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15 DÍAS EN BRETAÑA

 

 21de julio

 Ya estamos en la Bretaña, en Lannion, un pueblo casi de costa (lo separan de ella 6 km). Se trata de un pueblo o de una ciudad pequeña: unos 15.000 habitantes distribuidos en un casco urbano muy extenso, de casas de dos o tres alturas, fachadas blancas o claras y tejados negros de pizarra.

 El viaje ha sido todo lo excelente que permiten los más de 900 km que nos hemos echado al cuerpo sobre todo Antonio y yo, los conductores. Las chicas no nos han dado un ruido: periódicamente – entiéndase cada dos por tres – se concentraban en pensamientos que debían ser muy profundos a juzgar por las horas que se han pasado cabeceando mansamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha como diciendo ‘ No estamos despiertas,...no,...no...’ . Lo único que reclamaban y con mucha discreción – pobrecitas – era alguna parada para hacer lo que nadie podía hacer por ellas. Que si hubiéramos podido, con la caballerosidad y cortesía que nos caracteriza....... Una de las paradas ha sido en un “aire de service”, ya cerca de Nantes, para comer. Cumplidos con este menester, inmediatamente nos hemos puesto en camino: había que llegar a Lannion a las 6 h. Porque nos esperaban los ‘correspondientes’ para darnos instrucciones sobre la casa y cenar; después ellos se iban a dormir a casa de unos amigos o familiares para salir mañana hacia Villanúa.

 1 Esto de viajar por autopista tiene el problema de que, una vez establecido el denominador común del paisaje habitual, todo es igual: ese paisaje o los taludes que lo rompen para dar paso a la autopista a ambos lados de una cinta de asfalto. Las autopistas son avarientas acaparadoras de la atención del viajero, la quisieran toda para ellas: te esconden las ciudades y pueblos que vas dejando atrás y sólo te dan a cambio carteles, muchos carteles informativos y, cuando te acercas a las grandes ciudades, polígonos industriales indignos de la menor atención. Cuando las autopistas son sustituidas por sus hermanas menores, las autovías, la proximidad al entorno urbano suele ser mayor. Así en Rennes, desviándonos apenas nada, pudimos repostar gasoil en un Leclerc donde te lo suministran 12 ó 13 céntimos más barato que en las gasolineras. Desde allí tomamos camino hacia St. Brieuc, Guingamp y Lannion a cuyo casco urbano entrábamos a las 5.50 h. ‘Vamos a llegar a la casa con las campanadas de las 6 h. en el reloj de la torre’, presumíamos orgullosos. Pero el centro de Lannion, que teníamos que atravesar, estaba atascado de coches: hora de salida del trabajo y de vuelta a casa, sin duda. Con el plano que nos había dibujado y enviado por Internet Claude, el dueño de la casa de aquí, hemos llegado a ella sin más problema que el del retraso que rompía lo que hubiera podido ser un record ‘guiness’ de puntualidad después de más de 900 km.

 Enseguida nos hemos dado cuenta de que la que va ser nuestra casa forma parte de una serie de adosados rodeados completamente de densa vegetación y de un arbolado de grandes proporciones. Bien empezamos.

 Echado pie a tierra, buscábamos la casa cuando una vecina, seria y cortés, nos la ha indicado. Al acercarnos hemos visto que nos salía al encuentro un caballero enjuto, de pelo negro, largas patillas, tez pálida y nariz afilada. Muy sonriente, nos ha saludado con el saludo que nos tenía preparado ‘Buenas tardes ¿Ha estado bueno el viaje?’ Era Claude. Hemos intercambiado los saludos y presentaciones de rigor. Nos ha dejado un poco cortados a Merche y a mí – sobre todo a ella, tan discreta – cuando nos ha dicho en su español titubeante que no esperaban más que a dos: creían que los amigos de Antonio y Mariví llegarían más tarde. ‘Pero no hay problema. Bueno, no sé si la cena...’ Merche ya quería salir corriendo a cenar nosotros por nuestra cuenta en cualquier sitio. En ese momento ha salido Françoise, la mujer de Claude, que tras presentarse y ser puesta al corriente de la situación, ha dicho que no habría más problema que el de las sábanas de las habitaciones de los chicos que tendríamos que dejar limpias y colocadas en sus camas el último día. Como eso se soluciona con el servicio de una lavandería, se acabaron los problemas. Nos han explicado ya dónde deberíamos aparcar el coche cuando no lo metiéramos en el garaje que estaba aparte de la casa: parece que tenían perfectamente acotado el espacio exterior para este menester.

 Hemos pasado a la casa: se encuentra esta en un escalón inferior del terreno y se accede a ella por unas escaleras, hechas con troncos y gravilla en el piso, que atraviesan un pequeño talud repleto de plantas de todo tipo. Se repite aquí la abundancia de flores que ya habíamos observado a lo largo del camino y en las calles de Lannion. Tras un pequeño zaguán, se entra en el salón-cocina-comedor. Tiene forma de L. La cocina ocupa el rincón, recogida por un ‘office’ y con una gran ventana que da a la entrada. Las paredes de enfrente a la entrada forman un amplio ventanal de suelo a techo, en ángulo recto, que da vistas al jardín, un espacio abierto, sin separación de jardines particulares, que termina en el bosque que lo cierra sin vallas. Un lugar encantador. Una gran mesa redonda y cuatro sillas de jardín lo amueblan para comer en él ‘si el clima bretón lo permite’, apostilla Claude.

 A la izquierda del salón se encuentran los dormitorios: el primero, según reza el cartel de la puerta, el de Malo, el niño de la casa, que, por 15 días, pasará a ser el mío; el segundo, a la derecha del pasillo, el de Youane, la chica, que será el de Merche; y al fondo el de matrimonio que ocuparán nuestros amigos. Claude se ha disculpado por obligarnos a dormir separados. Antonio ha dicho algo así como que ya nos arreglaríamos entre nosotros: seguro que pretenden que ocupemos nosotros algunos días la habitación de matrimonio. Y a eso nos vamos a negar. No lo he hablado con Merche, pero no hace falta: sería ya el colmo.

 Después Claude y Françoise nos han servido una cena muy rica, no netamente francesa. Apreciamos la cortesía de que, tras un plato de verduras al horno (calabacín, pimiento, tomate, pepino, etc...), nos hayan servido jamón serrano de la región del Jura, según nos han explicado. Luego unos quesos en que no faltaba alguno de los Pirineos y ensalada (para terminar, eso sí). Todo ello acompañado de vinos blanco y tinto. La comida y la agradable conversación han montado una velada estupenda. El tal Claude ha resultado ser un nacionalista bretón muy implicado en el mantenimiento y recuperación de la lengua y costumbres de su tierra. Cuando hemos brindado, nos ha enseñado a hacerlo en bretón. Ya metidos en temas culturales, nos ha mostrado, dentro de un armario antiguo, su equipo de música y sus discos. Y ha saltado el tema de la música. Ellos, los cuatro, tocan algún instrumento: la madre, la flauta travesera; el padre, el acordeón; la chica, el oboe y el chico, el saxofón. A sugerencia de Antonio, yo he debido confesar mi dedicación al canto coral. Esta comunidad de intereses ha dado lugar a un buen rato de comentarios. Y la tertulia se alargaba... Como ya se iba haciendo tarde, les hemos indicado que nosotros estábamos muy a gusto en su compañía y conversación y no teníamos ninguna prisa, pero ellos... todavía tenían que trasladarse a otra casa para descansar y prepararse para el viaje del día siguiente hacia España. Todavía han permanecido un rato con nosotros en un alarde de cortesía. Después se han despedido y nos hemos quedado solos. Hemos descargado el equipaje y nos hemos instalado.

 Ha sido entonces cuando el cansancio ha hecho acto de presencia y hemos decidido irnos pronto a dormir. Entonces ha surgido el primer problema: no sabíamos cerrar las puertas de la casa a la calle (dos puertas: una la que da acceso al salón y otra la que lo da al ‘cellier’, una especie de almacén-despensa). Hemos probado todos, creo yo, y ninguno lo ha conseguido. Por fin, hemos decidido dormir.... con la puerta abierta. Y mañana ya se verá lo que se hace. De momento hemos programado que nos levantaremos sin hora y nos iremos al mercado callejero de Lannion: aquí, según nos ha explicado Claude, todos los jueves hay mercado – como en Zaragoza los miércoles y domingos – pero en él se vende de todo, desde ropa y complementos hasta comida y bebida, según las calles.

 En ‘mi’ habitación hay una mesita para el ordenador que me está sirviendo muy bien para escribir estas notas atendiendo sólo a la memoria de lo ocurrido en el día.

 ¡Hasta mañana! Hace un sueño horrible.

 

22 de julio

 ¡Qué dura es la vida del turista!

 Nos merecíamos realmente un descanso después del largo viaje de ayer; y nos lo hemos dado. Sin madrugar nos hemos levantado y desayunado. Después nos hemos lanzado a buscar algunos elementos del menaje doméstico de cuya dificultad de hallazgo no nos podíamos hacer ni idea. Una casa desconocida es un laberinto de recovecos donde se ocultan preciosos tesoros del quehacer diario de un hogar: el cazo para calentar la leche, las sartenes, los tazones para el desayuno, el azúcar,... pueden resistirse a ser encontrados como si en ello les fuera la vida y tuvieran capacidad de esconderse. Pero al final hemos desayunado, con azúcar y todo.

 Un breve paseo por el jardín me revela algunas de sus peculiaridades: ausencia total de vallas de separación entre vecinos, césped natural, una barbacoa muy rudimentaria excavada en el suelo del talud que inclina los jardines hacia el bosque que los limita, abundancia de adornos florales que crecen espléndidos con este clima, ausencia de elementos de riego, la hierba empapada de rocío,....

 Después de este paseo acabo de ‘invadir’ la habitación de Malo con mis escasas pertenencias de turista. Observo una cosa curiosa: los armarios de las habitaciones carecen de barra para colgar, por ejemplo, pantalones o camisas. Yo debo colgarlos en un armario que hay en la entradita que da acceso al baño y al retrete. Hecho esto, colaboro en la organización de la despensa-almacén y... ¡listo el campamento base para quince días!

 Como todos hemos hecho lo mismo, nos ponemos guapos y ¡al mercadillo de los jueves! 3 Prudentemente dejamos el coche en una calleja un tanto retirada del centro porque ya nos advirtió Claude que el aparcamiento grande cercano a la ‘Poste’ es ocupado por el mercado. Cuando llegamos a él, a nuestras chicas los ojos se les hacen chirivitas: los dos aparcamientos próximos al río están repletos de puestos de venta y otro tanto ocurre con las calles que afluyen a ellos desde lo que parece ser el casco viejo de Lannion. Luego comprobaremos que esas calles y las transversales y la plaza mayor (Place Gral. Leclerc, claro) están todas a rebosar. Ese, que efectivamente es el viejo Lannion, luce unas hermosas casas antiguas de fachadas adornadas con entramado de madera vista teñida de color oscuro sobre el fondo claro de la obra de albañilería. Frecuentemente las columnas de madera de la fachada en el primer y segundo piso se adornan con esculturas; a veces también las vigas de los pisos bajos tienen adornos en bajorrelieve. Otras casas protegen sus fachadas con una especie de escamas de pizarra que les otorgan un sorprendente aspecto de ‘pez arquitectónico’. En la plaza Leclerc de Lannion tres de estas casas forman un conjunto apretado y encantador. El mercado en esta plaza se especializa en alimentación y la verdad es que sólo la visita reconforta. Compramos unos hermosos filetes de lomo de ternera y un bloque de paté de campagne y, en una frutería, buenas provisiones de lechuga y fruta. Los cuatro somos buenos devoradores de todo ello. De pronto, como si alguien hubiera tocado una corneta tácita, el mercado empieza a despoblarse: son las doce y media y el reloj biológico de los franceses ha disparado el automático de ‘Retirada. Hora de comer’. Cuando llegamos a la explanada de Correos, lo mismo. Es momento de adaptarse – un poco – y nos vamos hacia casa.  La comida resulta estupenda. La carne que hemos comprado es de excelente calidad, cumpliendo con creces lo que sus pintas adelantaban. Rematamos con un café de verdad, gracias a la previsión de Antonio y Mariví que se han traído una cafetera para hacer buen café y no agua de castañas.

 4 En el desayuno, a sugerencia de Antonio, habíamos planeado hacer por la tarde una breve excursión a Tréguier, su ría y su costa próxima. Y salimos inmediatamente, sin apenas reposar la comida, con las ansias del descubridor que acaba de tocar tierra. Tras un breve desplazamiento, encontramos la villa de Tréguier discretamente apostada al fondo del estuario del Jaudy. De lejos llama nuestra atención levantando el dedo de su esbelta torre catedralicia. Lo de ‘catedralicia’ no es una impropiedad léxica ni un adjetivo sólo ponderativo, no: se trata de una afirmación ajustada a su pasado de sede episcopal, dotada de su catedral. La verdad es que el conjunto arquitectónico de su iglesia tendría porte catedralicio aunque no ostentara tal dignidad. Visitamos su interior y nos sentamos luego un poquito a contemplarla por fuera. Avisados por las guías consultadas, visitamos las calles del entorno salpicadas de bellas casas de piedra o de entramado de madera que apuntan a un pasado de esplendor económico. Parece ser que Tréguier a partir del s. XIV se enriqueció con el comercio de cereales y vino. Ello atrajo a artesanos, artistas e intelectuales, le dio prestigio y - ¡oh, casualidad! – la convirtió en sede episcopal.  

 Tréguier se encarga de recordar esto al viajero y de instalarle en su memoria dos nombres: el de St. Ives, su obispo santo, y el del escritor Ernest Renan. El del obispo con su tumba en la catedral, con el nombre de una calle frente a ella, con productos y establecimientos comerciales que así se llaman,....; el del escritor, algo menos intensamente, con el nombre de otra calle y con la presencia de la casa de Renan, debidamente restaurada, al final de la cuesta que sube desde el puerto, entre dos antiguas torres de la muralla, hasta el centro de la villa presidida por la catedral.

5

 Pronto se apodera de nosotros la comezón de ir a contemplar el mar y la costa de esta tierra: nuestros amigos nos han hablado de ella maravillas. Y nos ponemos en marcha. Seguimos el estuario del Jaudy hasta el mar dejando atrás un puerto afeado por la marea baja ¿verdad, Mariví? Cuando ya avistamos mar abierto, un cartel promete: ‘Côte des Adjoncs’. No aparece en las guías. Razón de más para visitarla: ha de ser, seguro, solitaria y arisca. Acertamos en el pronóstico. Se trata de una costa apenas visitada: apenas encontramos otro coche (afortunadamente, dada la estrechez extrema de la carretera). Una costa arisca y brava que parece responder a las embestidas del mar con los zarpazos de sus rocas, puntas, arrecifes, islotes y cabos que arañan el océano y lo deshilan en espumas a cada golpe de oleaje. La tarde está bastante gris, pero nos queda la impresión de que quizás sea esta la luz adecuada para este paisaje. Vemos, con cierta frecuencia, casas construidas cerca del mar, adosadas a rocas firmes al socaire de los vientos y el oleaje. El hombre teme al mar, la costa, no: le hace frente y lo rompe o le permite que la anegue para resurgir después, soberbia, como gritando al cielo: ‘¡Yo no me muevo!’.

 Llegamos a un paraje protegido dotado de uno de esos que en la actualidad se suelen llamar ‘Centros de interpretación’. A mí, viciado con las palabras, este nombre no deja de sugerirme la idea de que tal institución sirva para descifrar el extraño e incomprensible lenguaje de la naturaleza. Por eso me parece un nombre estúpido: no hay lenguaje más universal que el de la naturaleza, el de su belleza en estado puro, libre de convenciones de estilo, patente y sin secretos para quien quiera mirarla. Bajamos del coche y Merche y yo hacemos una breve exploración; pero hace frío y nos acogemos pronto al abrigo del coche. La intrépida Mariví arrastra a Antonio a una contemplación en detalle.

 De nuevo en marcha, avistamos un paraje en que una pequeña ensenada está protegida a su derecha por unos airosos peñascos tras los que se adivina el mar. Pie a tierra, nos acercamos hasta ellos y al otro lado contemplamos un mar que parece hervir entre los escollos que tejen una puntilla de espumas alrededor de dos islotes solitarios. Hermoso. Si yo supiera hacer un poema..... Cuando decidimos ponernos en marcha – oscurece y no sabemos muy bien dónde estamos: nuestro mapa no recoge esta cinta con pretensiones de carretera – nos damos cuenta de que, al otro lado de la ensenada, se ha producido un accidente de tráfico que, sin duda, bloquea el paso: por fin se ha cumplido la estadística de siniestralidad que esta carreterilla prometía a primera vista. Damos la vuelta y regresamos por donde hemos venido – más o menos – pero bien pegaditos a la derecha. No tardamos en encontrar indicadores de Lannion y, ya oscurecido, regresamos a casa.

 Última impresión de Lannion: ha debido sonar ya el toque de queda porque no hay NADIE por la calle.           

             Ya metido en la cama, recuerdo la quebrada costa que hemos visitado esta tarde, sus rocas, sus islotes e hilvano este haiku:

 Dos islas solas.

 Sólo el mar las separa.

 El mar las une.

 
 

 

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