o una babosa. Le parece muy bien. Y entonces canta eso de “sapo cancionero”. El hortelano es también humano pero sobre todo es… hortelano. Y sabe.
Lo malo de hoy ha sido que te has dormido al sol y, cuando has despertado, no veías nada, estabas ciego. Entonces has echado a andar siguiendo el fuerte olor a humedad que provenía – no podías verlo - del riego de las calles; y te has metido, desorientado, en la ciudad. Y las gentes de aquí solo saben que eres feo, feo y contrahecho. Y venenoso, dicen que lanzas veneno a quien se acerca. Realmente solo tienes veneno para defenderte si te atacan. Como los gatos tienen dientes y garras. Pero de ellos no dicen que son asesinos sanguinarios.
Lo que pasa es que te ven feo, que tus hermosos ojos negros de párpados dorados a ellos les parecen horribles, que tu piel ocre o verdosa adornada de finas prominencias a ellos les parece asquerosa, que, como no sabes saltar o correr, te consideran torpe en vez de elegante y parsimonioso. Piensan, creen que solo eres eso: feo. Perdónalos. No saben, como el hortelano, que se puede ser feo y hermoso a la vez y… cada noche hacerle la corte a la luna mientras ella te baña de suave luz lechosa.     ----------------------------------------------------------------------------
 

Subcategorías